5 de agosto de 2012

El alma, ciertamente, corrompida de más de uno


Cuando tras cada asesinato de la banda terrorista ETA se ha sucedido la justa repulsa por el mismo y por haber demostrado, una vez más, que hay un grupo de personas que se creen con derecho a disponer de la vida de otros semejantes, hay una realidad que, a lo mejor, no ha sido bien definida y puesta sobre el papel. Y es esto: atentar contra la vida de una persona, arrogándose un inexistente derecho a disponer de ella, es muy propio de seres que, más que humanos, hay que considerarlos alejados de la misma naturaleza que Dios nos dio como especie y, más bien, incluirlos en alguna de las que, como alimañas, pululan por la Tierra.

Son, por decirlo pronto, los sin alma o, como poco, los de alma corrompida.

Es muy conocida la frase de San Agustín según la cual “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti” porque pone, sobre el tapete de la realidad de cada cual, que, el Creador, aún dándonos la vida y haciendo posible, incluso, el perdón del pecado original en el bautismo (o de la forma que Dios quiera en otras manifestaciones religiosas y que, seguramente, ignoramos) nos da la libertad para que, aceptando su voluntad, caminemos hacia su Reino de una forma, digamos, correcta y adecuada.

Muchas veces se argumenta que tal predicación no sirve si no es aceptada por quien la puede recibir. Y eso, en esencia, es cierto, porque entra, de lleno, dentro de la libertad donada por Dios a cada uno de nosotros.
Sin embargo, no es menos cierto que, a pesar de eso, la verdad no deja de ser verdad aunque no la aceptemos porque está ahí y, por decirlo así, permanece sobre nuestros pensamientos y obras.

Por tanto, las personas que, a lo largo de las décadas, han tomado la decisión de decidir sobre la vida ajena de tal forma que, bien tiroteando o poniendo bombas o de la forma que haya sido, han acabado con la de sus semejantes (¡Hijos e hijas de Dios, también!) deben saber que también serán juzgados cuando corresponda y, por la forma que le hayan dado al contenido de su alma, las decisiones tomadas no serán olvidadas.

Seguramente eso les importará muy poco porque, de ser de otra forma, jamás hubieran empuñado el arma que mató a Ignacio ni hubieran puesto los explosivos que tantas vidas han segado, ni, ni ni…

No podemos pensar, por otra parte, que carecen de alma porque, como dice el número 366 del Catecismo de la Iglesia Católica, “La Iglesia enseña que cada alma espiritual es directamente creada por Dios”

En eso son iguales a los demás seres humanos: en tener alma, pero no en corromperla que es, por eso mismo de la corrupción, acción propia de cada cual, decisión personal e intransferible.

Y, sin embargo, como fieles de la Iglesia católica también afirmamos, con el Catecismo (el mismo número 366 citado arriba) que el alma “no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final”.

Lo que yo no sé es qué tipo de alma van a presentar algunos cuando les llegue tal momento y ya no tengan remedio sus malas acciones, sus tergiversaciones de la Ley de Dios y, sobre todo, el escaso conocimiento que demuestran de la naturaleza que, con benevolencia, les entregó el Creador.

Y, a pesar de todo lo dicho, les hemos de tener, a los asesinos y a los instigadores de las muertes, bastante pena porque parecen desconocer lo más básico de un comportamiento adecuado y necesitan, seguro, de mucha oración a su favor.

Sin embargo aunque comprendo que resulte difícil dar el paso que hay del odio al perdón tenemos que saber que existe, a pesar de ser, todos, hijos de Dios, una notable diferencia entre quien sabe que matar es pecado y ha de perdonar y quienes, al contrario, ven, en la muerte ajena, un escabel desde donde ver la parte de infierno que han escogido habitar.

Por eso sabemos que Dios existe.


Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Análisis Digital

Cristo es el Pan de vida





Domingo XVIII del tiempo ordinario

Jn 6, 24-35

“En aquel tiempo, cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús. Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: ‘Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?’. Jesús les respondió: ‘En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello’.

