22 de abril de 2017

No dudar de Cristo


Sábado de la octava de Pascua

Mc 16,9-15

Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con Él, que estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron. Después de esto, se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea. Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a éstos. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: ‘Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación’”.

COMENTARIO

Jesús, tras su resurrección, debía continuar la misión para la que fue enviado al mundo. Por eso se aparece a muchos de sus discípulos (más o menos allegados). Sabe que aún no están preparados para empezar a caminar como Iglesia.

Muchos no creyeron en aquello que otros les decían. Y es que no habían visto con sus propios ojos al Maestro y no era posible, según ellos, que después de haber muerto como murió pudiera estar vivo.

El Hijo de Dios se ve en la obligación de plantarse ante ellos. No nos extraña, para nada, que después de haber vivido lo que habían vivido con Él, pudiesen dudar de que había resucitado. Y los envía al mundo a predicar: el Reino de Dios está aquí, el Hijo ha vuelto al mundo tras su muerte.


JESÚS, ayúdanos a no dudar nunca de Ti.



Eleuterio Fernández Guzmán

21 de abril de 2017

Confiar en la resurrección de Cristo



Viernes de la octava de Pascua

Jn 21,1-14

“En aquel tiempo, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: ‘Voy a pescar’. Le contestan ellos: ‘También nosotros vamos contigo’. Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. 

Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: ‘Muchachos, ¿no tenéis pescado?’. Le contestaron: ‘No’. Él les dijo: ‘Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis’. La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: ‘Es el Señor’. Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos. 

Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: ‘Traed algunos de los peces que acabáis de pescar’. Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: ‘Venid y comed’. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres tú?’, sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Ésta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.


COMENTARIO

Aquellos hombres, los que habían sido discípulos más cercanos del Maestro y Mesías Jesucristo habían vuelto a su vida ordinaria. Como eran pescadores la mayoría de ellos… eso es lo que vuelven a hacer. Pero no esperan lo que les va a pasar.

Resulta curioso que no reconozcan al Maestro. Sólo el discípulo más joven, Juan, sabe que es el Señor. Y ellos hacen todo lo que les dice al respecto de dónde debían soltar las redes. Y pescan tanto que casi no pueden con ella.

Pedro, que sabía que había hecho mucho daño en el corazón de Jesucristo cuando lo negó tres veces, en cuanto es reconocido el Maestro, se lanza al agua. Quiere encontrarse con el Señor. Y le pregunta que quién es aunque aquella pregunta iba más allá de aquella persona que tenía ante sí.


JESÚS, ayúdanos a confiar en Ti.


Eleuterio Fernández Guzmán

20 de abril de 2017

Cristo nos ayuda a creer



Jueves de la octava de Pascua

Lc 24,35-48

En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo habían conocido a Jesús en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: ‘La paz con vosotros’. Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: ‘¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo’. Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: ‘¿Tenéis aquí algo de comer?’. Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos. 

Después les dijo: ‘Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’’. Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: ‘Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas’”.

COMENTARIO

No podemos negar que los discípulos más allegados de Jesús, después de su muerte sintieron miedo. Estaban escondidos y cuando el Hijo de Dios se aparece ante ellos se siente más que extrañados y, además, seguramente con más miedo.

Cristo, sin embargo, les trae la paz y es la paz del corazón, la paz de Dios. Y para que comprendan que se trata de Él, que no es un fantasma, les pide de comer porque los espíritus no comen. A lo mejor, entonces, se convencieron de que era el Maestro.

Entonces, les confirma en todo. Todo lo que estaba escrito en las Sagradas Escrituras de los judíos se había cumplido con su muerte y resurrección. Y ellos, ahora, debían ser testigos de todo aquello para que la humanidad supiese que todo se había cumplido y que se había hecho posible la salvación de quien creyese en el Hijo de Dios.


JESÚS, ayúdanos a creer.



