16 de abril de 2017

Y resucitó de entre los muertos


Jn 20,1-9

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: ‘Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto’. 

Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.

COMENTARIO

María de Magdala quería terminar la labor de embalsamamiento que no habían podido dejar bien terminada cuando el viernes anterior, por la prisa de la Pascua, habían dejado al Maestro en el sepulcro.

La de Magdala se da cuenta de algo terrible: no está el cuerpo de Jesús. Y corre a decírselo a los demás que están escondidos por miedo a los judíos. Y ellos, como era de esperar en tal tiempo, no la creen. Por eso salen corriendo Juan y Pedro a comprobarlo.

Pedro y Juan corren pero el primero de ellos, de mayor edad, llega más tarde. Juan, sin embargo, por respeto o por miedo a no ver a Jesús donde lo habían dejado, espera a que llegue el primero de entre ellos. Cuando, luego, entra Juan nos dice él mismo que vio y creyó. Y es que, hasta entonces, no había unido todas las piezas de aquel puzzle espiritual.

JESÚS, ayúdanos a creer en ti.


Eleuterio Fernández Guzmán

15 de abril de 2017

María, la que espera

COMENTARIO

En un día como hoy, Sábado Santo, la liturgia no nos tiene preparado texto alguno. Es decir, hoy, víspera del Domingo de Resurrección, diera la impresión que el mundo espiritual queda como vacío cuando, en realidad, está más lleno que nunca.

Sabemos que el Hijo de Dios ha muerto. Podemos imaginar, por tanto, qué debía pasar por el corazón de aquellos discípulos suyos que había escogido como Apóstoles. Por eso en otro momento se nos dirá que estaban escondidos por miedo a los judíos. Pero con ellos estaba quien no había perdido la esperanza y quien, por ser quien era, la Madre, tenía muchas cosas en su corazón que había alojado según iban sucediendo.

María, que había visto morir a su hijo bien de cerca mirando, no podía creer que todo había terminado. A lo largo de su vida de Madre de Dios, desde la misma Anunciación, la Virgen María había ido atesorando, guardando como un tesoro, determinados acontecimientos: desde el mismo momento en el que se declaró esclava del Señor hasta aquel en el que un anciano de nombre Simeón le había predicho que una espada atravesaría el corazón. Y sabía que todo se había cumplido, palabra por palabra y que ahora no todo podía terminar así.

María, la todaesperanza, no iba a dejar pasar el momento para pedir a Dios, al Todopoderoso al que se había entregado de cuerpo y alma desde bien tierna edad, que su Hijo no hubiera muerto en vano. Y ella, que debía orar, entonces, con todas las fuerzas de una madre, de la Madre, esperaba.

María esperaba que llegara un momento en el que Jesús, su muy amado Hijo, volviera con ella. Seguramente, Jesucristo le había hablado muchas veces de que eso iba a suceder y ella también había guardado en su corazón. Tenía, por tanto, una seguridad mucho mayor que la de aquellos que, escuchándolo, no acababan de entender lo que les estaba diciendo cuando, por ejemplo, tras la Transfiguración, les dijo a Pedro, Santiago y Juan que nada dijeran a nadie de lo que habían visto hasta que resucitara de entre los muertos. Y ellos no entendieron qué quería decir con aquello.

María, sin embargo, sí creía, sí tenía esperanza. María era la mujer del “sí”: sí había dicho al Ángel Gabriel, sí había querido seguir a Jesús durante su vida errante; y sí, ahora, sabía que iba a volver con ella y, también, con los demás que ahora tenían un miedo bien merecido.

María, la sinpecado, esperaba, en aquel primer Sábado Santo de la historia, que todo lo que tenía que suceder… sucediera.


¡Ven, Señor Jesús!




Eleuterio Fernández Guzmán

14 de abril de 2017

Y murió Cristo





Viernes Santo
Jn 18,1—19,42

En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: ‘¿A quién buscáis?’. Le contestaron: ‘A Jesús el Nazareno’. Díceles: ‘Yo soy’. Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: ‘Yo soy’, retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: ‘¿A quién buscáis?’. Le contestaron: ‘A Jesús el Nazareno’. Respondió Jesús: ‘Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos’. Así se cumpliría lo que había dicho: ‘De los que me has dado, no he perdido a ninguno’. Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: ‘Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?’. 

Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: ‘¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?’. Dice él: ‘No lo soy’. Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: ‘He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho’. Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: ‘¿Así contestas al Sumo Sacerdote?’.

Jesús le respondió: ‘Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?’. Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás. Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: ‘¿No eres tú también de sus discípulos?’. El lo negó diciendo: ‘No lo soy’. Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: ‘¿No te vi yo en el huerto con Él?’. Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo. 

De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: ‘¿Qué acusación traéis contra este hombre?’. Ellos le respondieron: ‘Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado’. Pilato replicó: ‘Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley’. Los judíos replicaron: ‘Nosotros no podemos dar muerte a nadie’. Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: ‘¿Eres tú el Rey de los judíos?’. Respondió Jesús: ‘¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?’. Pilato respondió: ‘¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?’. Respondió Jesús: ‘Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí’. Entonces Pilato le dijo: ‘¿Luego tú eres Rey?’. Respondió Jesús: ‘Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz’. Le dice Pilato: ‘¿Qué es la verdad?’. Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: ‘Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?’. Ellos volvieron a gritar diciendo: ‘¡A ése, no; a Barrabás!’. Barrabás era un salteador.

Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a Él, le decían: ‘Salve, Rey de los judíos’. Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: ‘Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él’. Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: ‘Aquí tenéis al hombre’. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: ‘¡Crucifícalo, crucifícalo!’. Les dice Pilato: ‘Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él’. Los judíos le replicaron: ‘Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios’. Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: ‘¿De dónde eres tú?’. Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: ‘¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?’. Respondió Jesús: ‘No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado’. Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: ‘Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César’. Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: ‘Aquí tenéis a vuestro Rey’. Ellos gritaron: ‘¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!’. Les dice Pilato: ‘¿A vuestro Rey voy a crucificar?’. Replicaron los sumos sacerdotes: ‘No tenemos más rey que el César’. Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. 

Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: ‘Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos’. Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: ‘No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’’. Pilato respondió: ‘Lo que he escrito, lo he escrito’. Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: ‘No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca’. Para que se cumpliera la Escritura: ‘Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica’. Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dice al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. 

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: ‘Tengo sed’. Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: ‘Todo está cumplido’. E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: ‘No se le quebrará hueso alguno’. Y también otra Escritura dice: ‘Mirarán al que traspasaron’. 

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.


COMENTARIO


Judas

El papel que juega Judas en la Pasión de Cristo es esencial. Es él quien lo vente a los que le persiguen, pero también es él quien lo entrega en el Huerto de los Olivos. Y, como diría el Hijo de Dios, más le valdría no haber nacido.


Pedro

Aquel hombre, que tanto había presumido de ser un discípulo fiel del Maestro lo niega las veces exactas que el Maestro dijo que lo iba a negar. En realidad, aquello era una prueba a la que le había sometido Dios y, como era de esperar, no la había superado.


Cristo

El Hijo de Dios sufre su Pasión como dejara escrito el profeta Isaías: como cordero llevado al matadero. No rechista, nada dice en su defensa sino sólo, en cada caso, lo que es verdad, la Verdad. Su muerte, por tanto, no es más que la voluntad expresa de cumplir la que era de Dios, su Padre y el nuestro.


JESÚS, gracias por haberte dejado matar por tus hermanos los hombres; gracias por la vida eterna.


Eleuterio Fernández Guzmán


13 de abril de 2017

Servir


Jueves Santo

Jn 13,1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. 

Llega a Simón Pedro; éste le dice: ‘Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?’. Jesús le respondió: ‘Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde’. Le dice Pedro: ‘No me lavarás los pies jamás’. Jesús le respondió: ‘Si no te lavo, no tienes parte conmigo’. Le dice Simón Pedro: ‘Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza’. Jesús le dice: ‘El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos’. Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: ‘No estáis limpios todos’. 

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: ‘¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros’”.

COMENTARIO

Lo que iba a llevar a cabo el Hijo de Dios en aquella Cena, la Última llamada, era como ejemplo de qué era lo que sus discípulos debían hacer en lo sucesivo. Ni qué decir tiene que no entendieron mucho. Aún no era el momento de unir todas las piezas de aquel espiritual rompecabezas.

Pedro actúa como lo que es: como un hombre, con su pensamiento mundano y humano. No alcanza a comprender que aquel servicio que les presta el Maestro está puesto así por Dios para que ellos hagan lo mismo.

