27 de abril de 2017

Creer siempre y siempre creer

Jueves II de Pascua

Jn 3,31-36

El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo, da testimonio de lo que ha visto y oído, y su testimonio nadie lo acepta. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él.

COMENTARIO

Este texto del Evangelio de San Juan pone sobre la mesa una realidad bien importante para un hijo de Dios y discípulo de Cristo: ¿es importante para nosotros Dios y la vida eterna o no lo es?

El Hijo de Dios expone lo que es bueno y lo que es malo. Para eso habla del Cielo, de los que vienen del Cielo. Y ha de querer decir y referirse a los que creen en Dios que, por eso mismo, son del Cielo.

Hay, sin embargo, algo reservado para aquellos que rehúsan creer y se alejan de Dios todopoderoso: la cólera de Dios. Y es que el Creador es bueno pero también es justo y no puede tener la misma consideración para aquellos que no creen en Él a sabiendas de su existencia y de su realidad.


JESÚS, ayúdanos a creer siempre en Dios Padre Todopoderoso y Creador nuestro.



Eleuterio Fernández Guzmán

26 de abril de 2017

Creer es crucial

Miércoles II de Pascua

Jn 3,16-21

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: ‘Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios’”.

COMENTARIO

Lo que dice este texto del Evangelio de San Juan no debería olvidarse nunca. Y es que se refiere a los que creen en Dios y a los que no creen en el Todopoderoso. Y no podemos decir que nada tenga que ver con la vida de los hijos del Creador.

Dios había enviado a Cristo al mundo con un fin esencial: procurar que el mundo se salvase de la perdición en la que estaba metido. No había venido a juzgar pero eso no quería decir que no se pudiese creer en el Enviado de Dios, en el Mesías so capa de no ser juzgados.

Jesucristo distingue muy bien a quien obra el mal. Es decir, quien eso hace no puede querer la Luz que ha venido a traer al mundo. Y, es más (para que nadie pudiese llevarse a engaño), dios todo lo sabe pues todo lo ve.

JESÚS, ayúdanos a estar siempre de tu parte.


Eleuterio Fernández Guzmán

25 de abril de 2017

Enviados al mundo a predicar


San Marcos, evangelista
Mc 16,15-20

“En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: ‘Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien’. 

Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.

COMENTARIO

El Evangelio de hoy recoge el episodio de la Ascensión al Cielo del Hijo de Dios. Antes, sin embargo, ha de cumplir, digamos, la última misión consistente en enviar a los once Apóstoles al mundo a cumplir, ellos, con su especial misión de evangelizar.

Lo que dice Cristo es fundamental: quien, tras escuchar a los Apóstoles, crea, se salvará y no se salvará quien no crea. Es decir, el camino al Cielo queda, entonces, perfectamente trazado y no cabe duda alguna acerca de qué debemos hacer: creer y, entonces, aplicar eso a nuestra vida ordinaria.

Y, luego, la Ascensión al Cielo de Jesucristo. No iba allí para nada sino para seguir cumpliendo con su especial misión. Y ellos, por cumplir con lo dicho, andan por el mundo anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios.

JESÚS, ayúdanos a ser apóstoles de hoy.


Eleuterio Fernández Guzmán

24 de abril de 2017

Nacer a lo nuevo



Lunes II de Pascua

Jn 3,1-8

Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: ’Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él’. Jesús le respondió: ‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios’.

Dícele Nicodemo: ‘¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?’. Respondió Jesús: ‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu’”.



COMENTARIO

Nicodemo era discípulo, en secreto, de Jesús. Por eso acude donde el Maestro de noche pues tiene miedo de que se sepa que lo es pero, por eso mismo, quiere saber todo lo que el Maestro puede enseñarle.

Lo que Jesús le dice no lo entiende. Y es que, al parecer, debe nacer de nuevo. Y eso es difícil de entender si se habla desde el punto de vista, exclusivamente, humano. Pero Cristo iba más allá de una concepción tan rácana de la fe.