Eleuterio Fernández Guzmán

19 de abril de 2017

Los descreídos de Emaús


Miércoles de la octava de Pascua
Lc 24,13-35

Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. 

Él les dijo: ‘¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?’. Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: ‘¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?’. Él les dijo: ‘¿Qué cosas?’. Ellos le dijeron: ‘Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron». Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?’. Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras. 

Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: ‘Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado’. Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. 

Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: ‘¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?’. Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: ‘¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!’. Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

COMENTARIO

El texto referido a los discípulos de Emaús nos muestra lo escasa que puede llegar a ser nuestra fe. Y es que aquellos hombres pronto dejaron de lado la creencia en Quien tanto les había dado. Ellos vuelven a lo suyo en su pueblo.

Jesucristo, sin embargo, sabe que debe abrirles los ojos. Por eso los acompaña y trata de que comprendan que las Sagradas Escrituras judías hablaban de Él y de todo lo que había pasado. Ellos, sin embargo, aún no lo reconocen.

Es al partir el pan cuando aquellos dos discípulos de Emaús reconocen a Jesús. Seguramente, otras muchas veces lo habían visto hacer eso y nadie lo hacía como Jesús. Entonces vuelven a Jerusalén a contar lo que les había pasado. Habían recuperado la fe.



JESÚS,  ayúdanos a reconocerte siempre sin necesidad de signos.




Eleuterio Fernández Guzmán

18 de abril de 2017

Y María Magdalena también vio y creyó.


Martes de la octava de Pascua
Jn 20,11-18

En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: ‘Mujer, ¿por qué lloras?’. Ella les respondió: ‘Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto’. Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: ‘Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?’. Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré’. Jesús le dice: ‘María’. Ella se vuelve y le dice en hebreo: ‘Rabbuní’, que quiere decir ‘Maestro’. Dícele Jesús: ‘No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’. Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

COMENTARIO

Podemos imaginar qué estaría pasando por el corazón de María Magdalena. Ella, que quería con todas sus fuerzas a Jesucristo había estado muy cerca de la Cruz. Lo había visto morir y ahora veía el cuerpo que no estaba…

Los ángeles no saben por qué llora la de Magdala. Y ellos saben que el Hijo de Dios ha resucitado y no comprenden que hay muchos que aún creen que Cristo está en aquel sepulcro.

Tampoco es difícil ver, con el corazón a Magdalena. Al principio no reconoce al Hijo de Dios pero luego, cuando se da cuenta de que es el Maestro que ha resucitado, que lo hecho como bien dijo muchas veces, no duda en correr hacia sus compañeros que están escondidos.  

JESÚS,  ayúdanos a creer en tu Resurrección.


Eleuterio Fernández Guzmán


17 de abril de 2017

Creer que Cristo ha resucitado



Lunes, 17 de abril de 2017

Mt 28,8-15

En aquel tiempo, las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: ‘¡Dios os guarde!’. Y ellas se acercaron a Él, y abrazándole sus pies, le adoraron. Entonces les dice Jesús: ‘No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán’. 

Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: ‘Decid: ‘Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos’. Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones’. Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.

COMENTARIO

Podemos decir que hasta después de haber muerto y resucitado, el Hijo de Dios tranquiliza a sus discípulos. Por eso aquellas mujeres debieron sentirse reconfortadas cuando el Maestro les dijo que no debían temer nada.

Pero Cristo no había terminado aún la labor que le había sido encomendada por Dios. Por eso sabe que, hasta su ascensión a los Cielos debe seguir enseñando a los que le han seguido más de cerca.  Y les manda ir a Galilea.

Pero el Mal nunca deja de trabajar. Y es que los mismos que le habían perseguido hasta la muerte, reconociendo lo que había pasado argumentaron lo imposible: los discípulos han robado el cuerpo del Maestro. Muchos, sin embargo, sí le creyeron.  

JESÚS, gracias por haber muerto y haber resucitado.

