16 de abril de 2016

Palabras de vida eterna

Sábado III de Pascua 

Jn 6,60-69

En aquel tiempo, muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: ‘Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?’. Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: ‘¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros algunos que no creen’. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y decía: ‘Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre’. 

Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él. Jesús dijo entonces a los Doce: ‘¿También vosotros queréis marcharos?’. Le respondió Simón Pedro: ‘Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’”.

COMENTARIO

Había muchos de los que seguían a Jesús que dejaron de seguirlo. Ellos querían escuchar, digamos, lo que querían oír y, por eso, cuando les hablaba de una forma que les parecía dura de cumplir se alejaban un poco del Maestro.

Jesús, sin embargo, sabía que lo que era importante decir debía decirlo y lo callarlo. El caso es que aquello de que el espíritu es lo que vale y no el cuerpo no era entendido por mucho. Pero quería decirles que importante es el espíritu y no lo que perece.

Y Jesús quiere saber. Si hay muchos que lo abandonan quiere saber si los que están más cerca de Él quieren hacer lo mismo. Sin embargo, Pedro sabe que el Maestro es, sin duda alguna, el que tiene palabras de vida eterna. Y no quieren abandonarlo.


JESÚS, ayúdanos a no abandonarte nunca.


Eleuterio Fernández Guzmán

15 de abril de 2016

Comer y beber a Cristo

Viernes III de Pascua
Jn 6,52-59

En aquel tiempo, los judíos se pusieron a discutir entre sí y decían: ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’. Jesús les dijo: ‘En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre’. Esto lo dijo enseñando en la sinagoga, en Cafarnaúm.”

COMENTARIO

A veces hay cosas que no entendemos y las damos por no dichas, como si no tuvieran importancia. Es lo que pasó a los que escucharon a Jesús acerca de tener que comer su carne.

Jesús, sin embargo, lo explica muy bien aunque su lenguaje, seguramente, no fue entendido. Hay que comer su carne y beber su sangre. Eso es el principio básico de la Santa Misa que, como es lógico, aquellos no entendían.

Lo que resulta de todo esto es claro. Lo dice Cristo: quien come su carne y bebe su sangre resucitará en el último día, cuando vuelva el hijo de Dios en su Parusía. Y es que Él es el Pan bajado del cielo.


JESÚS, ayúdanos a comprender el sentido de tus santas palabras.



Eleuterio Fernández Guzmán

14 de abril de 2016

Creer para tener vida eterna

Jueves III de Pascua

Jn 6,44-51

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: ‘Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo’”.

COMENTARIO

Es Dios quien nos elige

A lo mejor se piensa que somos nosotros los que escogemos a Dios y que somos nosotros los que lo aceptamos en nuestra vida. Sin embargo, como sabemos, Dios nos amó primero y es el Creador el que pone sus ojos en nosotros.

Creer para tener vida eterna

Jesús lo dice con toda claridad: hay que aceptarlo a Él y tenerlo por el Hijo de  Dios para alcanzar algo que es el anhelo de todo creyente en el Todopoderoso: la vida eterna sin la cual nada de lo que nos pasa tiene sentido.

Aceptar a Cristo

De todas formas, para alcanzar la vida eterna no basta con manifestar que, en efecto, la queremos sino que debemos tener por una verdad sin parangón que Cristo es el pan vivo bajado del Cielo porque es la carne que salva al mundo.
JESÚS, ayúdanos a aceptarte como Hijo del Todopoderoso y lo que eso significa para nosotros, tus hermanos.



Eleuterio Fernández Guzmán

13 de abril de 2016

El pan de vida eterna


Miércoles III de Pascua
Jn 6,35-40

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: ‘Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed. Pero ya os lo he dicho: Me habéis visto y no creéis. Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día’”.

