5 de septiembre de 2012

¿Estamos enfermos de mundanidad?








Muchas veces nos las prometemos muy felices porque nos sentimos tranquilos reconociéndonos hijos de Dios. Tenemos una fe y, por eso mismo, llevándola a la práctica (aunque según y cómo), caminamos creyéndonos que estamos en la seguridad de habernos ganado la vida eterna.

Sin embargo, no deberíamos estar tan seguros porque existe una enfermedad ante la cual resulta, a veces, difícil reaccionar: la que afecta a nuestro corazón y que tiene origen en la excesiva humanidad con la que, a veces, confraternizamos más de la cuenta.

A pesar de lo que pueda pensar una sociedad hedonista, relativista y llena más de mundanidad que de espíritu, aquella está necesitada de una verdadera liberación que acabe, precisamente, con los elementos que distorsionan lo que podría ser un vivir de una forma más acorde con la Ley de Dios que es, no obstante, la manera más acertada de llevar una vida humana y, por eso, de respeto hacia el prójimo.

Por eso dijo Benedicto XVI, en el Mensaje del 19 de octubre de 2008, día del DOMUND, que “La humanidad misma sufre, dice san Pablo, y alimenta la esperanza de entrar en la libertad de los hijos de Dios (cfr. Rm 8, 9-22)” y tal sufrimiento, aunque a veces acallado por el soborno que los bienes materiales infieren en el espíritu, requieren la presencia de Aquel que dio forma al ser humano y al mundo.

¿Dónde podemos encontrar tal liberación?

Sobre esto, dice el Santo Padre, en su Encíclica Spe Salvi (27) que “quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (cf. Ef 2,12)”.
Por tanto, liberación y Dios van unidos, a la perfección, de la mano y sin el Padre aquella ni es entendible ni posible.

Pero la enfermedad que, en muchas ocasiones, nos aqueja, y que no es otra que considerar la humanidad, el ser humanos, el ser materia, como más importante que el ser espíritu, también tiene, digamos, arreglo o, mejor, solución.

Por otra parte, en el Discurso que Benedicto XVI dirigió al 56 Congreso Nacional de la Unión de Juristas Católicos italianos (el 9 de diciembre de 2006) dijo, refiriéndose al papel que lo religioso ha de jugar en la sociedad actual, que “Al contrario, la religión, al estar organizada también en estructuras visibles, como sucede con la Iglesia, se ha de reconocer como presencia comunitaria pública”.

Porque, efectivamente, no cabe entender posible que se trate de apartar a los cristianos, aquí católicos, de una vida pública en la que estamos inmersos como unas personas más dentro del ámbito social.

Eso nos liberará del exceso de mundanidad que nos aqueja.

Ya recogió, al respecto, el Beato Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica Post-Sinodal Christifideles Laici (CL desde ahora) referida, precisamente, a la “vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo”, lo que, en realidad, es el origen de nuestra contribución a la vida común. Así en el punto 2 dice que “El llamamiento del Señor Jesús ‘Id también vosotros a mi viña’ no cesa de resonar en el curso de la historia desde aquel lejano día: se dirige a cada hombre que viene a este mundo”

Y nosotros, los que somos herederos de la Fe que fundamentó Jesucristo a lo largo de su vida pública, estamos en la obligación de hacer visibles nuestras creencias y de conformar, con ellas, una sociedad abierta al amor y a la misericordia de Dios.

Eso nos liberará del exceso de mundanidad que nos aqueja.

Sabemos, por otra parte, que la realidad no es como lo fuera en tiempos de Jesucristo. Sin embargo, las circunstancias, digamos, espirituales, no parecen haber cambiado nada de nada.

Así, sobre lo dicho arriba no es menos cierto que “Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso.” (CL 3)

De aquí deriva, exactamente, la necesidad de establecer un compromiso claro entre el cristiano, aquí católico, y el mundo. Lejos de estar alejados de él (luego diremos lo que entiende el Santo Padre sobre esto) hemos de sentirnos concernidos por lo que sucede en el mundo que vivimos ya que, aunque peregrinemos hacia el definitivo Reino de Dios estamos en aquel y eso nos obliga, obligación grave, a no dejarnos vencer por la molicie o la mundanidad.

