21 de marzo de 2016

Seguir a Jesús por ser quien es

Lunes Santo
Jn 12,1-11

Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa. 
Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: ‘¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?’. Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: ‘Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis’.

Gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús”.

COMENTARIO

Cuando Jesús llevaba a cabo uno de los hechos extraordinarios que lo diferenciaban del resto de seres humanos era muy admirado por los que habían creído en Él. Pero también era zaherido por otros que no lo querían para nada.

Cuando acudió a comer a casa de sus amigos Marta, María y Lázaro no era de extrañar que muchas personas acudieran allí. Primero, seguramente, para ver si era verdad que Lázaro había resucitado pero, también, para ver a Jesús.

Sin embargo, aquellos que querían que Jesús no predicara más porque les venía muy mal que se fueran con Él muchos de los que tenían dominado, veían con malos ojos que, precisamente, hicieran eso aquellos que antes habían sido sus seguidores.


JESÚS,  ayúdanos a tener fe en ti y a no defraudarte.

Eleuterio Fernández Guzmán



20 de marzo de 2016

Entró Cristo en la gloria

Lc 22,14—23,56
Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo: ‘He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios’. Y tomando una copa, dio gracias y dijo: ‘Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios’. 

Y tomando pan, dio gracias; lo partió y se lo dio diciendo: ‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía’. Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo: ‘Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros. Pero mirad: la mano del que me entrega está con la mía en la mesa. Porque el Hijo del Hombre se va según lo establecido; pero ¡ay de ése que lo entrega!’.
Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso. Los discípulos se pusieron a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero. Jesús les dijo: ‘Los reyes de los gentiles los dominan y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve. Porque, ¿quién es más, el que está en la mesa o el que sirve?, ¿verdad que el que está en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el Reino como me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en mi Reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel’.

Y añadió: ‘Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos’. Él le contestó: ‘Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a, la cárcel y a la muerte’. Jesús le replicó: ‘Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme’. 
Y dijo a todos: ‘Cuando os envié sin bolsa ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?’. Contestaron: ‘Nada’. Él añadió: ‘Pero ahora, el que tenga bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tiene espada que venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: ‘Fue contado con los malhechores’. Lo que se refiere a mí toca a su fin’. Ellos dijeron: ‘Señor, aquí hay dos espadas’. Él les contestó: ‘Basta’.
Y salió Jesús como de costumbre al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo: ‘Orad, para no caer en la tentación’. Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y arrodillado, oraba diciendo: ‘Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya’. Y se le apareció un ángel del cielo que lo animaba. En medio de su angustia oraba con más insistencia. Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo: ‘¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación’.
Todavía estaba hablando, cuando aparece gente: y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo: ‘Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?’. Al darse cuenta los que estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron: ‘Señor, ¿herimos con la espada?’. Y uno de ellos hirió al criado del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino diciendo: ‘Dejadlo, basta’. Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra Él: ‘¿Habéis salido con espadas y palos a la caza de un bandido? A diario estaba en el templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas’.

Ellos lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor y Pedro se sentó entre ellos. Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y le dijo: ‘También éste estaba con Él’. Pero él lo negó diciendo: ‘No lo conozco, mujer’. Poco después lo vio otro y le dijo: ‘Tú también eres uno de ellos’. Pedro replicó: ‘Hombre, no lo soy’. Pasada cosa de una hora, otro insistía: ‘Sin duda, también éste estaba con Él, porque es galileo’. Pedro contestó: ‘Hombre, no sé de qué hablas’. Y estaba todavía hablando cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: ‘Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces’. Y, saliendo afuera, lloró amargamente. 

Y los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de Él dándole golpes. Y, tapándole la cara, le preguntaban: ‘Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?’. Y proferían contra Él otros muchos insultos. 