Ellos le dijeron: ‘¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?’. Jesús les respondió: ‘La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado’. Ellos entonces le dijeron: ‘¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: ‘Pan del cielo les dio a comer’’. Jesús les respondió: ‘En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo’. Entonces le dijeron: ‘Señor, danos siempre de ese pan’. Les dijo Jesús: ‘Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed’”.

COMENTARIO


Muchas personas seguían a Jesús. Unas lo hacían porque habían escuchado lo que decía y les parecía bueno y, además, les enseñaba con la Verdad y no como otros de sus maestros; otras porque habían visto algún milagros de los muchos que hasta entonces había hecho.  Pero cada cual, según su interés, seguían a Cristo.

Alguno, pobre hombre, le pregunta que qué deben hacer para hacer lo mismo que Él hace. Y la respuesta debió sorprenderle bastante porque hacer lo que Dios permite hacer supone, antes que nada, creer en su Enviado o, lo que es lo mismo, en Jesús.

Pero Cristo es, sobre todo, lo que Él mismo dice: el pan de vida. No como el que comieron los israelitas cuando Dios les envió el maná al desierto. Cristo es, en verdad, el alimento que no perece y que sacia el corazón del creyente.  



JESÚS,  sabes que es muy importante que re reconozcamos en el prójimo porque es la manera más correcta de vivir. Sin embargo, muchas veces se nos olvida tan gran verdad.



Eleuterio Fernández Guzmán


4 de agosto de 2012

Ser como Juan el Bautista




Sábado XVII del tiempo ordinario

Mt 14, 1-12

“En aquel tiempo, se enteró el tetrarca Herodes de la fama de Jesús, y dijo a sus criados: ‘Ese es Juan el Bautista; él ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él fuerzas milagrosas’.

Es que Herodes había prendido a Juan, le había encadenado y puesto en la cárcel, por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo. Porque Juan le decía: ‘No te es lícito tenerla’. Y aunque quería matarle, temió a la gente, porque le tenían por profeta.

Mas llegado el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio de todos gustando tanto a Herodes, que éste le prometió bajo juramento darle lo que pidiese. Ella, instigada por su madre, ‘dame aquí, dijo, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista’. Entristecióse el rey, pero, a causa del juramento y de los comensales, ordenó que se le diese, y envió a decapitar a Juan en la cárcel. Su cabeza fue traída en una bandeja y entregada a la muchacha, la cual se la llevó a su madre. Llegando después sus discípulos, recogieron el cadáver y lo sepultaron; y fueron a informar a Jesús.”

COMENTARIO

Juan el Bautista no fue una persona cualquiera en la vida de las Sagradas Escrituras. Por ser el último profeta del último testamento y anunciador de Jesús como el Cordero de Dios, su papel y función fue perfectamente cumplida en vida de tan gran hermano en la fe.

Al Bautista había algunas personas que lo querían bastante mal. No es de extrañar esto porque a lo largo de la vida del pueblo de Israel muchos otros profetas acabaron sus días de forma brusca al verse sometidos al juicio terrible de quienes no querían escuchar lo que les decía ni siquiera teniendo en cuenta que lo decía en nombre de Dios.

La muerte de Juan, hijo de Isabel y Zacarías, sobrino de la Virgen María y primo de Jesús, supone la apertura de una nueva etapa en la historia de la humanidad. Termina con él el Antiguo Testamento y comienza la vida pública de Cristo, Hijo de Dios y hermano nuestro. También, en eso, dio una lección importante el hijo de Isabel."



JESÚS, tu primo Juan murió por decir la verdad que es, exactamente, lo mismo que te pasó a ti. Deberíamos, nosotros mismos, tener en cuenta esto para conducir nuestras vidas por la senda que, derecha, lleva al definitivo Reino de  Dios.




Eleuterio Fernández Guzmán


3 de agosto de 2012

Cristo, Profeta



 Viernes XVII del tiempo ordinario

Mt 13, 54-58

“En aquel tiempo, Jesús viniendo a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: ‘¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?’. Y se escandalizaban a causa de Él. Mas Jesús les dijo: ‘Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio’. Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe."


COMENTARIO

Era lógico que Jesús volviera al pueblo donde había vivido muchos años sin darse a conocer como el Mesías y como el Ungido de Dios. No era, pues, extraño que quisiera, allí también, dar a ver la Verdad.

