16 de junio de 2012

San Pedro Poveda y la defensa de la Fe


 









Quizá pueda pensarse que ser santo es estar alejado de la realidad. Nada de esto es cierto sino muy al contrario: para ser santo, para que se entienda que se cumplen esos, digamos, requisitos de espiritualidad, el contacto con el mundo ha de ser bastante cumplido. Digamos que los santos han estado, antes de ostentar tal cargo divino, llenos de mundo en el que han vivido a pleno corazón y de plena gana. Así, bien dijo Benedicto XVI que “la plena realización del hombre consiste en la santidad, en una vida vivida en el encuentro con Dios, que así se vuelve luminosa incluso para los otros, y también para el mundo”. Y esa realización la llevó a cabo, plenamente, San Pedro Poveda: para los otros, para nosotros y, así, también, para el mundo.

Por eso, para confirmar todo lo dicho hasta ahora, el que fuera canonizado por el Beato Juan Pablo II el 4 de mayo de 2003, era, sobre todo, un anunciador del Evangelio y, por tanto, un defensor de la Fe. Desde que el 3 de diciembre de 1874 naciera en Linares (Jaén) hasta que el 28 de julio de 1936, recién comenzada la Guerra Civil, muriera habiéndose confesado “sacerdote de Jesucristo”, la vida de este fundador de la Institución Teresiana, tuvo un objetivo fundamental: hacer de la Fe un escabel desde donde situarse en el mundo porque, según él mismo entendía “Creer bien y enmudecer no es posible”

Él mismo dijo que “si hay que morir se muere, pero se muere con Cristo, en nombre de Cristo y para gloria de Cristo”. Estas palabras, llenas, en sí mismas, de una esperanza espiritual notable, nos muestran el camino a seguir en determinadas ocasiones como, por ejemplo, por la que pasamos en España, nación en la que a lo católico tratan de hacerlo pasar por retrógrado y pasado de moda, peligroso y alienador de las personas que se acogen a tal creencia.
Si hay un texto de San Pedro Poveda en que puedan apreciarse, claramente, unas pautas a seguir en el caso, necesario, de tener que salir en defensa de la Fe, éste es el titulado “Vivir como los primeros cristianos” en el que el santo andaluz destila una serie de pensamientos entorno a unos temas concretos (Hombres y mujeres de fe, Cristianos sin fingimiento, Llenos del espíritu de Jesús, Hermanos de todos, Tolerantes y alegres, Pacíficos y humildes, Diligentes y audaces para el bien y Perseverantes en la oración y en la fracción del pan) de una forma muy similar a la que, por ejemplo, siguiera otro santo de reciente subida a los altares, S. Josemaría, fundador del Opus Dei en libros suyos como, por ejemplo, Camino, Forja o Surco, pues debe tratarse de una forma de predicar muy propia de la época y de la que se obtiene, eso es seguro, un fruto vital de notable importancia.

Concretamente en el capítulo, ya citado, “Llenos del espíritu de Jesús” ofrece instrumentos verdaderamente notables para ser utilizados, por quien corresponda en católico entender, cuando sean necesarios.

Veamos, pues, esto dicho y que cada cual tome nota de lo que entienda útil.

