11 de septiembre de 2011

Servir


"El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”.

Estas palabras dichas por Cristo y recogidas en el evangelio de san Mateo (20, 28) marcan un camino diáfano que debe seguir quien se considera discípulo del Hijo de Dios. Por eso, quien no opta por servir en vez de ser servido, está haciendo dejación de lo que es uno de los mandatos, sino expresos sí claramente tácitos, que dejó, en su primera venida, Jesucristo.

Cuando Benedicto XVI estuvo en IFEMA para encontrarse con los voluntarios de la pasada Jornada Mundial de la Juventud, les dijo que “Amar es servir y el servicio acrecienta el amor”.

Por lo tanto servir es manifestar el amor y, por eso mismo, cuanto más servicio se lleve a cabo, más aumentará el amor. Digamos que son realidades que se alimentan una a otra y que, entonces, también, si hay poco servicio el amor que se manifiesta es pequeño, rácano, venido a menos.

Servir, entonces, en el mundo de hoy, para un católico, ha de tener un sentido doble porque así es nuestro amor por Cristo. Así se sirve a la Esposa de Cristo sirviendo al prójimo y de tal manera se demuestra que el amor a Dios no es una vana proclamación sino que tiene efectos en nuestra vida porque, al fin y al cabo la que lo es del creyente ha de estar fundamentada en el pilar de la Fe y en el pilar de las Obras (Santiago 2, 18).

Como sabemos, servir es expresión de amor y, por lo tanto, la caridad tiene mucho que decir en cuanto al servicio. Y si hay un texto que determina, con exactitud, lo que significa el amor, el capítulo 13 de la Primera Epístola a los Corintios lo concreta a la perfección:

“Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo  que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha. La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca”, para a acabar diciendo (1 Cor 13, 13) que “ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad”, en el sentido de que en el definitivo Reino de Dios no hará falta la fe porque ya veremos a Dios ni tampoco la esperanza porque nada tendremos que esperar pero sí la caridad, el Amor, la primera ley del Reino de Dios.

Por lo tanto, el amor al prójimo ha de verse reflejado en el servicio. Y servicio que soporta, setenta veces siete, las ofensas; servicio que actúa sin envidia y que toma en cuenta lo bueno del prójimo soportándolo todo…que es lo que le hace escribir a san Juan, en su Primera Epístola (4,20), conociendo la verdad de una realidad, a veces, tan difícil, como el amor y el servicio, que “El que no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” que es una prueba cierta de verdadero amor y, así, de empuje para la entrega y el servicio.

Y todo lo contrario… no lo quiere Dios y así lo dice el profeta Isaías (1, 10-17) poniendo en boca del Creador lo siguiente: “…Aborrezco con toda el alma sus solemnidades y celebraciones; se me han vuelto una carga inaguantable. Cuando ustedes extienden las manos para orar, aparto mi vista; aunque hagan muchas oraciones, no las escucho, pues tienen las manos manchadas en sangre. Lávense, purifíquense; aparten de mi vista sus malas acciones. Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien. Busquen el derecho, protejan al oprimido, socorran al huérfano, defiendan a la viuda.”

El amor, reflejado en la protección de quien sufre, de quien se ha quedado solo en el mundo… en fin, el servicio y servir a los demás que, además, están más necesitados, los pobres de los que dijo Jesús que siempre los tendríamos con nosotros (Jn 12, 8).

El amor, por lo tanto, es la base del comportamiento del hijo de Dios y no cabe otra forma de saberse discípulo de Cristo si no es manifestando, hacia el prójimo, un sentido amor que se refleje en el servicio que se le haca.

Para eso, la Madre Teresa de Calcula, beata, nos dejó la siguiente:

“ORACION PARA APRENDER A AMAR

Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida;
Cuando tenga sed, dame alguien que precise agua;
Cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor.
Cuando sufra, dame alguien que necesita consuelo;
Cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro;
Cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado.
Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos;
Cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien; Cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos.
Cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi comprensión;
Cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda atender;
Cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona.
Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos;
Dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro amor misericordioso, imagen del tuyo.”
Y es que, los hijos de Dios lo son en cuanto demuestra que lo son. Lo otro es una vana forma de querer engañar al Creador no sabiendo que eso no es posible. Quien es el Amor sólo puede esperar amor por parte de su descendencia.


Publicado en Análisis Digital



Eleuterio Fernández Guzmán

Algunas razones de nuestra esperanza


Lucas, evangelista y médico de Pablo de Tarso, cuenta en los Hechos de los Apóstoles que cuando éste llegó a Atenas comentó, a sus oyentes, que había visto una estatua dedicada al “Dios desconocido” y que él venía a predicar a ese Dios porque él lo había descubierto. Estaba en el Aerópago y era el mejor sitio para predicar a los que querían escuchar sobre todo lo humano y divino.
Todos sabemos que la conversión del apóstol de los gentiles se produjo camino de Damasco cuando perseguía a los seguidores de Jesucristo. Al caer del caballo cayó, también, su concepto, tan humano, de Dios y vino a ser otra persona. Cambió, por eso, su corazón y cumplió con ello lo que Dios quería para el hombre y que no era otra cosa que el corazón viniera a ser de carne y dejara de ser de piedra y producir, así, una verdadera conversión, odre nuevo que recibe un vino nuevo.

Dejó dicho el beato Juan Pablo II, en su “Fides et Ratio”, que “en lo más profundo del corazón del hombre está el deseo y la nostalgia de Dios” (FR, 24). Y de ese corazón, de donde salen las obras, es de donde salen, dominando nuestro vivir, esos argumentos que demuestran nuestra fe en la razón de la existencia de Aquel que muchos desconocen pero del que, quizá, tengan una presencia que vislumbran. Aquel Dios desconocido para los atenienses lo sigue siendo, por desgracia, para muchos contemporáneos nuestros que, a fuerza de mundo se olvidan de Quien los ha creado y de Quien, al fin y al cabo, les entregó este valle para que con su esfuerzo de hombres hicieran de él una tierra habitable para el hermano y, sobre todo, para el que no se considera tal pero que también es querido por Dios y merece, por eso, respeto y ayuda cuando sea necesaria.