El Hijo de Dios sabe que es muy importante tener en cuenta, en nuestra vida, al Todopoderoso. Por eso le dice a Nicodemo que debe nacer de lo alto, del Espíritu. Y él, seguramente, no lo entendió.

JESÚS,   ayúdanos a nacer del Espíritu Santo



Eleuterio Fernández Guzmán

23 de abril de 2017

Creer, tener fe



Jn 20, 19-31

“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar  donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: ‘La paz con vosotros.’  Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: ‘La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.’ Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.’ Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: ‘Hemos visto al Señor.’ Pero él les contestó: ‘Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.’ Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: ‘La paz con vosotros.’ Luego dice a Tomás: ‘Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.’ Tomás le contestó: ‘Señor mío y Dios mío.’ Dícele Jesús: ‘Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído’. Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre”.


COMENTARIO

El texto nos habla de miedo. Y es que los Apóstoles, y a lo mejor otros más, se habían escondido. Ellos sabían que su final llegaría pronto si los perseguidores de Cristo los encontraban. Y se esconden.

Jesús sabe que debe consolarlos. Debía cumplir con lo que había dicho acerca de su resurrección. Y se aparece ante ellos que no dejan de sorprenderse. El que más se sorprende es Tomás que, simplemente, no cree en eso que le dicen. Necesita pruebas.

Cuando se aparece otra vez, el Hijo del hombre le da a Tomás las pruebas que quiere y necesita. Y cree. Tomás cree. Ahora sí. Por eso el evangelista nos dice que todo eso había sido llevado a cabo para que creyeran. Y creyeron.



JESÚS,  no nos dejes dudar nunca de Ti.


Eleuterio Fernández Guzmán

22 de abril de 2017

No dudar de Cristo


Sábado de la octava de Pascua

Mc 16,9-15

Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con Él, que estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron. Después de esto, se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea. Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a éstos. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: ‘Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación’”.

COMENTARIO

Jesús, tras su resurrección, debía continuar la misión para la que fue enviado al mundo. Por eso se aparece a muchos de sus discípulos (más o menos allegados). Sabe que aún no están preparados para empezar a caminar como Iglesia.

Muchos no creyeron en aquello que otros les decían. Y es que no habían visto con sus propios ojos al Maestro y no era posible, según ellos, que después de haber muerto como murió pudiera estar vivo.

El Hijo de Dios se ve en la obligación de plantarse ante ellos. No nos extraña, para nada, que después de haber vivido lo que habían vivido con Él, pudiesen dudar de que había resucitado. Y los envía al mundo a predicar: el Reino de Dios está aquí, el Hijo ha vuelto al mundo tras su muerte.


JESÚS, ayúdanos a no dudar nunca de Ti.



Eleuterio Fernández Guzmán

21 de abril de 2017

Confiar en la resurrección de Cristo



Viernes de la octava de Pascua

Jn 21,1-14

“En aquel tiempo, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: ‘Voy a pescar’. Le contestan ellos: ‘También nosotros vamos contigo’. Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. 

Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: ‘Muchachos, ¿no tenéis pescado?’. Le contestaron: ‘No’. Él les dijo: ‘Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis’. La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: ‘Es el Señor’. Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos. 

Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: ‘Traed algunos de los peces que acabáis de pescar’. Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: ‘Venid y comed’. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres tú?’, sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Ésta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.


COMENTARIO

Aquellos hombres, los que habían sido discípulos más cercanos del Maestro y Mesías Jesucristo habían vuelto a su vida ordinaria. Como eran pescadores la mayoría de ellos… eso es lo que vuelven a hacer. Pero no esperan lo que les va a pasar.

Resulta curioso que no reconozcan al Maestro. Sólo el discípulo más joven, Juan, sabe que es el Señor. Y ellos hacen todo lo que les dice al respecto de dónde debían soltar las redes. Y pescan tanto que casi no pueden con ella.

Pedro, que sabía que había hecho mucho daño en el corazón de Jesucristo cuando lo negó tres veces, en cuanto es reconocido el Maestro, se lanza al agua. Quiere encontrarse con el Señor. Y le pregunta que quién es aunque aquella pregunta iba más allá de aquella persona que tenía ante sí.