Eleuterio Fernández Guzmán


16 de abril de 2017

Y resucitó de entre los muertos


Jn 20,1-9

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: ‘Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto’. 

Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.

COMENTARIO

María de Magdala quería terminar la labor de embalsamamiento que no habían podido dejar bien terminada cuando el viernes anterior, por la prisa de la Pascua, habían dejado al Maestro en el sepulcro.

La de Magdala se da cuenta de algo terrible: no está el cuerpo de Jesús. Y corre a decírselo a los demás que están escondidos por miedo a los judíos. Y ellos, como era de esperar en tal tiempo, no la creen. Por eso salen corriendo Juan y Pedro a comprobarlo.

Pedro y Juan corren pero el primero de ellos, de mayor edad, llega más tarde. Juan, sin embargo, por respeto o por miedo a no ver a Jesús donde lo habían dejado, espera a que llegue el primero de entre ellos. Cuando, luego, entra Juan nos dice él mismo que vio y creyó. Y es que, hasta entonces, no había unido todas las piezas de aquel puzzle espiritual.

JESÚS, ayúdanos a creer en ti.


Eleuterio Fernández Guzmán

15 de abril de 2017

María, la que espera

COMENTARIO

En un día como hoy, Sábado Santo, la liturgia no nos tiene preparado texto alguno. Es decir, hoy, víspera del Domingo de Resurrección, diera la impresión que el mundo espiritual queda como vacío cuando, en realidad, está más lleno que nunca.

Sabemos que el Hijo de Dios ha muerto. Podemos imaginar, por tanto, qué debía pasar por el corazón de aquellos discípulos suyos que había escogido como Apóstoles. Por eso en otro momento se nos dirá que estaban escondidos por miedo a los judíos. Pero con ellos estaba quien no había perdido la esperanza y quien, por ser quien era, la Madre, tenía muchas cosas en su corazón que había alojado según iban sucediendo.

María, que había visto morir a su hijo bien de cerca mirando, no podía creer que todo había terminado. A lo largo de su vida de Madre de Dios, desde la misma Anunciación, la Virgen María había ido atesorando, guardando como un tesoro, determinados acontecimientos: desde el mismo momento en el que se declaró esclava del Señor hasta aquel en el que un anciano de nombre Simeón le había predicho que una espada atravesaría el corazón. Y sabía que todo se había cumplido, palabra por palabra y que ahora no todo podía terminar así.

María, la todaesperanza, no iba a dejar pasar el momento para pedir a Dios, al Todopoderoso al que se había entregado de cuerpo y alma desde bien tierna edad, que su Hijo no hubiera muerto en vano. Y ella, que debía orar, entonces, con todas las fuerzas de una madre, de la Madre, esperaba.

María esperaba que llegara un momento en el que Jesús, su muy amado Hijo, volviera con ella. Seguramente, Jesucristo le había hablado muchas veces de que eso iba a suceder y ella también había guardado en su corazón. Tenía, por tanto, una seguridad mucho mayor que la de aquellos que, escuchándolo, no acababan de entender lo que les estaba diciendo cuando, por ejemplo, tras la Transfiguración, les dijo a Pedro, Santiago y Juan que nada dijeran a nadie de lo que habían visto hasta que resucitara de entre los muertos. Y ellos no entendieron qué quería decir con aquello.

María, sin embargo, sí creía, sí tenía esperanza. María era la mujer del “sí”: sí había dicho al Ángel Gabriel, sí había querido seguir a Jesús durante su vida errante; y sí, ahora, sabía que iba a volver con ella y, también, con los demás que ahora tenían un miedo bien merecido.

María, la sinpecado, esperaba, en aquel primer Sábado Santo de la historia, que todo lo que tenía que suceder… sucediera.


¡Ven, Señor Jesús!