Eso nos liberará del exceso de mundanidad que nos aqueja.

¿Cómo hacer que nuestro papel de cristianos, de católicos, sea tenido en cuenta o, al menos, no lo hagamos de menos?

Hay una serie de expresiones que, indicadas por Jesucristo a lo largo de sus parábolas y su predicación, muestran, bien a las claras, qué es lo que podemos sentirnos y, sobre todo, hacia dónde podemos encaminar nuestros pasos. Tales expresiones han de sernos de ayuda para liberarnos de la mundanidad que tanto daño hace al Cuerpo de Cristo.

También lo recoge esto la Exhortación Apostólica citada arriba: “Las imágenes evangélicas de la sal, de la luz y de la levadura, aunque se refieren indistintamente a todos los discípulos de Jesús, tienen también una aplicación específica a los fieles laicos. Se trata de imágenes espléndidamente significativas, porque no sólo expresan la plena participación y la profunda inserción de los fieles laicos en la tierra, en el mundo, en la comunidad humana; sino que también, y sobre todo, expresan la novedad y la originalidad de esta inserción y de esta participación, destinadas como están a la difusión del Evangelio que salva” (CL 15)

Hay, por lo tanto, que ser sal para dar sabor evangélico a nuestras vidas y a las vidas del prójimo; ser luz para iluminar el camino de aquellas personas que se sientan perdidas en el mundo y no encuentran salida a sus, a lo mejor, apartadas vidas de Dios; ser levadura para que la Fe pueda crecer y ensanchar los corazones (ya de carne y no de piedra) tanto de los que creen como, sobre todo, de los que no creen pero pueden ser capaces de acoger la Palabra de Dios y obtener fruto del paso de sus sílabas por sus vidas.

Eso nos liberará del exceso de mundanidad que nos aqueja.

Y, sin embargo, a pesar de que es muy posible que sepamos, por una parte, qué hemos de hacer y, por otra parte, tengamos el sentido exacto de nuestra obligación, no vemos facilitada nuestra labor de cristianos porque las estructuras políticas del mundo, del siglo, no son, digamos, demasiado abiertas para con nosotros.

A esto se tuvo que referir Benedicto XVI cuando, en su viaje en 2008 (del 15 al 20 de abril) a Estados Unidos de América se dirigió a la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Tras hacer mención expresa del recordatorio que se hacia, en aquel año 2008, del aniversario (60) de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, no pudo por menos que recordar, en aquella sede del supuesto entendimiento universal, que hay más de un derecho humano que, por lo general, se respeta poco y, lo que es peor, se tiene la tendencia a respetar menos.

Ante lo que, en general, puede considerarse como la proliferación del respeto a la “libertad de profesar o elegir una religión” no es entendible, “Es inconcebible, por tanto, que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos –su fe– para ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos” porque, precisamente, vernos obligados a renegar de Dios nos pone en brazos de la mundanidad que nos aqueja.

Y esto en el sentido, equivocado, de querer que los aspectos religiosos de la vida de los individuos queden confinados en el ámbito privado o, como mucho, en la sacristía que, como sabemos, al ser un lugar cerrado no puede influir en el devenir del mundo.

Por eso, los cristianos que vivimos en el mundo y que nos consideramos legitimados para intervenir en su devenir, no podemos permitir, sin más ni más, que sea violado nuestro derecho a profesar nuestra religión de forma tal que la doctrina que contiene sea llevada a la práctica por los que nos consideramos (y lo somos; ya lo dijo san Juan el versículo 1 del capítulo 3 de su Primera epístola) hijos de Dios.