Porque es obvio que convivimos con muchos que se dicen ateos que quizá no se den cuentan que también les es donada la libertad para escoger tal opción y que les es dada por Dios, el mismo a quien tratan de no tener en sus vidas; con muchos que se llaman agnósticos porque a fuerza de no creer en el acceso a lo divino no aceptan que nada pueda ser verdadero; con muchos que, incluso siendo, de bautismo, católicos, no tienen verdadera conciencia de lo que esto significa, del tesoro que Dios les ha dado y lo mantienen encerrado en su corazón, con cuatro candados preso, mostrando esa tibieza tan carente de verdadera fe y un sometimiento real al relativismo.

Entonces… ¿Qué hacer? ¿Cómo comunicar, para que se nos entienda, lo que es creer en el Reino de Dios? ¿Cómo hacerles ver que con la Palabra se puede gozar de las aguas de las que Isaías hablaba al nombrar esos “hontanares de salvación” (Isaías 12,3) por los que suspiramos? ¿Cómo ser esa luz que ilumina sus vidas para que, al menos, puedan verse reflejados en el espejo de Dios y sepan lo que se pierden y, sobre todo, que existen razones de fe que la sustentan?

Existen, para eso, pruebas de que Dios, con sus huellas dejadas en nuestras vidas, nos muestra esas razones: lo vemos en la naturaleza, en el silencio en el que oímos la brisa suave (como le sucedió a Elías en su huida) en la que sabemos está el Creador; en las mociones del Espíritu Santo que nos guía; en la sonrisa de un niño o en las lágrimas de un necesitado; en la caricia de un ser querido; en el amor sin condiciones de la inocencia infantil que tanto ama Jesús; en la dulzura de unas manos que se entregan al otro; en el acompañar, en la soledad, al triste; en ser cayado donde el atribulado sostenga la carga de su vida o en ser corazón que acoge, incluso, sobre todo, al que desconoce y maltrata nuestra fe.

Estas pueden ser, quizá, pocas razones de fe para convencer al que no quiere dejarse convencer pero, también, son dones, ciertos carismas del amor que Dios nos entrega para que con ellos podamos dar muestras de Su ser en nosotros; son como esos talentos que, a veces, no dejamos producir; son como si acudiera a nosotros el Padre para ser mostrado al prójimo y ser, así, ejemplo en el que mirarse, luz que seguir, instrumento vital para nuestra existencia; es como si, queriendo serlo, demostráramos que la Verdad es la Verdad y que no hay más salida que aceptarla para que nuestra vida concuerde con el sueño de eternidad que tanto quiso el pueblo elegido por Dios y que tanto anhelamos nosotros, sus herederos, nuevo pueblo.

Y son eso, razones de fe; nuestras razones de fe y esperanza.

Publicado en En Acción Digital




Eleuterio Fernández Guzmán

A matar lo llaman salud


El lenguaje políticamente correcto supone, como sabemos, una corrupción de la realidad. Se llama a las cosas con palabras que dulcifican a las mismas con intención, general, de no causar ningún tipo de malestar y de hacer pasar por pasable lo que es impresentable y perjudicial para la común consideración, por ejemplo, de la vida humana, sagrada creación de Dios Padre.

Esto es muy propio de una sociedad hedonista y una forma muy “humana” de conformarse con lo que pasa.

Pero también se puede utilizar tal lenguaje para confundir a las personas. Así, cuando se quiere hacer pasar por bueno lo malo, como hemos dicho arriba, basta con hacerse acompañar de buenas palabras que, en realidad, sólo muestran el semblante falso de quien las dice o escribe y dejan la terrible sensación de que quien las acepta no puede huir de su mundanidad y se entrega al mundo olvidando a Cristo y, así, a Dios.

Esto es lo que hicieron, por ejemplo con el aborto que es un tema, para el cual, se utiliza la denominación de “interrupción voluntaria del embarazo” más que nada por confundir porque sabemos que cuando algo se interrumpe por cualquier circunstancia puede volver a retomar su ser cuando, en realidad, el aborto interrumpe el desarrollo de la vida humana para no volver a retomarlo nunca más. Luego hay lenguaje claramente engañoso.

Lo dieron en llamar, y así quedó, “Ley de Salud Sexual y Reproductiva”.

Nada más y nada menos que matar, propio del aborto, han querido, quieren, que sea visto como algo, digamos, propio de la bondad física. Por eso hablan de “salud” del sexo o, lo que es lo mismo, que no tienen, para nada, en cuenta la vida del nasciturus sino, en todo caso y siendo muy caritativos, la de la madre, que tampoco porque la reproducción se olvida bastante.

Por eso dicen que, ahora, abortar, es un derecho. Y es extraño que se diga eso. ¿Cuándo matar puede fomentarse desde instancias oficiales? Recordemos… “no matarás”, mandamiento de Dios.

Y quieren, utilizando tan equivoco lenguaje, que la sociedad comulgue con las ruedas de un molino que, como el que trituraba el trigo en siglos pasados, triture, ahora, los cuerpos de seres humanos sentenciados a muerte sin juicio justo y vergonzantemente obligados a morir.

Pues a nosotros lo que nos parece es que tal lenguaje es una forma de distraer al personal. Tratan, además, de justificar la muerte del inocente haciéndose pasar, además, quien eso hace, por personas que saben lo que nos conviene y aplicando una simple y vulgar ingeniería social que tiende a la disolución de la sociedad actual y nos lleva directamente hacia la fosa de la que tanto escribió el salmista.