JESÚS, ayúdanos a confiar en Ti.


Eleuterio Fernández Guzmán

20 de abril de 2017

Cristo nos ayuda a creer



Jueves de la octava de Pascua

Lc 24,35-48

En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo habían conocido a Jesús en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: ‘La paz con vosotros’. Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: ‘¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo’. Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: ‘¿Tenéis aquí algo de comer?’. Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos. 

Después les dijo: ‘Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’’. Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: ‘Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas’”.

COMENTARIO

No podemos negar que los discípulos más allegados de Jesús, después de su muerte sintieron miedo. Estaban escondidos y cuando el Hijo de Dios se aparece ante ellos se siente más que extrañados y, además, seguramente con más miedo.

Cristo, sin embargo, les trae la paz y es la paz del corazón, la paz de Dios. Y para que comprendan que se trata de Él, que no es un fantasma, les pide de comer porque los espíritus no comen. A lo mejor, entonces, se convencieron de que era el Maestro.

Entonces, les confirma en todo. Todo lo que estaba escrito en las Sagradas Escrituras de los judíos se había cumplido con su muerte y resurrección. Y ellos, ahora, debían ser testigos de todo aquello para que la humanidad supiese que todo se había cumplido y que se había hecho posible la salvación de quien creyese en el Hijo de Dios.


JESÚS, ayúdanos a creer.



Eleuterio Fernández Guzmán

19 de abril de 2017

Los descreídos de Emaús


Miércoles de la octava de Pascua
Lc 24,13-35

Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. 

Él les dijo: ‘¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?’. Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: ‘¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?’. Él les dijo: ‘¿Qué cosas?’. Ellos le dijeron: ‘Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron». Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?’. Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras. 

Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: ‘Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado’. Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. 

Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: ‘¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?’. Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: ‘¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!’. Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

COMENTARIO

El texto referido a los discípulos de Emaús nos muestra lo escasa que puede llegar a ser nuestra fe. Y es que aquellos hombres pronto dejaron de lado la creencia en Quien tanto les había dado. Ellos vuelven a lo suyo en su pueblo.

Jesucristo, sin embargo, sabe que debe abrirles los ojos. Por eso los acompaña y trata de que comprendan que las Sagradas Escrituras judías hablaban de Él y de todo lo que había pasado. Ellos, sin embargo, aún no lo reconocen.

Es al partir el pan cuando aquellos dos discípulos de Emaús reconocen a Jesús. Seguramente, otras muchas veces lo habían visto hacer eso y nadie lo hacía como Jesús. Entonces vuelven a Jerusalén a contar lo que les había pasado. Habían recuperado la fe.



JESÚS,  ayúdanos a reconocerte siempre sin necesidad de signos.




Eleuterio Fernández Guzmán

18 de abril de 2017

Y María Magdalena también vio y creyó.


Martes de la octava de Pascua
Jn 20,11-18

En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: ‘Mujer, ¿por qué lloras?’. Ella les respondió: ‘Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto’. Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: ‘Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?’. Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré’. Jesús le dice: ‘María’. Ella se vuelve y le dice en hebreo: ‘Rabbuní’, que quiere decir ‘Maestro’. Dícele Jesús: ‘No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’. Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

COMENTARIO

Podemos imaginar qué estaría pasando por el corazón de María Magdalena. Ella, que quería con todas sus fuerzas a Jesucristo había estado muy cerca de la Cruz. Lo había visto morir y ahora veía el cuerpo que no estaba…

Los ángeles no saben por qué llora la de Magdala. Y ellos saben que el Hijo de Dios ha resucitado y no comprenden que hay muchos que aún creen que Cristo está en aquel sepulcro.

Tampoco es difícil ver, con el corazón a Magdalena. Al principio no reconoce al Hijo de Dios pero luego, cuando se da cuenta de que es el Maestro que ha resucitado, que lo hecho como bien dijo muchas veces, no duda en correr hacia sus compañeros que están escondidos.  