De esa forma estaremos en disposición de sentirnos, verdaderamente, lo que somos y será, con toda seguridad, la mejor manera de sentirnos liberados de la mundanidad que nos aqueja y pretende alejarnos de Dios y de sumergirnos en una existencia pagana y carnal.

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Soto de la Marina

Jesús cura y anuncia





Miércoles XXII del tiempo ordinario

Lc 4,38-44

“En aquel tiempo, saliendo de la sinagoga, Jesús entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con mucha fiebre, y le rogaron por ella. Inclinándose sobre ella, conminó a la fiebre, y la fiebre la dejó; ella, levantándose al punto, se puso a servirles. A la puesta del sol, todos cuantos tenían enfermos de diversas dolencias se los llevaban; y, poniendo Él las manos sobre cada uno de ellos, los curaba. Salían también demonios de muchos, gritando y diciendo: ‘Tú eres el Hijo de Dios’. Pero Él, conminaba y no les permitía hablar, porque sabían que él era el Cristo. 

Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar solitario. La gente le andaba buscando y, llegando donde Él, trataban de retenerle para que no les dejara. Pero Él les dijo: ‘También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado’. E iba predicando por las sinagogas de Judea".

COMENTARIO

Jesús no dedicó su vida, llamada pública, a quedarse mirando para ver qué pasaba a su alrededor. Sabía que tenía que cumplir una misión y la llevaba a cabo a todas horas y sin, muchas veces, tener tiempo siquiera de descansar.

Jesús curaba, y cura, a quien lo necesita y a quien se ve urgido a que se intervenga a su favor. Jesús lo mismo echaba demonios de los endemoniados que curaba enfermedades comunes como la lepra o la ceguera. No tenía límite su poder y así lo hacía rendir.

El ansia de anunciar el Reino de Dios era superior a lo que otros pudieran decir. Jesús sabía que había venido para hacer lo que estaba haciendo y no lo escondía debajo de cualquiera celemín. Jesús era Dios hecho hombre y lo hacía ver aunque Él no quisiera que se supiera.

JESÚS, eres el Hijo de Dios y aquellos que resultaban curados por tu intervención no podían, ni querían, evitar decirlo. Te estaban agradecidos que es, justamente, lo contrario que muchas veces hacemos nosotros.




Eleuterio Fernández Guzmán


4 de septiembre de 2012

Transmitir la Fe, nuestra fe







El Decreto Ad Gentes (Sobre la actividad misionera de la Iglesia) firmado por Pablo VI el 7 de diciembre de 1965, en el marco del Concilio Vaticano II, dice que “La razón de esta actividad misional se basa en la voluntad de Dios, que "quiere que todos los hombres sean salvos y vengas al conocimiento de la verdad, porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos", "y en ningún otro hay salvación". Es, pues, necesario que todos se conviertan a Él, una vez conocido por la predicación del Evangelio, y a Él y a la Iglesia, que es su Cuerpo, se incorporen por el bautismo” (Ad Gentes, 7)
De aquí que propagar la Fe sea, es, en esencia, el mandato dado por Dios a través de Cristo cuando éste envió a sus apóstoles a difundir la Buena Noticia por el mundo entonces conocido. Desde entonces esa propagación ha devenido hermoso fruto de amor y de esperanza para muchos pueblos que ignoraban, siquiera, la existencia de Cristo, la verdad de Dios y lo que, en realidad, podían alcanzar con ese conocimiento para sus vidas.

No debemos olvidar que la especial misión encomendada por Cristo sigue, aún, en vigor y, por lo tanto, no cabe desmayar en ese mensaje de difusión de la doctrina de Cristo que es, por eso mismo, voluntad de Dios.

En ocasiones como las que nos ofrece, ahora mismo, la Santa Madre Iglesia, la de recordar la importancia que tiene la propagación de Fe cabe, por tanto, hacer eso mismo: un recuerdo, una mención, un no dejar olvidado qué es lo que quiso nuestro hermano Cristo que hiciéramos. Así, al recordar que lo católico es lo universal nos acercamos a la verdadera voluntad de Jesús cuando dijo aquello de “Y Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia Mí” (Jn 12, 32). Esa atracción, por así decirlo, también se pone en nuestras manos, los apóstoles modernos que con la transmisión de la Fe hacemos lo posible para que esto se haga realidad.