Y eso lo están haciendo, también y ahora mismo, con la misma eutanasia de forma disimulada y vergonzosa como ha sido el caso Ramona Estévez, muerta el pasado 6 del presente mes de septiembre tras retirarle la sonda a través de la cual comía y bebía.

Qué bien vienen, ahora, las palabras que escribió el cantautor catalán Lluís Llach en su canción “Campanadas a muerte”: “Asesinos de razones y de vidas”.

Y de vidas asesinos. 


Publicado en En Acción Digital




Eleuterio Fernández Guzmán

Misericordia y perdón

Domingo XXIV (A) del tiempo ordinario

Mt 18,21-35


“En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús: ‘Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?’. Dícele Jesús: ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

‘Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía.

‘Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano”.

COMENTARIO

Perdonar, incluso para un discípulo de Cristo que sabe que es crucial para llevar a la práctica su fe, no es siempre fácil. Nos dejamos llevar por egoísmos que nos impiden poner en práctica tal parte del Padre Nuestro.

Muchas veces tenemos que perdonas. Dice Jesús que hasta setenta veces siete que es como decir que siempre, siempre, siempre. Y esto pone en evidencia lo que, en realidad, pensamos en nuestro corazón, incluso, cuando perdonamos.

Ejercer sabiamente el perdón es hacerlo de todo corazón y de corazón blando, de carne, y no duro o de piedra. Bien sabemos que Dios ve en lo secreto y, por eso mismo, nuestro amor ha de manifestarse en momentos en los que, a lo mejor por no tener arraigo en nuestra vida, el perdón lo dejamos de lado para someternos al odio y a la venganza de corazón.


JESÚS,  perdonar saber que es muy importante para un discípulo tuyo. Tú mismo lo hiciste en el momento más difícil de tu vida de hombre común, en tu Pasión. Pediste, para los que te torturaban y mataban el perdón a Tu Padre Dios. Manifestamos, con el mismo, que, en verdad, somos hijos del Creador.



Eleuterio Fernández Guzmán

10 de septiembre de 2011

Caritas in Veritate - II - El hoy del desarrollo humano


Desde un punto de vista cristiano, el desarrollo supone, es, algo más que un mero avance económico o tecnológico. No es, por tanto, la expresión de un ir más allá de lo que se tiene sin ninguna intención más.

Muy al contrario, desarrollo es, ante todo, solución de los problemas que acucian a cada vez más personas: “el hambre, la miseria, las enfermedades endémicas y el analfabetismo” (Cv 21)

Sobre esto ya tenía dicho Jesucristo, o más bien pensado y aplicado a la realidad, que no tiene demasiada importancia que existan ricos sino que lo que venía a destacarse es qué hacían tales personas con su riqueza.

Pues esto es lo que busca el desarrollo: solución a situaciones que, actualmente, se están viendo agravadas por la crisis galopante por la que estamos pasando.

De aquí que Benedicto XVI entienda que “La ganancia es útil si, como medio, se orienta a un fin que le dé un sentido”. Además, “El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza” (Ídem anterior)

Hasta aquí lo que podemos considerar general de la ley cristiana sobre el desarrollo.

Sobre el tema de la segunda parte de la, hasta hoy, última encíclica del Santo Padre, para que el desarrollo pueda llamarse de tal forma tiene que ser auténtico e integral. Dicho de otra manera, para que sea auténtico ha de ser integral y afectar, además de a aquellos que lo procuran, a aquellos que lo necesitan por estar en peor situación pues, a tenor de de lo dicho en la Constitución pastoral Gaudium et spes (sobre la Iglesia en el mundo actual) “El hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social”)

Y dice “el hombre” y no una parte de la humanidad en exclusiva.

Sin embargo, el caldo de cultivo del pensamiento actual no colabora, precisamente, en que pueda llevarse a cabo tal sentido del desarrollo económico. Aquel se fundamenta, sobre todo, en la existencia de un “eclecticismo cultural” (Cv 26) según el cual todas las culturas existentes son equivalentes. Así, y en realidad, ninguna tiene valor de por sí por lo que el relativismo conforma de tal forma del modo de pensar que al  querer aplicar modelos económicos propios a otros ajenos se produce una clara contraposición entre unos y otros y no hay, digamos “trasvase” de desarrollo quedando anquilosada la economía de muchas naciones.

Por otra parte, Benedicto XVI incide en un tema que, en cuanto al desarrollo tiene sentido. Es el referido al “respeto a la vida”.

Puede parecer, esto dicho, muy alejado del desarrollo económico... No lo está, sin embargo, tanto como puede pensarse.

Así, vida y políticas antinatalistas (muy de moda hoy día en las naciones “desarrolladas”) se contraponen muy claramente y traen, como consecuencia que, “si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social” (Cv 28, extracto del Mensaje para la Jornada de la Paz de 2008)

No obstante, la importancia que tiene el respeto a la vida, no lo es menos el escaso respeto que se tiene por la libertad religiosa que también tiene una importancia vital en el desarrollo.

Cuando se niega tal derecho se produce una “promoción programa de la indiferencia religiosa o del ateísmo práctico por parte de muchos países (Cv 29) Entonces se sustraen “bienes espirituales y humanos” que muy bien pueden colaborar en el desarrollo que, como ha quedado dicho supra, ha de ser “integral”.

Resulta, pues, de todo punto necesario que “los diferentes ámbitos del saber humano sean interactivos, con vistas a la promoción de un verdadero desarrollo de los pueblos” (Cv 30)

Esto lo que, en concreto, quiere decir es que “la valoración moral y la investigación deben crecer juntas” (Cv 31)

En realidad, tal forma de proceder o, mejor, procediendo de tal forma, “a la fe, a la teología, a la metafísica y a las ciencias” permite encontrar su lugar dentro de una colaboración al servicio del hombre.