Cuando se hizo de día, se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y letrados, y, haciéndole comparecer ante su Sanedrín, le dijeron: ‘Si tú eres el Mesías, dínoslo’. Él les contestó: ‘Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto no me vais a responder. Desde ahora el Hijo del Hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso’. Dijeron todos: ‘Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?’. Él les contestó: ‘Vosotros lo decís, yo lo soy’. Ellos dijeron: ‘¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca’.
El senado del pueblo o sea, sumos sacerdotes y letrados, se levantaron y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo: ‘Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que Él es el Mesías rey’. Pilato preguntó a Jesús: ‘¿Eres tú el rey de los judíos?’. Él le contestó: ‘Tú lo dices’. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba: ‘No encuentro ninguna culpa en este hombre’. Ellos insistían con más fuerza diciendo: ‘Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí’. Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días. 
Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de Él y esperaba verlo hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero Él no le contestó ni palabra. Estaban allí los sumos sacerdotes y los letrados acusándolo con ahínco. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de Él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal. 
Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo: ‘Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo le he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré’. Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa diciendo: ‘¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás’. A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: ‘¡Crucifícalo, crucifícalo!’. Él les dijo por tercera vez: ‘Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en Él. ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré’. Ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío. Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio. 
Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, qué volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por Él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: ‘Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: ‘Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado’. Entonces empezarán a decirles a los montes: ‘Desplomaos sobre nosotros’, y a las colinas: ‘Sepultadnos’; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?’.
Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con Él. Y cuando llegaron al lugar llamado "La Calavera", lo crucificaron allí, a Él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen’. Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas diciendo: ‘A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si Él es el Mesías de Dios, el Elegido’. Se burlaban de Él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: ‘Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo’. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: ‘Éste es el rey de los judíos’.

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: ‘¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros’. Pero el otro le increpaba: ‘¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada’. Y decía: ‘Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino’. Jesús le respondió: ‘Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso’. 
Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: ‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’. Y dicho esto, expiró.
El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo: ‘Realmente, este hombre era justo’. Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando. 
Un hombre llamado José, que era senador, hombre bueno y honrado (que no había votado a favor de la decisión y del crimen de ellos), que era natural de Arimatea y que aguardaba el Reino de Dios, acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía. Era el día de la Preparación y rayaba el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás a examinar el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. A la vuelta prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento.”

COMENTARIO

La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo es una bella, aunque terrible, forma de decirnos qué es lo importante que debemos tener en cuenta y hasta dónde es capaz de llegar alguien que se sabe Hijo de Dios y que, por tanto, decide cumplir la voluntad del Todopoderoso.

Jesucristo sabía perfectamente qué le iba a pasar. Nada de eso le venía de nuevas y así lo había dicho mucho a sus discípulos más allegados. Por tanto, nada de lo que pasó debería haberles extrañado aunque ellos aun tenían sus ojos velados y no vieron venir nada de nada de todo lo que pasó.

Pero Jesús murió. Lo hizo como dijo que iba a pasar. Y todos y cada uno de los personajes que aquí intervienen lo hacen para cumplir, cada uno de ellos, una misión: unos para bien, otros para mal. Por eso cuando Cristo muerte entrega su espíritu al de Dios Padre.


JESÚS,  gracias por haber sabido aceptar tu muerte como una donación de vida eterna a tus hermanos los hombres.


Eleuterio Fernández Guzmán



19 de marzo de 2016

José es fiel

19 de Marzo: San José, esposo de la Virgen María

Mt 1,16.18-21.24 a

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. 
Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados’. Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado.

COMENTARIO

José ama a María

Sin duda alguna, José amaba mucho a María. Sabía que era una joven muy piadosa y, a lo mejor, hasta que había consagrado su virginidad a Dios. Por eso no puede repudiarla en público.

José escucha a Dios

José está abierto al Amor de Dios. Por eso escucha, en su sueño, a quien le ha sido enviado para advertirle de que no puede hacer lo que estaba pensando hacer porque tal no es la voluntad del Todopoderoso.

José es fiel a Dios

José es fiel a Dios. Por eso, como nos dice el texto bíblico, en cuanto despierta de aquel sueño en el que se le dijo lo que tenía que hacer, lo hace. No lo duda lo más mínimo: como Dios le ha hablado… eso es lo que debe hacer. José es fiel y ejemplo de fidelidad al Padre.



JESÚS,  ayúdanos a ser fieles como tu padre adoptivo.