Recordar también que hoy día, teniendo en cuenta la difusión de ideologías tendentes a hacer olvidar la Fe, todas ellas de carácter relativista y nihilista, es no olvidar, so pena de caer en la desesperación más grande, que la obligación primera de todo cristiano es dar ejemplo de que lo es. Ese ejemplo también se extiende, mundialmente hablando, aunque sin olvidar nuestro inmediato entorno (familia, conocidos, trabajo, etc.) ese propagar, ese decir, con los medios de hoy (recordar, aquí, las palabras del Padre Alberione, fundador de la familia Paulina ha de ser importante: “Hay que acercar el Evangelio a los hombres de hoy con los medios de hoy”) que Dios está aquí y que no nos olvida ha de ser, así mismo dicho, un gran apoyo ante la desesperación, a veces, del vivir.

Recordar, por otra parte, a San Francisco Javier y a Teresita del Niño Jesús (Patronos de las Misiones, desde que en 1927 Pio XI les otorgara tal título) es acentuar la fuerza espiritual que tiene la transmisión de la fe que Cristo nos entregó. Seguir el“caminito” de Teresa o la gran ruta de Javier, ambos sostenidos por el amor a Dios y al prójimo, es posibilitar que la Palabra de Dios llegue donde, hasta ahora, es desconocida o, ¡Ay!, donde ha sido olvidada (tan cerca de nosotros mismos...) atrapada por la mundanidad y por las ganas de tener antes que de ser.

Por eso nos debemos sentir alegres, dichosas, aquellas personas que, con nuestra ayuda económica o con nuestra ayuda personal, allende nuestra patria o en nuestra patria misma, podamos hacer lo posible para que la labor de la Iglesia de difundir la Palabra de Dios a lo largo y ancho del mundo sea posible; para que no cesen de subir, hacia Cristo, todas las almas que en el mundo son, a pesar de las dificultades intrínsecas y extrínsecas que eso tiene o puede llegar a tener.

Porque es ahora cuando se reclama, de nosotros, de la forma que sea más apropiada y adecuada para cada cual, en las circunstancias ordinarias de nuestra vida de hijos de Dios, que arrimemos el hombro en la tarea evangelizadora; es ahora, en el hoy de hoy mismo, cuando se trata de arrebatar a Dios del mundo para sustituirlo por el vacío; es ahora, ahora, cuando se nos pide que demos un paso adelante para que pueda decirse de nosotros que, incluso en las inclemencias espirituales del mundo del siglo XXI, que no tenemos miedo, como muy bien dijera, recién elegido, el Beato Juan Pablo II.

Al fin y al cabo no se nos reclama nada extraordinario sino, al contrario, algo que debería ser común, lógico, esperable: dar fe de la Fe, aquí y allí. 

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Acción Digital

Conocido por todos es Cristo




Martes XXII del tiempo ordinario

Lc 4,31-37

“En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba. Quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad. Había en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo, y se puso a gritar a grandes voces: ‘¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dio’’. Jesús entonces le conminó diciendo: ‘Cállate, y sal de él’. Y el demonio, arrojándole en medio, salió de él sin hacerle ningún daño. Quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros: ‘¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen’. Y su fama se extendió por todos los lugares de la región."


COMENTARIO

Muchos de los que escuchaban a Jesús no estaban de acuerdo con lo que decía. Bien porque no les gustaba que les dijera la verdad o bien porque hubieran preferido escuchar de sus labios algo más de violencia contra el enemigo romano, el caso es que no querían cumplir lo que aconseja aquel Maestro.

Otros, sin embargo, reconocían que no sólo les gustaba lo que escuchaban sino que sabían que Jesús, el hijo de María y de José, lo que decía era con una autoridad superior a muchos de los que todos tenían por sabios y entendidos en materias espirituales.