Así, se “trata de ensanchar la razón y hacerla capaz de de conocer y orientar estas nuevas e imponentes dinámicas, animándolas en la perspectiva de esa ‘civiliación del amor’ de la Cual Dios ha puesto la semilla en cada pueblo y en cada cultura” (Cv 33)

Sólo falta hacerla fructificar.




Eleuterio Fernández Guzmán


Caritas in Veritate - I - La vocación de progreso de Pablo VI


Ya dice Pablo VI, en el punto 2 de su Populorum progressio, que “En sus grandes encíclicas Rerum novarum, de León XIII; Quadragesimo anno, de Pío XI; Mater et magistra y Pacem in terris, de Juan XXIII —sin hablar de los mensajes al mundo de Pío XII— nuestros predecesores no faltaron al deber que tenían de proyectar sobre las cuestiones sociales de su tiempo la luz del Evangelio.


Bien podemos decir, entonces, que la doctrina papal no ha estado alejada, precisamente, de la cuestión social.


Tampoco podía darle de lado Benedicto XVI. Por eso ha hecho pública su encíclica Caritas in Veritate (Cv) en la que hace una referencia muy especial (a más de 40 años de su publicación) de la de Pablo VI, citada arriba.


Es que no se puede negar que Pablo VI tenía una clara vocación de progreso. Así lo refleja el Santo Padre en su carta encíclica sobre la Caridad y la Verdad.


Por mucho que se quiera tergiversar la figura del Papa Pablo por obras suyas como, por ejemplo, la encíclica Humanae vitae, de 1968, bien cierto es que, como dice Benedicto XVI “La relación entre la Populorum progressio y el Concilio Vaticano II no representa una fisura entre el Magisterio social de Pablo VI y el de los Pontífices que lo precedieron, puesto que el Concilio profundiza dicho magisterio en la continuidad de la vida de la Iglesia (Cv 12)


Por eso, no se trata de que se distinga entre lo dicho antes y después del CV II sino “una única enseñanza, coherente y al mismo tiempo siempre nueva” (Cv 12)


Por tanto, y por eso mismo, “la Populorum progressio, insertada en la gran corriente de la tradición, puede hablarnos todavía, hoy, a nosotros” (Cv 12)


Por otra parte, algo muy importante nos dice el Santo Padre que para Pablo VI era, es, el progreso.


Lejos de un ansia desenfrenada de tener y de avanzar por avanzar, para el anterior Santo Padre, autor de la Populorum progressio, es, exactamente, una vocación.


Como tal vocación tiene sus propias características que, en aplicación de la doctrina cristiana, la hace buena si se considera en su justa medida.


Dos elementos descubre Benedicto XVI en el progreso como vocación:


1.-“Nace de una llamada trascendente”


2.-No puede darse su sentido por si misma, por provenir de una llamada trascendente.


Por eso, “No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una vocación que da la idea verdadera de la vida humana” (Populorum progressio 42)


Por eso, una llamada trascendente, la vocación del progreso, requiere una manifestación de voluntad hacia la misma tal vocación que, además, “hace libre a la persona” (Cv 17)


Tal libertad es importante en cuanto, parafraseando a Jesús, el “sábado está hecho para el hombre” y no al revés. De aquí que Pablo VI supiera entender que, aunque “las estructuras económicas y de las instituciones” fueran muy importantes para el progreso no era la libertad del ser humano la que estaba sometida a aquellas sino, en todo caco, el revés. De aquí que Benedicto XVI diga (Cv 17) que “sólo si es libre, el desarrollo puede ser integralmente humano; sólo en un régimen de libertad responsable puede crecer de manera adecuada”.


Por otra parte, como sabemos, la Iglesia católica tiene una visión de conjunto del mundo que la hace, por eso mismo, universal, tiene, también, una visión del desarrollo que abarca a todo hombre y a “todos los hombres”.


Tal es, como dice Benedicto XVI, el mensaje central de la Populorum progressio y sí tenemos que tenerlo en cuenta: el progreso o es para toda la humanidad o no deja de ser un simple avance que, además, no conviene al hombre.


No vaya a creerse, por otra parte, que el desarrollo no tiene su envés: el subdesarrollo.


En atención a lo dicho por Pablo VI, Benedicto XVI nos hace mención (Cv 19) de las causas del subdesarrollo. Son las siguientes:


1.-La voluntad, que se aparta de la Verdad de Dios.


2.-El pensamiento que “no siempre sabe orientar adecuadamente el deseo.
3.-La falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos.


Para finalizar, es necesario hacer notar que en esta primera parte de la encíclica Caritas in Veritate dice Benedicto XVI algo que resulta muy importante reconocer: “La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos pero no más hermanos”.




Eleuterio Fernández Guzmán

Hacer no es decir

Sábado XXIII del tiempo ordinario

Lc 6,43-49

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca.

‘¿Por qué me llamáis: ‘Señor, Señor’, y no hacéis lo que digo? Todo el que venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica, os voy a mostrar a quién es semejante: Es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca. Al sobrevenir una inundación, rompió el torrente contra aquella casa, pero no pudo destruirla por estar bien edificada. Pero el que haya oído y no haya puesto en práctica, es semejante a un hombre que edificó una casa sobre tierra, sin cimientos, contra la que rompió el torrente y al instante se desplomó y fue grande la ruina de aquella casa’".

COMENTARIO

Según dice Jesús del corazón del hijo de Dios sale aquello que se hace. Así, si es bueno no puede salir nada bueno y si es malo otra cosa que no sea malo puede salir. Del corazón salen las obras y, por eso mismo, conviene que rebose de amor y de misericordia.

Escuchar lo que dijo e hizo Jesucristo es fácil. Hacer lo que dijo que había que hacer es deber para un discípulo suyo pero, en no pocas ocasiones, se lleva a cabo justamente lo contrario de lo que el Hijo de Dios entiende bueno y benéfico para nuestra vida.