Cristo es ejemplo. Es decir, lo que Jesús había hecho al lavar los pies era, pura y llanamente, un “cómo” debía ser ellos. Si Él, que era Señor y Maestro, había hecho eso… ¿Qué no debían hacer ellos’?


JESÚS, ayúdanos a ser capaces de servir a nuestro prójimo



Eleuterio Fernández Guzmán

12 de abril de 2017

Traicionar al Cristo

Miércoles Santo
Mt 26,14-25

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue donde los sumos sacerdotes, y les dijo: ‘¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré?’. Ellos le asignaron treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregarle. 

El primer día de los Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: ‘¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer el cordero de Pascua?’. Él les dijo: ‘Id a la ciudad, a casa de fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos’’. Los discípulos hicieron lo que Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua. 

Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, dijo: ‘Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará’. Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno: ‘¿Acaso soy yo, Señor?’. Él respondió: ‘El que ha mojado conmigo la mano en el plato, ése me entregará. El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!’. Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarle: ‘¿Soy yo acaso, Rabbí?’. Dícele: ‘Sí, tú lo has dicho’”.

COMENTARIO

El Mal, que tantas veces acechó al Hijo de Dios, no deja de maquinar en contra del Mesías. Satanás se apodera del corazón de Judas y no tiene más que apuntar hacia donde es necesario apuntar en contra de su Maestro.

Jesús, mientras tanto, prosigue con su misión. Ha de celebrar la Pascual, la última entre aquellos discípulos suyos, y se apresta a ello. Pero sus Apóstoles, que todo parece que ignoran, lo ven todo como lo más normal del mundo.

Y, entonces, la terrible noticia: uno de ellos lo va a entregar. Ninguno, salvo Judas, salve quién es la persona que va a hacer eso con su Maestro. Pero Cristo sí lo sabe y no por ello se retira o se aparta. Cumple con lo que ha de cumplir.


JESÚS, ayúdanos a no traicionarte nunca.



Eleuterio Fernández Guzmán

11 de abril de 2017

Lo dura que es la verdad

Martes Santo
Jn  13,21-33.36-38

En aquel tiempo, estando Jesús sentado a la mesa con sus discípulos, se turbó en su interior y declaró: ‘En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará’. Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le dice: ‘Pregúntale de quién está hablando’. Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: ‘Señor, ¿quién es?’. Le responde Jesús: ‘Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar’. Y, mojando el bocado, le toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: ‘Lo que vas a hacer, hazlo pronto. Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía. Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: ‘Compra lo que nos hace falta para la fiesta’, o que diera algo a los pobres. En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche. 

Cuando salió, dice Jesús: ‘Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros’. Simón Pedro le dice: ‘Señor, ¿a dónde vas?’. Jesús le respondió: ‘Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde’. Pedro le dice: ’¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti’. Le responde Jesús: ‘¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces’”.

COMENTARIO

En aquella situación especial, la Última Cena, Jesús ni puede ni quiere esconder nada. Ha llegado el momento crucial de su vida y eso le da fuerzas. Por eso dice aquello tan terrible de que hay alguien de entre ellos que lo a entregar.

Ellos no entendían nada de lo que estaba pasando. Incluso creen que Judas sale de allí para comprar… Y es que aquellos discípulos aún tenían que pasar por momentos duros y difíciles para comprender muchas de las cosas que ahora se les escapaban.

Y Pedro. Aquel hombre que decía que lo daría todo, hasta la vida, por su Maestro y Señor. Pero Jesús, que conoce perfectamente a quien había escogido como el primero entre iguales, sabe que lo va a traicionar. Y, en efecto, lo traicionó.


JESÚS, ayúdanos a no dudar nunca de Ti.


Eleuterio Fernández Guzmán

10 de abril de 2017

Dar lo mejor a Cristo y a Dios


Lunes Santo
Jn 12,1-11

Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa. 
Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: ‘¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?». Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: ‘Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis’.

Gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús.

COMENTARIO

Podemos apreciar que los que querían perseguir a Jesús no se limitaban a eso sino que también querían quitar de en medio a Lázaro porque con él muchos se daban cuenta de que Jesús no era un Maestro más.