Eleuterio Fernández Guzmán



18 de marzo de 2016

Por las obras debían haberlo creído



Jn 10, 31-42

“Los judíos tomaron piedras para apedrearlo. Entonces Jesús dijo: ‘Les hice ver muchas obras buenas que vienen del Padre; ¿Por cuál de ellas me quieren apedrear?’. Los judíos le respondieron: ‘No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino porque blasfemas, ya que, siendo hombre, te haces Dios’. Jesús les respondió: ‘¿No está escrito en la Ley: ‘Yo dije: Ustedes son dioses’? Si la Ley llama dioses a los que Dios dirigió su Palabra y la Escritura no puede ser anulada ¿Cómo dicen: ‘Tú blasfemas’, a quien el Padre santificó y envió al mundo, porque dijo: ‘Yo soy Hijo de Dios’?  ‘Si no hago las obras de mi Padre, no me crean; pero si las hago, crean en las obras, aunque no me crean a mí. Así reconocerán y sabrán que el Padre está en mí y yo en el Padre’.  Ellos intentaron nuevamente detenerlo, pero él se les escapó de las manos. Jesús volvió a ir al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado, y se quedó allí.  Muchos fueron a verlo, y la gente decía: ‘Juan no ha hecho ningún signo, pero todo lo que dijo de este hombre era verdad’.     Y en ese lugar muchos creyeron en él”.

COMENTARIO

En un momento determinado quieren matarlo. Sí, sabemos que acabaron consiguiéndolo pero no fue la primera vez que querían terminar con subida. Ahora cogen piedras para apedrearlo por algo que no pueden admitir.

Ellos quieren matarlo porque se dice hijo de Dios y, así se hace Dios. Al menos comprendían que el Hijo era, también, el Padre. Y Jesús insiste en que, al menos, crean en Él por lo que hacer porque tales cosas sólo puede hacerlas quien tiene el poder del Todopoderoso.

Hubo otros, sin embargo, que creyeron en Él. Era cierto lo que se decía de su persona, de que había hecho cosas extraordinarias y que su Palabra no era como la de los demás. Por eso creyeron en Él y le siguieron.

JESÚS,  ayúdanos a creer en Ti.


Eleuterio Fernández Guzmán

17 de marzo de 2016

Mantenerse en la Palabra de Dios


Jueves V de Cuaresma
Jn 8,31-42
En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos que habían creído en Él: ‘Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’. Ellos le respondieron: ‘Nosotros somos descendencia de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Os haréis libres?’. Jesús les respondió: ‘En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre. Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres. Ya sé que sois descendencia de Abraham; pero tratáis de matarme, porque mi Palabra no prende en vosotros. Yo hablo lo que he visto donde mi Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído donde vuestro padre’.

Ellos le respondieron: ‘Nuestro padre es Abraham’. Jesús les dice: ‘Si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham. Pero tratáis de matarme, a mí que os he dicho la verdad que oí de Dios. Eso no lo hizo Abraham. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre’. Ellos le dijeron: ‘Nosotros no hemos nacido de la prostitución; no tenemos más padre que a Dios’. Jesús les respondió: ‘Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que Él me ha enviado’”.

COMENTARIO

Jesús insiste muchas veces en lo mismo porque, al parecer, hay quien no quiere entender lo que es importante. Deben escucharlo a Él y así demostrarán que son discípulos suyos. Otra forma no hay.

Ellos, además, no entienden que la peor esclavitud es la del pecado. Y ellos llevan mucho tiempo violentando la Ley que Dios les dio. Por eso deben ser libres y sólo podrán serlo si aceptan a Jesús como el Mesías.

Jesús se lo dice con toda claridad: tratan de matarlo. Por eso les dice, por activa y por pasiva, que han de seguirle a Él que ha conocido a Abrahám en el definitivo Reino de Dios, en la Casa del Padre.

JESÚS, ayúdanos a no ser tan tercos como aquellos que te perseguían.


Eleuterio Fernández Guzmán

16 de marzo de 2016

Los que no comprenden y creen comprender

Miércoles V de Cuaresma

Jn 8,31-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos que habían creído en Él: ‘Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’. Ellos le respondieron: ‘Nosotros somos descendencia de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Os haréis libres?’. Jesús les respondió: ‘En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre. Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres. Ya sé que sois descendencia de Abraham; pero tratáis de matarme, porque mi Palabra no prende en vosotros. Yo hablo lo que he visto donde mi Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído donde vuestro padre’.

Ellos le respondieron: ‘Nuestro padre es Abraham’. Jesús les dice: ‘Si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham. Pero tratáis de matarme, a mí que os he dicho la verdad que oí de Dios. Eso no lo hizo Abraham. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre’. Ellos le dijeron: ‘Nosotros no hemos nacido de la prostitución; no tenemos más padre que a Dios’. Jesús les respondió: ‘Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que Él me ha enviado’”.

