14 de septiembre de 2011

Caritas in Veritate - III- El sentido cristiano del desarrollo

Por mucho que se quiera decir en contra, la doctrina cristiana tiene un concepto del desarrollo económico y de la sociedad civil propio del contenido de la misma.

Benedicto XVI demuestra, en el Capítulo Tercero de su encíclica Caritas in Veritate que lo conoce bien.

Prueba de esto es que diga que “La sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a no olvidar la realidad del pecado original, ni siquiera en la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción de la sociedad” (Cv 34)

Por eso, en el mismo punto, afirma que “Hace tiempo que la economía forma parte del conjunto de los ámbitos en que se manifiestan los efectos perniciosos del pecado”

Y esto lo que, en general, ha de querer decir es que el mal comportamiento que, en muchos aspectos, se producen dentro de la economía pueden explicarse por efectos del mismo pecado con el que nacemos todos los seres humanos. Todos.

Sin embargo, el relativismo que impera en la actualidad y la separación pretendida entre Dios, la doctrina cristiana y, en general, el ser humano, trae malas consecuencias para el mismo ser semejanza del Padre. Así, “la exigencia de la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a ‘injerencias’ de carácter moral, ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de manera destructiva” (Cv 34)

Por eso el presente capítulo de la última encíclica de Benedicto XVI incide en muchas ocasiones en lo que supone que el ser humano haga como si Dios no existiera y, a nivel económico, se desmande con facilidad y haga de su labor diaria, un desafío a principios éticos y morales sin los cuales el resultado del devenir es, simplemente, nefasto.

Por ejemplo, sobre lo económico, podemos decir que lo que mueve al mercado es la llamada “justicia conmutativa” o, lo que es lo mismo, la aplicación del principio do ut des (doy para que des) porque se regulan, así, las relaciones económicas entre las personas.

Pero la Iglesia católica y, en ésta, su doctrina social “no ha dejado nunca de subrayar la importancia de la ‘justicia distributiva’ y de la ‘justicia social’ para la economía de mercado, no sólo porque está dentro de un contexto social y político más amplio, sino también por la trama de relaciones en que se desenvuelve” (Cv 35)

Otro aspecto que, a nivel cristiano, no se entiende es el desarrollo económico como algo que puede considerarse contrario al desarrollo social. Es decir, que una nación avance económicamente no puede ir, nunca, contra una parte de las personas que componen tal sociedad.

Así, “El mercado no es ni debe convertirse en el ámbito donde el más fuerte avasalle al más débil. La sociedad no debe protegerse del mercado, pensando que su desarrollo comporta ipso facto la muerte de las relaciones auténticamente humanas” (Cv 36)

Y esto, sin duda, tiene una razón que explica, además de esto, otros muchos comportamientos que se producen en la economía: “Lo que produce estas consecuencias es la razón oscurecida del hombre, no del medio en cuanto tal”.

Por eso, no puede considerarse que la economía, que determinado modelo económico, sea, en sí, malo o negativo sino que son las personas (que, al fin y al cabo, hacen y desarrollan el modelo) las que lo pueden hacer malo o negativo porque “El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente” (Cv 36)

Al respecto, por otra parte, algo hay muy importante en la economía de hoy día: la globalización.

El Santo Padre no podía dejar pasar por alto tan trascendental tema muchas veces equivocadamente tratado.

Por eso, “cuando se entiende la globalización de manera determinista, se pierden los criterios para valorarla y orientarla. Es una realidad humana y puede ser fruto de diversas corrientes culturales que han de ser sometidas a un discernimiento” (Cv 42)

No podemos, por lo tanto, equivocar nuestro pensamiento sobre esta realidad tan importante hoy día.

De aquí que Benedicto XVI diga que “oponerse ciegamente a la globalización sería una actitud errónea, preconcebida, que acabaría por ignorar un proceso que tiene también aspectos positivos, con el riesgo de perder una gran ocasión para aprovechar las múltiples oportunidades de desarrollo que ofrece”.

Y, para esto, ofrece, el Santo Padre, una trilogía de realidades que ayudan a comprender el proceso de globalización que no deberíamos olvidar:

“Relacionalidad, comunión y participación” (Cv 42)

A través de tales realidades podemos aplicar unos principios cristianos que conduzcan, el proceso inexorable de globalización, por caminos verdaderamente puedan llamarse de desarrollo, de verdadero desarrollo.


Eleuterio Fernández Guzmán






Creer y vivir eternamente



La Exaltación de la Santa Cruz



Jn 3,13-17

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: ‘Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él’.


COMENTARIO

Jesús profetiza cómo será su muerte. Será levantado en una cruz y en tal momento todo el que crea en Él se salvará. Habrá creído en la cruz y en lo que supone la misma para quien sigue a Cristo.


El Hijo de Dios fue dado por el Creador al mundo. No se lo reservó para Él sino que lo entregó a su propia creación para que, a su vez, salvara al resto de hermanos perdidos y alejados de la verdadera, y única, voluntad de Dios.

La salvación no vino, pues, de un juicio que Cristo hiciera al mundo. En realidad, ya estaban, ya están, juzgados, aquellos que no creen en el Hijo del hombre y, por eso mismo, trató de que hubiera conversión de los corazones de aquellos que lo escuchaban. Tal conversión llevaba aparejada la salvación… eterna y no sólo del momento del cambio de corazón.



JESÚS, la salvación eterna la ganas Tú con tu muerte en la cruz y con tu misma sangre. Salvas porque has comprendido, desde siempre, que es la voluntad de tu Padre. Y aquellos que creen en ti saben que deben cargar con su propia cruz, como tú hiciste con la tuya.



Eleuterio Fernández Guzmán



13 de septiembre de 2011

La responsabilidad de ser católico






Cualquier persona medianamente informada sabe y reconoce que la situación por la que está pasando la fe católica en occidente no deja de ser preocupante.

Existen numerosas asechanzas del Mal que, ora por un tema ora por otro, no cejan de cercenar los principios que, por cierto, dieron forma a la civilización occidental y, en el caso concreto de Europa, además, la constituyeron como entidad importante dentro del concierto universal.

Sin embargo, una involución se está llevando a cabo que, desde el punto de vista de un creyente no puede dejar de preocupar.

Es bien cierto que nadie ha dicho nunca (y si lo ha hecho ha mentido) que ser cristiano, aquí católico, sea fácil. Es más, más bien es al contrario porque el símbolo que, sobre todos, define a los discípulos de Cristo es, precisamente, la cruz. Y una cruz es, suele ser, difícil de llevar y, a veces, incluso de soportar como tal.

Dicho rápidamente, por apuntar algunas de las circunstancias por las que está pasando nuestra fe, lo que sigue es, más o menos, a lo que se enfrenta:


1.-El desarrollo de ideologías, digamos, no cristianas.