En esto que acude Cristo a la casa de sus amigos de Betania. Ya había resucitado a Lázaro y eso era motivo suficiente como para que muchos acudieran allí para ver al resucitado y, claro, también al Maestro que había hecho tal prodigio.

Está claro que no todos los discípulos de Jesucristo tenían el mismo pensamiento. Y es que Judas, que serían quien lo traicionase en el momento, no veía con buenos ojos lo que hacía aquella mujer que “desperdiciaba” aquel perfume. No sabía que aquello era lo mejor que se lo podía dar al Maestro y eso era lo que debía darle María.

JESÚS,  ayúdanos darte lo mejor.


Eleuterio Fernández Guzmán


9 de abril de 2017

La Pasión de Cristo



Mt 27, 11. 15-17.20-54

11 Jesús compareció ante el procurador, y el procurador le preguntó: ‘¿Eres tú el Rey de los judíos?’ Respondió Jesús: ‘Sí, tú lo dices.’

15 Cada Fiesta, el procurador solía conceder al pueblo la libertad de un preso, el que quisieran. 16 Tenían a la sazón un preso famoso, llamado Barrabás. 17 Y cuando ellos estaban reunidos, les dijo Pilato: ‘¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?’ 20 Pero los sumos sacerdotes y los ancianos lograron persuadir a la gente que pidiese la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.

21 Y cuando el procurador les dijo: ‘¿A cuál de los dos queréis que os suelte?’, respondieron: ‘¡A Barrabás!’ 22 Díceles Pilato: ‘Y ¿qué voy a hacer con Jesús, el llamado Cristo?’ Y todos a una: ‘¡Sea crucificado!’ - 23 ‘Pero ¿qué mal ha hecho?’, preguntó Pilato. Mas ellos seguían gritando con más fuerza: ‘¡Sea crucificado!’ 24 Entonces Pilato, viendo que nada adelantaba, sino que más bien se promovía tumulto, tomó agua y se lavó las manos  delante de la gente diciendo: ‘Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis.’ 25  Y todo el pueblo respondió: ‘¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!’ 26 Entonces, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarle, se lo entregó para que fuera crucificado. 27 Entonces los soldados del procurador llevaron consigo a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la  cohorte.   28 Le desnudaron y le echaron encima un manto de púrpura; 29  y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña; y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: ‘¡Salve, Rey de los judíos!’; 30 y después de escupirle, cogieron la caña y le golpeaban en la cabeza.31 Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron a crucificarle. 32 Al salir, encontraron a un hombre de Cirene llamado Simón, y le obligaron a llevar su cruz. 33 Llegados a un lugar llamado Gólgota, esto es, ‘Calvario’, 34 le dieron a beber vino mezclado con hiel; pero él, después de probarlo, no quiso beberlo. 35 Una vez que le crucificaron, se repartieron sus vestidos, echando a suertes. 36 Y se quedaron sentados allí para custodiarle. 37 Sobre su cabeza pusieron, por escrito, la causa de su condena: ‘Este es Jesús, el Rey de los judíos.’ 38     Y al mismo tiempo que a él crucifican a dos salteadores, uno a la derecha y otro a la izquierda. 39 Los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: 40 ‘Tú que destruyes el Santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!’ 41 Igualmente los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de él diciendo: 42 ‘A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. 43 Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: "Soy Hijo de Dios."‘ 44 De la misma manera le injuriaban también los salteadores crucificados con él. 45 Desde la hora sexta hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. 46 Y alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz: = ‘¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?’, = esto es: = ‘¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?’ = 47 Al oírlo algunos de los que estaban allí decían: ‘A Elías llama éste.’ 48 Y enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber. 49 Pero los otros dijeron: ‘Deja, vamos a ver si viene Elías a salvarle.’ 50   Pero Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu. 51  En  esto, el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se hendieron. 52 Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron. 53 Y, saliendo de los sepulcros después de la resurrección de él, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos. 54 Por su parte, el centurión y los que con él estaban guardando a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: ‘Verdaderamente éste era Hijo de Dios.’”

COMENTARIO

Toda la Pasión de nuestro Señor tiene todo que ver con la voluntad de Dios de salvar a su creación, el hombre. Por eso cada paso que se da hacia el momento en el que Cristo muere estaba más que dicho que iba a pasar.