El ser humano común, no el santo, suele tener envidia de aquello que ha conseguido otro ser de su misma especie. Se buscan excusas para no dar por bueno lo que hace otro y eso, exactamente, es lo que hacen con Jesús. Se extrañan que haga lo que hace porque conocen de dónde viene. Bueno, conocen dónde vivió pero no, al parecer, de dónde viene que es de Dios.

Jesús, sin embargo, no deja su tierra sin hacer algo bueno. Dice San Mateo que no hizo muchos milagros pero que, al menos, hizo algunos. Y eso porque su fe no estaba arraigada en Dios sino, seguramente, en los hombres que les habían llevado por el camino de la perdición espiritual. Y no quieren seguir al verdadero Profeta de Dios.



JESÚS, quieres que todos conozcan Quién eres y lo que eres capaz de hacer y decir. Sin embargo, al igual que te pasó entonces, ahora tampoco queremos ser consecuentes con la fe que decimos tener y seguir.




Eleuterio Fernández Guzmán


2 de agosto de 2012

Sentido de la Biblia en nuestra vida

 



Dice Francisco Varo (1), tomando palabras de Gregorio Magno, que la Biblia es, al fin y al cabo, “una carta de Dios dirigida a su criatura”. Y, por eso mismo, un “mensaje que le hace llegar quien lo conoce bien y lo quiere”.

La Palabra de Dios, contenida en los libros que forman las Sagradas Escrituras, es, pues, para los que nos consideramos hijos del Padre, un instrumento poderoso que, bien conocido y utilizado, fundamenta nuestra propia existencia y da sentido a nuestro caminar hacia el definitivo Reino de Dios.

Supone, por tanto, una especie de asidero al que poder acudir en nuestro quehacer; un, a modo, de piedra angular sobre la que se construye nuestra vida.

Así, seguimos las palabras de San Juan, que, en su Primera Epístola (1, 2-3) dejó escrito que “Os anunciamos la vida eterna: que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que también vosotros viváis en esta unión nuestra que nos une con el Padre y con su Hijo Jesucristo”.

Por otra parte, el sentido que tiene la Biblia para los cristianos, aquí católicos, lo expresa bien la Constitución Dei Verbum cuando, en su número 13 dice que “Sin mengua de la verdad y de la santidad de Dios, la Sagrada Escritura nos muestra la admirable condescendencia de Dios, ‘para que aprendamos su amor inefable y cómo adapta su lenguaje con providencia solícita por nuestra naturaleza’” (2)

¿Podemos entender, por otra parte, que lo dicho en las Sagradas Escrituras tiene alguna utilidad en un mundo tan alejado de Dios como el que nos ha tocado vivir?

En primer lugar, lo que, en realidad, supone, es una voluntad (en quien se acerca a ellas) de ver transformada su vida. Bien sabemos que, siendo Palabra de Dios está, ahí, puesta, para mostrarnos el camino hacia el Padre y no como una bella forma de decir las cosas.

Tenemos pues, como dice Francisco Varo (en el libro citado supra) “un largo forcejeo íntimo contra sí mismo” que cada cual realizamos cuando, al enfrentarnos con la lectura de la Biblia, vemos que lo que allí se propone dista mucho de nuestra voluntad, muchas veces mundana.

Al transformar nuestro corazón (de uno de piedra, si lo era, a uno de carne) nuestras relaciones con los demás han de cambiar porque bajo el prisma de las Sagradas Escrituras la relación con el otro deviene fraterna y con eso, seguramente, dejaremos de apuntar los errores ajenos en piedra para escribirlos, cribados por la misericordia de tan nuevo corazón, en el agua donde, fácilmente, se borran. Y eso porque habrá perdón.

Por otra parte, ver el mundo a la luz de la Biblia no es, por decirlo así, una manifestación de buenismo ni algo como alejado de la dureza de las cosas sino, al contrario, un afrontar las mismas con el consejo sabio de Cristo y la mano experta y paterna de Dios.

Es, sobre todo, y más que nada, algo eminentemente útil la lectura y comprensión de las Sagradas Escrituras.