2.-El nihilismo.

3.-El relativismo.

4.-El respeto humano.

Así, las ideologías materialistas, por ejemplo el marxismo, en cuanto se cruzan en el camino de la religión, sólo persiguen su defenestración.

A este respecto, aunque quede un tanto lejano en el tiempo, vale la pena traer a colación una parte de la carta pastoral del entonces (1976) obispo de Tenerife, don Luis Franco:

“La verdadera moralidad, la verdadera virtud, honradez, fidelidad, libertad… consisten en el servicio al marxismo. El pecado, la maldad, el deshonor, la infidelidad, la esclavitud, es todo lo que se opone a su doctrina a su concepción del mundo, del hombre y de las cosas.”

Donde pone “marxismo” pongan socialismo o, simplemente, progresismo, y les saldrá, de forma inmediata, la situación por la que, por ejemplo, pasa España: la falta de virtud, una honradez poco común, por extraña, una fidelidad limitada a tal ideología y una libertad que se pretende limitar a base de leyes y reglamentos.

En cuanto al nihilismo y al relativismo… bastante daño está haciendo en el común de los creyentes con sus posiciones alejadas de la fe católica. Muy fácilmente se puede pasar del “todo vale”, muy propio del relativismo, a tener como no puesta en nuestra vidas

Pero, seguramente, hay algo que es peor que todo lo dicho hasta ahora porque supone la participación directa del corazón del creyente: el denominado “respeto humano”.

Así, el “qué dirán si me manifiesto católico” o el “qué pensarán de mí si digo, sobre el aborto, lo que pienso como creyente” hace más daño a quien así se manifiesta que los otros aspectos aquí citados. Y eso es así porque retraerse en la fe es, simplemente, mentir a la misma y, así, a Dios.

Y ante todo esto nos queda (que no es poco) la responsabilidad de ser católicos y el dar testimonio, así, de la fe a la que decimos aferrarnos.

¿Cómo se ha de manifestar tal responsabilidad?

Por ejemplo, como ya se ha dicho aquí, dando un testimonio de nuestra vida como católicos.

Por ejemplo, siendo coherentes con nuestra fe y llevando una adecuada “unidad de vida” (hacer según se piensa sin aplicar el famoso cumplimiento en el sentido de cumplo y miento”)

O por ejemplo, olvidando para siempre el miedo a la libertad religiosa a la que tenemos derecho; a ponerla en práctica.

No es la situación aquí planteada nada nuevo para la vida de la Iglesia de Cristo. Cuando el 7 de diciembre de 1965 Pablo VI hiciera pública la Declaración “Dignitatis Humanae” decía en su conclusión algo que, ahora mismo, nos suena, no nos viene de nuevas: “No faltan regímenes en los que si bien su Constitución reconoce la libertad de culto religiosa, sin embargo, las mismas autoridades públicas se empeñan en apartar a los ciudadanos de profesar la religión y en hacer extremadamente difícil e insegura la vida de las comunidades religiosa”.

Y es que, por eso, bien podemos decir que ahora mismo, entre nosotros y entre otros nosotros, hermanos creyentes, ha llegado el momento de hacer efectiva la responsabilidad de ser católico. Y no sólo en el ámbito privado sino, sobre todo, en el público, donde se nos ve, del que, al fin y al cabo, formamos parte.


Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Acción Digital









Amar al necesitado



Martes XXIV del tiempo ordinario





Lc 7,11-17

“En aquel tiempo, Jesús se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con Él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: ‘No llores’. Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y Él dijo: ‘Joven, a ti te digo: levántate’. El muerto se incorporó y se puso a hablar, y Él se lo dio a su madre. El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: ‘Un gran profeta se ha levantado entre nosotros’, y ‘Dios ha visitado a su pueblo’. Y lo que se decía de Él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.


COMENTARIO


Vuelve Jesús a tener en cuenta la situación en la que pueden quedar las personas que no tienen quien las defiendan. Socorre a los más necesitados porque son los pobres que tanto ama. Y lo hace porque, de otra forma, sabe que nadie lo hará salvo aquellos que, en lo sucesivo, aprendan de su gesto y obra.

Aquella señora viuda se quedaba sola en la vida. En aquella época la viudez suponía miseria porque no se tenía por costumbre ayudar a las personas que quedaban en tal estado. Era, por eso mismo, una situación de infusión muy grande que Jesús no puede pasar por alto.


Con gran verdad decían aquellos que Dios había visitado su pueblo. Devolver a la vida a un muerto era muestra más que suficiente de que el poder del Creador estaba con Él. Y Jesús no podía hacer otra cosa que lo que hizo.




JESÚS, la viuda de Naím quedaba sola en la vida, desamparada y alejada de la misma sociedad. Amparaste a quien te necesitaba y lo hiciste sin, siquiera, esperar que te lo pidiera. Era de justicia divina amar a quien estaba triste y necesitada.








Eleuterio Fernández Guzmán



12 de septiembre de 2011

Fe y humildad



Lunes XXIV del tiempo ordinario

Lc 7,1-10

“En aquel tiempo, cuando Jesús hubo acabado de dirigir todas estas palabras al pueblo, entró en Cafarnaúm. Se encontraba mal y a punto de morir un siervo de un centurión, muy querido de éste. Habiendo oído hablar de Jesús, envió donde Él unos ancianos de los judíos, para rogarle que viniera y salvara a su siervo. Éstos, llegando donde Jesús, le suplicaban insistentemente diciendo: Merece que se lo concedas, porque ama a nuestro pueblo, y él mismo nos ha edificado la sinagoga’.

Jesús iba con ellos y, estando ya no lejos de la casa, envió el centurión a unos amigos a decirle: ‘Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo, por eso ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra, y quede sano mi criado. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace’.

Al oír esto Jesús, quedó admirado de él, y volviéndose dijo a la muchedumbre que le seguía: ‘Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande’. Cuando los enviados volvieron a la casa, hallaron al siervo sano.


COMENTARIO

Jesús siempre tiene en cuenta, muy en cuenta, la fe que muestran las personas que a Él se dirigen para pedir algún tipo de favor. No olvida, así, que lo que hay en el corazón de quien pide es muy importante para el Hijo de Dios.

También Cristo sabe que cuando alguien pide para otra persona está poniendo en práctica el amor al prójimo que es, junto al amor a Dios, la parte más importante de los mandamientos del Creador. Así se expresa la verdadera voluntad de cumplir la que es de Dios.

El sentido universal de la doctrina de Jesucristo se expresa muy bien en este particular caso. Una persona que no pertenece al pueblo escogido por Dios, el de Israel, supera a todo el mismo en fe y en creencia. Debió ser una lección muy grande de humildad para sus paisanos.