Es sabido que, como dice San Mateo (11,12) “El reino de los cielos padece violencia y es necesario hacerla para ganarlo” aunque, evidentemente hay que entender el sentido exacto de la violencia a la que se refiere el que fuera recaudador de impuestos para Roma. Sin embargo, sí que es bueno reconocer que existe ese padecimiento y que nos corresponde a todos tratar de aminorarlo.
Por eso, dice San Pedro Poveda que “De paz y de guerra habéis de necesitar para santificaros. Paz con Dios, con vosotros mismos y con el prójimo; guerra con los enemigos del alma”.
Pero, como no podía ser de otra forma, San Pedro Poveda no se queda en, simplemente, fijar cuál es el problema sino que, además, plantea cuál es la solución o, incluso, si se puede escoger entre varias pues la defensa de la Fe requiere, digamos, de imaginación en el esfuerzo.
Así, “para conseguir las virtudes, plantarlas y hacerlas fructificar, es necesario trabajo continuo, vigilancia exquisita y no pocos desvelos”. Sin embargo, resultaría fácil argumentar sobre los obstáculos personales de los que podemos hacer uso para no enfrentarlos a la situación por la que pasa, hoy día, la catolicidad en España (no tengo tiempo, tengo otras cosas más importantes que hacer, qué dirán si hago algo, etc.)
Ante esto “no excusa la edad, ni la bondad del terreno, ni el cansancio; pues sin el trabajo, no se obtiene el fruto”. Trabajo que consiste, o puede consistir en múltiples acciones: no abandonar a los hijos, por ejemplo, a Educación para la Ciudadanía que tanto insisten en seguir estableciendo como asignatura obligatoria y adoctrinadora; reclamar nuestros derechos como cristianos donde corresponda sin temor alguno a ser considerados de la forma más despectiva; plantear, en los medios de comunicación, cuestiones tendentes a defender nuestras creencias cuando éstas sean zaheridas o menospreciadas, etc.
También amonesta, con gravedad, San Pedro Poveda, a aquellos que no se dan cuenta del momento por el que están pasando (por considerar “un síntoma de orgullo”, por ejemplo, ser “tan despreocupados que no nos damos cuenta de nuestra situación”), a aquellos que se creen, nos creemos, “que somos tan santos que vivimos confirmados en la gracia, seguros de la gloria” sin recordar la parábola del hombre rico que acumulaba riquezas sin saber que esa misma noche le iban a reclamar su alma (Lc, 12,20) o, para terminar, a aquellos que son, somos, “tan ignorantes que no” se “dan cuenta de lo que debemos ser y de lo que somos”.
Aquí esta el centro del problema, por así decirlo: “lo que debemos ser y lo que somos”. Tenemos que tener en cuenta lo que, como cristianos, tenemos que llevar a cabo porque, como diría San Pablo en la Carta a los Galatas (2,20) “Y vivo, ya no yo, más vive Cristo en mí” y eso debería suponer, para nosotros, sus hermanos, algo que arraigara en nuestras vidas de tal forma que nos obligara a hacer lo que nos corresponde hacer, sin temor alguno.
Existen, por otra parte, una serie de peligros en el diario vivir en los cuales hemos de procurar no caer: “pensar que somos una raza privilegiada a quienes nuestro Señor va a llevar al cielo de un vuelo, sin negarnos a nosotros mismos, sin tomar la cruz y seguir a Cristo, es negar la palabra infalible de Dios y hacer una religión a nuestro modo”.
Una religión “a nuestro modo”. Ese peligro es, hoy mismo, tan obvio como el hecho de que prevalezca, por ejemplo, el tener sobre el ser. Esa prevalencia nos aleja de Dios porque el Padre no es compatible con cualquier pensamiento que nos venga bien ni puede ser utilizado a nuestro antojo de forma caprichosa. Es bien cierto, por otra parte, que Dios perdona siempre pero no es menos cierto que reclama, de todos nosotros, ése no caer en la tentación, como pedimos, diariamente, en el Padre Nuestro que nos enseñó Cristo.
Por eso, cuando San Pedro Poveda intuyó la necesidad de la Institución que fundó habló de “santa firmeza, en todo lo que debemos creer y practicar” Eso es lo que, ahora mismo, se reclama de nosotros, los que decimos que somos, por considerarnos así, hijos de Dios.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Soto de la Marina

Cristo estaba a las cosas de su Padre




Lc 2, 41-51

“Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.

Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: ‘Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando’. Él les dijo: ‘Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?’. Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.”


COMENTARIO

Cumpliendo con sus tradiciones, los judíos, y con el comportamiento ordinario de todo miembro del pueblo elegido, Jesús, María y José, acudían, regularmente, a Jerusalén, desde Nazaret, a celebrar la fiesta de la Pascua. El respeto a la Ley era, pues, elocuente. De hecho Jesús, en su vida, nunca se alejó del verdadero sentido que de Dios partió para que su semejanza, la que había creado, se condujera por el camino correcto.

Jesús, como tantas otras veces, nos sorprende con su actuación. No se limita a quedarse en Jerusalén (recordemos aquello de “porque me devora el celo por tu templo”, del Salmo 69,10 que les vino a la memoria a los apóstoles cuando zahirió  a las personas que negociaban con cosas religiosas, o más bien, utilizadas en el Templo) sino que, sabedor de su misión, debió de dirigirse directamente al Templo, donde tenía que demostrar su sabiduría.

Y estaba, sin duda, a las cosas de su Padre, de Dios porque era la voluntad del Creador.




JESÚS, sabías lo que tenías que hacer y lo hacías. Tenías fe y la demostrabas cumpliendo con la voluntad de Dios. Eso mismo deberíamos hacer nosotros siempre, siempre, siempre.




Eleuterio Fernández Guzmán


15 de junio de 2012

Y se cumplió la voluntad de Dios




Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
Jn 19,31-37

“En aquel tiempo, los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él.

Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: ‘No se le quebrará hueso alguno’. Y también otra Escritura dice: ‘Mirarán al que traspasaron’”.


COMENTARIO

Por muy duro que pueda ser y que pueda parecer, la voluntad de Dios tenía que cumplirse en el caso, muy especial, de Su Hijo Jesucristo. En realidad, las cosas no son como pudieran parecer porque la misma no era que muriera sino que lo hiciera voluntaria y conscientemente además de perdonando a los que le mataban.

Todo se cumplió. Estaba escrito en las Sagradas Escrituras desde hacía muchos siglos y, así, el profeta Isaías anunció lo que iba a pasar con el Varón de Dolores entregado al matadero del hombre como un cordero, Cordero de Dios que es como le llamó, en su momento, Juan el Bautista.

Juan, el discípulo que tanto amaba Cristo por su fidelidad, nos trasladó en su evangelio aquello que, en aquel momento, estaba viendo. Y fue fiel hasta el último momento, hasta que Cristo expiró entregando su espíritu al Padre.


JESÚS,  toda tu Pasión la tenías que vivir porque sabías que la tenías que vivir. En Gethsemaní le dijiste a tu Padre que se tenía que cumplir su voluntad. Y así fue. Y tal forma de comportamiento... tantas veces la olvidamos en nuestra vida...



Eleuterio Fernández Guzmán


14 de junio de 2012

La ley de Dios es mucho más




Jueves X del tiempo ordinario

Mt 5, 20-26

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ‘Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

‘Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal’. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego.

‘Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo’”.


COMENTARIO

Era bien cierto que la justicia de aquellos que tenían el poder en tiempos de Jesús no era la que cumplía la voluntad de Dios. Era importante saber que se tenía que superar y, así, hacer lo que correspondía a un hijo del Creador.

Jesús va más allá, por misericordia y por amor, de lo que decía la letra de la ley. No bastaba con matar sino que tampoco se podía mostrar cólera contra un hermano. Así, se exigía mucho porque mucho era lo que Dios entregaba al hombre.

Mantener la paz entre los hombres era muy importante para Cristo. Había venido a traer, precisamente, la paz pero poniendo la guerra contra el Mal y contra el no cumplimiento de la voluntad de Dios, en primer punto de la vida de sus hermanos.



JESÚS, aunque es difícil seguirte no es porque no sepamos qué debemos hacer. Es cierto, también, que no siempre estamos dispuestos a cumplir con lo que nos dices…




Eleuterio Fernández Guzmán


13 de junio de 2012

Cumplir la voluntad de Dios







Miércoles X del tiempo ordinario

Mt 5,17-19

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos’”.



COMENTARIO

Era común creer, entre el pueblo judío, que el Mesías vendría a terminar de raíz con lo que existía y a establecer el Reino de Dios. Y eso era cierto y no lo era. Jesús no había venido a lo primero pero sí a lo segundo.

Lo que dice Jesús es grave de toda gravedad para quien se diga hijo de Dios y, en realidad, no lo sea. Dice que la ley de  Dios hay que cumplirla y que se va a cumplir hasta el último de sus preceptos. Y eso, dicho para quien tanto se la saltaba, era muy grave.

Cumplir lo más pequeño de la ley de Dios es muy importante para el Creador. Es más, quien así lo hace puede que en este mundo sea el más pequeño pero en el definitivo Reino de Dios es el más grande porque ha cumplido con la voluntad del Todopoderoso.



JESÚS, ¡qué difícil es seguirte! Lo es porque cumplir, a la perfección con lo que quiere el Padre resulta de lo más duro. Sin embargo, hacemos lo que podemos a pesar de nuestras caídas.




Eleuterio Fernández Guzmán


12 de junio de 2012

Ser sal y ser luz





Martes X del tiempo ordinario

Mt 5,13-16

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos’”.


COMENTARIO

Con ejemplos de la vida diaria Jesús nos enseña lo que, en realidad, tenemos que ser y sobre lo que debemos meditar y orar. Se trata, más que nada, de darnos a entender que el Reino de Dios no es una realidad inalcanzable.

Ser sal y ser luz. Jesús propone lo que no es fácil pero lo que no es imposible. La sal da sabor a los alimentos y como tal hemos de ser entre los nuestros y entre los más alejados de nosotros. Dejar, pues, de no ser sal supondría que perderíamos nuestra espiritual razón de ser.

La luz es muy importante. Con ella vemos en la oscuridad (en la claridad de espíritu no hace falta luz) y con ella podemos iluminar, también, el camino de aquellos que conviven con nosotros y son nuestro prójimos. Esconder, pues, la luz de la Palabra de forma egoísta, no puede ser la voluntad de Dios.