COMENTARIO

Un alimento que dura para siempre

Cuando Dios envió a su Hijo al mundo lo hizo para que el mundo lo reconociese y evitase seguir caído en la fosa en la que había caído. Cristo era el alimento que dura para siempre y quien lo veía y creía en Él no moriría para siempre.

Ir a Cristo

Ciertamente que Cristo es el pan de vida eterna y no el maná que comieron los antepasados de sus contemporáneos. Y es que, además, quien hace lo que él dice hace lo que dice el Padre que debe hacer porque Dios y Él son uno.

Resucitar

Por último Jesús hace una promesa que, siendo Dios, ha de cumplir sí o sí. El último día, cuando vuelva en su Parusía, resucitará a todos aquellos que hayan aceptado seguirlo.



JESÚS, ayúdanos a aceptarte como pan de vida, el Pan de la Vida eterna. 

12 de abril de 2016

Lo que conviene saber


Martes III de Pascua

Jn 6, 30-35

“En aquel tiempo, la gente dijo a Jesús: ‘¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer’. Jesús les respondió: ‘En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo’. Entonces le dijeron: ‘Señor, danos siempre de ese pan’. Les dijo Jesús: ‘Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed’”.

Querer saber

Muchos de los que seguían a Jesús sí que estaban ansiosos de conocer cuál era la Verdad. Por eso quieren conocer en qué se basa el Maestro para hacer lo que hace. Ellos conocían lo que habían hecho sus padres en el desierto y querían saber más.

La verdad

Muchos, sin embargo, estaban equivocados en la apreciación que hacían de las cosas. Y es que fue Dios, sin duda, quien dio el maná del Cielo a sus antepasados. Y ellos deben esperar algo más que un alimento que perece.

Anhelar la Verdad

De todas formas, ellos, como decimos, quieren saber. Y Jesús les dice la verdad, la gran Verdad: Él es el pan bajado del Cielo y quien lo coma vivirá para siempre.


JESÚS,  te queremos a Ti, pan de vida eterna.


Eleuterio Fernández Guzmán

11 de abril de 2016

El alimento que vale la pena

Lunes III de Pascua
Jn 6,22-29

Después que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos le vieron caminando sobre el agua. Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar, vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había montado en la barca con sus discípulos, sino que los discípulos se habían marchado solos. Pero llegaron barcas de Tiberíades cerca del lugar donde habían comido pan. Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús. 

Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: ‘Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?’. Jesús les respondió: ‘En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello’. Ellos le dijeron: ‘¿Qué hemos de hacer para realizar las obras de Dios?’. Jesús les respondió: ‘La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado’”.

COMENTARIO 

Era de esperar que después de ver lo que había hecho Jesús saciando el hambre de miles de personas hubiera muchas que quisieran buscarlo y seguirlo. No todos, sin embargo, lo hacían por la razón adecuada y correcta.

Jesús conoce la forma de ser de aquellos que son sus contemporáneos. Muchos de ellos lo buscan por lo extraordinario, por lo que ha hecho y por lo que dicen que, en muchos otros lugares, ha llevado a cabo. Pero tal no es la razón correcta ni adecuada.

Jesús les dice algo que es esencial tener en cuenta: no vale la pena, tanto como ellos creen, el alimento que perece sino el que dura para siempre. Deben tener en cuenta que tal alimento es el que vale y no el otro.

JESÚS, ayúdanos a trabajar por el alimento que vale la pena.


Eleuterio Fernández Guzmán

10 de abril de 2016

Pedro, el negador amado



Jn 21, 1-19

Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: ‘Voy a pescar.’ Le contestan ellos: ‘También nosotros vamos contigo.’ Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: ‘Muchachos, ¿no tenéis pescado?’ Le contestaron: ‘No.’  El les dijo: ‘Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.’ La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: ‘Es el Señor’, se puso el vestido - pues estaba desnudo - y se lanzó al mar.  Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.  Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: ‘Traed algunos de los peces que acabáis de pescar.’ Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y 
tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red.

