11 de agosto de 2013

La luz de la fe – Lo que Dios nos tiene preparado









“Si el hombre de fe se apoya en el Dios del Amén, en el Dios fiel (cf. Is 65,16), y así adquiere solidez, podemos añadir que la solidez de la fe se atribuye también a la ciudad que Dios está preparando para el hombre. La fe revela hasta qué punto pueden ser sólidos los vínculos humanos cuando Dios se hace presente en medio de ellos. No se trata sólo de una solidez interior, una convicción firme del creyente; la fe ilumina también las relaciones humanas, porque nace del amor y sigue la dinámica del amor de Dios. El Dios digno de fe construye para los hombres una ciudad fiable”.  El número 50 de “Lumen fidei” resume, muy bien, el sentido mismo de la encíclica escrita por Benedicto XVI y Francisco. La fe nos ayuda a tener una vida acorde con la voluntad de Dios. Es, sin embargo, equivocado, creer que la fe es algo interno, propio del corazón del creyente y que poco tiene que ver con la realidad propia de la vivencia en sociedad del hijo de Dios. Al contrario es la verdad: la fe da solidez al comportamiento humano de quien la tiene y, en efecto, las relaciones humanas son, simplemente, mejores cuando la fe guía la vida de una persona.
Por eso, por estar en sociedad el creyente católico y por tener, por lo tanto, que comportarse en ella de una forma creíble como creyente, la encíclica se refiere tanto al bien común, a la familia a lo que supone para la vida en sociedad tenerla y ponerla en práctica.
Así, en el número 54 se dice que “Asimilada y profundizada en la familia, la fe ilumina todas las relaciones sociales. Como experiencia de la paternidad y de la misericordia de Dios, se expande en un camino fraterno. En la « modernidad » se ha intentado construir la fraternidad universal entre los hombres fundándose sobre la igualdad. Poco a poco, sin embargo, hemos comprendido que esta fraternidad, sin referencia a un Padre común como fundamento último, no logra subsistir. Es necesario volver a la verdadera raíz de la fraternidad. Desde su mismo origen, la historia de la fe es una historia de fraternidad, si bien no exenta de conflictos”.
Pero la fe tiene mucho, pero que mucho, que ver con aquello que, para el creyente, es tribulación, dolor, sufrimiento. La fe nos viene la mar de bien, como parte de su propia esencia, para superar, sobrenadar (como diría el beato Manuel Lozano Garrido, Lolo) la tribulación, el mismo dolor y el máximo de sufrimiento. Por eso nos dicen los autores de “Lumen fidei” (n. 57) que “El sufrimiento nos recuerda que el servicio de la fe al bien común es siempre un servicio de esperanza, que mira adelante, sabiendo que sólo en Dios, en el futuro que viene de Jesús resucitado, puede encontrar nuestra sociedad cimientos sólidos y duraderos. En este sentido, la fe va de la mano de la esperanza porque, aunque nuestra morada terrenal se destruye, tenemos una mansión eterna, que Dios ha inaugurado ya en Cristo, en su cuerpo (cf. 2 Co 4,16-5,5). El dinamismo de fe, esperanza y caridad (cf. 1 Ts 1,3; 1 Co 13,13) nos permite así integrar las preocupaciones de todos los hombres en nuestro camino hacia aquella ciudad « cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios » (Hb 11,10), porque « la esperanza no defrauda » (Rm 5,5).”
Sufrir, por lo tanto, es más que posible que no lo evitemos a lo largo de nuestra existencia (no olvidemos que peregrinamos por un valle de lágrimas con final en el definitivo Reino de Dios o eternidad) pero sí es posible no caer en desesperanza con ayuda de la fe, no olvidar lo que somos (hijos de Dios… ¡y lo somos! como dice san Juan en su Primera Epístola, en 3, 1) y, al fin, salir airosos de los problemas por los que podamos pasar a lo largo de nuestra vida de hermanos de Cristo e hijos de María, Madre.
Por otra parte, termina “Lumen fidei”, en su número 60, con una oración dirigida a la Virgen María a la que llama, con verdad, “madre de la Iglesia y madre de nuestra fe”. Dice lo siguiente:
“¡Madre, ayuda nuestra fe!
Abre nuestro oído a la Palabra, para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada.
Aviva en nosotros el deseo de seguir sus pasos, saliendo de nuestra tierra y confiando en su promesa.
Ayúdanos a dejarnos tocar por su amor, para que podamos tocarlo en la fe.
Ayúdanos a fiarnos plenamente de él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de tribulación y de cruz, cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar.
Siembra en nuestra fe la alegría del Resucitado.
Recuérdanos que quien cree no está nunca solo.
Enséñanos a mirar con los ojos de Jesús, para que él sea luz en nuestro camino.
Y que esta luz de la fe crezca continuamente en nosotros, hasta que llegue el día sin ocaso, que es el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro Señor.”
Nada mejor, pues, que pedir que la fe no se anquilose en nuestro corazón sin que aumente la misma y nos proporcione una existencia digna de ser llamada propia de los hijos de Dios.