Todo lo que Cristo pasa en aquellas terribles horas era la manifestación más palmaria de que Dios quería que las cosas sucediesen como estaban sucediendo. Y, aunque nosotros no podamos entender cómo un Padre como Dios permite lo que permitió, lo bien cierto es que debemos aceptarlo como tal.

Incluso después de muerto, el Hijo de Dios colabora con el Padre a la conversión de sus hijos. Y es que aquel soldado que se da cuenta de que el hombre a quien habían crucificado era Hijo de Dios expresa, más que nada, una auténtica conversión.

JESÚS, ayúdanos a convertir nuestro corazón.



Eleuterio Fernández Guzmán

8 de abril de 2017

Cristo no se escondió

Sábado V de Cuaresma

Jn 11,45-56

En aquel tiempo, muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en Él. Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: ‘¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación’. Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: ‘Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación’. Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación —y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos—. Desde este día, decidieron darle muerte. 

Por eso Jesús no andaba ya en público entre los judíos, sino que se retiró de allí a la región cercana al desierto, a una ciudad llamada Efraim, y allí residía con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua de los judíos, y muchos del país habían subido a Jerusalén, antes de la Pascua para purificarse. Buscaban a Jesús y se decían unos a otros estando en el Templo: ‘¿Qué os parece? ¿Que no vendrá a la fiesta?’. Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que, si alguno sabía dónde estaba, lo notificara para detenerle.

COMENTARIO

Los que hacía tiempo que querían que Jesús dejara de predicar de una forma, digamos, drástica, no querían que siguiera haciendo lo que hacía ni que siguiera diciendo lo que decía. Maquinaban, por tanto, para que eso tuviera fin.

Ellos sabían que debían hacer algo. Pero Caifás, el primero de entre ellos, da con la solución: en realidad debe morir Jesús para que todo termine según sus intereses.

Muchos se preguntan si Jesús iba a acudir a Jerusalén para celebrar la Pascua porque sabían, lo mismo que lo sabía el Hijo de Dios, que querían matarlo. Sin embargo, nada más lejos de la voluntad del Mesías huir entonces ni nunca dejar de cumplir lo que debía cumplir.


JESÚS, ayúdanos a no escapar de nuestras obligaciones espirituales.



Eleuterio Fernández Guzmán

7 de abril de 2017

Creer en Cristo

Viernes V de Cuaresma
Jn 10,31-42

En aquel tiempo, los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearle. Jesús les dijo: ‘Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?’. Le respondieron los judíos: ‘No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios’. Jesús les respondió: ‘¿No está escrito en vuestra Ley: ‘Yo he dicho: dioses sois’? Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios —y no puede fallar la Escritura— a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: ‘Yo soy Hijo de Dios’? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre’. Querían de nuevo prenderle, pero se les escapó de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado antes bautizando, y se quedó allí. Muchos fueron donde Él y decían: ‘Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste, era verdad’. Y muchos allí creyeron en Él.

COMENTARIO

No todos tenían las cosas tan claras como parecía que las tenían muchos de los que perseguían a Cristo. Y es que muchos, que no entendían lo que les decía aquel Maestro, preferían tirar por la calle de en medio y apedrearle.

Jesús, sin embargo, les afecta la conducta a sabiendas de que no va a obtener de ellos misericordia alguna. Al parecer, han olvidado (¡ellos!) lo que dicen las Santas Escrituras judías y no lo reconocen como Quien es.

Sin embargo, no todos pensaban que Jesús era alguien que no debían tener en cuenta. Es más, muchos sí creyeron que lo que hacía y decía sólo podía venir de Dios. Y le seguían.


JESÚS, ayúdanos a creer siempre en Ti.



Eleuterio Fernández Guzmán

6 de abril de 2017

Un claro aviso de Jesucristo


Jueves V de Cuaresma

Jn 8,51-59

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: ‘En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás’. Le dijeron los judíos: ‘Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abraham murió, y también los profetas; y tú dices: ‘Si alguno guarda mi Palabra, no probará la muerte jamás’. ¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre Abraham, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes a ti mismo?’. Jesús respondió: ‘Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís: ‘Él es nuestro Dios’, y sin embargo no le conocéis, yo sí que le conozco, y si dijera que no le conozco, sería un mentiroso como vosotros. Pero yo le conozco, y guardo su Palabra. Vuestro padre Abraham se regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró’. Entonces los judíos le dijeron: ‘¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abraham?’. Jesús les respondió: ‘En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, Yo Soy’. Entonces tomaron piedras para tirárselas; pero Jesús se ocultó y salió del Templo.