JESÚS,  la fe es crucial en el comportamiento del creyente. Si, además, la expresa, al fin y al cabo, alguien que no la debería tener por pertenecer a un comportamiento pagano viene a indicar que quien tiene que ponerla en práctica no puede dejar de hacer tal cosa.


Eleuterio Fernández Guzmán


11 de septiembre de 2011

La Iglesia de Benedicto XVI




Es obvio que para cada Pontífice la Iglesia es su casa y, como tal, quizá piensan en tenerla arreglada según cómo las convicciones espirituales de su corazón les instan a hacerlo. Y para el Santo Padre actual, ¿cómo debe ser la Iglesia de la que tiene la llave que, a través de los siglos, le llega desde Pedro?

Antes que nada hay que indicar que las ideas que tratan de ser expresadas aquí han sido entresacadas, destiladas, de “El origen de la Iglesia” y “Salvación fuera de la Iglesia”, apartados contenidos en “El nuevo pueblo de Dios”, publicado en 1972 y del artículo titulado “¿Por qué permanezco en la Iglesia?” que puede encontrarse, en caso de querer ser leído totalmente,  en

En principio, la Iglesia es, en cuanto creación de Jesús, una “nueva comunidad visible de salvación”. Esta expresión, recogida en “El nuevo Pueblo de Dios”, texto de Benedicto XVI, clarifica bastante bien el sentido que quiere darle, su forma de ser, ante el mundo actual; al fin y al cabo, cómo quiere que sea esa casa común creada por el Mesías, este nuevo sucesor del Apóstol que renegó, pero supo levantarse a tiempo, de su amistad con Cristo.

Porque, ante la actual situación de incredulidad, de planteamiento de dudas acerca de todo lo relacionado con la fe cuando no con evidentes signos de ateísmo materialista y hedonista, la Iglesia, para Benedicto XVI, no ha de ser nada ambigua sino, al contrario, profundamente santa y signo que invite, que invita, a la fe; ante las asechanzas propias de un ser huidizo de Dios y amparado en lo pragmático y útil, la propuesta del actual Pontífice es que la Iglesia sea sensible a los problemas sociales; que se abra a la relación con los hermanos separados; que comprenda al otro que no piensa como quien tiene enfrente, quizá en su contra, pugnando y, por ejemplo, que lleve a cabo una liturgia que sea accesible al pueblo (me refiero a la Iglesia) Estos parámetros determinan que la Iglesia sea verdadera casa común, acogedor cauce para el alma de todos.

También, ante la pretensión de que la Iglesia responda con una voluntad propia, subjetiva, frente a la universalidad de su misión, Benedicto XVI entiende necesario comprender que los proyectos individuales si no se incardinan en lo que es la Iglesia de Cristo son, digamos, dice, como “castillos de arena” que fácilmente se vienen abajo. Por eso, la Iglesia de Benedicto XVI no puede ser “nuestra” en el sentido antes dicho, de apropiación particular y, lo que es peor, particularista, sino “suya” y, así, los fines que ha de abarcar, buscar y realizar han de tener, por eso mismo, un asiento en la voluntad de Dios y no, claro, en la nuestra. Al fin y al cabo, el Santo Padre establece su doctrina al respecto porque entiende que “en el fondo no es nuestra sino suya” (se refiere a Cristo) He aquí una poderosa razón para sentirse bien dentro de la Iglesia.

Además, uno de los aspectos más importantes en este tema es que Benedicto XVI entiende que la Iglesia se ha de regir por dos criterios esenciales: la justicia y al amor, esos dos bienes sin los cuales no se entiende una sociedad moralmente avanzada.

Si por una parte la lucha contra la injusticia “brota de un impulso fundamentalmente cristiano” y entender otra cosa no es, sino, manipular la realidad misma acaecida a lo largo de los siglos (esto último es opinión del que esto escribe), el amor, ley fundamental, primera, del Reino de Dios, ha de ser la savia que alimente a la Iglesia, porque “sin una cierta cantidad de amor no se encuentra nada”. Ese amor, esa caridad, la cual, el cual, ha sido claramente determinado y explicado en su primera Carta Encíclica Deus Caritas Est, ha de ser, como no puede ser de otra forma, el eje que conduzca el devenir de la Iglesia, porque “el amor no es estático ni acrítico” y, por lo tanto, y así, la Iglesia, puede transformar al hombre amándolo y hacerlo pasar de lo que es a lo que puede ser. Esto es lo que pretende el Santo Padre.

Todo esto apunta hacia un espacio que determina algo fundamental para la vida de cada uno de nosotros: “solamente la fe de la Iglesia salva al hombre”. El concepto que Benedicto XVI tiene de la Esposa de Cristo, y que ha sido brevemente explicado aquí, tiene ese fin, ese objetivo que radica en el sueño que, a lo largo de los siglos, condujo al pueblo elegido por Dios por los desiertos de su vida y luego, tras la constitución de la alianza definitiva hecha por el Creador con el hombre a través de Jesucristo, en la consecución de la salvación eterna. Esa salvación (en sí misma), meta esencial de todo hombre, sólo se puede llevar a cabo dentro del seno de la Iglesia. Pero esto hay que entenderlo correctamente, pues no quiere decir, como quizá se piense, que nadie más pueda salvarse. Por ejemplo, como Bonifacio VIII dice “la ignorancia invencible de la verdadera religión” no implica culpa alguna. Y estas personas también pueden alcanzar la vida eterna, pues esto es voluntad de Dios. Sin embargo, esto no quiere decir, tampoco, que de cualquier forma, apoyados en cualquier religión u opción religiosa, se derive la salvación eterna ya que sólo la fe cristiana tiene “el título de revelada” y es en Jesucristo donde el “Dios callado... se ha hecho palabra, discurso para nosotros” y esto es, al fin y al cabo lo que se busca cuando se pretende respuesta a esa inquisición que tanto puede llegar a preocuparnos: ¿nos salvaremos? o, lo que es lo mismo, ¿viviremos eternamente en el Reino de Dios?

Ante esto, ante el problema de la salvación eterna, habría que tener en cuenta que “donde está Cristo, está también la Iglesia” y esa su Esposa, la que quiere Benedicto XVI, es aquella donde debemos hacer discurrir nuestra vida para ser, así, sustancia del Cuerpo de Cristo, una parte de sí mismo, cor unum et anima una.    


Eleuterio Fernández Guzmán 

Servir


"El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”.

Estas palabras dichas por Cristo y recogidas en el evangelio de san Mateo (20, 28) marcan un camino diáfano que debe seguir quien se considera discípulo del Hijo de Dios. Por eso, quien no opta por servir en vez de ser servido, está haciendo dejación de lo que es uno de los mandatos, sino expresos sí claramente tácitos, que dejó, en su primera venida, Jesucristo.