A la luz de Dios el encuentro con el Padre en los libros que componen el Antiguo y el Nuevo Testamento, es tan válido para nuestra vida que prescindir de ello no es algo recomendable ni, tampoco, admisible para un cristiano. Agua viva que no podemos dejar de beber.

 Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Soto de la Marina
 
NOTAS
(1) Profesor del Antiguo Testamento en la Universidad de Navarra. Aquí la referencia es al libro “¿Sabes leer la Biblia?”, publicado en la Editorial Planeta.
(2) San Juan Crisóstomo (último entrecomillado), In Gen.3.8.hom17,1

Saber qué pasará



Jueves XVII del tiempo ordinario

Mt 13, 47-53

“En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: ‘También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?’ Dícenle: ‘Sí’. Y Él les dijo: ‘Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo’. Y sucedió que, cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí".

COMENTARIO

Jesús continúa avisando acerca de lo que será el fin del mundo y la vida eterna. Lo que dice a veces no nos viene bien porque en demasiadas ocasiones actuamos, en exclusiva, como seres humanos demasiado mundanos.

Separar lo bueno de lo malo. Eso dice Jesús acerca de lo que será, cuando Dios quiera, la separación de los seres humanos que hayan actuado de acuerdo a la voluntad del Creador y los que no hayan cumplido con la misma.

No ser de lo viejo sino de lo nuevo es algo que, con la visión en la vida eterna, debemos tener en cuenta porque, de otra forma, no disfrutaremos de la visión beatífica. Y nos conviene, también de forma egoísta, no ser de lo viejo sino, al contrario, odres nuevos que contengan lo nuevo de Dios en nosotros.

JESÚS, quieres que todos disfrutemos de la vida eterna y por eso mismo en tantas ocasiones nos dices lo que nos conviene. Sin embargo, ni siquiera sabiendo Quién eres, solemos hacerte mucho caso.




Eleuterio Fernández Guzmán


1 de agosto de 2012

Darlo todo por la vida eterna



Miércoles XVII del tiempo ordinario

Mt 13,44-46

“En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: ‘El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.

‘También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra’”.

COMENTARIO

Es común no tener en cuenta la importancia que tiene, para nuestra vida, la que es eterna y, en definitiva, nuestra estancia para siempre, siempre, siempre, en el definitivo Reino de  Dios. Y, así, nos apartamos del Creador porque, el fin y al cabo, porque no nos conviene seguirlo.

De forma muy contraria debemos actuar porque la vida eterna es un destino que nos es reservado por Dios para cada uno de nosotros. Cuando la encontremos, entonces, no queremos perderla nunca porque es un bien que ni tiene precio ni podemos esperar anda mejor de parte del Creador.

Pero también podemos buscar la vida eterna. Nos es dada por Dios porque quiere pero tampoco podemos negar que no podemos sentarnos a esperar que nos sea dada sin hacer nada. Por eso dijo San Pablo que no debía comer quien no trabajara...




JESÚS,  la vida eterna nos es entregada por Dios porque así es su voluntad. Nosotros, sin embargo, en demasiadas ocasiones, hacemos como si no supiésemos nada de ella y como si, en realidad, no nos interesara.



Eleuterio Fernández Guzmán


31 de julio de 2012

Ser cizaña o buen trigo




Martes XVII del tiempo ordinario

Mt 13,36-43

“En aquel tiempo, Jesús despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: ‘Explícanos la parábola de la cizaña del campo’. Él respondió: ‘El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.

‘De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga’”.

COMENTARIO

Todos conocían qué hacía la cizaña en un campo donde salía y no era otra cosa que estropear y hacer que una cosecha viniera a menos pues la labor de tan mala hierba era y es, casi, menospreciar lo bueno en aras del beneficio de lo malo.

Jesús no calla nada de lo que es muy importante y que debían saber aquellos que lo escuchaban. Todo lo que les dice se ha de cumplir palabra por palabra y, por eso mismo, no deberíamos hacer oídos sordos a lo que entonces dijo.

El Hijo del hombre ha de venir por segunda vez. Entonces los ángeles de Dios cumplirán con la misión de separar lo bueno de lo malo, la cizaña del buen trigo y, en fin, a los que han de ir a la condenación eterna o al definitivo Reino de Dios.