COMENTARIO

Jesús sabía que no podía andarse con medias tintas con aquellos que querían contradecir todo lo que hacía y decía. Por eso no duda lo más mínimo en hablar de una forma clara y contundente: hay que guardar “su” Palabra.

Aquellos, claro, se sorprenden. No entienden cómo un hombre, por muy Maestro que sea, se quiere arrogar aquella representación divina tan clara y diáfana. Pero el hijo de Dios los pone en el sitio que corresponde a quien no quiere reconocer al Enviado del Todopoderoso.

Y, por último, la bomba espiritual: “Yo soy”. Eso sí que lo entendían aquellos contradictores suyos. Y es que era lo que Dios dijo, en cierto, momento, de sí mismo, sobre su santo nombre. Entonces, ya no les quedó duda alguna, ellos pensaban, de la mala actuación del hijo del carpintero.


JESÚS, ayúdanos a tener siempre fe en Ti.



Eleuterio Fernández Guzmán

5 de abril de 2017

Ese “si” tan terrible


Miércoles V de Cuaresma
Jn 8,31-42

“En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos que habían creído en Él: ’Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’. Ellos le respondieron: ‘Nosotros somos descendencia de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Os haréis libres?’. Jesús les respondió: ‘En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre. Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres. Ya sé que sois descendencia de Abraham; pero tratáis de matarme, porque mi Palabra no prende en vosotros. Yo hablo lo que he visto donde mi Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído donde vuestro padre’.

Ellos le respondieron: ‘Nuestro padre es Abraham’. Jesús les dice: ‘Si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham. Pero tratáis de matarme, a mí que os he dicho la verdad que oí de Dios. Eso no lo hizo Abraham. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre’. Ellos le dijeron: ’Nosotros no hemos nacido de la prostitución; no tenemos más padre que a Dios’. Jesús les respondió: ‘Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que Él me ha enviado’”.

COMENTARIO

No se puede decir que no hable Jesucristo con claridad en este texto bíblico. Aquellos que le escuchan no debían tener duda alguna acerca de que el Maestro sabía que era hijo de Dios, el Hijo de Dios enviado por el Todopoderoso.

Ellos, sin embargo, se resisten. Se saben descendencia de Abrahám y no pueden entender cómo les habla de aquella manera que consideran insolenten. Se sienten, pues, fuertes en su fe sin darse cuenta de Quién les está hablando.

Jesús, sin embargo, que conoce sus corazones por lo que ha visto a lo largo de su vida, sabe que ellos, en realidad, tienen menos fe de la que dicen tener. Viven en su mundo protegido sin ver que, en realidad, desconocen lo fundamental de la Ley de Dios.


JESÚS, ayúdanos a no dudar nunca de tu divinidad.



Eleuterio Fernández Guzmán

4 de abril de 2017

Creer en Cristo


Martes V de Cuaresma
Jn 8,21-30

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: ‘Yo me voy y vosotros me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado. Adonde yo voy, vosotros no podéis ir’. Los judíos se decían: ‘¿Es que se va a suicidar, pues dice: ‘Adonde yo voy, vosotros no podéis ir’?’. El les decía: ‘Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados’. 

Entonces le decían: ‘¿Quién eres tú?’. Jesús les respondió: ‘Desde el principio, lo que os estoy diciendo. Mucho podría hablar de vosotros y juzgar, pero el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a Él es lo que hablo al mundo’. No comprendieron que les hablaba del Padre. Les dijo, pues, Jesús: ‘Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él’. Al hablar así, muchos creyeron en Él.

COMENTARIO

Jesús tenía muy claro dónde se situaba el hombre, así dicho, en general y, en particular, el creyente judío y Él. En realidad no decía nada extraño sino la pura y simple realidad: Él es del Cielo; los demás, no o aún no.

El caso es que el Hijo de Dios sabe que ha sido enviado por Dios al mundo. Eso supone mucho para Él mismo porque lo pone en el camino hacia la vida eterna y quiere que eso pase con el resto de hermanos suyos, los hombres.