Cuando Benedicto XVI estuvo en IFEMA para encontrarse con los voluntarios de la pasada Jornada Mundial de la Juventud, les dijo que “Amar es servir y el servicio acrecienta el amor”.

Por lo tanto servir es manifestar el amor y, por eso mismo, cuanto más servicio se lleve a cabo, más aumentará el amor. Digamos que son realidades que se alimentan una a otra y que, entonces, también, si hay poco servicio el amor que se manifiesta es pequeño, rácano, venido a menos.

Servir, entonces, en el mundo de hoy, para un católico, ha de tener un sentido doble porque así es nuestro amor por Cristo. Así se sirve a la Esposa de Cristo sirviendo al prójimo y de tal manera se demuestra que el amor a Dios no es una vana proclamación sino que tiene efectos en nuestra vida porque, al fin y al cabo la que lo es del creyente ha de estar fundamentada en el pilar de la Fe y en el pilar de las Obras (Santiago 2, 18).

Como sabemos, servir es expresión de amor y, por lo tanto, la caridad tiene mucho que decir en cuanto al servicio. Y si hay un texto que determina, con exactitud, lo que significa el amor, el capítulo 13 de la Primera Epístola a los Corintios lo concreta a la perfección:

“Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo  que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha. La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca”, para a acabar diciendo (1 Cor 13, 13) que “ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad”, en el sentido de que en el definitivo Reino de Dios no hará falta la fe porque ya veremos a Dios ni tampoco la esperanza porque nada tendremos que esperar pero sí la caridad, el Amor, la primera ley del Reino de Dios.

Por lo tanto, el amor al prójimo ha de verse reflejado en el servicio. Y servicio que soporta, setenta veces siete, las ofensas; servicio que actúa sin envidia y que toma en cuenta lo bueno del prójimo soportándolo todo…que es lo que le hace escribir a san Juan, en su Primera Epístola (4,20), conociendo la verdad de una realidad, a veces, tan difícil, como el amor y el servicio, que “El que no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” que es una prueba cierta de verdadero amor y, así, de empuje para la entrega y el servicio.

Y todo lo contrario… no lo quiere Dios y así lo dice el profeta Isaías (1, 10-17) poniendo en boca del Creador lo siguiente: “…Aborrezco con toda el alma sus solemnidades y celebraciones; se me han vuelto una carga inaguantable. Cuando ustedes extienden las manos para orar, aparto mi vista; aunque hagan muchas oraciones, no las escucho, pues tienen las manos manchadas en sangre. Lávense, purifíquense; aparten de mi vista sus malas acciones. Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien. Busquen el derecho, protejan al oprimido, socorran al huérfano, defiendan a la viuda.”

El amor, reflejado en la protección de quien sufre, de quien se ha quedado solo en el mundo… en fin, el servicio y servir a los demás que, además, están más necesitados, los pobres de los que dijo Jesús que siempre los tendríamos con nosotros (Jn 12, 8).

El amor, por lo tanto, es la base del comportamiento del hijo de Dios y no cabe otra forma de saberse discípulo de Cristo si no es manifestando, hacia el prójimo, un sentido amor que se refleje en el servicio que se le haca.

Para eso, la Madre Teresa de Calcula, beata, nos dejó la siguiente:

“ORACION PARA APRENDER A AMAR

Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida;
Cuando tenga sed, dame alguien que precise agua;
Cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor.
Cuando sufra, dame alguien que necesita consuelo;
Cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro;
Cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado.
Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos;
Cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien; Cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos.
Cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi comprensión;
Cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda atender;
Cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona.
Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos;
Dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro amor misericordioso, imagen del tuyo.”
Y es que, los hijos de Dios lo son en cuanto demuestra que lo son. Lo otro es una vana forma de querer engañar al Creador no sabiendo que eso no es posible. Quien es el Amor sólo puede esperar amor por parte de su descendencia.


Publicado en Análisis Digital



Eleuterio Fernández Guzmán

Algunas razones de nuestra esperanza


Lucas, evangelista y médico de Pablo de Tarso, cuenta en los Hechos de los Apóstoles que cuando éste llegó a Atenas comentó, a sus oyentes, que había visto una estatua dedicada al “Dios desconocido” y que él venía a predicar a ese Dios porque él lo había descubierto. Estaba en el Aerópago y era el mejor sitio para predicar a los que querían escuchar sobre todo lo humano y divino.
Todos sabemos que la conversión del apóstol de los gentiles se produjo camino de Damasco cuando perseguía a los seguidores de Jesucristo. Al caer del caballo cayó, también, su concepto, tan humano, de Dios y vino a ser otra persona. Cambió, por eso, su corazón y cumplió con ello lo que Dios quería para el hombre y que no era otra cosa que el corazón viniera a ser de carne y dejara de ser de piedra y producir, así, una verdadera conversión, odre nuevo que recibe un vino nuevo.

Dejó dicho el beato Juan Pablo II, en su “Fides et Ratio”, que “en lo más profundo del corazón del hombre está el deseo y la nostalgia de Dios” (FR, 24). Y de ese corazón, de donde salen las obras, es de donde salen, dominando nuestro vivir, esos argumentos que demuestran nuestra fe en la razón de la existencia de Aquel que muchos desconocen pero del que, quizá, tengan una presencia que vislumbran. Aquel Dios desconocido para los atenienses lo sigue siendo, por desgracia, para muchos contemporáneos nuestros que, a fuerza de mundo se olvidan de Quien los ha creado y de Quien, al fin y al cabo, les entregó este valle para que con su esfuerzo de hombres hicieran de él una tierra habitable para el hermano y, sobre todo, para el que no se considera tal pero que también es querido por Dios y merece, por eso, respeto y ayuda cuando sea necesaria.

Porque es obvio que convivimos con muchos que se dicen ateos que quizá no se den cuentan que también les es donada la libertad para escoger tal opción y que les es dada por Dios, el mismo a quien tratan de no tener en sus vidas; con muchos que se llaman agnósticos porque a fuerza de no creer en el acceso a lo divino no aceptan que nada pueda ser verdadero; con muchos que, incluso siendo, de bautismo, católicos, no tienen verdadera conciencia de lo que esto significa, del tesoro que Dios les ha dado y lo mantienen encerrado en su corazón, con cuatro candados preso, mostrando esa tibieza tan carente de verdadera fe y un sometimiento real al relativismo.