JESÚS,  sabes que es muy importante que no seamos como la cizaña. A cada uno de nosotros nos corresponde decidir qué somos aquí, en este valle de lágrimas. Es una pena que, en demasiadas ocasiones nos guste tanto ser cizaña.



Eleuterio Fernández Guzmán


30 de julio de 2012

El Reino de Dios es más normal de lo que parece



Lunes XVII del tiempo ordinario

Mt 13,31-35

“En aquel tiempo, Jesús propuso todavía otra parábola a la gente: ‘El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas’.

Les dijo otra parábola: ‘El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo». Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: ‘Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo’”.


COMENTARIO

Ejemplos de la vida ordinaria, común, utiliza Jesús en muchas ocasiones. Sabe que es la mejor forma de que aquellos que le escuchan entiendan lo que quiere decirles sin entrar en profundidades teológicas que pudieran no entender.

El Reino de Dios es como... es la forma habitual de empezar una parábola. Podemos entender que se refiere a Dios mismo. En un caso el Creador es como una semilla muy pequeña que entra en el corazón y, si la dejamos fructificar, hace mucho bien en nosotros.


También es el Reino de Dios como la levadura que transforma aquello que toca, la masa de harina, para que lo que era de un tamaño determinado devenga mayor y mejor. Así, la Palabra de Dios es como tal producto casero y hace en nosotros un efecto similar.


JESÚS,  sabes que lo simple es mejor para nuestro corto entendimiento de hombres. Así, con lo poco haces mucho y con lo que es pequeño, grandes realidades espirituales. A veces nosotros, sin embargo, no prestamos la debida atención a lo que nos dices.



Eleuterio Fernández Guzmán


29 de julio de 2012

Teoría y práctica católica - Doctrina católica elemental

Teoría y práctica católica-Doctrina católica elemental

Si a un católico se le dice que tiene que cumplir tal o cual precepto seguramente te dirá que no está obligado porque la Ley de Dios no se impone su cumplimiento. Y esto, con ser cierto, no está totalmente de acuerdo con la naturaleza de la fe que tiene y de la que tenía que tener formación adecuada.

Por eso, exactamente por eso, tener un conocimiento siquiera elemental de la fe que se dice tener no deja de ser obligación grave de todo católico. Así, si hablamos de los Mandamientos de la Ley de Dios y, pasando por las Bienaventuranzas, seguimos con El Credo como expresión de una fe adulta, concluiremos que no es poco lo que se hace necesario aprender (pues se trata, también, de ser enseñado) y que es abundante el campo que se debe labrar para obtener un buen fruto de tal labranza que sólo saldrá a la luz si es que se cumple con lo que se dice ser o, lo que es lo mismo, si la teoría se lleva a la práctica.



El autor: Eleuterio Fernández Guzmán es seglar, catequista y licenciado en Derecho. Nació en Granada en 1963 y vive, actualmente, en Torrent (Valencia-España) Está casado y tiene dos hijos.


Datos técnicos:

Editorial: Lulu (http://www.lulu.com/spotlight/eleuterio63)
Materia: Religión y espiritualidad
Destinatarios: Creyentes católicos
Formato: 18,9 x 24,59
Páginas: 209
ISBN: 580008500569
Precio con Iva :10 € en formato papel; 1 € en formato pdf.


Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Acción Digital

Principios irrenunciables del catolicismo

 






La sociedad que nos ha tocado vivir, la del siglo XXI, parece abocada a la perdición moral y al abismo del que tanto escribió, y puede leerse, el salmista. Al parecer, Dios no importa y el ser humano puede valerse de sí mismo y de sus propias fuerzas para avanzar por el mundo sin tener que recurrir a Quien, en verdad, lo creó. 

Sin embargo, aquellos que nos consideramos hijos de Dios y sabemos que las cosas no son de tal jaez, estamos en la seguridad de que la voluntad de Creador no puede ir por determinados caminos que no son, seguramente, nada buenos ni benéficos para quien quiere acudir ante su Padre con el corazón limpio. Es más, son exactamente contrarios a lo que debe ser una existencia basada en el Amor de Dios y en lo que ha de querer para nosotros.

