11 de septiembre de 2011

Servir


"El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”.

Estas palabras dichas por Cristo y recogidas en el evangelio de san Mateo (20, 28) marcan un camino diáfano que debe seguir quien se considera discípulo del Hijo de Dios. Por eso, quien no opta por servir en vez de ser servido, está haciendo dejación de lo que es uno de los mandatos, sino expresos sí claramente tácitos, que dejó, en su primera venida, Jesucristo.

Cuando Benedicto XVI estuvo en IFEMA para encontrarse con los voluntarios de la pasada Jornada Mundial de la Juventud, les dijo que “Amar es servir y el servicio acrecienta el amor”.

Por lo tanto servir es manifestar el amor y, por eso mismo, cuanto más servicio se lleve a cabo, más aumentará el amor. Digamos que son realidades que se alimentan una a otra y que, entonces, también, si hay poco servicio el amor que se manifiesta es pequeño, rácano, venido a menos.

Servir, entonces, en el mundo de hoy, para un católico, ha de tener un sentido doble porque así es nuestro amor por Cristo. Así se sirve a la Esposa de Cristo sirviendo al prójimo y de tal manera se demuestra que el amor a Dios no es una vana proclamación sino que tiene efectos en nuestra vida porque, al fin y al cabo la que lo es del creyente ha de estar fundamentada en el pilar de la Fe y en el pilar de las Obras (Santiago 2, 18).

Como sabemos, servir es expresión de amor y, por lo tanto, la caridad tiene mucho que decir en cuanto al servicio. Y si hay un texto que determina, con exactitud, lo que significa el amor, el capítulo 13 de la Primera Epístola a los Corintios lo concreta a la perfección:

“Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo  que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha. La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca”, para a acabar diciendo (1 Cor 13, 13) que “ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad”, en el sentido de que en el definitivo Reino de Dios no hará falta la fe porque ya veremos a Dios ni tampoco la esperanza porque nada tendremos que esperar pero sí la caridad, el Amor, la primera ley del Reino de Dios.

Por lo tanto, el amor al prójimo ha de verse reflejado en el servicio. Y servicio que soporta, setenta veces siete, las ofensas; servicio que actúa sin envidia y que toma en cuenta lo bueno del prójimo soportándolo todo…que es lo que le hace escribir a san Juan, en su Primera Epístola (4,20), conociendo la verdad de una realidad, a veces, tan difícil, como el amor y el servicio, que “El que no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” que es una prueba cierta de verdadero amor y, así, de empuje para la entrega y el servicio.

Y todo lo contrario… no lo quiere Dios y así lo dice el profeta Isaías (1, 10-17) poniendo en boca del Creador lo siguiente: “…Aborrezco con toda el alma sus solemnidades y celebraciones; se me han vuelto una carga inaguantable. Cuando ustedes extienden las manos para orar, aparto mi vista; aunque hagan muchas oraciones, no las escucho, pues tienen las manos manchadas en sangre. Lávense, purifíquense; aparten de mi vista sus malas acciones. Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien. Busquen el derecho, protejan al oprimido, socorran al huérfano, defiendan a la viuda.”

El amor, reflejado en la protección de quien sufre, de quien se ha quedado solo en el mundo… en fin, el servicio y servir a los demás que, además, están más necesitados, los pobres de los que dijo Jesús que siempre los tendríamos con nosotros (Jn 12, 8).

El amor, por lo tanto, es la base del comportamiento del hijo de Dios y no cabe otra forma de saberse discípulo de Cristo si no es manifestando, hacia el prójimo, un sentido amor que se refleje en el servicio que se le haca.

Para eso, la Madre Teresa de Calcula, beata, nos dejó la siguiente:

“ORACION PARA APRENDER A AMAR

Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida;
Cuando tenga sed, dame alguien que precise agua;
Cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor.
Cuando sufra, dame alguien que necesita consuelo;
Cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro;
Cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado.
Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos;
Cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien; Cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos.
Cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi comprensión;
Cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda atender;
Cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona.
Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos;
Dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro amor misericordioso, imagen del tuyo.”
Y es que, los hijos de Dios lo son en cuanto demuestra que lo son. Lo otro es una vana forma de querer engañar al Creador no sabiendo que eso no es posible. Quien es el Amor sólo puede esperar amor por parte de su descendencia.


Publicado en Análisis Digital



Eleuterio Fernández Guzmán

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