Eleuterio Fernández Guzmán

14 de abril de 2017

Y murió Cristo





Viernes Santo
Jn 18,1—19,42

En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: ‘¿A quién buscáis?’. Le contestaron: ‘A Jesús el Nazareno’. Díceles: ‘Yo soy’. Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: ‘Yo soy’, retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: ‘¿A quién buscáis?’. Le contestaron: ‘A Jesús el Nazareno’. Respondió Jesús: ‘Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos’. Así se cumpliría lo que había dicho: ‘De los que me has dado, no he perdido a ninguno’. Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: ‘Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?’. 

Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: ‘¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?’. Dice él: ‘No lo soy’. Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: ‘He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho’. Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: ‘¿Así contestas al Sumo Sacerdote?’.

Jesús le respondió: ‘Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?’. Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás. Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: ‘¿No eres tú también de sus discípulos?’. El lo negó diciendo: ‘No lo soy’. Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: ‘¿No te vi yo en el huerto con Él?’. Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo. 

De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: ‘¿Qué acusación traéis contra este hombre?’. Ellos le respondieron: ‘Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado’. Pilato replicó: ‘Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley’. Los judíos replicaron: ‘Nosotros no podemos dar muerte a nadie’. Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: ‘¿Eres tú el Rey de los judíos?’. Respondió Jesús: ‘¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?’. Pilato respondió: ‘¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?’. Respondió Jesús: ‘Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí’. Entonces Pilato le dijo: ‘¿Luego tú eres Rey?’. Respondió Jesús: ‘Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz’. Le dice Pilato: ‘¿Qué es la verdad?’. Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: ‘Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?’. Ellos volvieron a gritar diciendo: ‘¡A ése, no; a Barrabás!’. Barrabás era un salteador.

Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a Él, le decían: ‘Salve, Rey de los judíos’. Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: ‘Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él’. Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: ‘Aquí tenéis al hombre’. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: ‘¡Crucifícalo, crucifícalo!’. Les dice Pilato: ‘Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él’. Los judíos le replicaron: ‘Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios’. Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: ‘¿De dónde eres tú?’. Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: ‘¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?’. Respondió Jesús: ‘No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado’. Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: ‘Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César’. Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: ‘Aquí tenéis a vuestro Rey’. Ellos gritaron: ‘¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!’. Les dice Pilato: ‘¿A vuestro Rey voy a crucificar?’. Replicaron los sumos sacerdotes: ‘No tenemos más rey que el César’. Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. 

Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: ‘Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos’. Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: ‘No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’’. Pilato respondió: ‘Lo que he escrito, lo he escrito’. Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: ‘No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca’. Para que se cumpliera la Escritura: ‘Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica’. Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dice al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. 

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: ‘Tengo sed’. Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: ‘Todo está cumplido’. E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: ‘No se le quebrará hueso alguno’. Y también otra Escritura dice: ‘Mirarán al que traspasaron’. 

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.


COMENTARIO


Judas

El papel que juega Judas en la Pasión de Cristo es esencial. Es él quien lo vente a los que le persiguen, pero también es él quien lo entrega en el Huerto de los Olivos. Y, como diría el Hijo de Dios, más le valdría no haber nacido.


Pedro

Aquel hombre, que tanto había presumido de ser un discípulo fiel del Maestro lo niega las veces exactas que el Maestro dijo que lo iba a negar. En realidad, aquello era una prueba a la que le había sometido Dios y, como era de esperar, no la había superado.


Cristo

El Hijo de Dios sufre su Pasión como dejara escrito el profeta Isaías: como cordero llevado al matadero. No rechista, nada dice en su defensa sino sólo, en cada caso, lo que es verdad, la Verdad. Su muerte, por tanto, no es más que la voluntad expresa de cumplir la que era de Dios, su Padre y el nuestro.


JESÚS, gracias por haberte dejado matar por tus hermanos los hombres; gracias por la vida eterna.


Eleuterio Fernández Guzmán


13 de abril de 2017

Servir


Jueves Santo

Jn 13,1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. 