JESÚS,  ayúdanos a creer en tu Resurrección.


Eleuterio Fernández Guzmán


17 de abril de 2017

Creer que Cristo ha resucitado



Lunes, 17 de abril de 2017

Mt 28,8-15

En aquel tiempo, las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: ‘¡Dios os guarde!’. Y ellas se acercaron a Él, y abrazándole sus pies, le adoraron. Entonces les dice Jesús: ‘No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán’. 

Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: ‘Decid: ‘Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos’. Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones’. Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.

COMENTARIO

Podemos decir que hasta después de haber muerto y resucitado, el Hijo de Dios tranquiliza a sus discípulos. Por eso aquellas mujeres debieron sentirse reconfortadas cuando el Maestro les dijo que no debían temer nada.

Pero Cristo no había terminado aún la labor que le había sido encomendada por Dios. Por eso sabe que, hasta su ascensión a los Cielos debe seguir enseñando a los que le han seguido más de cerca.  Y les manda ir a Galilea.

Pero el Mal nunca deja de trabajar. Y es que los mismos que le habían perseguido hasta la muerte, reconociendo lo que había pasado argumentaron lo imposible: los discípulos han robado el cuerpo del Maestro. Muchos, sin embargo, sí le creyeron.  

JESÚS, gracias por haber muerto y haber resucitado.

Eleuterio Fernández Guzmán


16 de abril de 2017

Y resucitó de entre los muertos


Jn 20,1-9

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: ‘Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto’. 

Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.

COMENTARIO

María de Magdala quería terminar la labor de embalsamamiento que no habían podido dejar bien terminada cuando el viernes anterior, por la prisa de la Pascua, habían dejado al Maestro en el sepulcro.

La de Magdala se da cuenta de algo terrible: no está el cuerpo de Jesús. Y corre a decírselo a los demás que están escondidos por miedo a los judíos. Y ellos, como era de esperar en tal tiempo, no la creen. Por eso salen corriendo Juan y Pedro a comprobarlo.

Pedro y Juan corren pero el primero de ellos, de mayor edad, llega más tarde. Juan, sin embargo, por respeto o por miedo a no ver a Jesús donde lo habían dejado, espera a que llegue el primero de entre ellos. Cuando, luego, entra Juan nos dice él mismo que vio y creyó. Y es que, hasta entonces, no había unido todas las piezas de aquel puzzle espiritual.

JESÚS, ayúdanos a creer en ti.


Eleuterio Fernández Guzmán

15 de abril de 2017

María, la que espera

COMENTARIO

En un día como hoy, Sábado Santo, la liturgia no nos tiene preparado texto alguno. Es decir, hoy, víspera del Domingo de Resurrección, diera la impresión que el mundo espiritual queda como vacío cuando, en realidad, está más lleno que nunca.

Sabemos que el Hijo de Dios ha muerto. Podemos imaginar, por tanto, qué debía pasar por el corazón de aquellos discípulos suyos que había escogido como Apóstoles. Por eso en otro momento se nos dirá que estaban escondidos por miedo a los judíos. Pero con ellos estaba quien no había perdido la esperanza y quien, por ser quien era, la Madre, tenía muchas cosas en su corazón que había alojado según iban sucediendo.

María, que había visto morir a su hijo bien de cerca mirando, no podía creer que todo había terminado. A lo largo de su vida de Madre de Dios, desde la misma Anunciación, la Virgen María había ido atesorando, guardando como un tesoro, determinados acontecimientos: desde el mismo momento en el que se declaró esclava del Señor hasta aquel en el que un anciano de nombre Simeón le había predicho que una espada atravesaría el corazón. Y sabía que todo se había cumplido, palabra por palabra y que ahora no todo podía terminar así.

María, la todaesperanza, no iba a dejar pasar el momento para pedir a Dios, al Todopoderoso al que se había entregado de cuerpo y alma desde bien tierna edad, que su Hijo no hubiera muerto en vano. Y ella, que debía orar, entonces, con todas las fuerzas de una madre, de la Madre, esperaba.