Entonces… ¿Qué hacer? ¿Cómo comunicar, para que se nos entienda, lo que es creer en el Reino de Dios? ¿Cómo hacerles ver que con la Palabra se puede gozar de las aguas de las que Isaías hablaba al nombrar esos “hontanares de salvación” (Isaías 12,3) por los que suspiramos? ¿Cómo ser esa luz que ilumina sus vidas para que, al menos, puedan verse reflejados en el espejo de Dios y sepan lo que se pierden y, sobre todo, que existen razones de fe que la sustentan?

Existen, para eso, pruebas de que Dios, con sus huellas dejadas en nuestras vidas, nos muestra esas razones: lo vemos en la naturaleza, en el silencio en el que oímos la brisa suave (como le sucedió a Elías en su huida) en la que sabemos está el Creador; en las mociones del Espíritu Santo que nos guía; en la sonrisa de un niño o en las lágrimas de un necesitado; en la caricia de un ser querido; en el amor sin condiciones de la inocencia infantil que tanto ama Jesús; en la dulzura de unas manos que se entregan al otro; en el acompañar, en la soledad, al triste; en ser cayado donde el atribulado sostenga la carga de su vida o en ser corazón que acoge, incluso, sobre todo, al que desconoce y maltrata nuestra fe.

Estas pueden ser, quizá, pocas razones de fe para convencer al que no quiere dejarse convencer pero, también, son dones, ciertos carismas del amor que Dios nos entrega para que con ellos podamos dar muestras de Su ser en nosotros; son como esos talentos que, a veces, no dejamos producir; son como si acudiera a nosotros el Padre para ser mostrado al prójimo y ser, así, ejemplo en el que mirarse, luz que seguir, instrumento vital para nuestra existencia; es como si, queriendo serlo, demostráramos que la Verdad es la Verdad y que no hay más salida que aceptarla para que nuestra vida concuerde con el sueño de eternidad que tanto quiso el pueblo elegido por Dios y que tanto anhelamos nosotros, sus herederos, nuevo pueblo.

Y son eso, razones de fe; nuestras razones de fe y esperanza.

Publicado en En Acción Digital




Eleuterio Fernández Guzmán

A matar lo llaman salud


El lenguaje políticamente correcto supone, como sabemos, una corrupción de la realidad. Se llama a las cosas con palabras que dulcifican a las mismas con intención, general, de no causar ningún tipo de malestar y de hacer pasar por pasable lo que es impresentable y perjudicial para la común consideración, por ejemplo, de la vida humana, sagrada creación de Dios Padre.

Esto es muy propio de una sociedad hedonista y una forma muy “humana” de conformarse con lo que pasa.

Pero también se puede utilizar tal lenguaje para confundir a las personas. Así, cuando se quiere hacer pasar por bueno lo malo, como hemos dicho arriba, basta con hacerse acompañar de buenas palabras que, en realidad, sólo muestran el semblante falso de quien las dice o escribe y dejan la terrible sensación de que quien las acepta no puede huir de su mundanidad y se entrega al mundo olvidando a Cristo y, así, a Dios.

Esto es lo que hicieron, por ejemplo con el aborto que es un tema, para el cual, se utiliza la denominación de “interrupción voluntaria del embarazo” más que nada por confundir porque sabemos que cuando algo se interrumpe por cualquier circunstancia puede volver a retomar su ser cuando, en realidad, el aborto interrumpe el desarrollo de la vida humana para no volver a retomarlo nunca más. Luego hay lenguaje claramente engañoso.

Lo dieron en llamar, y así quedó, “Ley de Salud Sexual y Reproductiva”.

Nada más y nada menos que matar, propio del aborto, han querido, quieren, que sea visto como algo, digamos, propio de la bondad física. Por eso hablan de “salud” del sexo o, lo que es lo mismo, que no tienen, para nada, en cuenta la vida del nasciturus sino, en todo caso y siendo muy caritativos, la de la madre, que tampoco porque la reproducción se olvida bastante.

Por eso dicen que, ahora, abortar, es un derecho. Y es extraño que se diga eso. ¿Cuándo matar puede fomentarse desde instancias oficiales? Recordemos… “no matarás”, mandamiento de Dios.

Y quieren, utilizando tan equivoco lenguaje, que la sociedad comulgue con las ruedas de un molino que, como el que trituraba el trigo en siglos pasados, triture, ahora, los cuerpos de seres humanos sentenciados a muerte sin juicio justo y vergonzantemente obligados a morir.

Pues a nosotros lo que nos parece es que tal lenguaje es una forma de distraer al personal. Tratan, además, de justificar la muerte del inocente haciéndose pasar, además, quien eso hace, por personas que saben lo que nos conviene y aplicando una simple y vulgar ingeniería social que tiende a la disolución de la sociedad actual y nos lleva directamente hacia la fosa de la que tanto escribió el salmista.

Y eso lo están haciendo, también y ahora mismo, con la misma eutanasia de forma disimulada y vergonzosa como ha sido el caso Ramona Estévez, muerta el pasado 6 del presente mes de septiembre tras retirarle la sonda a través de la cual comía y bebía.

Qué bien vienen, ahora, las palabras que escribió el cantautor catalán Lluís Llach en su canción “Campanadas a muerte”: “Asesinos de razones y de vidas”.

Y de vidas asesinos. 


Publicado en En Acción Digital




Eleuterio Fernández Guzmán

Misericordia y perdón

Domingo XXIV (A) del tiempo ordinario

Mt 18,21-35


“En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús: ‘Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?’. Dícele Jesús: ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

‘Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía.

‘Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano”.

COMENTARIO

Perdonar, incluso para un discípulo de Cristo que sabe que es crucial para llevar a la práctica su fe, no es siempre fácil. Nos dejamos llevar por egoísmos que nos impiden poner en práctica tal parte del Padre Nuestro.

Muchas veces tenemos que perdonas. Dice Jesús que hasta setenta veces siete que es como decir que siempre, siempre, siempre. Y esto pone en evidencia lo que, en realidad, pensamos en nuestro corazón, incluso, cuando perdonamos.

Ejercer sabiamente el perdón es hacerlo de todo corazón y de corazón blando, de carne, y no duro o de piedra. Bien sabemos que Dios ve en lo secreto y, por eso mismo, nuestro amor ha de manifestarse en momentos en los que, a lo mejor por no tener arraigo en nuestra vida, el perdón lo dejamos de lado para someternos al odio y a la venganza de corazón.


JESÚS,  perdonar saber que es muy importante para un discípulo tuyo. Tú mismo lo hiciste en el momento más difícil de tu vida de hombre común, en tu Pasión. Pediste, para los que te torturaban y mataban el perdón a Tu Padre Dios. Manifestamos, con el mismo, que, en verdad, somos hijos del Creador.