Llega a Simón Pedro; éste le dice: ‘Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?’. Jesús le respondió: ‘Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde’. Le dice Pedro: ‘No me lavarás los pies jamás’. Jesús le respondió: ‘Si no te lavo, no tienes parte conmigo’. Le dice Simón Pedro: ‘Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza’. Jesús le dice: ‘El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos’. Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: ‘No estáis limpios todos’. 

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: ‘¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros’”.

COMENTARIO

Lo que iba a llevar a cabo el Hijo de Dios en aquella Cena, la Última llamada, era como ejemplo de qué era lo que sus discípulos debían hacer en lo sucesivo. Ni qué decir tiene que no entendieron mucho. Aún no era el momento de unir todas las piezas de aquel espiritual rompecabezas.

Pedro actúa como lo que es: como un hombre, con su pensamiento mundano y humano. No alcanza a comprender que aquel servicio que les presta el Maestro está puesto así por Dios para que ellos hagan lo mismo.

Cristo es ejemplo. Es decir, lo que Jesús había hecho al lavar los pies era, pura y llanamente, un “cómo” debía ser ellos. Si Él, que era Señor y Maestro, había hecho eso… ¿Qué no debían hacer ellos’?


JESÚS, ayúdanos a ser capaces de servir a nuestro prójimo



Eleuterio Fernández Guzmán

12 de abril de 2017

Traicionar al Cristo

Miércoles Santo
Mt 26,14-25

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue donde los sumos sacerdotes, y les dijo: ‘¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré?’. Ellos le asignaron treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregarle. 

El primer día de los Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: ‘¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer el cordero de Pascua?’. Él les dijo: ‘Id a la ciudad, a casa de fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos’’. Los discípulos hicieron lo que Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua. 

Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, dijo: ‘Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará’. Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno: ‘¿Acaso soy yo, Señor?’. Él respondió: ‘El que ha mojado conmigo la mano en el plato, ése me entregará. El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!’. Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarle: ‘¿Soy yo acaso, Rabbí?’. Dícele: ‘Sí, tú lo has dicho’”.

COMENTARIO

El Mal, que tantas veces acechó al Hijo de Dios, no deja de maquinar en contra del Mesías. Satanás se apodera del corazón de Judas y no tiene más que apuntar hacia donde es necesario apuntar en contra de su Maestro.

Jesús, mientras tanto, prosigue con su misión. Ha de celebrar la Pascual, la última entre aquellos discípulos suyos, y se apresta a ello. Pero sus Apóstoles, que todo parece que ignoran, lo ven todo como lo más normal del mundo.

Y, entonces, la terrible noticia: uno de ellos lo va a entregar. Ninguno, salvo Judas, salve quién es la persona que va a hacer eso con su Maestro. Pero Cristo sí lo sabe y no por ello se retira o se aparta. Cumple con lo que ha de cumplir.


JESÚS, ayúdanos a no traicionarte nunca.



Eleuterio Fernández Guzmán

11 de abril de 2017

Lo dura que es la verdad

Martes Santo
Jn  13,21-33.36-38

En aquel tiempo, estando Jesús sentado a la mesa con sus discípulos, se turbó en su interior y declaró: ‘En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará’. Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le dice: ‘Pregúntale de quién está hablando’. Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: ‘Señor, ¿quién es?’. Le responde Jesús: ‘Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar’. Y, mojando el bocado, le toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: ‘Lo que vas a hacer, hazlo pronto. Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía. Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: ‘Compra lo que nos hace falta para la fiesta’, o que diera algo a los pobres. En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche. 

Cuando salió, dice Jesús: ‘Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros’. Simón Pedro le dice: ‘Señor, ¿a dónde vas?’. Jesús le respondió: ‘Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde’. Pedro le dice: ’¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti’. Le responde Jesús: ‘¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces’”.