María esperaba que llegara un momento en el que Jesús, su muy amado Hijo, volviera con ella. Seguramente, Jesucristo le había hablado muchas veces de que eso iba a suceder y ella también había guardado en su corazón. Tenía, por tanto, una seguridad mucho mayor que la de aquellos que, escuchándolo, no acababan de entender lo que les estaba diciendo cuando, por ejemplo, tras la Transfiguración, les dijo a Pedro, Santiago y Juan que nada dijeran a nadie de lo que habían visto hasta que resucitara de entre los muertos. Y ellos no entendieron qué quería decir con aquello.

María, sin embargo, sí creía, sí tenía esperanza. María era la mujer del “sí”: sí había dicho al Ángel Gabriel, sí había querido seguir a Jesús durante su vida errante; y sí, ahora, sabía que iba a volver con ella y, también, con los demás que ahora tenían un miedo bien merecido.

María, la sinpecado, esperaba, en aquel primer Sábado Santo de la historia, que todo lo que tenía que suceder… sucediera.


¡Ven, Señor Jesús!




Eleuterio Fernández Guzmán

14 de abril de 2017

Y murió Cristo





Viernes Santo
Jn 18,1—19,42

En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: ‘¿A quién buscáis?’. Le contestaron: ‘A Jesús el Nazareno’. Díceles: ‘Yo soy’. Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: ‘Yo soy’, retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: ‘¿A quién buscáis?’. Le contestaron: ‘A Jesús el Nazareno’. Respondió Jesús: ‘Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos’. Así se cumpliría lo que había dicho: ‘De los que me has dado, no he perdido a ninguno’. Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: ‘Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?’. 

Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: ‘¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?’. Dice él: ‘No lo soy’. Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: ‘He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho’. Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: ‘¿Así contestas al Sumo Sacerdote?’.

Jesús le respondió: ‘Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?’. Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás. Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: ‘¿No eres tú también de sus discípulos?’. El lo negó diciendo: ‘No lo soy’. Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: ‘¿No te vi yo en el huerto con Él?’. Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo. 

De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: ‘¿Qué acusación traéis contra este hombre?’. Ellos le respondieron: ‘Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado’. Pilato replicó: ‘Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley’. Los judíos replicaron: ‘Nosotros no podemos dar muerte a nadie’. Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: ‘¿Eres tú el Rey de los judíos?’. Respondió Jesús: ‘¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?’. Pilato respondió: ‘¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?’. Respondió Jesús: ‘Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí’. Entonces Pilato le dijo: ‘¿Luego tú eres Rey?’. Respondió Jesús: ‘Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz’. Le dice Pilato: ‘¿Qué es la verdad?’. Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: ‘Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?’. Ellos volvieron a gritar diciendo: ‘¡A ése, no; a Barrabás!’. Barrabás era un salteador.

Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a Él, le decían: ‘Salve, Rey de los judíos’. Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: ‘Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él’. Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: ‘Aquí tenéis al hombre’. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: ‘¡Crucifícalo, crucifícalo!’. Les dice Pilato: ‘Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él’. Los judíos le replicaron: ‘Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios’. Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: ‘¿De dónde eres tú?’. Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: ‘¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?’. Respondió Jesús: ‘No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado’. Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: ‘Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César’. Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: ‘Aquí tenéis a vuestro Rey’. Ellos gritaron: ‘¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!’. Les dice Pilato: ‘¿A vuestro Rey voy a crucificar?’. Replicaron los sumos sacerdotes: ‘No tenemos más rey que el César’. Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. 

Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: ‘Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos’. Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: ‘No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’’. Pilato respondió: ‘Lo que he escrito, lo he escrito’. Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: ‘No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca’. Para que se cumpliera la Escritura: ‘Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica’. Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dice al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. 

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: ‘Tengo sed’. Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: ‘Todo está cumplido’. E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: ‘No se le quebrará hueso alguno’. Y también otra Escritura dice: ‘Mirarán al que traspasaron’. 

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.