Cuando Jesús expulsa un  demonio de una persona a la que tenía apresada en su inmundicia malsana todos se dan cuenta de que Jesús es alguien que tiene un poder que no es entendible por el ser humano. Sin duda se dan cuenta de que tiene el poder de Dios.


JESÚS, sólo con actos externos parece que comprendían que eras el Hijo de Dios. Tus contemporáneos atendían según veían y, en cierto modo, a nosotros nos pasa exactamente igual.




Eleuterio Fernández Guzmán


3 de septiembre de 2012

Los hijos de Dios creen en Dios




Lunes XXII del tiempo ordinario


Lc 4,16-30

“En aquel tiempo, Jesús se fue a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: ‘El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor’.

Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: ‘Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír’. Y todos daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: ‘¿No es éste el hijo de José?’. Él les dijo: ‘Seguramente me vais a decir el refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria’. Y añadió: ‘En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio’”.



COMENTARIO

Jesús, por así decirlo, no era, en muchos aspectos, un judío distinto a los demás. Cuando le correspondía acudía a la sinagoga porque allí se encontraba en la casa de Dios y hacía lo que cualquiera esperaba que hiciera. Sin embargo, hay diferencia, mucha, entre el Hijo de Dios y el resto de sus contemporáneos.

Cuando Jesús coge la parte que le tocó de las Sagradas Escrituras para leerla muchos esperaban qué era lo que iría a decir. Como ya le conocía sabían que no sería una interpretación como la que podría hacer cualquiera. Y, en efecto, a muchos gustó y a otros discurrió que se refiriera a Él como el Hijo de Dios.

Lo que Jesús dice es, nada más y nada menos, que había llegado la liberación para muchos de los oprimidos por las enfermedades, a los que no querían ver a Dios en sus vidas y a los que deseaban no ser pobres pero sí serlo de espíritu. Y eso, por desgracia, no era bien recibido por todos.


JESÚS,  ofreces liberación de mucho de lo que nos oprime. Sin embargo, en no pocas pudiera dar la impresión, bastante cierta, de que nos gustan ciertas opresiones y de que nos da igual lo que puedas decirnos al respecto.



Eleuterio Fernández Guzmán


2 de septiembre de 2012

Ser como hay que ser





 

Domingo XXII (B) del tiempo ordinario

Mc 7,1-8.14-15.21-23


“En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén, y vieron que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas. Es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas. Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: ‘¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?’. Él les dijo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres’. Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres’”.

Llamó otra vez a la gente y les dijo: ‘Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre’".

COMENTARIO

Una cosa es la tradición y otra, muy distinta, que la misma esté de acuerdo con la voluntad de Dios. Cuando se ha establecido por tradicional algo que, en realidad, tiene una finalidad no conforme a lo que Dios quiere, no vale y no sirve.

Jesús sabía que muchos de los que gobernaban espiritualmente al pueblo judío hacían lo que no debían hacer y decían, sin embargo, lo que los demás sí debían hacer. Y en eso el Hijo de Dios mostraba su fidelidad y conformidad con la voluntad de Dios.

Una de las realidades más acuciantes de la vida del pueblo judío era el hecho de tener por malo para el espíritu lo que entraba en el cuerpo. Jesús transmite que, en realidad, lo que importa es lo que sale del corazón que es, en verdad, donde nacen las obras.


JESÚS,  muchas equivocaciones mostraban, en su comportamiento espiritual, aquellos que vivían en tu tiempo. No sería malo recordar, para nosotros mismos y ahora mismo que, en realidad, es lo mismo que nos pasa y, así, corregir determinadas formas de ser.



Eleuterio Fernández Guzmán


1 de septiembre de 2012

Hacer rendir los talentos




Sábado XXI del tiempo ordinario


Mt 25, 14-30

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Un hombre, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó. Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio, el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor.