COMENTARIO

En aquella situación especial, la Última Cena, Jesús ni puede ni quiere esconder nada. Ha llegado el momento crucial de su vida y eso le da fuerzas. Por eso dice aquello tan terrible de que hay alguien de entre ellos que lo a entregar.

Ellos no entendían nada de lo que estaba pasando. Incluso creen que Judas sale de allí para comprar… Y es que aquellos discípulos aún tenían que pasar por momentos duros y difíciles para comprender muchas de las cosas que ahora se les escapaban.

Y Pedro. Aquel hombre que decía que lo daría todo, hasta la vida, por su Maestro y Señor. Pero Jesús, que conoce perfectamente a quien había escogido como el primero entre iguales, sabe que lo va a traicionar. Y, en efecto, lo traicionó.


JESÚS, ayúdanos a no dudar nunca de Ti.


Eleuterio Fernández Guzmán

10 de abril de 2017

Dar lo mejor a Cristo y a Dios


Lunes Santo
Jn 12,1-11

Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa. 
Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: ‘¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?». Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: ‘Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis’.

Gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús.

COMENTARIO

Podemos apreciar que los que querían perseguir a Jesús no se limitaban a eso sino que también querían quitar de en medio a Lázaro porque con él muchos se daban cuenta de que Jesús no era un Maestro más.

En esto que acude Cristo a la casa de sus amigos de Betania. Ya había resucitado a Lázaro y eso era motivo suficiente como para que muchos acudieran allí para ver al resucitado y, claro, también al Maestro que había hecho tal prodigio.

Está claro que no todos los discípulos de Jesucristo tenían el mismo pensamiento. Y es que Judas, que serían quien lo traicionase en el momento, no veía con buenos ojos lo que hacía aquella mujer que “desperdiciaba” aquel perfume. No sabía que aquello era lo mejor que se lo podía dar al Maestro y eso era lo que debía darle María.

JESÚS,  ayúdanos darte lo mejor.


Eleuterio Fernández Guzmán


9 de abril de 2017

La Pasión de Cristo



Mt 27, 11. 15-17.20-54

11 Jesús compareció ante el procurador, y el procurador le preguntó: ‘¿Eres tú el Rey de los judíos?’ Respondió Jesús: ‘Sí, tú lo dices.’

15 Cada Fiesta, el procurador solía conceder al pueblo la libertad de un preso, el que quisieran. 16 Tenían a la sazón un preso famoso, llamado Barrabás. 17 Y cuando ellos estaban reunidos, les dijo Pilato: ‘¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?’ 20 Pero los sumos sacerdotes y los ancianos lograron persuadir a la gente que pidiese la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.

21 Y cuando el procurador les dijo: ‘¿A cuál de los dos queréis que os suelte?’, respondieron: ‘¡A Barrabás!’ 22 Díceles Pilato: ‘Y ¿qué voy a hacer con Jesús, el llamado Cristo?’ Y todos a una: ‘¡Sea crucificado!’ - 23 ‘Pero ¿qué mal ha hecho?’, preguntó Pilato. Mas ellos seguían gritando con más fuerza: ‘¡Sea crucificado!’ 24 Entonces Pilato, viendo que nada adelantaba, sino que más bien se promovía tumulto, tomó agua y se lavó las manos  delante de la gente diciendo: ‘Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis.’ 25  Y todo el pueblo respondió: ‘¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!’ 26 Entonces, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarle, se lo entregó para que fuera crucificado. 27 Entonces los soldados del procurador llevaron consigo a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la  cohorte.   28 Le desnudaron y le echaron encima un manto de púrpura; 29  y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña; y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: ‘¡Salve, Rey de los judíos!’; 30 y después de escupirle, cogieron la caña y le golpeaban en la cabeza.31 Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron a crucificarle. 32 Al salir, encontraron a un hombre de Cirene llamado Simón, y le obligaron a llevar su cruz. 33 Llegados a un lugar llamado Gólgota, esto es, ‘Calvario’, 34 le dieron a beber vino mezclado con hiel; pero él, después de probarlo, no quiso beberlo. 35 Una vez que le crucificaron, se repartieron sus vestidos, echando a suertes. 36 Y se quedaron sentados allí para custodiarle. 37 Sobre su cabeza pusieron, por escrito, la causa de su condena: ‘Este es Jesús, el Rey de los judíos.’ 38     Y al mismo tiempo que a él crucifican a dos salteadores, uno a la derecha y otro a la izquierda. 39 Los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: 40 ‘Tú que destruyes el Santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!’ 41 Igualmente los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de él diciendo: 42 ‘A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. 43 Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: "Soy Hijo de Dios."‘ 44 De la misma manera le injuriaban también los salteadores crucificados con él. 45 Desde la hora sexta hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. 46 Y alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz: = ‘¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?’, = esto es: = ‘¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?’ = 47 Al oírlo algunos de los que estaban allí decían: ‘A Elías llama éste.’ 48 Y enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber. 49 Pero los otros dijeron: ‘Deja, vamos a ver si viene Elías a salvarle.’ 50   Pero Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu. 51  En  esto, el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se hendieron. 52 Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron. 53 Y, saliendo de los sepulcros después de la resurrección de él, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos. 54 Por su parte, el centurión y los que con él estaban guardando a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: ‘Verdaderamente éste era Hijo de Dios.’”