COMENTARIO

Muchos de los considerados sabios en tiempos de Jesús creían que los sabían todo acerca de Dios y de su Ley. Por eso perseguían a Jesús al creer que el Hijo de Dios estaba equivocado en sus apreciaciones.

Jesús, sin embargo, los conocía bien. Por eso les avisa acerca del pecado y de lo que supone cometerlo. No basta con saberse hijo de Abrahám para ir por el mundo sin más preocupación que esa. Es más, Jesús habla en nombre de su Padre y ellos ¿en nombre de quién hablan?

Hay algo que les dice Jesús que debió molestarles muchos: “si Dios fuera vuestro Padre…” Y es que decir eso a quien se consideraba el pueblo elegido era como echarles encima todo lo malo que podía haber en el mundo. Y por eso, exactamente por eso, lo querían matar.


JESÚS,  ayúdanos a no ser como aquellos que te perseguían.


Eleuterio Fernández  Guzmán

15 de marzo de 2016

No ser como aquellos fariseos


Martes V de Cuaresma

Jn 8,21-30

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: ’Yo me voy y vosotros me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado. Adonde yo voy, vosotros no podéis ir’. Los judíos se decían: ‘¿Es que se va a suicidar, pues dice: ‘Adonde yo voy, vosotros no podéis ir’?’. El les decía: ‘Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados’. 

Entonces le decían: ‘¿Quién eres tú?’. Jesús les respondió: ‘Desde el principio, lo que os estoy diciendo. Mucho podría hablar de vosotros y juzgar, pero el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a Él es lo que hablo al mundo’. No comprendieron que les hablaba del Padre. Les dijo, pues, Jesús: ‘Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él’. Al hablar así, muchos creyeron en Él.”


COMENTARIO

En esta conversación que mantiene Jesús con los fariseos les dice muchas cosas que ellos no quieren escuchar. Les está poniendo sobre la mesa quién es Él y, además, les dice lo que va a pasar.

Ellos, sin embargo, parece que no entienden nada o disimulan al respecto. Y es que le preguntan quién es cuando él mismo ha dicho que es de arriba, del Cielo. Él no es la tierra porque ha sido enviado por Dios. Es, en suma, el Mesías.

Para más señas, les dice lo que va a pasar. Les dice que cuando muera (levantado será en la Cruz) entonces entenderán que, de verdad, es el Hijo de Dios. Y muchos, ciertamente, creyeron en Él pero los que le perseguían, nada quisieron saber de eso.


JESÚS, ayúdanos a no ser como aquellos fariseos.


Eleuterio Fernández Guzmán

14 de marzo de 2016

Cristo, luz del mundo

Lunes V (C) de Cuaresma
Jn 8,12-20
En aquel tiempo, Jesús les habló otra vez a los fariseos diciendo: ‘Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida’. Los fariseos le dijeron: ‘Tú das testimonio de ti mismo: tu testimonio no vale’. Jesús les respondió: ‘Aunque yo dé testimonio de mí mismo, mi testimonio vale, porque sé de dónde he venido y a dónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo ni a dónde voy. Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie; y si juzgo, mi juicio es verdadero, porque no estoy yo solo, sino yo y el que me ha enviado. Y en vuestra Ley está escrito que el testimonio de dos personas es válido. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo y también el que me ha enviado, el Padre, da testimonio de mí’. 

Entonces le decían: ‘¿Dónde está tu Padre?’. Respondió Jesús: ‘No me conocéis ni a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre’. Estas palabras las pronunció en el Tesoro, mientras enseñaba en el Templo. Y nadie le prendió, porque aún no había llegado su hora.”

COMENTARIO

Si había algo que Jesús no quería que pasase es que aquellos que le habían conocido siguieran caminando entre tinieblas. Y se aplica a explicar, una y otra vez, que siguiéndole a Él se encuentra la Luz que ha de salvar.

Jesús dice aquí algo que es muy importante: sabe de dónde ha venido. Eso ha de querer decir que sabía que era el Hijo de Dios y que había sido enviado al mundo para que el mundo se salvase y no pereciese por sus pecados.

Lo que constata Cristo es que aquellos que le escuchan, muchos de ellos, no han acabado de comprender lo que significa que Él es el Mesías. Por eso no pueden encontrar el camino que lleva al Cielo y por eso se van a sumir en el abismo.