Por eso sabemos que existen unos principios que son irrenunciables para un católico y de los cuales no puede apearse nadie que se considere hijo de la Esposa de Cristo. No son, sin embargo, nada extraños para quien cree en Dios sino expresión exacta de lo que ha de ser y ha de ser porque así lo quiere el Todopoderoso que sea.

En el número 83 de la Exhortación apostólica Sacramentum caritatis deja escrito Benedicto XVI algo muy importante acerca de los tales principios irrenunciables que son, por tanto innegociables porque no se puede hacer con ellos y de ellos objeto de transacción o de tejemaneje.

Y dice lo siguiente:

“Es importante notar lo que los Padres sinodales han denominado coherencia eucarística, a la cual está llamada objetivamente nuestra vida. En efecto, el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe.
Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales como:
- el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural,
-la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer,
-la libertad de educación de los hijos y
-la promoción del bien común en todas sus formas.”

Por lo tanto:
“Estos valores no son negociables. Así pues, los políticos y los legisladores católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza humana.”

Por lo tanto, no es posible no tener en cuenta, para y en la vida de un católico, la familia, la libertad de educación de los hijos y, antes que nada, la defensa de la vida y el respeto a la misma desde que el ser humano es ser humano (desde la concepción) hasta que la muerte, natural, le lleva a la definitiva Casa del Padre, al infierno o, incluso, al Purgatorio.

En realidad, puede llegar a pensarse que defender la tesis de los cuatro principios innegociables (también llamados valores) supone hacer política, digamos, al revés de la política existente en la actualidad. Sin embargo, no es más que el planteamiento de una base católica sobre la que dirigir nuestras vidas de manera que no hagamos el Don Tancredo cuando se ataquen determinados valores sin ver en ello intención de asentar determinada política dentro de la sociedad política que nos tocado vivir.

Es bien cierto que el ser humano es político por el excelencia o, lo que es lo mismo, que al vivir en sociedad tiene que relacionarse con la sociedad en la vive porque una cosa es que el católico sepa que no es de este mundo y otra, muy distinta, que crea que por el hecho de no serlo tenga que dejar que el mundo lo agobie de tal manera que, en efecto, lo eche de este mundo.

Los principios innegociables son principios porque son la base de la idea católica del mundo; son innegociables porque no se puede hacer dejación de ellos en cualquier negociación que en el mundo pueda darse para salir beneficiado en algo aplicando el principio según el cual el fin sí justicia los medios. Sabemos que no es así y, por eso mismo, no se puede negociar con lo que es innegociable.

Independientemente de las consecuencias que pueda acarrearnos tal tipo de actuación, nadie ha podido demostrar (a lo mejor decir, desde la ignorancia, sí) que ser católico sea fácil. Quien así lo crea es que, en verdad, debe haber negociado con los principios que son innegociables más de una vez.


Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Análisis Digital

Poder de Dios



Domingo XVII del tiempo ordinario

Jn 6,1-15

“En aquel tiempo, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia Él mucha gente, dice a Felipe: ‘¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?’. Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: ‘Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco’. Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: ‘Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?’".

COMENTARIO

En efecto, como dice el texto del Evangelio de San Juan, muchos seguían a Jesús porque veían que hacía algo que nadie había podido hacer hasta entonces y que no era otra cosa que la demostración de que no era un maestro cualquiera sino un Maestro único.

Jesús sentía pena por aquellos que le seguían porque sabían que tenían hambre y que de alguna manera tenía que remediar la situación por la que pasaban aquellos seguidores suyos.

Tenían, sin embargo, muy poco par comer. Pedro dice que apenas tienen cinco panes y dos peces y eso, con franqueza, no daba para mucho si hablábamos de pensamiento mundano y humano. Pero Jesús era mucho más que un hombre...


JESÚS,  los que te siguen buscan, a veces, lo extraordinario pero, en demasiadas ocasiones, no encuentran lo simple pero importante: el amor. Es, ciertamente, una forma muy común de comportarnos.