Jesús les dice: ‘Venid y comed.’ Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres tú?’, sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez.

Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: ‘Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?’ Le dice él: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero.’ Le dice Jesús: ‘Apacienta mis corderos.’ Vuelve a decirle por segunda vez: ‘Simón de Juan, ¿me amas?’ Le dice él: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero.’ Le dice Jesús: ‘Apacienta mis ovejas.’  Le dice por tercera vez: ‘Simón de Juan, ¿me quieres?’ Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: ‘¿Me quieres?’ y le dijo: ‘Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.’ Le dice Jesús: ‘Apacienta mis ovejas. ‘En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo,  extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras.’

Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: ‘Sígueme.’

COMENTARIO

Aquellos hombres, rudos pescadores que habían sido enseñados por Cristo durante su vida pública, vuelven a la labor que desempeñaban antes de conocer al Maestro. Parece que poco ha servido lo que han vivido con el Hijo de Dios.

Jesús, sin embargo, tras su resurrección, sabe que debe seguir instruyéndolos. Y se les aparece en el lago, mientras pesca. Ellos, al principio no le reconocen pero sí cuando llegan a la orilla.

El caso es que Pedro, aquel que lo había negado tres veces, es perdona, también, tres veces. Cada vez que Cristo le pregunta si le quiere sabe que lo está perdonando. Pero, además, le dice qué le pasará cuando llegue a viejo y que será, exactamente, la muerte que ha de tener.

JESÚS,  ayúdanos a seguirte siempre.

Eleuterio Fernández Guzmán

9 de abril de 2016

No hay que tener miedo de ser discípulos de Cristo


Sábado II de Pascua

Jn 6,16-21

Al atardecer, los discípulos de Jesús bajaron a la orilla del mar, y subiendo a una barca, se dirigían al otro lado del mar, a Cafarnaúm. Había ya oscurecido, y Jesús todavía no había venido donde ellos; soplaba un fuerte viento y el mar comenzó a encresparse. Cuando habían remado unos veinticinco o treinta estadios, ven a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y tuvieron miedo. Pero Él les dijo: ‘Soy yo. No temáis’. Quisieron recogerle en la barca, pero en seguida la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían.”

COMENTARIO

No temáis

Jesucristo, cuando comenzó a predicar a los que había como sus discípulos sabía que eran duros de corazón y que aún no estaban preparados para recibir el Mensaje de Dios de una forma total y absoluta. Por esto trata de hacerles ver que con Él no han de tener miedo y que basta con seguirle y creer en su amor y misericordia.

Ellos tienen miedo cuando lo ven llegar caminando sobre las aguas. Eso no es nada extraño porque, al parecer, aún no conocía el poder que tenía Dios mismo hecho hombre. Pero Él los calma. Calma, así, el corazón de los que han de ser sus apóstoles.

El caso es que Cristo, que tanto quería a sus discípulos, no quiere que se espanten cuando vean algo como lo que ahora acaban de ver. Y es que no será lo último que tendrán que soportar sus corazones aún no preparados para ciertas revelaciones.


JESÚS,  ayúdanos a estar preparados para recibir tu santa doctrina.



Eleuterio Fernández Guzmán

8 de abril de 2016

Confiar siempre en Cristo

Viernes II de Pascua

Jn 6,1-15

En aquel tiempo, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia Él mucha gente, dice a Felipe: ‘¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?». Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: ‘Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco’. Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: ‘Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?’. 

Dijo Jesús: ‘Haced que se recueste la gente’. Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: ‘Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda’. Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: ‘Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo’. Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo.”


COMEN TARIO

Los apóstoles se ahogaban en muy poco. Es decir, ellos parecían tener una relación muy directa con Jesús pero, a la hora de la verdad, les faltaba fe. Y ahora lo demuestran más que bien.

Aquellos hombres, ante la situación que se les presenta, acuden a su vertiente humana: no pueden hacer nada para dar de comer a tantos. Y era verdad. Sin embargo, olvidan algo que muchas veces olvidaron: Jesús sí podía hacer mucho.