JESÚS, quieres que seamos fieles discípulos tuyos. Por eso te gustaría que diéramos sabor espiritual a nuestra vida y a la del prójimo y que, así, ilumináramos nuestra vida y la de los demás. Sin embargo, en demasiadas ocasiones perdemos la capacidad de ser sal y de luz… mejor no hablar porque Dios todo lo sabe.




Eleuterio Fernández Guzmán


11 de junio de 2012

Bienaventurados...





Lunes X del tiempo ordinario


Mt 5,1-12

“En aquel tiempo, viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: ‘Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros’”.

COMENTARIO

Es posible que el evangelista San Mateo recogiera lo que Jesús dijo en diversas ocasiones y lo fijara por escrito con lo que ha llegado a denominar “Sermón del Monte”  y que, en general, se entiende por las bienaventuranzas.

Jesús pone sobre la mesa aquello que es importante para un discípulo suyo y, por lo tanto, un hijo de Dios. Apenas son una serie de manifestaciones de cómo se ha de comportar un hermano suyo que quiere hacer patente que es, en efecto, hijo de Dios.

Lo que dice Jesús, de cumplirlo, no se puede decir que no tenga consecuencias para quien así actúe. Muy al contrario es la verdad porque le espera, precisamente, la salvación eterna a quien lleve, en su vida, una actitud como la que se puede entrever de las bienaventuranzas.



JESÚS,  en las bienaventuranzas nos dices qué es lo mejor para nosotros y, en realidad, qué es lo que debemos tener en cuenta en nuestra vida. Sin embargo, en demasiadas ocasiones, actuamos como si las hubiéramos, siquiera, escuchado.




Eleuterio Fernández Guzmán


10 de junio de 2012

Cuerpo y Sangre de Cristo





Mc 14,12-16.22-26

“El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: ‘¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?»’ Entonces, envía a dos de sus discípulos y les dice: ‘Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y allí donde entre, decid al dueño de la casa: ‘El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?’. Él os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; haced allí los preparativos para nosotros’. Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua.

Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: ‘Tomad, éste es mi cuerpo’. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: ‘Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba de nuevo en el Reino de Dios’.

Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos."

COMENTARIO

Jesús quería celebrar la última Pascua con sus discípulos más allegados para hacerles que, a partir de entonces, nada podría ser igual. Él iba a irse a la casa del Padre y aquellos otros nosotros tendrían que ser valientes.

Jesús hace mucho en la Última Cena: instituye la Santa Misa o acción de gracias (Eucaristía) como el momento en el que recordarían a Quien les salvaría con lo que sería su pronta muerte.

Cuerpo y Sangre, Sangre y Cuerpo de Cristo con el que se nos salva para toda la eternidad. Cristo en manos del Mal entregándose para bien de la humanidad entera en espera de que se salve quien en Él crea y se convierta.


JESÚS,  estableciste la Santa Misa porque era importante no olvidarte nunca. Hasta que vengas de nuevo en tu Parusía no podemos hacer otra cosa que recordarte, recordarte, recordarte.



Eleuterio Fernández Guzmán


9 de junio de 2012

Cuerpo de Cristo

 






El Evangelio de San Juan, escrito por aquel que fuera el discípulo, seguramente, más querido por Jesucristo, recoge, en un momento determinado del mismo (6, 56-57) lo que es esencial para nuestra fe. Dice, poniendo en boca de Cristo, que “Mi carne es verdadera comida, y mi Sangre verdadera bebida; el que come mi Carne, y bebe mi Sangre, en Mí mora, y Yo en él.” Y nos muestra el significado exacto de lo que podemos entender como Cuerpo de Cristo y, sobre todo, lo que significa para los que creemos en Jesucristo, Hijo de Dios y hermano nuestro. 

La fiesta del Corpus Christi se empezó a celebrar allá por el año 1246 en la ciudad de Lieja (Bélgica). Pero su extensión se produjo cuando el Papa Urbano IV  publicó la bula “Transiturus” a través de la cual se estableció la celebración de tal festividad. Con la misma recordamos y celebramos la proclamación de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

Al respecto del Corpus, dijo Benedicto XVI en la Homilía de la Santa Misa de la celebración del tal día en 2011 que