COMENTARIO

Toda la Pasión de nuestro Señor tiene todo que ver con la voluntad de Dios de salvar a su creación, el hombre. Por eso cada paso que se da hacia el momento en el que Cristo muere estaba más que dicho que iba a pasar.

Todo lo que Cristo pasa en aquellas terribles horas era la manifestación más palmaria de que Dios quería que las cosas sucediesen como estaban sucediendo. Y, aunque nosotros no podamos entender cómo un Padre como Dios permite lo que permitió, lo bien cierto es que debemos aceptarlo como tal.

Incluso después de muerto, el Hijo de Dios colabora con el Padre a la conversión de sus hijos. Y es que aquel soldado que se da cuenta de que el hombre a quien habían crucificado era Hijo de Dios expresa, más que nada, una auténtica conversión.

JESÚS, ayúdanos a convertir nuestro corazón.



Eleuterio Fernández Guzmán

8 de abril de 2017

Cristo no se escondió

Sábado V de Cuaresma

Jn 11,45-56

En aquel tiempo, muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en Él. Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: ‘¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación’. Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: ‘Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación’. Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación —y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos—. Desde este día, decidieron darle muerte. 

Por eso Jesús no andaba ya en público entre los judíos, sino que se retiró de allí a la región cercana al desierto, a una ciudad llamada Efraim, y allí residía con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua de los judíos, y muchos del país habían subido a Jerusalén, antes de la Pascua para purificarse. Buscaban a Jesús y se decían unos a otros estando en el Templo: ‘¿Qué os parece? ¿Que no vendrá a la fiesta?’. Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que, si alguno sabía dónde estaba, lo notificara para detenerle.

COMENTARIO

Los que hacía tiempo que querían que Jesús dejara de predicar de una forma, digamos, drástica, no querían que siguiera haciendo lo que hacía ni que siguiera diciendo lo que decía. Maquinaban, por tanto, para que eso tuviera fin.

Ellos sabían que debían hacer algo. Pero Caifás, el primero de entre ellos, da con la solución: en realidad debe morir Jesús para que todo termine según sus intereses.

Muchos se preguntan si Jesús iba a acudir a Jerusalén para celebrar la Pascua porque sabían, lo mismo que lo sabía el Hijo de Dios, que querían matarlo. Sin embargo, nada más lejos de la voluntad del Mesías huir entonces ni nunca dejar de cumplir lo que debía cumplir.


JESÚS, ayúdanos a no escapar de nuestras obligaciones espirituales.



Eleuterio Fernández Guzmán