Y, por último, lo que ha visto ya que va a pasar: cuando sea levantado en la Cruz sabrán todos que era el Hijo de Dios. Para muchos ya será tarde pero otros, que habrán creído, se salvarán.


JESÚS, ayúdanos a creer en Ti.


Eleuterio Fernández Guzmán

3 de abril de 2017

No pecar más

Jn 8, 1-11

“Mas Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: ‘Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?’ Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra.  Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: ‘Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.’ E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: ‘Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?’ Ella respondió: ‘Nadie, Señor.’ Jesús le dijo: ‘Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.’”

COMENTARIO

Aquellos que querían lapidar a la mujer adúltera parecían tenerlo todo claro. Ellos habían sorprendido a una mujer manteniendo relaciones sexuales con quien no era su marido y eso, según la ley, suponía la muerte inmediata mediante apedreamiento.

Aquello, claro está, era un pecado. Considerado muy grave tanto por la ley y, luego, por los creyentes judíos. Sin embargo, ellos habían olvidado algo que Jesús les iba a recordar y que iba a echar atrás sus vengativas pretensiones.

Ellos, al parecer, también eran pecadores. Es más, seguramente muchos de aquellos hombres habrían incurrido también en adulterio. Por eso, en el fondo de su corazón, saben que deben retirarse oportunamente no pasara que el Maestro los pusiera más en evidencia todavía.

JESÚS, ayúdanos a no pecar.

Eleuterio Fernández Guzmán


2 de abril de 2017

La gloria del Todopoderoso



Domingo V de Cuaresma
Jn 11,1-45

En aquel tiempo, había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo. 

Las hermanas enviaron a decir a Jesús: ‘Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo’. Al oírlo Jesús, dijo: ‘Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella’. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba.

Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: ‘Volvamos de nuevo a Judea’. Le dicen los discípulos: ‘Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?’. Jesús respondió: ‘¿No son doce las horas del día? Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno anda de noche, tropieza, porque no está la luz en él’. Dijo esto y añadió: ‘Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle’. Le dijeron sus discípulos: ‘Señor, si duerme, se curará’. Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño. Entonces Jesús les dijo abiertamente: ‘Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él’. Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: ‘Vayamos también nosotros a morir con Él’. 

Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios, y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano. Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa. Dijo Marta a Jesús: ‘Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá’. Le dice Jesús: ‘Tu hermano resucitará’. Le respondió Marta: ‘Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día’. Jesús le respondió: ‘Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?’. Le dice ella: ‘Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo’. 

Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: ‘El Maestro está ahí y te llama’. Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rápidamente, y se fue donde Él. Jesús todavía no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí. Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo: ‘Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto’. Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó y dijo: ‘¿Dónde lo habéis puesto?’. Le responden: ‘Señor, ven y lo verás’. Jesús se echó a llorar. Los judíos entonces decían: ‘Mirad cómo le quería’. Pero algunos de ellos dijeron: ‘Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?’. 

Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra. Dice Jesús: ‘Quitad la piedra’. Le responde Marta, la hermana del muerto: ‘Señor, ya huele; es el cuarto día’. Le dice Jesús: ‘¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?’. Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: ‘Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado’. Dicho esto, gritó con fuerte voz: ‘¡Lázaro, sal fuera!’. Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: ‘Desatadlo y dejadle andar’.

Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en Él.


COMENTARIO

Todo lo que se refiere a la resurrección de Lázaro, el amigo de Jesús, tiene tintes espirituales muy profundos. En primer lugar, por ejemplo, que la muerte de aquel hombre se produjera para gloria de Dios no era poco extraño. Y es que, en efecto, a través de Cristo se manifestaría la misma.

También nos viene muy bien este acontecimiento milagroso para sentar en nuestro corazón la verdad según la cual el poder de Dios todo lo puede porque es Todopoderoso. Por eso quien cree en Cristo ha de hacer lo propio con su Padre, el Creador.

Y por las obras. Queremos decir que muchos creyeron, confiaron en Jesucristo a partir de tal momento, porque vieron lo que había hecho con alguien que llevaba cuatro días muerto. Seguramente, a otros eso les pareció el colmo de lo malvado y querían matarlo.



JESÚS, ayúdanos a contemplar la gloria de Dios y a gozar con ella.

Eleuterio Fernández Guzmán