JESÚS, ayúdanos a creer que eres el Hijo de Dios.


Eleuterio Fernández Guzmán

13 de marzo de 2016

La misericordia de Dios



Jn 8, 1-11        

Mas Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: ‘Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?’       Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: ‘Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.’ E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: ‘Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?’ Ella respondió: ‘Nadie, Señor.’ Jesús le dijo: ‘Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.’”

COMENTARIO

Aquellos que habían hecho de la Ley de Dios un trasunto humano y la habían trastocado de tal forma que no parecía, sino, algo hecho por manos del hombre, no entendían muchas de las cosas que hacía ni que decía Jesús. Y ahora lo iban a comprobar.

Seguramente aquella mujer había sido sorprendida en flagrante adulterio. Cristo no lo pone en duda porque tampoco iban a presentarle a alguien que eso no hubiera hecho. Pero ahí importaba, sí, el pecado, pero otra realidad que iba más allá de la contravención de la ley.

Jesús hace prevalecer el amor y la misericordia de Dios. La misma consiste, por ejemplo, en perdonar a quien ha pecado pero, eso también, en decirle que no lo vuelva a hacer. Y eso es lo que hace Jesús dejando sorprendidos a los acusadores que han pasado, tácitamente, a ser acusados de pecadores. Y es que, a lo mejor, no había suficientes piedras para todos ellos.


JESÚS, ayúdanos a ser misericordiosos.



Eleuterio Fernández Guzmán

12 de marzo de 2016

Creer que Cristo es Cristo

Sábado IV de Cuaresma
Jn 7,40-53

En aquel tiempo, muchos entre la gente, que habían escuchado a Jesús, decían: ‘Éste es verdaderamente el profeta’. Otros decían: ‘Éste es el Cristo’. Pero otros replicaban: ‘¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de donde era David?’. 

Se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de Él. Algunos de ellos querían detenerle, pero nadie le echó mano. Los guardias volvieron donde los sumos sacerdotes y los fariseos. Estos les dijeron: ‘¿Por qué no le habéis traído?’. Respondieron los guardias: ‘Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre’. Los fariseos les respondieron: ‘¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en Él algún magistrado o algún fariseo? Pero esa gente que no conoce la Ley son unos malditos’. 

Les dice Nicodemo, que era uno de ellos, el que había ido anteriormente donde Jesús: ‘¿Acaso nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle antes oído y sin saber lo que hace?’. Ellos le respondieron: ‘¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta’. Y se volvieron cada uno a su casa.”

COMENTARIO

Había muchos que, en tiempos de Cristo, sabían que era el Mesías. Sin embargo, a lo mejor no eran los más importantes de entre ellos. Pero había otros que dudaban más de la cuenta acerca de tal verdad. Y lo hacían saber.

Aquellos guardias del Templo se dieron cuenta de algo importante. Aquel hombre a quien habían ordenado detener no era un hombre cualquiera. Y es que hablaba de una forma muy especial y sus palabras convencían.

El caso es que no todos los sabios estaban del lado de los que querían perseguir a Jesús. Nicodemo, persona importante en su tiempo, había comprendido y era discípulo, en secreto, de Jesús. Trató de defenderlo pero, como sabemos, no le sirvió más que para hacer ver que era discípulo suyo y como un timbre de gloria.

JESÚS, ayúdanos a creer en Ti.


Eleuterio Fernández Guzmán

11 de marzo de 2016

La misión de Cristo debía ser cumplida por Cristo

Viernes IV de Cuaresma

Jn 7,1-2.10.14.25-30

En aquel tiempo, Jesús estaba en Galilea, y no podía andar por Judea, porque los judíos buscaban matarle. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Después que sus hermanos subieron a la fiesta, entonces Él también subió no manifiestamente, sino de incógnito.

Mediada ya la fiesta, subió Jesús al Templo y se puso a enseñar. Decían algunos de los de Jerusalén: ‘¿No es a ése a quien quieren matar? Mirad cómo habla con toda libertad y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido de veras las autoridades que éste es el Cristo? Pero éste sabemos de dónde es, mientras que, cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es’. Gritó, pues, Jesús, enseñando en el Templo y diciendo: ‘Me conocéis a mí y sabéis de dónde soy. Pero yo no he venido por mi cuenta; sino que me envió el que es veraz; pero vosotros no le conocéis. Yo le conozco, porque vengo de Él y Él es el que me ha enviado’. Querían, pues, detenerle, pero nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.”