Eleuterio Fernández Guzmán

10 de septiembre de 2011

Caritas in Veritate - II - El hoy del desarrollo humano


Desde un punto de vista cristiano, el desarrollo supone, es, algo más que un mero avance económico o tecnológico. No es, por tanto, la expresión de un ir más allá de lo que se tiene sin ninguna intención más.

Muy al contrario, desarrollo es, ante todo, solución de los problemas que acucian a cada vez más personas: “el hambre, la miseria, las enfermedades endémicas y el analfabetismo” (Cv 21)

Sobre esto ya tenía dicho Jesucristo, o más bien pensado y aplicado a la realidad, que no tiene demasiada importancia que existan ricos sino que lo que venía a destacarse es qué hacían tales personas con su riqueza.

Pues esto es lo que busca el desarrollo: solución a situaciones que, actualmente, se están viendo agravadas por la crisis galopante por la que estamos pasando.

De aquí que Benedicto XVI entienda que “La ganancia es útil si, como medio, se orienta a un fin que le dé un sentido”. Además, “El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza” (Ídem anterior)

Hasta aquí lo que podemos considerar general de la ley cristiana sobre el desarrollo.

Sobre el tema de la segunda parte de la, hasta hoy, última encíclica del Santo Padre, para que el desarrollo pueda llamarse de tal forma tiene que ser auténtico e integral. Dicho de otra manera, para que sea auténtico ha de ser integral y afectar, además de a aquellos que lo procuran, a aquellos que lo necesitan por estar en peor situación pues, a tenor de de lo dicho en la Constitución pastoral Gaudium et spes (sobre la Iglesia en el mundo actual) “El hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social”)

Y dice “el hombre” y no una parte de la humanidad en exclusiva.

Sin embargo, el caldo de cultivo del pensamiento actual no colabora, precisamente, en que pueda llevarse a cabo tal sentido del desarrollo económico. Aquel se fundamenta, sobre todo, en la existencia de un “eclecticismo cultural” (Cv 26) según el cual todas las culturas existentes son equivalentes. Así, y en realidad, ninguna tiene valor de por sí por lo que el relativismo conforma de tal forma del modo de pensar que al  querer aplicar modelos económicos propios a otros ajenos se produce una clara contraposición entre unos y otros y no hay, digamos “trasvase” de desarrollo quedando anquilosada la economía de muchas naciones.

Por otra parte, Benedicto XVI incide en un tema que, en cuanto al desarrollo tiene sentido. Es el referido al “respeto a la vida”.

Puede parecer, esto dicho, muy alejado del desarrollo económico... No lo está, sin embargo, tanto como puede pensarse.

Así, vida y políticas antinatalistas (muy de moda hoy día en las naciones “desarrolladas”) se contraponen muy claramente y traen, como consecuencia que, “si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social” (Cv 28, extracto del Mensaje para la Jornada de la Paz de 2008)

No obstante, la importancia que tiene el respeto a la vida, no lo es menos el escaso respeto que se tiene por la libertad religiosa que también tiene una importancia vital en el desarrollo.

Cuando se niega tal derecho se produce una “promoción programa de la indiferencia religiosa o del ateísmo práctico por parte de muchos países (Cv 29) Entonces se sustraen “bienes espirituales y humanos” que muy bien pueden colaborar en el desarrollo que, como ha quedado dicho supra, ha de ser “integral”.

Resulta, pues, de todo punto necesario que “los diferentes ámbitos del saber humano sean interactivos, con vistas a la promoción de un verdadero desarrollo de los pueblos” (Cv 30)

Esto lo que, en concreto, quiere decir es que “la valoración moral y la investigación deben crecer juntas” (Cv 31)

En realidad, tal forma de proceder o, mejor, procediendo de tal forma, “a la fe, a la teología, a la metafísica y a las ciencias” permite encontrar su lugar dentro de una colaboración al servicio del hombre.

Así, se “trata de ensanchar la razón y hacerla capaz de de conocer y orientar estas nuevas e imponentes dinámicas, animándolas en la perspectiva de esa ‘civiliación del amor’ de la Cual Dios ha puesto la semilla en cada pueblo y en cada cultura” (Cv 33)

Sólo falta hacerla fructificar.




Eleuterio Fernández Guzmán


Caritas in Veritate - I - La vocación de progreso de Pablo VI


Ya dice Pablo VI, en el punto 2 de su Populorum progressio, que “En sus grandes encíclicas Rerum novarum, de León XIII; Quadragesimo anno, de Pío XI; Mater et magistra y Pacem in terris, de Juan XXIII —sin hablar de los mensajes al mundo de Pío XII— nuestros predecesores no faltaron al deber que tenían de proyectar sobre las cuestiones sociales de su tiempo la luz del Evangelio.


Bien podemos decir, entonces, que la doctrina papal no ha estado alejada, precisamente, de la cuestión social.


Tampoco podía darle de lado Benedicto XVI. Por eso ha hecho pública su encíclica Caritas in Veritate (Cv) en la que hace una referencia muy especial (a más de 40 años de su publicación) de la de Pablo VI, citada arriba.


Es que no se puede negar que Pablo VI tenía una clara vocación de progreso. Así lo refleja el Santo Padre en su carta encíclica sobre la Caridad y la Verdad.


Por mucho que se quiera tergiversar la figura del Papa Pablo por obras suyas como, por ejemplo, la encíclica Humanae vitae, de 1968, bien cierto es que, como dice Benedicto XVI “La relación entre la Populorum progressio y el Concilio Vaticano II no representa una fisura entre el Magisterio social de Pablo VI y el de los Pontífices que lo precedieron, puesto que el Concilio profundiza dicho magisterio en la continuidad de la vida de la Iglesia (Cv 12)


Por eso, no se trata de que se distinga entre lo dicho antes y después del CV II sino “una única enseñanza, coherente y al mismo tiempo siempre nueva” (Cv 12)


Por tanto, y por eso mismo, “la Populorum progressio, insertada en la gran corriente de la tradición, puede hablarnos todavía, hoy, a nosotros” (Cv 12)


Por otra parte, algo muy importante nos dice el Santo Padre que para Pablo VI era, es, el progreso.


Lejos de un ansia desenfrenada de tener y de avanzar por avanzar, para el anterior Santo Padre, autor de la Populorum progressio, es, exactamente, una vocación.


Como tal vocación tiene sus propias características que, en aplicación de la doctrina cristiana, la hace buena si se considera en su justa medida.


Dos elementos descubre Benedicto XVI en el progreso como vocación:


1.-“Nace de una llamada trascendente”


2.-No puede darse su sentido por si misma, por provenir de una llamada trascendente.