Eleuterio Fernández Guzmán


28 de julio de 2012

Ser semilla; ser cizaña



Sábado XVI del tiempo ordinario

Mt 13,24-30


“En aquel tiempo, Jesús propuso a las gentes otra parábola, diciendo: ‘El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: ‘Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?’. Él les contestó: ‘Algún enemigo ha hecho esto’. Dícenle los siervos: ‘¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?’. Díceles: ‘No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero’’”.

COMENTARIO

Quizá nos convendría decidir qué somos en materia espiritual. Jesús lo dice de una forma terminante cuando nos cuenta la parábola de la semilla y la cizaña. Qué queremos ser es importante para nuestra vida y, también, para los demás.

En caso de ser semilla y no cizaña deberemos fructificar como hace aquella que en el campo se siembra y, tras el tiempo que la naturaleza tiene establecido para que así sea, da el fruto esperado por el sembrador. Al contrario si somos cizaña y sólo crecemos para dañar la comunidad espiritual en la que vivimos.

Jesús dice algo que es muy importante: aquello que hacemos en nuestro comportamiento semilla o cizaña no es que no tenga ninguna importancia en la vida eterna sino que la tiene toda. De haber sido cizaña, ya sabemos cuál es nuestro destino definitivo y de haber sido semilla, también.

JESÚS,  prefieres que seamos semilla que da fruto (aunque sea poco) antes que cizaña que no da fruto alguno sino que estropea el que Dios ha podido hacer crecer. Sin embargo, en demasiadas ocasiones preferimos ser mala hierba...



Eleuterio Fernández Guzmán


27 de julio de 2012

Rendir mucho, ser buenos discípulos


 

Viernes XVI del tiempo ordinario

Mt 13,18-23

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumbe enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta’”.

COMENTARIO

Dios siembra en nuestro corazón aquello que estima y cree necesario para nuestra vida y nuestra existencia. Luego depende de cada hijo suyo que se acepte lo sembrado o que se deje perder sin más efecto.

En nuestra vida podemos actuar de muchas formas. Unas están de acuerdo con la voluntad de Dios y otras muy alejadas de la misma. A cada cual nos corresponde decir, con nuestra forma de manifestar nuestro corazón, si producimos mucho o poco con los talentos que recibimos de Dios.

Si somos buena tierra, si nuestro corazón está dispuesto a recibir a Cristo de tal manera que aboquemos nuestra existencia a llevar una vida de acuerdo con la voluntad de Dios, bien podemos decir que nuestra existencia se manifiesta como el Creador quiere que actuemos.


JESÚS,  ayúdanos a rendir lo más posible de lo que proceda de la siembra que Dios hace en nuestra vida y a no olvidar lo que, en verdad, nos corresponde ser y hacer.



Eleuterio Fernández Guzmán


26 de julio de 2012

Escuchar a Cristo




Mt 13,10-17

“En aquel tiempo, acercándose los discípulos dijeron a Jesús: ‘¿Por qué les hablas en parábolas?’. Él les respondió: ‘Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías: ‘Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane’.

‘¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron’!."

COMENTARIO

Jesús comprendía y sabía que no todos aquellos que le escuchaban entendían lo que les estaba diciendo. Por eso a sus apóstoles les habla de forma que pueden entenderlo pero a los demás lo hace en parábolas que es una forma popular de dar a entender las cosas.

Jesús se refiere a las palabras del profeta Isaías en las que se refleja una situación que no es sólo y en exclusiva propia de aquella época. Al contrario, suele ser común hoy mismo escuchar lo dicho por el Maestro y limitarse a oír pero no a entender lo que no queremos entender.

Jesús debió sentir mucha lástima porque aquellas personas estaban siendo testigos de la llega del Mesías y no parecía que entendiesen mucho de lo que les decía. Eran ciegos que veían y no sordos que no escuchaban.


JESÚS,  quieres que, cuando hablas, entendemos qué quieres decir. Sin embargo, muchas veces estamos embotados por el mundo y tenemos en corazón, y los ojos, más que cerrados a Tu santa Palabra.



Eleuterio Fernández Guzmán


25 de julio de 2012

La visión beatífica se alcanza así


 


25 de Julio: Santiago apóstol, patrón de España

Mt 20,20-28

“En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: ‘¿Qué quieres?’. Dícele ella: ‘Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino’. Replicó Jesús: ‘No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?’. Dícenle: ‘Sí, podemos’. Díceles: ‘Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre’.