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Análisis Digital

Lo que algunos pretenden
















El Papa Francisco ha supuesto, para muchos creyentes, una especie de solución para muchos de los “problemas” espirituales que tenían. No encontrándose bien en el seno de la Esposa de Cristo porque tiene por malas o negativas muchas de sus doctrinas, han tenido por muy buena la elección del que fuera Arzobispo de Buenos Aires.

En realidad, tales creyentes no podían saber nada de cómo era el nuevo Papa hasta que ha actuado. Pero lo que ha pasado es que se han basado en determinados gestos hechos por el Santo Padre para lanzar las campanas al vuelo y pensar que, en efecto, ahora ha llegado el momento del “cambio” para la Iglesia católica.

Sin embargo, ¿qué es lo que se pretende con eso?

Muchos católicos, seguramente, no se dan cuenta de lo que supondría, para el simple funcionamiento espiritual de la Esposa de Cristo, que se aceptaran las tesis de los católicos que, de forma continua, se han opuesto a la doctrina de la Iglesia católica y han manifestado que lo les gusta, nada de nada, lo que en ella pasa.

Pues bien, podemos imaginarnos qué pasaría al sentido propio de la Iglesia católica si la misma aceptara:

-El aborto

-El divorcio

-La ideología de género

-La manipulación genética

-El sacerdocio femenino

Y así podríamos estar un buen rato porque lo que se pretende es, sencillamente, cambiar de tal forma a la Iglesia católica que no sea, no ya la misma, sino que no tenga nada que ver con aquella que fundara Jesucristo y entregara las llaves de la misma a un tal Pedro que le había traicionado tanto, tanto, tanto.

Nadie debería caer en la trampa de dejarse llevar por aquellos que, como lobos con piel de oveja, quieren, hacen como que quieren, defender a la Esposa de Cristo pero, a la vez, la atacan por todos los flancos posibles y esperan el momento de asestar el golpe definitivo para que deje de ser lo que es. Y han fijado, tales (supuestos) creyentes su mirada en el Papa Francisco para que haga lo posible (a lo mejor en silencio) para que las cosas “cambien” según quieren que cambien.

Lo que algunos pretenden, por lo tanto, es dinamitar todo el edificio eclesial. Y así actúan porque tienen, y lo manifiestan, una voluntad clara y bien determinada y que es, ni más ni menos, aquella que consiste en sembrar cizaña para que cale entre los pequeños en la fe y, así, dañar a las piedras vivas que forman el edificio que, al fin y al cabo, es la Iglesia católica.

No dejemos, nunca, de orar pidiendo a Dios que otorgue luz al corazón de aquellos que no saben, en realidad, qué son en el seno de la Iglesia católica y dejen de buscar extrañas primaveras eclesiales.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Soto de la Marina

Lo que vale la pena



Domingo XIX (C) del tiempo ordinario
Lc 12,32-48

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino. Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos! Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre’. 
Dijo Pedro: ‘Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?’. Respondió el Señor: ‘¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles. Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más’”.

COMENTARIO

Jesús siempre nos recomienda lo mejor para nosotros y para nuestra vida futura. No nos conviene, por ejemplo, acumular en este mundo sino, mejor, para el que tiene que venir pues en este la polilla lo corroe todo y en el definitivo Reino de Dios nada corroe lo que se ha acumulado.