Tenemos, por lo tanto, que construir nuestra vida sobre la roca firme que es Cristo. Sobre tal roca nuestra existencia ha de ser fructífera y no se vendrá abajo bajo el peso del mundo o de lo que nos pueda pasar. Edificar en Cristo es, para un discípulo suyo, lo único que debería pensar hacer.



JESÚS, construyendo nuestra vida haciendo nuestra tu doctrina y aquello que con hechos demostraste es la única forma de ser, en verdad, discípulos tuyos. Ni somos capaces de cumplir siempre con la voluntad de Dios ni, a veces, queremos hacerlo.



Eleuterio Fernández Guzmán

9 de septiembre de 2011

Pecados de uno mismo

Viernes XXIII del tiempo ordinario

Lc 6,39-42

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: ‘¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Todo discípulo que esté bien formado, será como su maestro. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano’”.


COMENTARIO

Es bien cierto que tenemos la humana tendencia de mirar al prójimo por encima de nuestro hombro y que solemos, con cierta facilidad, ver sus defectos e, incluso, tratar de corregirlos dando consejos que no deberían darse.

Sin embargo somos, también, muy dados, a no prestar atención a nuestras faltas espirituales y a nuestros pecados. Dios ha de querer, al contrario, que mejoremos nuestra forma de ser y que seamos misericordiosos con aquellos que tantas veces zaherimos.

Es mucho lo que se nos puede echar en cara da parte del Creador y, por eso mismo, se nos pide que, en primer lugar, sanemos nuestra vida antes de ponernos a ser salvadores de otros. Y es que, a veces, es tan grande la viga que tenemos que no la vemos.


JESÚS, conoces muy bien la naturaleza humana de tus hermanos en la fe y, por eso mismo, aconsejas sanar lo que podamos tener enfermo y, luego, en todo caso, tratar de ver las faltas de los demás porque una cosa es querer corregir fraternamente a quien ha cometido algún pecado y otra, muy distinta, querer tapar con eso los nuestros.





Eleuterio Fernández Guzmán

8 de septiembre de 2011

Nace María, colaboradora de la salvación

El Nacimiento de la Virgen María





Mt 1,1-16.18-23




“Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham: Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos, Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zara, Fares engendró a Esrom, Esrom engendró a Aram, Aram engendró a Aminadab, Aminadab engrendró a Naassón, Naassón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rahab, a Booz, Booz engendró, de Rut, a Obed, Obed engendró a Jesé, Jesé engendró al rey David.

David engendró, de la que fue mujer de Urías, a Salomón, Salomón engendró a Roboam, Roboam engendró a Abiá, Abiá engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Joram, Joram engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatam, Joatam engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amón, Amón engendró a Josías, Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando la deportación a Babilonia.

Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliakim, Eliakim engendró a Azor, Azor engendró a Sadoq, Sadoq engendró a Aquim, Aquim engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Mattán, Mattán engendró a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. Así que el total de las generaciones son: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones.

La generación de Jesucristo fue de esta manera: su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en Ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados’. Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: ‘He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel», que traducido significa: "Dios con nosotros’”.


COMENTARIO

Quizá pueda resultar extraño que el calendario litúrgico establezca para el día en el que celebramos la Natividad de María, la Madre de Dios, el texto referido al nacimiento de Jesucristo. Pero, además de que los caminos de Dios son inescrutables también es cierto que tienen bastante sentido.

Jesús y María tienen mucho que ver con la historia de la salvación de la humanidad a manos de Dios, Creador suyo pero, además, Padre Bueno y Misericordioso. Por eso tiene mucho que ver que tanto el Hijo como la Madre estén unidos por este lazo de realidad sobrenatural.

Nace Jesús y nace María porque los dos son necesarios para salvarnos y para que nos sean perdonados nuestros muchos pecados. Tanto el Hijo como la Madre están juntos en la voluntad de Dios como instrumentos espirituales de salvación y sanación del pecado.


JESÚS, tu Madre, a quien tanto amas, nace un día que celebramos hoy. En realidad poco importa que fuera un día como éste o fuera otro sino que, lo que es radicalmente crucial es que su nacimiento lo fuera para que Tú vinieras al mundo. Todo estaba previsto en el Plan de Dios y vuestros nacimientos van unidos de la mano del Padre para que todos seamos salvos.




Eleuterio Fernández Guzmán


Nota: la imagen que ilustar el comentario es de Murillo y corresponde a la Natividad de la Virgen.

7 de septiembre de 2011

Bienaventurados

Miércoles XXIII del tiempo ordinario

Lc 6,20-26

“En aquel tiempo, Jesús alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: ‘Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas.

‘Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas’”.


COMENTARIO

La Ley de Dios, dijo Cristo, había venido a hacerla cumplir. No quería derogarla porque tal no podía ser su misión. Y así proclama las bienaventuranzas que son como la perfección de la Ley y, sin dejar de tener valor los Mandamientos de Dios, acerca su sentido al corazón del creyente.

Todas las personas que se sienten entre algunos de los grupos de bienaventurados a los que hace referencia el Mesías podían sentirse felices y vivir gozosamente. Esos pobres que, en verdad, lo son; los que lloran, los que se saben perseguidos por odio a Cristo…

Y, sin embargo, Jesús no deja de llamar la atención a los que se creen en la seguridad de seguir la Ley de Dios porque la han transformado y adaptado a sus necesidades y conveniencias tergiversándola hasta límites no permisibles por el Creador. Tales personas deberían saber que Dios no puede querer que tal se actúe con su Ley.


JESÚS, eran, son, bienaventurados los que te siguen y cumplen con la Ley de Dios. Aquellos que lloran o que son pobres y que son perseguidos porque te siguen y cumplen la Ley de Dios serán los que reciban, en el definitivo Reino de Dios, el gozo del Amor del Padre.