‘Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos. Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado’. Su señor le dijo: ‘¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor’. Llegándose también el de los dos talentos dijo: ‘Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado’. Su señor le dijo: ‘¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor’.

‘Llegándose también el que había recibido un talento dijo: ‘Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo’. Mas su señor le respondió: ‘Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes’’”.

COMENTARIO

Cuando Dios nos crea no sólo hace tal cosa sino que, además, nos deja en el mundo con un bagaje no pequeño que consiste, sobre todo, en los talentos que nos entrega para que hagamos con ellos lo que es Su voluntad.

Nosotros tenemos, también, libertad (donada por el Creador) para hacer lo que creamos conveniente con nuestra vida. Hacer rendir los talentos o no hacerlos rendir son posibilidades que tomamos según nos convenga. Sin embargo, no es lo mismo hacerlos rendir que esconderlos debajo de cualquier celemín por cobardía o por egoísmo.

Lo que narra Jesús es importante. El señor que vuelve es bueno pero también es justo y da a cada uno según haya sido su comportamiento con lo entregado. Cuando castiga lo hace porque a quien entregó el talento no hizo nada con él y, ni siquiera lo más fácil que era darlo a conocer.


JESÚS, es cierto que podemos hacer esto o lo otro con nuestra vida pero no es menos cierto que lo que hacemos, los creyentes al menos, sabemos que es gracias a Dios. No hacer lo que nos corresponde es ser, en verdad, demasiado desagradecidos.




Eleuterio Fernández Guzmán


31 de agosto de 2012

La familia de los hijos de Dios








Hay realidades, espirituales y materiales, que, en determinadas ocasiones, nos son difíciles de asimilar en su totalidad. Como muchas veces tenemos un concepto equivocado de las cosas es más que posible que confundamos lo que en verdad importa con nuestros propios gustos o intereses.

Un ejemplo de esto es el caso muy particular de la familia y de lo que es más importante: de la que formamos parte todos aquellos que somos, y lo sabemos, hijos de Dios.

“No hay, pues, más que una raza: la raza de los hijos de Dios. No hay más que un color: el color de los hijos de Dios. Y no hay más que una lengua: ésa que habla al corazón y a la cabeza, sin ruido de palabras, pero dándonos a conocer a Dios y haciendo que nos amemos los unos a los otros”.

Con estas palabras, S. Josemaría, en su “Es Cristo que pasa” (106) ya escribía acerca de lo que es, en realidad, una gran verdad: Dios es Creador de la raza humana y, por tanto, la misma se ha de manifestar como lo que es y que no es otra cosa que una sola raza y, en consecuencia, una sola lengua que no es la física sino, más bien, la espiritual.

¿Qué es y qué significa constituir una sola familia humana?

Qué es

Muy al contrario de lo que los poderes del mundo pretenden, los seres humanos, creación predilecta de Dios a quien el Creador dejó la creación para ser administrada, no está dividida en cuanto filiación divina en diversos grupos.

Por tanto que el ser humano constituye una sola familia, la familia de los hijos de Dios, viene a querer decir que no caben separaciones artificiales y puramente humanas que, a largo de los siglos se han producido por aplicación de los diversos poderes mundanos.

Ser, así, hijos de Dios, es formar parte de la única gran familia que, en el mundo, hay, existe y peregrina hacia el definitivo reino de Dios. 

Qué significa

Sin embargo, una vez que se reconoce la realidad arriba expresada y que no es otra cosa que saberse miembro de la gran familia de los hijos de Dios, ha de tener significado para nosotros porque, de otra forma sería como reconocer una verdad a la que no prestamos atención.

Por ejemplo, deberíamos seguir, en nuestra conducta, un comportamiento en el que, por ejemplo:
-No negásemos a nadie nuestro perdón porque todos somos hijos del mismo Padre.

-Supiésemos comprender a los demás porque pueden tener, es más que seguro, pensamientos muy contrarios a los nuestros pero siguen siendo hermanos nuestros.