Podemos optar entre hacer lo que nos conviene o lo que no nos conviene. No nos conviene hacer como si, primero, Dios no nos viese y, segundo, como si Jesucristo no tuviera que venir otra vez para juzgar a vivos y a muertos.

Nos conviene, al contrario, estar preparados para cuando seamos llamados al Tribunal de Dios. Lo podemos ser ahora mismo y, por eso, nada mejor que estar siempre a punto para contestar a lo que se nos pueda preguntar pues, además, se nos va a pedir tanto como se nos haya entregado.


JESÚS,  sabes que es más conveniente para nosotros hacer las cosas según la voluntad de Dios. De ello depende nuestra vida eterna. Por eso es triste darse cuenta de que no siempre la seguimos o, a lo mejor, nunca.



Eleuterio Fernández Guzmán


10 de agosto de 2013

Estar donde está Cristo



Jn 12,24-26

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará’”.


COMENTARIO

Jesús promete mucha verdad a quien le siga. Pero quien le siga sabe, lo dice muchas veces, que el camino no es fácil porque hay muchos que quieren mal a los hijos de Dios que se reconocen hermanos de Jesús.

Dejarlo todo en bien del prójimo es lo que siempre recomienda el Hijo de Dios. Morir a la vida anterior para tener una nueva donde el corazón sea de carne y no de piedra. Dejar de amar la propia vida en este mundo porque su mundanidad lo atrae en exceso.

Donde Jesús está, en los pobres, en los más necesitados… allí han de estar sus discípulos, aquellos que han decidido seguirle. Además, esto tiene gran premio porque el Padre, Dios Todopoderoso, ha de tener muy en cuenta a quienes esto hagan.

JESÚS, como eres Dios mismo hecho hombre sabes lo que, en realidad, nos conviene. Por eso, como te conocemos, es paradójico que no siempre te sigamos; es más, que pocas veces lo hagamos.





Eleuterio Fernández Guzmán


9 de agosto de 2013

Con Cristo, hacia Dios



Viernes XVIII del tiempo ordinario

Mt 16,24-28

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O, ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino’”.



COMENTARIO

Negarse

Quien quiere seguir al Hijo de Dios ha de tener lo suyo como lo menos importante y hacer lo posible para que el otro, su prójimo, ocupe su corazón. No ser nadie para ser alguien en  la vida eterna.

Tomar nuestra cruz

Quien quiere seguir a Jesucristo ha de tomar aquello que le pesa en el corazón, aquello que le corroe el alma e ir tras Quien todo lo puede porque es Dios mismo hecho hombre.

Seguir a Cristo

Ir tras Aquel que vino al mundo para procurar la salvación de la humanidad toda supone dejarlo todo e ir tras Él. Ir tras es convertirse y tener el corazón de carne y no de piedra.

JESÚS,  ir contigo, caminar contigo hacia el definitivo Reino de Dios, es lo único que debería importarnos. Y la forma de hacerlo, también.





Eleuterio Fernández Guzmán


8 de agosto de 2013

Pedro, Piedra, Papa


  
Jueves XVIII del tiempo ordinario

Mt 16,13-23

“En aquellos días, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: ‘¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?’. Ellos dijeron: ‘Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas’. Díceles Él: ‘Y vosotros ¿quién decís que soy yo?’. Simón Pedro contestó: ‘Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo’. Replicando Jesús le dijo: ‘Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’. Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo.

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: ‘¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!’. Pero Él, volviéndose, dijo a Pedro: ‘¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!’.


COMENTARIO

Jesús buscaba una respuesta que ya sabía. Sin embargo, pregunta a los que le siguen más de cerca para ver qué dicen ellos mismos. Era como una prueba en comprobación de su fidelidad y, más que nada, para ver si habían comprendido algo de lo que les estaba pasando.

Pedro sabe. Pedro contesta como debe ser contestada aquella pregunta: Jesús es el Hijo de Dios y, además, está Vivo y es la Vida. Aquella respuesta le valió a Pedro algo más que una afirmación de parte de Cristo de su próxima vida.