“’Todo parte, se podría decir, del corazón de Cristo, que en la Última Cena, en la víspera de su pasión, dio gracias y alabó a Dios y, obrando así, con el poder de su amor, transformó el sentido de la muerte hacia la cual se dirigía. El hecho de que el Sacramento del altar haya asumido el nombre de ‘Eucaristía’ —‘acción de gracias’— expresa precisamente esto: que la conversión de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo es fruto de la entrega que Cristo hizo de sí mismo, donación de un Amor más fuerte que la muerte, Amor divino que lo hizo resucitar de entre los muertos. Esta es la razón por la que la Eucaristía es alimento de vida eterna, Pan de vida. Del corazón de Cristo, de su ‘oración eucarística’ en la víspera de la pasión, brota el dinamismo que transforma la realidad en sus dimensiones cósmica, humana e histórica. Todo viene de Dios, de la omnipotencia de su Amor uno y trino, encarnada en Jesús. En este Amor está inmerso el corazón de Cristo; por esta razón él sabe dar gracias y alabar a Dios incluso ante la traición y la violencia, y de esta forma cambia las cosas, las personas y el mundo.”

Por lo tanto, el Cuerpo y la Sangre de Cristo constituyen en fuente de la vida eterna en la que beber el Agua Viva que nos lleva a ella.

Y, más adelante, en aplicación de lo que significa el Cuerpo de Cristo en nuestra vida de creyentes, dice el Santo Padre que

“Caminamos por los senderos del mundo sin espejismos, sin utopías ideológicas, llevando dentro de nosotros el Cuerpo del Señor, como la Virgen María en el misterio de la Visitación. Con la humildad de sabernos simples granos de trigo, tenemos la firma certeza de que el amor de Dios, encarnado en Cristo, es más fuerte que el mal, que la violencia y que la muerte. Sabemos que Dios prepara para todos los hombres cielos nuevos y una tierra nueva, donde reinan la paz y la justicia; y en la fe entrevemos el mundo nuevo, que es nuestra patria verdadera. También esta tarde, mientras se pone el sol sobre nuestra querida ciudad de Roma, nosotros nos ponemos en camino: con nosotros está Jesús Eucaristía, el Resucitado, que dijo: ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos’ (Mt 28, 21). ¡Gracias, Señor Jesús! Gracias por tu fidelidad, que sostiene nuestra esperanza. Quédate con nosotros, porque ya es de noche. ‘Buen pastor, pan verdadero, oh Jesús, piedad de nosotros: aliméntanos, defiéndenos, llévanos a los bienes eternos en la tierra de los vivos’. Amén.”

En realidad, la Iglesia católica constituye el Cuerpo de Cristo. Pero tal cuerpo no es uno que no sea inerte sino que está vivificado por el Amor de Dios y por el de su fundador, Jesucristo. Es, somos, pues, un cuerpo vivo que nace de la voluntad de Dios de permanecer siempre con nosotros en Jesucristo, engendrado por el Creador desde la eternidad para ser hermano y para ser Él mismo hecho hombre.

Participar, pues, de ser miembro de la Iglesia católica y de constituir el Cuerpo de Cristo se ha de hacer de una forma que no sea indigna ni que pretiera lo más importante que tal pertenencia supone. Hacer lo contrario es dar pistas al Mal para que ahonde en la cizaña que, a veces, entra en la Iglesia católica como aquel humo del que habló Pablo VI.


Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Análisis Digital

Dios sabe lo que hay en nuestro corazón





Sábado IX del tiempo ordinario

Mc 12, 38-44

“En aquel tiempo, dijo Jesús a las gentes en su predicación: ‘Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa’.

Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro: muchos ricos echaban mucho. Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: ‘Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir’”.


COMENTARIO

Jesús sabía a conciencia cierta que muchos de los que decían transmitir la Palabra de Dios no lo hacían sino, en todo caso, la tergiversaban para llevarla a su propio granero y hacer de los hombres lo que querían.

Había que tener cuidado de las personas que no eran como tenían que ser y alejarse de sus actitudes. Además, Dios tiene reservado para tales personas un juicio en el que hará justicia y la misma, como es de suponer, no será nada agradable para ellas.

Por otra parte, dar de lo que sobra es fácil. Lo difícil es hacer lo mismo con aquello que nos es imprescindible. Eso hizo aquella viuda que,  a diferencia de los ricos que entregaban poco en proporción a lo que tenían, ella lo dio todo.



JESÚS, muchos estaban equivocados al respecto de la voluntad de Dios. Debían creer que bastaba con simular que se tenía fe incluso en el asunto de la limosna. No sabían, al parecer, y nosotros muchas veces tampoco, que el Creador siempre sabe qué hay en nuestro corazón.