Por eso, “No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una vocación que da la idea verdadera de la vida humana” (Populorum progressio 42)


Por eso, una llamada trascendente, la vocación del progreso, requiere una manifestación de voluntad hacia la misma tal vocación que, además, “hace libre a la persona” (Cv 17)


Tal libertad es importante en cuanto, parafraseando a Jesús, el “sábado está hecho para el hombre” y no al revés. De aquí que Pablo VI supiera entender que, aunque “las estructuras económicas y de las instituciones” fueran muy importantes para el progreso no era la libertad del ser humano la que estaba sometida a aquellas sino, en todo caco, el revés. De aquí que Benedicto XVI diga (Cv 17) que “sólo si es libre, el desarrollo puede ser integralmente humano; sólo en un régimen de libertad responsable puede crecer de manera adecuada”.


Por otra parte, como sabemos, la Iglesia católica tiene una visión de conjunto del mundo que la hace, por eso mismo, universal, tiene, también, una visión del desarrollo que abarca a todo hombre y a “todos los hombres”.


Tal es, como dice Benedicto XVI, el mensaje central de la Populorum progressio y sí tenemos que tenerlo en cuenta: el progreso o es para toda la humanidad o no deja de ser un simple avance que, además, no conviene al hombre.


No vaya a creerse, por otra parte, que el desarrollo no tiene su envés: el subdesarrollo.


En atención a lo dicho por Pablo VI, Benedicto XVI nos hace mención (Cv 19) de las causas del subdesarrollo. Son las siguientes:


1.-La voluntad, que se aparta de la Verdad de Dios.


2.-El pensamiento que “no siempre sabe orientar adecuadamente el deseo.
3.-La falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos.


Para finalizar, es necesario hacer notar que en esta primera parte de la encíclica Caritas in Veritate dice Benedicto XVI algo que resulta muy importante reconocer: “La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos pero no más hermanos”.




Eleuterio Fernández Guzmán

Hacer no es decir

Sábado XXIII del tiempo ordinario

Lc 6,43-49

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca.

‘¿Por qué me llamáis: ‘Señor, Señor’, y no hacéis lo que digo? Todo el que venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica, os voy a mostrar a quién es semejante: Es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca. Al sobrevenir una inundación, rompió el torrente contra aquella casa, pero no pudo destruirla por estar bien edificada. Pero el que haya oído y no haya puesto en práctica, es semejante a un hombre que edificó una casa sobre tierra, sin cimientos, contra la que rompió el torrente y al instante se desplomó y fue grande la ruina de aquella casa’".

COMENTARIO

Según dice Jesús del corazón del hijo de Dios sale aquello que se hace. Así, si es bueno no puede salir nada bueno y si es malo otra cosa que no sea malo puede salir. Del corazón salen las obras y, por eso mismo, conviene que rebose de amor y de misericordia.

Escuchar lo que dijo e hizo Jesucristo es fácil. Hacer lo que dijo que había que hacer es deber para un discípulo suyo pero, en no pocas ocasiones, se lleva a cabo justamente lo contrario de lo que el Hijo de Dios entiende bueno y benéfico para nuestra vida.

Tenemos, por lo tanto, que construir nuestra vida sobre la roca firme que es Cristo. Sobre tal roca nuestra existencia ha de ser fructífera y no se vendrá abajo bajo el peso del mundo o de lo que nos pueda pasar. Edificar en Cristo es, para un discípulo suyo, lo único que debería pensar hacer.



JESÚS, construyendo nuestra vida haciendo nuestra tu doctrina y aquello que con hechos demostraste es la única forma de ser, en verdad, discípulos tuyos. Ni somos capaces de cumplir siempre con la voluntad de Dios ni, a veces, queremos hacerlo.



Eleuterio Fernández Guzmán

9 de septiembre de 2011

Pecados de uno mismo

Viernes XXIII del tiempo ordinario

Lc 6,39-42

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: ‘¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Todo discípulo que esté bien formado, será como su maestro. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano’”.


COMENTARIO

Es bien cierto que tenemos la humana tendencia de mirar al prójimo por encima de nuestro hombro y que solemos, con cierta facilidad, ver sus defectos e, incluso, tratar de corregirlos dando consejos que no deberían darse.

Sin embargo somos, también, muy dados, a no prestar atención a nuestras faltas espirituales y a nuestros pecados. Dios ha de querer, al contrario, que mejoremos nuestra forma de ser y que seamos misericordiosos con aquellos que tantas veces zaherimos.

Es mucho lo que se nos puede echar en cara da parte del Creador y, por eso mismo, se nos pide que, en primer lugar, sanemos nuestra vida antes de ponernos a ser salvadores de otros. Y es que, a veces, es tan grande la viga que tenemos que no la vemos.


JESÚS, conoces muy bien la naturaleza humana de tus hermanos en la fe y, por eso mismo, aconsejas sanar lo que podamos tener enfermo y, luego, en todo caso, tratar de ver las faltas de los demás porque una cosa es querer corregir fraternamente a quien ha cometido algún pecado y otra, muy distinta, querer tapar con eso los nuestros.





Eleuterio Fernández Guzmán

8 de septiembre de 2011

Nace María, colaboradora de la salvación

El Nacimiento de la Virgen María





Mt 1,1-16.18-23




“Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham: Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos, Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zara, Fares engendró a Esrom, Esrom engendró a Aram, Aram engendró a Aminadab, Aminadab engrendró a Naassón, Naassón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rahab, a Booz, Booz engendró, de Rut, a Obed, Obed engendró a Jesé, Jesé engendró al rey David.

David engendró, de la que fue mujer de Urías, a Salomón, Salomón engendró a Roboam, Roboam engendró a Abiá, Abiá engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Joram, Joram engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatam, Joatam engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amón, Amón engendró a Josías, Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando la deportación a Babilonia.

Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliakim, Eliakim engendró a Azor, Azor engendró a Sadoq, Sadoq engendró a Aquim, Aquim engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Mattán, Mattán engendró a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. Así que el total de las generaciones son: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones.

La generación de Jesucristo fue de esta manera: su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en Ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados’. Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: ‘He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel», que traducido significa: "Dios con nosotros’”.


COMENTARIO

Quizá pueda resultar extraño que el calendario litúrgico establezca para el día en el que celebramos la Natividad de María, la Madre de Dios, el texto referido al nacimiento de Jesucristo. Pero, además de que los caminos de Dios son inescrutables también es cierto que tienen bastante sentido.

Jesús y María tienen mucho que ver con la historia de la salvación de la humanidad a manos de Dios, Creador suyo pero, además, Padre Bueno y Misericordioso. Por eso tiene mucho que ver que tanto el Hijo como la Madre estén unidos por este lazo de realidad sobrenatural.

Nace Jesús y nace María porque los dos son necesarios para salvarnos y para que nos sean perdonados nuestros muchos pecados. Tanto el Hijo como la Madre están juntos en la voluntad de Dios como instrumentos espirituales de salvación y sanación del pecado.