Sin embargo, en Pedro también habitaba el comportamiento humano y mundano. No quiere que Jesús muera de la forma que Él mismo dice. Y Jesús le reprende gravemente llamándole Satanás porque sabe que ha sido el Príncipe de este mundo el que le ha soplado aquello que le dice a Jesús al respecto de su muerte.


JESÚS,  parece que Pedro entiende quién eres y parece que, aquel hombre, poco después, sólo piensa en términos mundanos. Y eso es lo que nos pasa a nosotros; exactamente eso.





Eleuterio Fernández Guzmán


7 de agosto de 2013

Fe y confianza en Dios


  

Miércoles XVIII del tiempo ordinario

Mt 15,21-28

“En aquel tiempo, Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: ‘¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada’. Pero Él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: ‘Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros’. Respondió Él: ‘No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel’. Ella, no obstante, vino a postrarse ante Él y le dijo: ‘¡Señor, socórreme!’. Él respondió: ‘No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos’. ‘Sí, Señor -repuso ella-, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos’. Entonces Jesús le respondió: ‘Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas’. Y desde aquel momento quedó curada su hija.”

COMENTARIO

En realidad, muchas de las personas que seguían a Jesús lo hacían porque esperaban algo importante de aquel Maestro. Aquella mujer también quería algo muy importante. No era para ella sino para su hija. Pedía el bien para otra persona.

Jesús busca ver si aquella mujer tiene la suficiente fe como para insistir por encima de todo lo que pueda pasarle entonces; ver si, en verdad, tiene confianza en el Hijo de Dios. Y la mujer insiste, es perseverante, sabe que con poco que haga aquel hombre su hija se salvará.

Jesús concede lo que tanto anhela aquella mujer que le sigue y le persigue y que, incluso, ha sabido responder muy bien a lo dicho por el Maestro. Su fe ha salvado, su confianza ha procurado la curación de su hija.


JESÚS, aquella mujer pedía para su hija su particular salvación. Pedía con perseverancia y con amor. Y eso es, justamente, lo que no siempre hacemos nosotros.





Eleuterio Fernández Guzmán


6 de agosto de 2013

Hay que escuchar a Cristo porque lo dice Dios






Mt 17,1-9

En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: ‘Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’. 

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: ‘Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle’. Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: ‘Levantaos, no tengáis miedo’. Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: ‘No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos’.

COMENTARIO

Parece que, por las razones que fueran, Jesús tenía cierta preferencia por aquellos discípulos que se lleva al monte cuando va a producirse su transfiguración. Debía querer que fueren ellos los que dieran testimonio, cuando eso fuera oportuno, de lo que habían visto.

Aquellos tres reaccionan como hombres. Quieren quedarse allí porque están muy bien. Sin embargo, parece que no han comprendido del todo lo que ha pasado ante sus ojos. Y, además, escuchan la voz de Dios que debió ser, para ellos, el colmo.

Dios dice algo que es muy importante. Dice que Jesús es su Hijo y que lo ama. Pero, además, dice que hay que escucharlo pues, entendemos, lo que tenía que decir lo diría de parte del mismísimo Creador. Y ellos, claro, tuvieron miedo por todo lo que eso significaba.


JESÚS, cuando te transfiguras estás cumpliendo parte de tu misión. Nosotros, sin embargo, pudiera parecer que tampoco acabamos de comprender lo que eso supuso para la humanidad.





Eleuterio Fernández Guzmán


5 de agosto de 2013

Siempre con el amor de Dios




Lunes XVIII del tiempo ordinario

Mt 14,13-21

En aquel tiempo, cuando Jesús recibió la noticia de la muerte de Juan Bautista, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario. En cuanto lo supieron las gentes, salieron tras Él viniendo a pie de las ciudades. Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos.

Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo: ‘El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida’. Mas Jesús les dijo: ‘No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer’. Dícenle ellos: ‘No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces’. Él dijo: ‘Traédmelos acá’. 

Y ordenó a la gente reclinarse sobre la hierba; tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos. Y los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

COMENTARIO


Que Jesús se entristeciera por la muerte de Juan que, además de ser el Bautista, era su primo, era de esperar de un hombre que tenía el corazón de carne y misericordioso. Por eso Jesús quiere retirarse a orar y a pedir por el alma de tan gran profeta. Pero los demás no quieren perderle.