Eleuterio Fernández Guzmán


8 de junio de 2012

Corpus, Eucaristía, de Cristo








El cristiano, aquí católico, sabe que Cristo es fundamental y esencial para su vida de fe. Es más, sin el Hijo de  Dios su creencia no tendría sentido y, simplemente, no sería tal. Por eso, ante un día tan señalado como es el del Corpus Christi los que nos consideramos hijos de Dios y hermanos de Cristo sólo podemos agradecer al Creador que enviara a su Hijo para, dando su vida por nosotros, nos salvara.

Con el Corpus Christi, como festividad, celebramos muchas realidades espirituales que no podemos olvidar.

Dice San Josemaría, en “Es Cristo que pasa” (150), al respecto del tal día que en él “meditamos juntos la profundidad del amor del Señor, que le ha llevado a quedarse oculto bajo las especies sacramentales, y parece como si oyésemos físicamente aquellas enseñanzas suyas a la muchedumbre: salió un sembrador a sembrar y, al esparcir los granos, algunos cayeron cerca del camino, y vinieron las aves del cielo y se los comieron; otros cayeron en pedregales, donde había poca tierra, y luego brotaron, por estar muy en la superficie, mas nacido el sol se quemaron y se secaron, porque no tenían raíces; otros cayeron entre espinas, las cuales crecieron y los sofocaron; otros granos cayeron en buena tierra, y dieron fruto, algunos el ciento por uno, otros el sesenta, otros el treinta.”

Por lo tanto, en el Corpus hacemos, en esencia, referencia a la Santa Misa, a la Eucaristía o acción de gracias con la que rememoramos el sacrificio de Cristo por todos nosotros y por toda la humanidad a la espera de su segunda venida.

Y, al respecto de lo que supone la Eucaristía que es como un esconderse de Dios en las especies del pan y del vino para darse por completo en Cristo y para procurar nuestra salvación con tan divino alimento y bebida, Cuerpo y Sangre de Cristo, Santo Tomás de Aquino, en su sabiduría y piedad compuso la siguiente oración que por más que sea conocida es bien cierto que vale la pena siempre recordarla como maravilloso tributo a Cristo. Dice el “Adoro te devote”
“Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte. Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta palabra de verdad. En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido. No veo las llagas como las vio Tomas pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame. ¡Oh memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura. Señor Jesús, bondadoso Pelícano, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero. Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.”!

¡Cuánto dice de maravilloso esta oración que tanto nos sirve! Al someterse a Dios nuestro corazón nos hacemos dependientes de su divina Providencia y alejamos de nosotros toda suerte de asechanzas que el Mal teje en supercherías que nada tienen de cristiano ni de voluntad de Dios. Y, además, nos sabemos hijos que inmerecidamente han recibido de su Creador el mejor regalo que podían esperar: donación de Cristo para siempre, siempre, siempre.

El Corpus Christi nos retrotrae al momento culminante de la Pasión de Nuestro Señor. Y transforma, ahora mismo, nuestros corazones en esclavos al Amor de Dios y a Cristo mismo. Y, sobre lo que supone la Eucaristía y, por lo tanto y al fin y al cabo el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Benedicto XVI, en la homilía de tal día de 2007 nos dijo que ‘Como el maná para el pueblo de Israel, así para toda generación cristiana la Eucaristía es el alimento indispensable que la sostiene mientras atraviesa el desierto de este mundo, aridecido por sistemas ideológicos y económicos que no promueven la vida, sino que más bien la mortifican; un mundo donde domina la lógica del poder y del tener, más que la del servicio y del amor; un mundo donde no raramente triunfa la cultura de la violencia y de la muerte. Pero Jesús sale a nuestro encuentro y nos infunde seguridad: él mismo es ‘el pan de vida’ (Jn 6, 35.48). Nos lo ha repetido en las palabras del Aleluya: ‘Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien come de este pan, vivirá para siempre’ (cf. Jn 6, 51)”.

Así se comprende mejor que la Eucaristía es el punto exacto sobre el que se centra nuestra salvación eterna. No es un acto social en el que asistimos como meros oyentes sino, muy al contrario, el primer paso que damos para el resto de nuestra vida en la tierra para alcanzar el definitivo Reino de Dios. Por eso es crucial no despreciar ningún momento de la Santa Misa y por eso, exactamente por eso, el Creador envió a Su Hijo.

¡Alabado sea Dios que tanto nos ama!
¡Alabado sea Jesucristo y su Cuerpo y su Sangre!
¡Alabada sea la voluntad del Creador que todo lo sabe!
¡Alabada sea la Santa Misa!