Eleuterio Fernández Guzmán

6 de septiembre de 2011

Apóstoles y discípulos

Martes XXIII del tiempo ordinario

Lc 6,12-19

“En aquellos días, Jesús se fue al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles. A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.
Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.”


COMENTARIO

Jesús vino porque tenía una misión que cumplir y que no era otra que transmitir la Palabra de Dios al mundo y, así, para que se cumpliera la voluntad del Creador y su Ley. Sabía, así, que tenía que escoger a un grupo de personas que le ayudaran a llevar a cabo tales menesteres.

Eligió a doce porque, seguramente, quería representar con ello a las 12 tribus de Israel, pueblo escogido y elegido por Dios para llevar su Palabra a la humanidad. Escogió, también, a hombres.

Sabían, aquellos que le seguían, primeros discípulos de Cristo, que no era una persona más y, ni siquiera, un sabio más de los que entre ellos predicaban. Reconocían en su persona a Quien tenían que venir y por quien el pueblo elegido estaba esperando muchos siglos. Le seguían porque creían en Él, porque tenían fe.



JESÚS, escogiste a los que quisiste. Ellos tenían, por delante, una labor muy importante que llevar a cabo y, aunque, como sabemos, te abandonaron en el momento más difícil de tu Pasión serían los que llevasen la Palabra de Dios al mundo. Nosotros, por nuestro lado, no deberíamos olvidar que somos, por eso mismo, apóstoles modernos, de ahora mismo.





Eleuterio Fernández Guzmán

5 de septiembre de 2011

Misericordia de Cristo

Lunes XXIII del tiempo ordinario

Lc 6,6-11

“Sucedió que entró Jesús otro sábado en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha seca. Estaban al acecho los escribas y fariseos por si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero Él, conociendo sus pensamientos, dijo al hombre que tenía la mano seca: ‘Levántate y ponte ahí en medio’. Él, levantándose, se puso allí. Entonces Jesús les dijo: ‘Yo os pregunto si en sábado es lícito hacer el bien en vez de hacer el mal, salvar una vida en vez de destruirla’. Y mirando a todos ellos, le dijo: ‘Extiende tu mano’. Él lo hizo, y quedó restablecida su mano. Ellos se ofuscaron, y deliberaban entre sí qué harían a Jesús.

COMENTARIO

Que se ofusquen aquellos que tergiversan la Ley de Dios para adaptarla a sus humanas necesidades es cosa natural porque no se puede espera que los que quieren que se hagan a su conveniencia actúen de otra forma.

Procuran, tales personas, el mal para Jesús porque no pueden admitir que una persona a las que siguen muchos de los suyos se manifieste de forma tan claramente contraria a lo que hacen. No les viene bien que se diga la verdad de las cosas.

Jesucristo sólo puede actuar de forma misericordiosa al igual que Dios con todos nosotros. No puede entender cómo es posible que cuando hay una persona que lo está pasando mal se le deba dejar en tal situación por no ser el día “apropiado” para curar. Tal forma de actuar no es, precisamente, la de Dios Padre y Creador.


JESÚS, ser misericordioso y actuar en defensa de quien te necesita es una forma muy tuya de ser. Por eso muchos te tenían cierta manía y querían perseguirte pues no te venías atrás porque algún determinado precepto humano impidiese hacer ciertas cosas en determinados días. Si el sábado es para el hijo del hombre, no otra cosa podías hacer cuando notabas cierta necesidad.


Eleuterio Fernández Guzmán

4 de septiembre de 2011

Con Cristo

Domingo XXIII (A) del tiempo ordinario

Mt 18,15-20

“En aquel tiempo, Jesús dijo a los discípulos: ‘Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

‘Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’”.


COMENTARIO

La corrección fraterna es una forma de actuar recomendable para el discípulo de Cristo. Al igual que Jesús corrigió, en determinadas ocasiones, a los que le seguían, tenemos que hacer aquellos que decimos seguir su mensaje y practicar su doctrina.

Jesucristo prometió estar con nosotros hasta el fin de los tiempos. Así lo cumple cuando, por ejemplo, oramos en su nombre y nos dirigimos a Dios a través de Su Hijo.

Dios escucha a los que piden. Tal es así que Jesús les dice que lo que aten quedará atado y lo que aten, quedará desatado. Así, el Creador se manifiesta como un Padre que escucha a sus hijos y que tiene en cuenta todo lo que dicen.


JESÚS, querías que aquellos que te seguían cumpliesen la Ley de Dios y, en aplicación de la misma, lo que tú hacías y decías. Por eso, en cuanto a la corrección, para reforzarla, les dices que todo quedará atado o desatado porque, en realidad, Tú eres Dios mismo. Por eso no podemos hacer caso omiso a lo que nos dices.


Eleuterio Fernández Guzmán

3 de septiembre de 2011

La Ley de Dios

Sábado XXII del tiempo ordinario

Lc 6,1-5

“Sucedió que Jesús cruzaba en sábado por unos sembrados; sus discípulos arrancaban y comían espigas desgranándolas con las manos. Algunos de los fariseos dijeron: ‘¿Por qué hacéis lo que no es lícito en sábado?’. Y Jesús les respondió: ‘¿Ni siquiera habéis leído lo que hizo David, cuando sintió hambre él y los que le acompañaban, cómo entró en la Casa de Dios, y tomando los panes de la presencia, que no es lícito comer sino sólo a los sacerdotes, comió él y dio a los que le acompañaban?'. Y les dijo: 'El Hijo del hombre es señor del sábado’.


COMENTARIO

Otras muchas veces le pasa a Jesús lo que el evangelio de san Lucas narra en esta ocasión. Las personas celosas de la ley judía le echan en cara que no hace algo de acuerdo a la misma y, por eso, ponen en entredicho su labor.