COMENTARIO

Era  más que conocido que a Jesús lo estaban buscando para matarle. En realidad, le debían tener bastante miedo porque, de querer haberlo hecho antes no hubieran tenido demasiado problema para apresarlo.

Había, de hecho, quien eso decía: lo buscan para matarle. Es decir, había un convencimiento de que los que lo querían mal estaban desando echarle mano para ajusticiarlo. Pero aun no habían encontrado el momento oportuno.

Jesús, sin embargo, lo tenía muy claro: venía de parte de Dios y eso nadie lo podía impedir. Por eso cumplía con la misión que le había encomendado. No tenía miedo con relación a su futuro porque todo ya estaba escrito y no iba a ser Él quien no se bebiese el cáliz que le era ofrecido.


JESÚS, ayúdanos a comprender tu misión y tu perseverancia en cumplirla.


Eleuterio Fernández Guzmán

10 de marzo de 2016

Cristo cumple la voluntad de Dios


Jueves IV de Cuaresma

Jn 5,31-47

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: ‘Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que es válido el testimonio que da de mí. Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis. Él era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro, ni habita su palabra en vosotros, porque no creéis al que Él ha enviado.

‘Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida. La gloria no la recibo de los hombres. Pero yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Dios. 

‘Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?’”.

COMENTARIO

Cristo da testimonio por ser Dios

Había muchos que escuchaban a Jesús que no creían en Él. El Hijo de Dios sabía que eso podía ser así porque había muchos intereses en juego en su doctrina santa. Sin embargo les dice con toda claridad que escucharlo a Él es escuchar a Dios porque el Todopoderoso sale en su defensa.

Todo estaba escrito

Resulta curioso que muchos de los que no creían en Jesús y le estaban persiguiendo eran conocedores de sus Escrituras santas. Es decir, por sus estudios deberían haberse dado cuenta de que el Maestro, que hacía cosas extraordinarias, era algo más que un Maestro sabio.

Ellos mismos, incluso, tenían a Moisés para certificar que Jesús era el Mesías enviado por Dios. Les hubiera bastado con leer con otros ojo los libros escritos por el profeta para darse cuenta de una gran verdad: el Mesías había venido y ellos no querían escucharle.


JESÚS,  ayúdanos a escucharte y a creerte.



Eleuterio Fernández Guzmán

9 de marzo de 2016

Cristo es Dios mismo hecho hombre

Miércoles IV de Cuaresma

Jn 5,17-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ‘Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo’ Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios. 

Jesús, pues, tomando la palabra, les decía: ‘En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace Él, eso también lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que Él hace. Y le mostrará obras aún mayores que estas, para que os asombréis. Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo ha enviado. En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida. 

‘En verdad, en verdad os digo: llega la hora (ya estamos en ella), en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre. No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio. Y no puedo hacer nada por mi cuenta: juzgo según lo que oigo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado’”.

COMENTARIO

Todo lo que Cristo dice en este texto evangélico es importante. Su intención era que supiesen, aquellos que le escuchaban, que era muy importante tener en cuenta lo que les decía él. Y así lo hace diciéndoles, por ejemplo, que escucharlo a Él es hacer lo propio con Dios.

Pero también Jesús habla del futuro. No es que sea profeta sino que, siendo Dios, todo lo sabe. Por eso les advierte de algo a tener en cuenta: Cristo juzgará porque Dios le ha dado autoridad para hacerlo.

Por último, el Hijo de Dios advierte acerca de algo que nunca debían olvidar: los que hayan hecho bien, resucitarán para la vida eterna; los que haya hecho el mal, resucitarán para la muerte eterna.


JESÚS, ayúdanos a creer en tus santas y sabias palabras.


Eleuterio Fernández Guzmán

8 de marzo de 2016

Misericordia de Cristo

Martes IV de Cuaresma

Jn 5,1-3.5-16

Era el día de fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: ‘¿Quieres curarte?’. Le respondió el enfermo: ‘Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo’. Jesús le dice: ‘Levántate, toma tu camilla y anda’. Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar. 

Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado: ‘Es sábado y no te está permitido llevar la camilla’. Él le respondió: ‘El que me ha curado me ha dicho: ‘Toma tu camilla y anda’. Ellos le preguntaron: ‘¿Quién es el hombre que te ha dicho: ‘Tómala y anda?’». Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: ‘Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor’. El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.”

COMENTARIO

Jesús no desaprovecha ocasión alguna para ejercer su ministerio de salvación y de sanación. Además, le importaban muy poco las críticas que su labor espiritual y material pudiesen acarrearle.

En realidad, aquel hombre enfermo necesitaba mucho la ayuda de quien pudiera ayudarle. Confía en el Jesús y le dice la verdad. Por eso Jesús lo cura y le dice lo mismo que le diría a la mujer que le presentaron para lapidarla: vete y no peques más.

Pero habían quienes esperaban cualquier ocasión para perseguir y acusar a Jesús. Aquella les venía la mar de bien. Había curado en sábado y eso, aunque supusiese un bien para alguien, lo veían más que mal. Por eso lo perseguían.


JESÚS, ayúdanos a no tener el corazón duro como aquellos que no comprendían la necesidad de misericordia.


Eleuterio Fernández Guzmán

7 de marzo de 2016

Tener fe


Lunes IV de Cuaresma
Jn 4,43-54
“En aquel tiempo, Jesús partió de Samaría para Galilea. Jesús mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria. Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.
Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue donde Él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque se iba a morir. Entonces Jesús le dijo: ‘Si no veis señales y prodigios, no creéis’. Le dice el funcionario: ‘Señor, baja antes que se muera mi hijo’. Jesús le dice: ‘Vete, que tu hijo vive’.
Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. El les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: ‘Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre’. El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: ‘Tu hijo vive’, y creyó él y toda su familia. Esta nueva señal, la segunda, la realizó Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.

COMENTARIO

Hay que reconocer que no por todo lugar en el Jesús caminaba le salían al encuentro personas que quisiesen ponerle trampas para ver si lo cogían en algún error doctrinal o algo peor. No. Había muchos que lo querían y salían a su encuentro con gozo.

También había quien salía a su encuentro porque tenía una necesidad muy grande. Y aquel hombre necesitaba algo muy importante no para él sino para otra persona. Su hijo estaba muy gravemente enfermo y estaba más que seguro que, de acudir Cristo donde estaba, sanaría.

Aquello, que podría parecer poca cosa, estar de eso seguro, fue suficiente para que Jesús curara al enfermo. Y es que si había algo que Cristo agradecía era la confianza en su persona, creer que era el Mesías enviado por Dios.


JESÚS,  ayúdanos a tener fe y confianza en Ti.


Eleuterio Fernández Guzmán

6 de marzo de 2016

Tener fe o no tenerla


Lc 15, 1-3. 11-32

“Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: ‘Este acoge a los pecadores y come con ellos.’ Entonces les dijo esta parábola. Dijo: ‘Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: "Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde." Y él les repartió  la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. ‘Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me  muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti.

Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros." Y, levantándose, partió hacia su padre. ‘Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo." Pero el padre dijo a sus siervos: "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas  sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta,  porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado." Y comenzaron la fiesta. ’Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: "Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano." El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba.  Pero él replicó a su padre: "Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca  me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo  cebado!" ‘Pero él le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba  perdido, y ha sido hallado.’"

COMENTARIO

El caso de aquellos dos hermanos y su padre muestra hasta dónde podemos llegar a querer o hasta dónde no somos capaces de querer. Y, sobre todo, nos enseña cómo ama quien espera la vuelta del hijo que se ha perdido. Y todo esto en clave de Dios y nosotros.

El padre que espera viene a representar a Dios mismo. Sabe que es más que posible que queramos abandonarlo pero eso no obsta que siempre nos espere. Por eso aquel hombre sale a mirar todos los días al camino y por eso Dios mira, en cierta manera, al mundo para ver a su descendencia.

Había, sin embargo, dos hermanos: uno era demasiado mundano y quiso alejarse de su padre; el otro, creía que hacía lo mejor pero mostraba algo menos amor de lo que debería haber mostrado un hombre por su hermano e, incluso, por su padre. Ambos equivocados, ambos pecadores.


JESÚS, ayúdanos a ser como el hijo que reconoce que ha pecado; ayúdanos a no pecar.



Eleuterio Fernández Guzmán