Jesús sabe que aquellas personas que le siguen lo necesitan y, por eso, les pide a sus apóstoles que hagan lo posible para alimentarlos. Ellos, sin embargo, no pueden porque sólo tienen pensamientos humanos y no entienden que allí hace falta algo más que un simple querer de hombres.

Jesús ora al Padre, a su Padre y nuestro, para saciar el hambre, también de pan, de aquellos miles de personas que esperan de Él lo mejor. Y Dios, misericordia pura y presente, no puede hacer más que procurar para ellos lo mejor. Y aún sobró; aún sobró.


JESÚS,  cuando procuraste alimento para aquellas personas hiciste lo mejor que un padre puede hacer por sus hijos. Sin embargo, nosotros, que conocemos tan bien aquello pudiera dar la impresión de que no comprendemos lo que es tan fácil de comprender.



Eleuterio Fernández Guzmán


4 de agosto de 2013

Lo que vale la pena no es lo de este mundo



Domingo XVIII (C) del tiempo ordinario

"En aquel tiempo, uno de la gente le dijo: ‘Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo’. Él le respondió: ‘¡Hombre!, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?’. Y les dijo: ‘Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes’.

Les dijo una parábola: ‘Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios’”.

COMENTARIO


La parábola que recoge el evangelio de san Lucas nos muestra lo que, de verdad, será nuestro porvenir si actuamos según y cómo. La verdad que dice Jesús debería hacernos reflexionar acerca de lo que verdaderamente importa.

Dice muy bien este texto que por muchos bienes que acumulemos no tenemos asegurada nuestra vida. Eso ha de venir muy bien para aquellas personas que cifran importante su realidad en lo que tienen y poseen. Sin embargo, bien dice Jesús que nada de lo material importa.

La verdad es bien cierta: nos conviene acumular no para este mundo donde, primero, todo acaba desapareciendo y, segundo, nada de eso nos vamos a llevar al definitivo Reino de Dios (en caso de ir allí, claro). Por eso nos conviene atesorar para el otro mundo que dura, además, para siempre, siempre, siempre. En lo bueno y en lo malo...


JESÚS, muchas veces nos recomiendas que actuemos pensando más en el mundo venidero, la vida eterna, que en este mundo. Sin embargo tantas otras veces hacemos, justamente, lo contrario.



Eleuterio Fernández Guzmán


3 de agosto de 2013

El Bautista y la Ley de Dios



Sábado XVII del tiempo ordinario
Mt 14,1-12

"En aquel tiempo, se enteró el tetrarca Herodes de la fama de Jesús, y dijo a sus criados: ‘Ese es Juan el Bautista; él ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él fuerzas milagrosas. 

Es que Herodes había prendido a Juan, le había encadenado y puesto en la cárcel, por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo. Porque Juan le decía: ‘No te es lícito tenerla’. Y aunque quería matarle, temió a la gente, porque le tenían por profeta. 

Mas llegado el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio de todos gustando tanto a Herodes, que éste le prometió bajo juramento darle lo que pidiese. Ella, instigada por su madre, ‘dame aquí, dijo, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista’. Entristecióse el rey, pero, a causa del juramento y de los comensales, ordenó que se le diese, y envió a decapitar a Juan en la cárcel. Su cabeza fue traída en una bandeja y entregada a la muchacha, la cual se la llevó a su madre. Llegando después sus discípulos, recogieron el cadáver y lo sepultaron; y fueron a informar a Jesús."

COMENTARIO

La soberbia humana y el egoísmo del ser creado por Dios a su imagen y semejanza no tiene límites. No sólo desafía muchas veces la Ley del Creador y su voluntad sino que, además, pretende hacer callar a quien eso dice.

El caso de Juan el Bautista es síntoma de ceguera del ser humano. Herodes sabía que aquel hombre no era culpable de nada pero cede a que se le mate por cumplir una promesa propia de un necio: dar lo que se le pida y, además, poner a Dios por testigo de una circunstancia que puede terminar mal como, precisamente, es el caso.