Algo tiene que comunicar, y así lo hace, el Hijo del hombre: la Ley de Dios no es aquella que, en general, creen aplicar sus contemporáneos. Muy al contrario, por ejemplo, entiende que es más importante la misericordia que el sacrificio como en otra ocasión dirá Jesús.

Como Jesucristo era Dios hecho hombre prevalece, Él mismo, sobre la Ley, sobre la interpretación que se había llegado a hacer de la que lo es de Dios porque no es posible entender que el Creador prefiera que sus hijos mueran antes que dejar de trabajar en sábado.


JESÚS, hacer lo que decían que no se debía hacer aquellos que habían adaptado la Ley de Dios a su conveniencia o, simplemente, no la habían entendido bien, era algo que tenías que combatir y contra lo que tenías que ir. Habías venido para que se cumpliera la Ley de Dios hasta la última tilde y eso, por más que muchas veces nos pese por egoísmo, aún lo estás haciendo.





Eleuterio Fernández Guzmán

2 de septiembre de 2011

Odres y corazones

Viernes XXII del tiempo ordinario


Lc 5,33-39


“En aquel tiempo, los fariseos y los maestros de la Ley dijeron a Jesús: «Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y recitan oraciones, igual que los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben». Jesús les dijo: ‘¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán en aquellos días’.


Les dijo también una parábola: ‘Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo; de otro modo, desgarraría el nuevo, y al viejo no le iría el remiendo del nuevo. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino nuevo reventaría los pellejos, el vino se derramaría, y los pellejos se echarían a perder; sino que el vino nuevo debe echarse en pellejos nuevos. Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo porque dice: ‘El añejo es el bueno’’”.


COMENTARIO

El cumplimiento exacto de la ley que había llegado a elaborar el pueblo elegido por Dios suponía una carga muy difícil de soportar por aquellos que componían al mismo. De la letra de la ley había desaparecido la misericordia y el corazón tierno y en su lugar un corazón de piedra había sustituido a la Ley del Creador.
Jesús había venido a que se cumpliera hasta la última sílaba de la Ley de Dios. Mientras estuviera con ellos los preceptos humanos quedaban derogados para sus discípulos porque Él era Dios mismo hecho hombre y su norma prevalecía sobra la de su descendencia.

La ley nueva, siendo la de siempre de Dios, necesitaba corazones nuevos, odres nuevos donde depositar el nuevo vino de la fe en el Creador. Pero teniendo valor la antigua Ley de Dios lo que tenía que cambiar era el corazón de sus hijos porque no podía contener la sustancia del Amor de Dios uno que lo fuera de piedra.


JESÚS, el corazón que no comprende ni perdona ni tiene en cuenta, de verdad, al prójimo, es uno que lo es que no puede contener la Ley de Dios. Es necesario venir a ser otro tipo de personas, dejar de llevar en nuestro odre viejo la ley vieja porque la nueva que, en realidad, es la antigua Ley de Dios, no tiene cabida en lo que se ha carcomido por la polilla del mundo.





Eleuterio Fernández Guzmán

1 de septiembre de 2011

Confiar en ser pescador de hombres

Jueves XXII del tiempo ordinario


Lc 5,1-11

“En aquel tiempo, estaba Jesús a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre él para oír la Palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: ‘Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar’. Simón le respondió: ‘Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes’. Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: ‘Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador’.

Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: ‘No temas. Desde ahora serás pescador de hombres. Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.


COMENTARIO

De una forma casi casual, Jesús propone a quien le escucha, seguirle en lo que dice o, al contrario, optar por no hacerlo. Deja libertad porque la misma es un don de Dios que ni el Mesías puede alterar. Así hace con Pedro.

Pedro estaría cansado porque había estado trabajando toda la noche sin obtener, además, fruto alguno del mar. Pero confía en las palabras del Maestro. “En tu palabra” dice el pescador de peces Pedro. Y echa las redes obteniendo mucho más de lo que en otro momento habían obtenido.

La confianza en Dios siempre tiene respuesta de parte del Creador. Pero es que, además, a aquellos hombres los iba a convertir en pescadores de hombres, cambiándoles, de forma radical, su forma de vida y existencia. Ellos lo dejaron todo y le siguieron porque habían puesto su confianza en Él.



JESÚS, aquellos rudos hombres que dedicaban su vida a enfrentarse, en sus barcas, con los temporales y con los malos momentos van a tener, desde entonces, que hacerlo con otros temporales y otros malos momentos. Pero te siguieron con fe y lo dejaron todo que no es lo que pasa, siempre, con nosotros.





Eleuterio Fernández Guzmán

31 de agosto de 2011

Cristo vino para cumplir la Ley de Dios

Miércoles XXII del tiempo ordinario

Lc 4,38-44


"En aquel tiempo, saliendo de la sinagoga, Jesús entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con mucha fiebre, y le rogaron por ella. Inclinándose sobre ella, conminó a la fiebre, y la fiebre la dejó; ella, levantándose al punto, se puso a servirles. A la puesta del sol, todos cuantos tenían enfermos de diversas dolencias se los llevaban; y, poniendo Él las manos sobre cada uno de ellos, los curaba. Salían también demonios de muchos, gritando y diciendo: ‘Tú eres el Hijo de Dios’. Pero Él, conminaba y no les permitía hablar, porque sabían que él era el Cristo.


Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar solitario. La gente le andaba buscando y, llegando
donde Él, trataban de retenerle para que no les dejara. Pero Él les dijo: ‘También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado’. E iba predicando por las sinagogas de Judea.


COMENTARIO


La gente buscaba a Jesús. Era lo común en aquellas personas necesitadas: ir en busca de quien tenía sanación (no sólo física) para sus dolencias del cuerpo o del alma.


Lo reconocen como el Hijo de Dios y, por eso mismo, saben que no es un rabino más ni alguien que se dedica a transmitir la Palabra de Dios sin más. Lo saben con autoridad superior a los demás porque, además, han visto los prodigios que hace.