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: ‘Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos’”.


COMENTARIO

Muchos de los discípulos de Jesús no acababan de entender el sentido del reino que había venido a traer el Maestro. Lo imaginaban mundano, del mundo, y, por eso, querían los primeros puestos en el mismo.

Jesús sabía, sin embargo, que su reino no era de este mundo y que para llegar a él se necesita algo más que la simple voluntad de querer estar. Y esto porque se necesita querer estar con conciencia de querer estar. Y aceptar el sufrimiento y la cruz que en este reino, también de Cristo, tengamos que pasar.

Para ser el primero hay que ser el último... Eso lo decía Cristo para que comprendiesen que el sentido del reino definitivo de Dios no era el mismo que el de este mundo. Para entrar en el primero de ellos se necesita entrega a los demás y dejarse vencer por el esfuerzo en bien del prójimo.


JESÚS,  para entrar en el definitivo Reino de Dios es necesario que comprendamos que aquí, en este valle de lágrimas, debemos servir al prójimo y, literalmente, ser los últimos. Sólo así alcanzaremos la gloria eterna que dura para siempre, siempre, siempre.



Eleuterio Fernández Guzmán


23 de julio de 2012

Convertirse para no ser acusados



Lunes XVI del tiempo ordinario

Mt 12,38-42

“En aquel tiempo, le interpelaron algunos escribas y fariseos: ‘Maestro, queremos ver una señal hecha por ti’. Mas Él les respondió: ‘¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás. Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con esta generación y la condenará; porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón’”.


COMENTARIO

A quien se empeña en negar determinada realidad no resulta fácil convencerle de lo contrario. Algo así les pasaba a los que perseguían a Jesús para hacerle caer en alguna trampa que les sirviera para acusarlo ante las autoridades.

Jesús sabe, sin embargo, la verdad porque Él es la Verdad. No ignora, por lo tanto, que algún día habrá un juicio en el que se juzgará a cada uno de nosotros e, incluso, a cada pueblo.  Por eso les previene que al tercer día resucitará.

Cada cual ha de responder por aquello que hace o dice. Por eso en el juicio que a cada uno se nos someterá se tendrá en cuanto nuestra forma de ser aquí mismo, ahora mismo. E incluso los que nosotros podemos considerar contrarios a la voluntad de Dios, de haberse convertido, serán nuestros acusadores.


JESÚS,  quieres para cada uno de nosotros el bien y no buscas más que nuestro verdadero interés. Por eso aconsejas tener fe y convertirse. Sin embargo, en demasiadas ocasiones mostramos no tener fe y no convertirnos de ninguna de las maneras.



Eleuterio Fernández Guzmán


22 de julio de 2012

Seguir, buscar a Cristo





Domingo XVI (B) del tiempo ordinario

Mc 6,30-34

“En aquel tiempo, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Él, entonces, les dice: ‘Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco’. Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas."


COMENTARIO

Jesús comprendía que había mucha gente que iba detrás de Él por lo que hacía y, seguramente, menos por lo que decía. Hacer milagros y, entre ellos, muchas curaciones de enfermedades que entonces eran incurables, llamaba mucho la atención.

También sabía, sin embargo, que necesitaba apartarse un poco del gentío que le seguían porque era preciso que sus apóstoles conociesen la Verdad para luego enseñarla. Por eso muchas veces, como ahora, les pide alejarse de la multitud.

De todas formas, Jesús tiene un corazón amoroso, bondadoso y misericordioso que le hace darse cuenta de que aquellas personas que, en cuanto saben donde están, lo dejan todo y van a verlo, no podían quedarse sin nada de su boca y, por eso mismo, les enseña a pesar de que seguramente estaba un muy cansado y que seguramente sus apóstoles le necesitaban más. 

JESÚS,  muchos te siguen porque quieren saber lo que haces y lo que dices. Confían en tu palabra y tu obra y todo lo dejan para escucharte. Ojalá nosotros fuéramos capaces de hacer siempre lo mismo.



Eleuterio Fernández Guzmán