El Maestro pide a Dios que mostrase su poder de Todopoderoso. Y hace aquel milagro de la multiplicación, real, de los panes y de los peces. Él sí confía en el Creador.


JESÚS,  ayúdanos a confiar en Ti siempre.


Eleuterio        

7 de abril de 2016

Aceptar a Cristo


Jueves II de Pascua

Jn 3,31-36

El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo, da testimonio de lo que ha visto y oído, y su testimonio nadie lo acepta. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él.”

COMENTARIO

Al parecer, era difícil hacer entender que Cristo había venido de Dios. Por eso se empeña Jesucristo en dar a conocer tal naturaleza, su naturaleza. No lo hace, de todas formas, porque creyese que así se daba importancia sino porque era fundamental creer en tal verdad.

El caso es que era (y es) de vital importancia aceptar lo que significa que Cristo es enviado por Dios y que es Dios mismo. No es que eso no tenga consecuencias sino, al contrario, que las tiene y muy importantes.

¿Qué pasa si se cree en tal verdad? Pues Cristo lo dice con toda claridad: tendrá vida eterna quien lo confiese Hijo del Padre; tendrá muerte eterna quien no lo confiese como tal. Así de simple y directa es tal verdad.


JESÚS, ayúdanos a no dudar de Quién eres.



Eleuterio Fernández Guzmán

6 de abril de 2016

Aceptar a Cristo


Miércoles II de Pascua

Jn 3,16-21

“En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: ‘Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios’”.

COMENTARIO

Continúa la enseñanza a Nicodemo de parte de Jesús. Y lo que le dice en esta ocasión es de crucial importancia porque tiene que ver con la vida eterna. Y lo que sugiere Jesús es que se tenga confianza en el Hijo de Dios… Él mismo.

Jesús se refiere a él mismo como la Luz que Dios envío al mundo. Y es que sabe perfectamente que el mundo ha preferido las tinieblas a la Luz y que eso puede tener consecuencias muy malas para el mundo. Él, sin embargo, propone lo mejor que debe ser aceptado.

Jesús establece dos tipos de personas: aquella que no aceptan la Luz que Dios propone y aquellos que, al contrario, la aceptan. Y el resultado de tal increencia o creencia es diametralmente opuesto: los primeros la condenación eterna; los segundos, la salvación eterna.


JESÚS, ayúdanos a estar siempre de tu lado.


Eleuterio Fernández Guzmán

5 de abril de 2016

Lo que Nicodemo no comprendía



Martes, 5 de abril de 2016
Martes II de Pascua

Jn 3,7-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: ‘No te asombres de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu’. Respondió Nicodemo: ‘¿Cómo puede ser eso?’. Jesús le respondió: ‘Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas cosas? En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna’”.

COMENTARIO

Nicodemo era discípulo de Jesús. Lo era en secreto porque su situación personal no le permitía hacer otra cosa. Por eso quiere conocer aquello que enseña el Maestro y quiere saber a qué atenerse.

Nicodemo no comprende qué significar nacer de lo alto. Y es que Jesús le quiere decir que debe nacer, espiritualmente, de nuevo, de forma totalmente nueve: olvidando lo que fue y pasando a tener un corazón de carne.

Jesús, además, le dice de qué muerte va a morir. Nicodemo, seguramente, no entiende lo que le dice pero el Hijo de Dios le está diciendo que cuando lo levante será cuando muera. Sabemos, claro, nosotros, a qué se refería. El pobre Nicodemo, tan inteligente que era, no alcanzaba a saber eso.


JESÚS, ayúdanos a comprender tu santa Palabra.