-Fuésemos capaces de reconocer nuestros errores mostrando, así, una humildad muy querida por Dios, Padre Creador de la humanidad.

-Amásemos al prójimo como Cristo dijo que los amásemos: como a nosotros mismos pues, no obstante, también fueron creados por Dios. Y eso, claro, sin esperar nada a cambio.

-Sintiésemos formar parte de la familia de los hijos de Dios porque será la única forma de cumplir con nuestras obligaciones como miembros de la misma.

-Hiciésemos efectiva la comunión que supone ser y saberse hijos de Dios.

Por tanto, formar parte de la familia de los hijos de Dios tiene que ser, para nosotros, causa de gozo por saber, de tal manera, que nos creó el Padre con la buena y benéfica intención de que se transmitiese la existencia de Su Reino, de Su Ley y de Su Palabra.

De todas formas, no deberíamos olvidar nunca olvidar al apóstol Juan cuando dejó escrito, en 1Jn 3, 1, “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”.

Y es que, ciertamente, lo somos aunque en más ocasiones de las que convendría no nos interese reconocer tan gran e importante verdad.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Soto de la Marina

No ser necios




Viernes XXI del tiempo ordinario

Mt 25,1-13

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: ‘El Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: ‘¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!’. Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: ‘Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan’. Pero las prudentes replicaron: ‘No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis’. Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: ‘¡Señor, señor, ábrenos!’. Pero él respondió: ‘En verdad os digo que no os conozco’. Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora’”.


COMENTARIO

Muchas veces estamos seguros de que nuestra fe es como tiene que ser y que, en realidad, poco se nos puede decir al respecto de la misma. Orgullosos estamos, entonces, de lo que somos y, como hijos de Dios, nos movemos hacia su definitivo Reino, con gozo.

Sin embargo no siempre hacemos lo que nos corresponde y nos comportamos como verdaderos necios. Esperamos la bondad del Padre y su auxilio pero sin proveer lo imprescindible para nuestro progreso espiritual. Somos como aquellos que esperan pero no ponen nada de su parte.

En realidad, como sabemos ni cuándo seremos llamados a comparecer ante el tribunal de Dios siempre debemos estar preparados para tal momento. No lo estaremos, sin embargo, si avisados de tal circunstancias, nada hacemos para evitar nuestra pérdida espiritual.


JESÚS, haces muy bien en llamar la atención de aquellos que nos creemos seguros en nuestra fe. A lo mejor no estamos preparados para presentarnos ante el Padre y lo peor de todo es que, sabiéndolo, poco hacemos en nuestro verdadero favor.




Eleuterio Fernández Guzmán


30 de agosto de 2012

Estar preparados




Jueves XXI del tiempo ordinario

Mt 24,42-51

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre. ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el señor puso al frente de su servidumbre para darles la comida a su tiempo? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. Yo os aseguro que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si el mal siervo aquel se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda’, y se pone a golpear a sus compañeros y come y bebe con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los hipócritas; allí será el llanto y el rechinar de dientes’”.


COMENTARIO

Es cierto que, aunque tenemos fe, no nos urge darnos cuenta de qué significa eso porque, en realidad, lo que suele importarnos es saber que la tenemos. Sin embargo, mucho de lo que debemos creer tiene mucha relación con lo que ha de venir, con la vida después de esta vida.

Jesús sabe que no podemos seguir creyendo que nos basta con saber que tenemos fe. La debemos llevar a la práctica y tenerla en cuenta para nuestro comportamiento y para nuestra relación con el prójimo. Y orar. También debemos mantener un estado de oración a punto porque nunca sabemos cuándo seremos llamados.

Dios ha de querer, el sentido común eso nos lo dice, que sus hijos han de llevar una vida acorde con Su voluntad. Así, quien es fiel a lo largo de su vida a Quien lo creó podrá presentarse ante Él con una buena hoja de servicios. No le habrá, pues, bastado la fe sino, en todo caso, hacerla efectiva. Debemos, pues, estar preparados. 