El Bautista decía verdad y decía la verdad. Por eso algunos de sus contemporáneos, los aduladores del poder, no le querían nada de nada y procuraban su muerte. Al final la consiguen pero por acción de lo peor que puede haber del ser humano y que, a veces, se esconde en formas presuntamente nobles.


JESÚS, tu primo Juan muere a manos del poder corrupto y corrompible. Sabes que era santo y que fue tu introductor en el mundo. Nosotros, sin embargo, parece que no nos demos cuenta de que, a veces, vale más perder la vida que manifestarse contra Dios.





Eleuterio Fernández Guzmán


1 de agosto de 2013

El Reino de los Cielos


Jueves XVII del tiempo ordinario


Mt 13,47-53

“En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: ‘También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?’ Dícenle: ‘Sí’. Y Él les dijo: ‘Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo’. Y sucedió que, cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí.”

COMENTARIO

Jesús continúa con su labor de enseñanza acerca de qué es el Reino de los Cielos. Era, y es, muy importante que quien quiera aspirar a habitar, un día, las praderas del mismo, sepa a qué atenerse y no ande de aquí para allá perdiendo su tiempo.

Jesús habla del fin del mundo. Sin duda se refiera al momento en el que él mismo venga, en su Parusía y juzgue a vivos y muertos. Serán sus ángeles los que separen a los buenos de los malos y a cada uno de ellos dará Dios un destino determinado.

Jesús abunda en decir que es Dios quien, en realidad, separa lo buen de lo mal y, por eso, nuestro comportamiento para con su voluntad ha de ser el más recto y que esté más de acuerdo con la misma. Por eso Jesús tiene que insistir tanto en tal cuestión.

JESÚS, tantas veces nos hablas de aquello que es y que significa el Reino de los Cielos que deberíamos tenerlo muy en cuenta. Sin embargo, en demasiadas ocasiones no lo hacemos así.





Eleuterio Fernández Guzmán


31 de julio de 2013

Encontrar el Reino de Dios y no dejarlo


Miércoles XVII del tiempo ordinario


Mt 13,44-46

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: ‘El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.
‘También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra’”.

COMENTARIO

Cuando Jesús habla del Reino de Dios sabe a ciencia cierta a qué se refiere porque Él es Dios hecho hombre. Por eso sabe que nos conviene y nos interesa saber qué es pero también sabe que, muchas veces, no hacemos caso a lo que significa.

Dejar todo por el Reino de Dios es esencial para el discípulo de Cristo e hijo del Todopoderoso. Por eso Jesús pone el ejemplo del tesoro (algo de mucho valor) y lo equipara al Reino de Dios que, cuando se encuentra, todo lo demás deja de tener importancia.

Jesús está seguro que, como hermanos suyos que somos, queremos habitar las praderas del Reino de Dios y ocupar una de las estancias que nos está preparando. Por eso insiste en los ejemplos en los que es una realidad tan valiosa que todo hay que dejarlo por ella.



JESÚS, nos quieres tanto que insistes mucho en qué es el Reino de Dios. Es una pena que pueda dar la impresión de que no nos importa tanto como debería importarnos.





Eleuterio Fernández Guzmán


30 de julio de 2013

Advertidos estamos



Martes XVII del tiempo ordinario
Mt 13,36-43

“En aquel tiempo, Jesús despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: ‘Explícanos la parábola de la cizaña del campo’. Él respondió: ‘El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. 
’De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga’”.

COMENTARIO

Justo al final de este texto del evangelio de san Mateo Jesús dice algo que nunca deberíamos olvidar. Lo hace para avisarnos sobre lo que ha dicho antes. Y dice que “el que tenga oídos, que oiga”.

Jesús explica la parábola de la cizaña porque, al parecer, no comprendían que debían andar con mucho cuidado con ciertas aportaciones del Maligno a sus vidas. Lo malo es sembrado en nuestro corazón por Satanás y hemos de tener mucho cuidado de no hacerle un hueco en nuestra vida.

Cuando Jesús dice que debemos escuchar lo que nos dice lo hace porque antes, un poco antes, deja bien dicho que cuando llegue su Parusía sus ángeles vendrán a recoger lo malo y lo bueno y a cada uno de ello le darán un destino determinado. Por eso nos pone sobre la pista de lo que nos conviene hacer.