Eleuterio Fernández Guzmán

4 de abril de 2016

Sí, dijo María


Lc 1, 26-38

26 Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de
Galilea, llamada Nazaret, 27 a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. 28 Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
29 Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo.
30 El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; 31 vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. 32 El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; 33 reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.»
34 María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?»
35 El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder
del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.
36 Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, 37 = porque ninguna cosa es imposible para Dios.» = 38 Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue.


COMENTARIO

La forma que tiene Dios de hacer las cosa es perfectamente entendible según su voluntad. Por eso envía a Gabriel, su Ángel, a pedir a María si quería ser su Madre.

No es de extrañar que María no acabase de comprender aquello porque era del todo algo impensable que ella pudiera tener un hijo cuando había consagrado al Señor su virginidad.

Ella, sin embargo, tiene fe. Pone toda su confianza en Dios y responde afirmativa al Ángel. Aquel fiat, aquella forma de ver las cosas como las ve quien confía en el Todopoderoso, es lo que hace de María una mujer digna de ser llamada Madre de Dios.




JESÚS, ayúdanos a tener fe como María, tu Madre.


Eleuterio Fernández Guzmán

3 de abril de 2016

La incredulidad de Tomás


Jn 20 19-31

“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar  donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: ‘La paz con vosotros.’ Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: ‘La paz con vosotros. Como el Padre me envió,  también yo os envío.’ Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.’ 

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: ‘Hemos visto al Señor.’ Pero él les contestó: ‘Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.’
Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. 
Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: ‘La paz con vosotros.’ Luego dice a Tomás: ‘Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.’ Tomás le contestó: ‘Señor mío y Dios mío.’ Dícele Jesús: ‘Porque me has visto has creído.  Dichosos los que no han visto y han creído.’ Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro.

Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.”

COMENTARIO

No es de extrañar que aquellos discípulos más allegados de Jesús estuviesen escondidos por miedo a los judíos. El miedo es legítimo si se apoya en conocimiento de causa y ellos, para su desgracia, la tenían y más que suficiente.

Jesús se aparece ante ellos para fortalecer su corazón. Ahora han de ver que era cierto todo lo que les había dicho y que deben mantener su labor evangelizadora que era para lo que habían sido enseñados.

Pero Tomás no cree. Sólo cuando Jesús le dice que ponga sus manos en sus heridas acaba cediendo sus dudas. Y define, Cristo, la fe perfectamente cuando le dice que son felices lo que creen sin ver.


JESÚS,  ayúdanos a creer sin ver.



Eleuterio Fernández  Guzmán

1 de abril de 2016

Volver a la vida sin darse cuenta


Viernes de la octava de Pascua
Jn 21,1-14

Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: ‘Muchachos, ¿no tenéis pescado?’. Le contestaron: ‘No’. Él les dijo: ‘Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis’. La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: ‘Es el Señor’. Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos. 

Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: ‘Traed algunos de los peces que acabáis de pescar’. Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: ‘Venid y comed’. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres tú?’, sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Ésta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.”

COMENTARIO

Podemos decir que, cuando Jesús es colgado en la Cruz, hay muchos de sus discípulos que creen que todo ha terminado. Por eso muchos vuelven a sus antiguos trabajos. Es el caso de los apóstoles que, siendo la mayoría pescadores, vuelven a sus antiguas labores.

Resulta curioso que sin haber tenido antes nada cuando estaban con el Maestro no les faltaba de nada y ahora, que lo creen que lo han perdido, necesitan de todo. Pero Cristo sabe que necesitan mayor instrucción y formación.

Y Cristo les muestra el poder de Dios indicándoles dónde deben pescar. Ellos, sin embargo, no se atreven a preguntar quién es porque lo saben de sobra. Aun tienen dudas pero ya no de fe sino de darse cuenta de que todo era cierto y verdad. 

JESÚS, ayúdanos a tener fe y a no dudar.


Eleuterio Fernández Guzmán

31 de marzo de 2016

Cuando Cristo se aparece


Jueves de la octava de Pascua
Lc 24,35-48

En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo habían conocido a Jesús en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: ‘La paz con vosotros’. Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: ‘¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo’. Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: ‘¿Tenéis aquí algo de comer?’. Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos. 