JESÚS, tu Madre, a quien tanto amas, nace un día que celebramos hoy. En realidad poco importa que fuera un día como éste o fuera otro sino que, lo que es radicalmente crucial es que su nacimiento lo fuera para que Tú vinieras al mundo. Todo estaba previsto en el Plan de Dios y vuestros nacimientos van unidos de la mano del Padre para que todos seamos salvos.




Eleuterio Fernández Guzmán


Nota: la imagen que ilustar el comentario es de Murillo y corresponde a la Natividad de la Virgen.

7 de septiembre de 2011

Bienaventurados

Miércoles XXIII del tiempo ordinario

Lc 6,20-26

“En aquel tiempo, Jesús alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: ‘Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas.

‘Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas’”.


COMENTARIO

La Ley de Dios, dijo Cristo, había venido a hacerla cumplir. No quería derogarla porque tal no podía ser su misión. Y así proclama las bienaventuranzas que son como la perfección de la Ley y, sin dejar de tener valor los Mandamientos de Dios, acerca su sentido al corazón del creyente.

Todas las personas que se sienten entre algunos de los grupos de bienaventurados a los que hace referencia el Mesías podían sentirse felices y vivir gozosamente. Esos pobres que, en verdad, lo son; los que lloran, los que se saben perseguidos por odio a Cristo…

Y, sin embargo, Jesús no deja de llamar la atención a los que se creen en la seguridad de seguir la Ley de Dios porque la han transformado y adaptado a sus necesidades y conveniencias tergiversándola hasta límites no permisibles por el Creador. Tales personas deberían saber que Dios no puede querer que tal se actúe con su Ley.


JESÚS, eran, son, bienaventurados los que te siguen y cumplen con la Ley de Dios. Aquellos que lloran o que son pobres y que son perseguidos porque te siguen y cumplen la Ley de Dios serán los que reciban, en el definitivo Reino de Dios, el gozo del Amor del Padre.





Eleuterio Fernández Guzmán

6 de septiembre de 2011

Apóstoles y discípulos

Martes XXIII del tiempo ordinario

Lc 6,12-19

“En aquellos días, Jesús se fue al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles. A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.
Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.”


COMENTARIO

Jesús vino porque tenía una misión que cumplir y que no era otra que transmitir la Palabra de Dios al mundo y, así, para que se cumpliera la voluntad del Creador y su Ley. Sabía, así, que tenía que escoger a un grupo de personas que le ayudaran a llevar a cabo tales menesteres.

Eligió a doce porque, seguramente, quería representar con ello a las 12 tribus de Israel, pueblo escogido y elegido por Dios para llevar su Palabra a la humanidad. Escogió, también, a hombres.

Sabían, aquellos que le seguían, primeros discípulos de Cristo, que no era una persona más y, ni siquiera, un sabio más de los que entre ellos predicaban. Reconocían en su persona a Quien tenían que venir y por quien el pueblo elegido estaba esperando muchos siglos. Le seguían porque creían en Él, porque tenían fe.



JESÚS, escogiste a los que quisiste. Ellos tenían, por delante, una labor muy importante que llevar a cabo y, aunque, como sabemos, te abandonaron en el momento más difícil de tu Pasión serían los que llevasen la Palabra de Dios al mundo. Nosotros, por nuestro lado, no deberíamos olvidar que somos, por eso mismo, apóstoles modernos, de ahora mismo.





Eleuterio Fernández Guzmán

5 de septiembre de 2011

Misericordia de Cristo

Lunes XXIII del tiempo ordinario

Lc 6,6-11

“Sucedió que entró Jesús otro sábado en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha seca. Estaban al acecho los escribas y fariseos por si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero Él, conociendo sus pensamientos, dijo al hombre que tenía la mano seca: ‘Levántate y ponte ahí en medio’. Él, levantándose, se puso allí. Entonces Jesús les dijo: ‘Yo os pregunto si en sábado es lícito hacer el bien en vez de hacer el mal, salvar una vida en vez de destruirla’. Y mirando a todos ellos, le dijo: ‘Extiende tu mano’. Él lo hizo, y quedó restablecida su mano. Ellos se ofuscaron, y deliberaban entre sí qué harían a Jesús.

COMENTARIO

Que se ofusquen aquellos que tergiversan la Ley de Dios para adaptarla a sus humanas necesidades es cosa natural porque no se puede espera que los que quieren que se hagan a su conveniencia actúen de otra forma.

Procuran, tales personas, el mal para Jesús porque no pueden admitir que una persona a las que siguen muchos de los suyos se manifieste de forma tan claramente contraria a lo que hacen. No les viene bien que se diga la verdad de las cosas.

Jesucristo sólo puede actuar de forma misericordiosa al igual que Dios con todos nosotros. No puede entender cómo es posible que cuando hay una persona que lo está pasando mal se le deba dejar en tal situación por no ser el día “apropiado” para curar. Tal forma de actuar no es, precisamente, la de Dios Padre y Creador.


JESÚS, ser misericordioso y actuar en defensa de quien te necesita es una forma muy tuya de ser. Por eso muchos te tenían cierta manía y querían perseguirte pues no te venías atrás porque algún determinado precepto humano impidiese hacer ciertas cosas en determinados días. Si el sábado es para el hijo del hombre, no otra cosa podías hacer cuando notabas cierta necesidad.


Eleuterio Fernández Guzmán

4 de septiembre de 2011

Con Cristo

Domingo XXIII (A) del tiempo ordinario

Mt 18,15-20

“En aquel tiempo, Jesús dijo a los discípulos: ‘Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

‘Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’”.


COMENTARIO

La corrección fraterna es una forma de actuar recomendable para el discípulo de Cristo. Al igual que Jesús corrigió, en determinadas ocasiones, a los que le seguían, tenemos que hacer aquellos que decimos seguir su mensaje y practicar su doctrina.

Jesucristo prometió estar con nosotros hasta el fin de los tiempos. Así lo cumple cuando, por ejemplo, oramos en su nombre y nos dirigimos a Dios a través de Su Hijo.

Dios escucha a los que piden. Tal es así que Jesús les dice que lo que aten quedará atado y lo que aten, quedará desatado. Así, el Creador se manifiesta como un Padre que escucha a sus hijos y que tiene en cuenta todo lo que dicen.


JESÚS, querías que aquellos que te seguían cumpliesen la Ley de Dios y, en aplicación de la misma, lo que tú hacías y decías. Por eso, en cuanto a la corrección, para reforzarla, les dices que todo quedará atado o desatado porque, en realidad, Tú eres Dios mismo. Por eso no podemos hacer caso omiso a lo que nos dices.


Eleuterio Fernández Guzmán