JESÚS, nos adviertes de lo que pasará cuando llegue el día de que pase. Sin embargo, en demasiadas ocasiones hacemos oídos sordos a tus importantes palabras.







Eleuterio Fernández Guzmán


29 de julio de 2013

Marta o María

Lc 10,38-42

“En aquel tiempo, Jesús entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: ‘Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude’. Le respondió el Señor: ‘Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada’.

COMENTARIO

Aquellas dos hermanas querían mucho a Jesús. Por eso se desvivían, cada una a su manera, cuando las visitaba. Cada cual lo hacía como Dios le daba a entender y haciendo rendir sus talentos aunque, claro, cada una de ellas pensaba lo que tenía oportuno acerca de la otra.

Marta estaba enfadada porque María, hermana suya, no hacía nada más que escuchar a Jesús y no se ocupaba de las muchas tareas que, en la casa, se juntaban cuando el Maestro, seguido de muchos, los visitaba.

María escuchaba. Puede parecer poco eso pero cuando sabemos que escuchaba a Jesús la cosa cambia mucho. Sabía que eso era, incluso, más importante que las muchas labores caseras que necesitaban ser atendidas ignorantes, éstas, de que Jesús era mucho más a tener en cuenta que los platos y las comidas. Por eso había escogido la parte buena; por eso mismo.
JESÚS, Marta y María te querían mucho. Nosotros decimos que también pero en demasiadas ocasiones no queremos ser ni una ni otra.





Eleuterio Fernández Guzmán


28 de julio de 2013

Orar como Dios quiere




Lc 11,1-13

“Un día que Jesús estaba en oración, en cierto lugar, cuando hubo terminado, uno de sus discípulos le dijo: ‘Señor, enséñanos a orar, como Juan lo enseñó a sus discípulos’. Les dijo: ‘Cuando oréis, decid: ‘Padre, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Danos cada día el pan que necesitamos. Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos todos los que nos han ofendido. Y no nos expongas a la tentación’’.

También les dijo Jesús: ‘Supongamos que uno de vosotros tiene un amigo, y que a medianoche va a su casa y le dice: ‘Amigo, préstame tres panes, porque otro amigo mío acaba de llegar de viaje a mi casa y no tengo nada que ofrecerle’. Sin duda, aquel le contestará desde dentro: ‘¡No me molestes! La puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme a darte nada’. Pues bien, os digo que aunque no se levante a dárselo por ser su amigo, se levantará por serle importuno y le dará cuanto necesite. Por esto os digo: Pedid y Dios os dará, buscad y encontraréis, llamad a la puerta y se os abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra y al que llama a la puerta, se le abre. ¿Acaso algún padre entre vosotros sería capaz de darle a su hijo una culebra cuando le pide pescado? ¿O de darle un alacrán cuando le pide un huevo? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre que está en el cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!’”.

COMENTARIO

Aprender a orar como lo hacía el Maestro era una aspiración de muchos de sus seguidores. Veían en Él un acercamiento tan grande a Dios que querían tratar, al menos, de hacer algo parecido. Y Jesús les enseña, para todo eso, el Padre Nuestro. Nada más y nada menos que el Padre Nuestro.

Jesús prescribía, como buen médico del alma que era, unas recetas que, de seguro, iban a ir la mar de bien a sus pacientes espirituales. No siempre eran cómodas ni fáciles de llevar a cabo pues como hay medicamentos que no son de nuestro agrado el tomarlos, también hay acciones que, a tenor de nuestra naturaleza humana, nos es difícil emprender.

Pedir a Dios, por tanto, según dice Jesús que hay que pedir es una garantía, al menos, de que lo haremos bien. Ahora bien, otra cosa, muy distinta es que Dios nos conceda lo que le pedimos pues no siempre nos conviene lo que pedimos. Y eso aunque nosotros creamos lo contrario.


JESÚS,  nos enseñas el Padre Nuestro porque sabes lo que nos conviene. Nosotros, sin embargo, no siempre lo sabemos.





Eleuterio Fernández Guzmán