COMENTARIO


Judas

El papel que juega Judas en la Pasión de Cristo es esencial. Es él quien lo vente a los que le persiguen, pero también es él quien lo entrega en el Huerto de los Olivos. Y, como diría el Hijo de Dios, más le valdría no haber nacido.


Pedro

Aquel hombre, que tanto había presumido de ser un discípulo fiel del Maestro lo niega las veces exactas que el Maestro dijo que lo iba a negar. En realidad, aquello era una prueba a la que le había sometido Dios y, como era de esperar, no la había superado.


Cristo

El Hijo de Dios sufre su Pasión como dejara escrito el profeta Isaías: como cordero llevado al matadero. No rechista, nada dice en su defensa sino sólo, en cada caso, lo que es verdad, la Verdad. Su muerte, por tanto, no es más que la voluntad expresa de cumplir la que era de Dios, su Padre y el nuestro.


JESÚS, gracias por haberte dejado matar por tus hermanos los hombres; gracias por la vida eterna.


Eleuterio Fernández Guzmán


13 de abril de 2017

Servir


Jueves Santo

Jn 13,1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. 

Llega a Simón Pedro; éste le dice: ‘Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?’. Jesús le respondió: ‘Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde’. Le dice Pedro: ‘No me lavarás los pies jamás’. Jesús le respondió: ‘Si no te lavo, no tienes parte conmigo’. Le dice Simón Pedro: ‘Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza’. Jesús le dice: ‘El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos’. Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: ‘No estáis limpios todos’. 

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: ‘¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros’”.

COMENTARIO

Lo que iba a llevar a cabo el Hijo de Dios en aquella Cena, la Última llamada, era como ejemplo de qué era lo que sus discípulos debían hacer en lo sucesivo. Ni qué decir tiene que no entendieron mucho. Aún no era el momento de unir todas las piezas de aquel espiritual rompecabezas.

Pedro actúa como lo que es: como un hombre, con su pensamiento mundano y humano. No alcanza a comprender que aquel servicio que les presta el Maestro está puesto así por Dios para que ellos hagan lo mismo.

Cristo es ejemplo. Es decir, lo que Jesús había hecho al lavar los pies era, pura y llanamente, un “cómo” debía ser ellos. Si Él, que era Señor y Maestro, había hecho eso… ¿Qué no debían hacer ellos’?


JESÚS, ayúdanos a ser capaces de servir a nuestro prójimo



Eleuterio Fernández Guzmán

12 de abril de 2017

Traicionar al Cristo

Miércoles Santo
Mt 26,14-25

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue donde los sumos sacerdotes, y les dijo: ‘¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré?’. Ellos le asignaron treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregarle. 

El primer día de los Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: ‘¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer el cordero de Pascua?’. Él les dijo: ‘Id a la ciudad, a casa de fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos’’. Los discípulos hicieron lo que Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua. 

Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, dijo: ‘Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará’. Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno: ‘¿Acaso soy yo, Señor?’. Él respondió: ‘El que ha mojado conmigo la mano en el plato, ése me entregará. El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!’. Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarle: ‘¿Soy yo acaso, Rabbí?’. Dícele: ‘Sí, tú lo has dicho’”.

COMENTARIO

El Mal, que tantas veces acechó al Hijo de Dios, no deja de maquinar en contra del Mesías. Satanás se apodera del corazón de Judas y no tiene más que apuntar hacia donde es necesario apuntar en contra de su Maestro.

Jesús, mientras tanto, prosigue con su misión. Ha de celebrar la Pascual, la última entre aquellos discípulos suyos, y se apresta a ello. Pero sus Apóstoles, que todo parece que ignoran, lo ven todo como lo más normal del mundo.

Y, entonces, la terrible noticia: uno de ellos lo va a entregar. Ninguno, salvo Judas, salve quién es la persona que va a hacer eso con su Maestro. Pero Cristo sí lo sabe y no por ello se retira o se aparta. Cumple con lo que ha de cumplir.


JESÚS, ayúdanos a no traicionarte nunca.



Eleuterio Fernández Guzmán