Jesús sabe que su predicación ha de llegar a todos. No cree que el Bien pueda limitarse a ser transmitido al pueblo de Israel aunque crea que las primeras ovejas perdidas a las que hay que buscar han de ser las de ese pueblo elegido por Dios. Ha sido enviado para eso, como Él mismo dice.


JESÚS, que todos conocieran la Verdad era la misión que te encomendó tu Padre, Dios Creador. Transmitir, por lo tanto, lo que convenía hacer y orar, junto con las pruebas que muchos necesitaban de tan importante misión, era lo que tenías que llevar a cabo en tu primera venida al mundo. Sin embargo, muchos no te quisieron escuchar porque no les convenía.



Eleuterio Fernández Guzmán

30 de agosto de 2011

Autoridad de Cristo

Martes XXII del tiempo ordinario

Lc 4,31-37

“En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los
sábados les enseñaba. Quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad. Había en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo, y se puso a gritar a grandes voces: ‘¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios’. Jesús entonces le conminó diciendo: ‘Cállate, y sal de él’. Y el demonio, arrojándole en medio, salió de él sin hacerle ningún daño. Quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros: ‘¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen’. Y su fama se extendió por todos los lugares de la región.

COMENTARIO

Jesús hablaba con autoridad. Tal forma de pensar de alguien era atribuirle una capacidad de entendimiento superior a la de otra persona. Por eso en muchas ocasiones dicen, los que le escuchan, que habla de forma “distinta” a como hablan otros maestros.

Que a Jesús le dijeran que tenía autoridad no estaba reñido con el hecho de que actuara aplicando, en su vida, una serie de virtudes que no podía, por menos, transmitir. Así, por ejemplo, hablaba con sencillez, sin forzar el lenguaje y de la forma mejor para que sus contemporáneos le entendiesen y comprendiesen su mensaje. No era, por lo tanto, artificioso ni hablaba de forma rimbombante.

Jesucristo, con toda su autoridad, no era altivo, no gritaba ni levantaba la voz. Pero, además, demostraba su autoridad con lo que hacía y demostrando que entre su fe y la práctica de la misma no había separación alguna: era fiel porque era el Hijo de Dios, porque era hijo de Dios.


JESÚS, tu autoridad tenía hondas raíces espirituales y, desde ellas hasta todo tu hacer, partía una forma de hacer y de ser que admiraba a los que te veían y escuchaban. Deberíamos aprender más de lo que lo hacemos de tu forma de ser, de tu sencillez, de tu dulzura, de tu mansedumbre…


Eleuterio Fernández Guzmán

29 de agosto de 2011

Así se es fiel

Mc 6,17-29

“En aquel tiempo, Herodes había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: ‘No te está permitido tener la mujer de tu hermano’. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.


Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: ‘Pídeme lo que quieras y te lo daré’. Y le juró: ‘Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino’. Salió la muchacha y preguntó a su madre: ‘¿Qué voy a pedir?’. Y ella le dijo: ‘La cabeza de Juan el Bautista’. Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: ‘Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista’.El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.”

COMENTARIO

Juan el Bautista precedió a Jesús como el último profeta del Antiguo Testamento. Había salido, él mismo, para anunciar al que tenía que venir y que bautizaría con fuego. Pero su labor no fue nada fácil.

Ser fiel a la Ley de Dios puede resultar gravoso y peligroso para quien así actúe. Si el mundo está en contra de la voluntad de Dios, fácil es pensar que sus hijos, los que se consideran descendencia suya por creación, serán enemigos, serán vistos como tales, por aquellos que se acogen a la voluntad de la mundanidad.

Tener fe hasta las últimas consecuencias es una petición de Dios. No es que lo haga para que le sigamos sin más sino para que seamos consecuentes con lo que decimos. Que el corazón no vaya por un lado y la boca por otro o, mejor, al revés. Por eso el Creador nos llama para que le encontremos.


JESÚS, tu primo Juan, quien te bautizó en el río Jordán, cumplió con la voluntad de Dios hasta que le fue quitada la vida terrena. Supo ser fiel hasta el último momento e hizo lo que tenía que hacer cuando fue llamado a anunciarte. Nosotros, a pesar de lo difícil que puede resultar mantener una postura como la suya deberíamos, al menos, tratar de parecernos a él.



Eleuterio Fernández Guzmán

28 de agosto de 2011

Nuestra voluntad no es, a veces, la de Dios

Domingo XXII (A) del tiempo ordinario

Mt 16,21-27

“En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: ‘¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte». Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios’.


Entonces dijo a los discípulos: ‘El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta’”

COMENTARIO

No siempre nos gusta la voluntad de Dios. Eso le pasa a Pedro cuando Jesús dice lo que, en efecto, le va a pasar. No es del gusto del primer Papa porque él piensa como un hombre y no como el Hijo de Dios o, incluso, siquiera, como quien se sabe hijo de Dios.

Hay que negarse a sí mismo para seguir a Cristo. Esto es, como parece, bastante difícil porque tratar de evitar el egoísmo que nos conduce por el mundo es trabajo, casi, titánico. Más hacemos en contra de nuestra verdadera conveniencia que a favor de la misma.

El mundo sólo nos ofrece una muerte lenta del alma, un poco a poco dejar a Dios de lado y olvidar que es Padre y que es nuestro Padre. Querer hacer como si este mundo fuera el único que existe y olvidar la vida eterna debería quedar fuera de nuestro corazón.


JESÚS, quieres que no pensemos como los hombres, mundanizados y alejados de tu Padre, y así lo quieres porque sabes que es bueno para tus hermanos e hijos de Dios tener al Creador cerca del corazón. No deberíamos, por eso mismo, ansiar lo que aquí nos conviene sino, al contrario, olvidar lo que nos atrae del mundo y pensar, más y mejor, en la vida eterna.


Eleuterio Fernández Guzmán