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Soto de la Marina

Jesús, Hijo de David





Viernes IX del tiempo ordinario

Mc 12,35-37

“En aquel tiempo, Jesús, tomando la palabra, decía mientras enseñaba en el Templo: ‘¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? David mismo dijo, movido por el Espíritu Santo: ‘Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies’. El mismo David le llama Señor; ¿cómo entonces puede ser hijo suyo?’. La muchedumbre le oía con agrado.”

COMENTARIO

No es poco cierto que el Antiguo Testamento forma parte de las Sagradas Escrituras que el pueblo elegido por Dios para transmitir su Palabra nos dejó. Por eso es importante lo que allí se dice.

Tampoco es poco cierto que muchos de los que escuchaban a Jesús no entendían, a la perfección, lo que les estaba diciendo y, así como Nicodemo no entendía cómo se podía nacer de nuevo, tampoco entienden cómo Jesús puede ser hijo de David.

Sin embargo, aquellos que le escuchaban lo hacían con gozo y sabían que Jesús enseñaba de una forma muy distinta a como lo hacían los maestros, digamos, oficiales, del judaísmo. Él enseñaba con la Palabra de Dios y la inspiración del Espíritu Santo, siempre con el Hijo de Dios.


JESÚS, eres Hijo de Dios y, por eso mismo, eres descendiente del Rey David. Comprender eso es estar de acuerdo con la voluntad de Dios y con la historia de la Salvación.




Eleuterio Fernández Guzmán


7 de junio de 2012

La ley de Dios





Jueves IX del tiempo ordinario

Mc 12, 28-34

“En aquel tiempo, se llego uno de los escribas y le preguntó: ‘¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?’. Jesús le contestó: ‘El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos’.

Le dijo el escriba: ‘Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.

Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: ‘No estás lejos del Reino de Dios’. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas".

COMENTARIO

Es bien cierto que si hay una características en el pueblo judío es su ánimo de conocer la fe que tiene y de llevarla a sus vidas y a sus comportamientos diarios. Por eso, los que seguían a Jesús querían saber.

La pregunta acerca de qué era lo que debían creer no era, seguramente, para ponerlo en una mala circunstancias porque sabido era que Jesús era un Rabino y un Maestro de primer orden. Era, es más que probable, para confirmar lo que creían.

Jesús sabe que quien cree que la Ley de Dios se resume en amar al Creador sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, tiene la salvación al alcance de su corazón. Ahora sólo le falta llevarlo a su vida.


JESÚS, los que nos tenemos como discípulos tuyos sabemos qué es lo importante en nuestras creencias. Sin embargo, no es poco cierto que solemos olvidarlo demasiadas veces.




Eleuterio Fernández Guzmán


6 de junio de 2012

La vida eterna es así





Miércoles IX del tiempo ordinario

Mc 12, 18-27

“En aquel tiempo, se le acercaron a Jesús unos Saduceos, que niegan que haya resurrección, y le preguntaban: ‘Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno y deja mujer y no deja hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos: el primero tomó mujer, pero murió sin dejar descendencia; también el segundo la tomó y murió sin dejar descendencia; y el tercero lo mismo. Ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos, murió también la mujer. En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer’.

Jesús les contestó: ‘¿No estáis en un error precisamente por esto, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos. Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos. Estáis en un gran error’".

COMENTARIO

Muchos de los que vivieron en tiempos de Jesús y lo conocieron personalmente tenían una visión de la realidad que estaba muy pegada al suelo y no miraban, casi nunca, hacia arriba, teniendo su relación con Dios algo apagada.

Los que le pregunta por la mujer que tantas veces se casa no les parece raro que así sea sino que no saben, a ciencia cierta, con quién estará en la vida eterna. En realidad no han comprendido nada de la voluntad de Dios.

Dudaban de la resurrección y, por eso mismo, querían aplicar esquemas terrenos al cielo. Eso, como es lógico pensar, no puede ser como aquellas personas lo planteaban. En el definitivo Reino de Dios nuestra realidad está sobrenaturalizada y nada es como es aquí.


JESÚS, los que querían reírse de ti a como diera lugar no comprendían nada de la vida eterna ni de cómo ha de ser. Sin embargo, Tú, que eres Dios hecho hombre, sabes a la perfección que nada será como ahora es.




Eleuterio Fernández Guzmán


5 de junio de 2012

Ayuntamientos dedicados al dogma


Pablo Cabellos Llorente








Mil veces se ha acusado a la Iglesia Católica de dogmática, y en verdad lo es, porque tiene dogmas de fe, que no puede imponer por la fuerza, sino con la persuasión, la oferta y, más importante todavía, pidiendo a Dios una fe plena para los creyentes. Pero ahora la novedad está en que son los ayuntamientos los que condenan por temas morales no creados al gusto de la mayoría gobernante. ¡Vamos apañados! El país desangrándose y los ayuntamientos dedicados al dogma.