Después les dijo: ‘Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’’. Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: ‘Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas’”.

COMENTARIO

Jesucristo no podía dejar de cumplir nada de la misión para la que había sido enviado al mundo. Tiene, digamos, una prórroga para acabar de formar a sus apóstoles. Y la aprovecha desde el primer momento.

Cuando se aparece ante aquellos hombres y mujeres que estaban escondidos les da la paz. Pero les da la paz de Dios y no la del mundo. Y muestra sus heridas porque necesitan saber que no se trata de un espíritu sino que es carne y hueso; espiritualizados pero de carne y hueso.

Y los hace testigos. Ellos, que todo lo vieron han de dar testimonio de lo que ahora han visto. Les abre la inteligencia porque, hasta entonces, no habían comprendido casi nada. Y ellos, que veían aquello como un verdadero portento, comprendieron; entonces comprendieron.


JESÚS, ayúdanos a tener el corazón abierto a tu Palabra.



Eleuterio Fernández Guzmán

30 de marzo de 2016

Los dubitativos discípulos de Emaús


Miércoles de la octava de Pascua

Lc 24,13-35

Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. 

Él les dijo: ‘¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?’. Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: ‘¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?’. Él les dijo: ‘¿Qué cosas?’. Ellos le dijeron: ‘Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron’. Él les dijo: ‘¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?’. Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras. 

Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: ‘Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado’. Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. 

Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: ‘¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?’. Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: ‘¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!’. Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.”

COMENTARIO

Aquellos discípulos que se volvía a sus casas de Emaús parece que no habían acabado de comprender lo que había pasado en Jerusalén. Estaban tristes pero también estaban decepcionados. Aquel Maestro del que tanto esperaban murió y nada más se supo de Él.

Jesús, sin embargo, que conoce los corazones de los hombres, no pude dejarlos con la duda en el corazón. Les enseña lo que las Sagradas Escrituras judías decían sobre Él y cuando parte el pan a ellos se les abren los ojos.

El caso es que aquellos discípulos volvieron a tener fe en cuanto de dieron cuenta de que aquel que los acompañó en su casa era el Maestro. Y lo que hacen dice mucho de ellos: no pueden callar aquello y vuelve a Jerusalén a contar que han visto al Cristo de Dios vivo.


JESÚS, ayúdanos a no tener dudas como aquellos discípulos de Emaús.



Eleuterio Fernández Guzmán

29 de marzo de 2016

Encontrar a Cristo

Martes de la octava de Pascua

Jn 20,11-18

“En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: ‘Mujer, ¿por qué lloras?’. Ella les respondió: ‘Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto’. Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: ‘Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?’. Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré’. Jesús le dice: ‘María’. Ella se vuelve y le dice en hebreo: ‘Rabbuní’, que quiere decir “Maestro”‘. Dícele Jesús: ‘No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’’. Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras”

COMENTARIO

María de Magdala estaba fuera del sepulcro llorando porque no había visto el cuerpo de Jesús donde lo habían dejado la noche del viernes. Podemos imaginar que su corazón estaba roto por la tristeza que se acumulaba a la Pasión de nuestro Señor.

Pero Jesús, que ha resucitado, la consuela. No quiere que llore aunque sabe que eso no es fácil ni posible. Y le pregunta. Ella, aún, no lo ha reconocido y responde con intención de recuperar el cuerpo de Jesús. Aun no ha comprendido.

Cuando María Madgalena se da cuenta de que aquel que le habla no es otra persona que Jesús no puede hacer otra coas que querer abrazarlo pero el Maestro sabe que aún no puede hacerlo. Pero le encomienda una misión que cumple al instante: avisar, ser testigo de su resurrección.


JESÚS, ayúdanos a tener perseverancia en la fe.

Eleuterio Fernández Guzmán