Es obvio que me refiero al traído y llevado tema de la homilía del Viernes Santo del obispo de Alcalá de Henares, por cierto, un valenciano de ley. He leído y releído la frase condenada y tal vez haya unas palabras de expresión no bien construida, pero nada más. La Iglesia siempre ha predicado la virtud de la castidad para solteros y casados, para heterosexuales y homosexuales. Por una razón bien simple: entiende que es de ley natural y, vista con ojos cristianos, conduce al amor. La castidad no es un conjunto de negaciones, es una afirmación gozosa imprescindible para amarnos rectamente a nosotros mismos y a los demás.

Cada uno es muy libre de vivir como quiera, pero la Iglesia es igualmente libre de recordar el derecho natural y su doctrina. Se me puede decir que también los entes públicos -los ayuntamientos- lo son. Y es cierto, pero me parece que no los elegimos para eso. La Iglesia -jerarquía y fieles- sí tienen esa misión. Declarar a un obispo persona non grata -o algo parecido- o pedir su traslado a otra diócesis por afirmar que la práctica de la homosexualidad es pecado es, cómo mínimo, hacer “ese asunto” fuera del tiesto. La Iglesia ama y respeta a todo tipo de personas y lo tiene harto demostrado, pero tiene que llamar pan al pan, y al vino, vino. Y los ayuntamientos a pagar deudas.

Comprendo que en nuestro mundo no se entienda la virtud de la castidad, porque hay leyes y costumbres que la degradan, tal vez bajo capa de libertad, una libertad que no respetan en absoluto para opinar de modo contrario. Y hay que decir bien claro que cuando se afirma que la homosexualidad no puede contar con la bendición de la Iglesia, se arma la parda. En el referido caso, se ha llamado imbécil al obispo, se ha dicho que su actuación es anticonstitucional, que debería ir a la cárcel, se ha pedido su separación de la diócesis, se ha dicho que no se le invitará a ningún acto… ¿Se parece todo esto algo a la democracia? ¿Respeta la libertad de expresión el que insulta por lo expresado? ¿Hay alguien con tanto poder como para sacar las cosas de quicio de este modo?

En España se puede opinar de todo menos de este tema. Basta ver los epítetos dirigidos al citado obispo para advertir que contra la Iglesia vale todo, como vale todo para acusarse unos políticos a otros de lo que les viene en gana, para hacer leyes con graves dudas de su constitucionalidad, para tomar decisiones opuestas al programa electoral del partido ganador, para decir en una ley la barbaridad de que matar es un derecho -léase aborto- y para lo que se quiera; pero alguien muestra su rechazo de las prácticas homosexuales y ya tenemos el pitote organizado. Esa afirmación no conlleva nada contra las personas, del mismo modo que nadie quiere que las mujeres vayan a la cárcel porque no se acepte que sea un derecho matar al no nacido.

Dije antes que, tal como está el patio, comprendo que muchos no entiendan la castidad, pero no pueden impedirnos a otros pensar esto: “Nos ha dado el Creador la inteligencia, que es como un chispazo del entendimiento divino, que nos permite -con la libre voluntad, otro don de Dios- conocer y amar, y ha puesto en nuestro cuerpo la posibilidad de engendrar, que es como una participación de su poder creador. Dios ha querido servirse del amor conyugal, para traer nuevas criaturas al mundo y aumentar el cuerpo de su Iglesia. El sexo no es una realidad vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad. Ese es el contexto el trasfondo, en el que se sitúa la doctrina cristiana sobre la sexualidad” (Es Cristo que pasa, n. 24).

Sé que hay muchos que, con el argumento de que estamos en el siglo XXI, dicen que la Iglesia anda retrasada en su doctrina sobre la sexualidad, aunque no sea mucho argumento el del siglo en que vivimos, mientras el hombre sigue siendo hombre y la mujer continúa siendo mujer. Por eso, a algunos les parecerá viejo lo que Cervantes pone en boca de su “Gitanilla": “Una sola joya tengo, que la estimo en más que a la vida, que es mi entereza y virginidad, y no la tengo de vender a precio de promesas ni dádivas, porque, en fin, será vendida, será de muy poca estima". Pero es sabiduría: ni el propio cuerpo ni el ajeno son un objeto.

Publicado originalmente en Las Provincias y traído a InfoCatólica con permiso expreso del autor.

P. Pablo Cabellos Llorente