JESÚS, aquellos que nos consideramos hermanos tuyos e hijos de Dios debemos tener muy en cuenta que la fe se vive y se hace real en nosotros y con relación al prójimo. Por eso no es de entender que eso no lo tengamos en cuenta.




Eleuterio Fernández Guzmán


29 de agosto de 2012

El Precursor





El martirio de san Juan Bautista

Mc 6, 17-29

“En aquel tiempo, Herodes había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: ‘No te está permitido tener la mujer de tu hermano’. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: ‘Pídeme lo que quieras y te lo daré’. Y le juró: ‘Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino’. Salió la muchacha y preguntó a su madre: ‘¿Qué voy a pedir?’ Y ella le dijo: ‘La cabeza de Juan el Bautista’. Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: ‘Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista’.El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.”

COMENTARIO

Juan el Bautista, primo de Jesús, era profeta. Como tal sabía que, a lo largo de la historia del pueblo judío, muchos de los que habían llevado a cabo la misma labor que él habían muerto a manos de sus hermanos de fe porque no decían lo que el pueblo, al parecer, quería escuchar.

La vida de Juan estaba sentenciada desde que dijo la verdad y la misma no era del gusto de quien tenía el poder o de sus aledaños personales. La verdad importa poco cuando afecta a quien, con su poder, puede tergiversarla. Y eso le pasó a Juan el Bautista.

La muerte del Precursor, de quien anunció al Cordero de Dios al mundo y quien le bautizó sirvió, sobre todo, para darnos cuenta de que ser fiel a Dios y a lo prometido al Creador no es imposible sino, aún a riesgo de perder la vida, puede ser llevado a cabo".


JESÚS, tu primo Juan te anunció y te bautizó. Hizo lo que tenía que hacer porque tal era la voluntad de Dios. Nosotros, sin embargo, en demasiadas ocasiones no somos nada fieles a nuestras promesas espirituales y las olvidamos con demasiada facilidad.




Eleuterio Fernández Guzmán


27 de agosto de 2012

Estar a lo que hay que estar




Lunes XXI del tiempo ordinario

Mt 23,13-22

“En aquel tiempo, Jesús dijo: ‘¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y, cuando llega a serlo, le hacéis hijo de condenación el doble que vosotros! ¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: ‘Si uno jura por el Santuario, eso no es nada; mas si jura por el oro del Santuario, queda obligado!’ ¡Insensatos y ciegos! ¿Qué es más importante, el oro, o el Santuario que hace sagrado el oro? Y también: ‘Si uno jura por el altar, eso no es nada; mas si jura por la ofrenda que está sobre él, queda obligado’. ¡Ciegos! ¿Qué es más importante, la ofrenda, o el altar que hace sagrada la ofrenda? Quien jura, pues, por el altar, jura por él y por todo lo que está sobre él. Quien jura por el Santuario, jura por él y por Aquel que lo habita. Y quien jura por el cielo, jura por el trono de Dios y por Aquel que está sentado en él’”.


COMENTARIO

En no pocas ocasiones solemos tomar las cosas de Dios por realidades que, en efecto, no nos hacen efecto alguno en el corazón. Confundimos la voluntad de Dios con aquello que nos conviene porque, precisamente, nos conviene.

Por si acaso no tenemos en cuenta lo que es conveniente para nuestra vida, Jesús nos dice que las cosas materiales no tienen importancia alguna sino que tenemos que tener en cuenta aquello que de espiritual hay en nuestra vida.

Lo que es sagrado debería tener para los hijos de Dios un valor que no deberíamos olvidar. Sacralizar aquello que, sin embargo, no lo es dándole una importancia que no la tiene, es perjudicar nuestra vida espiritual.


JESÚS,  aquello que es importante lo tenemos como de poco valor y aquello que deberíamos tener como algo de lo que podemos prescindir lo convertimos en esencial para nuestra vida.



Eleuterio Fernández Guzmán


26 de agosto de 2012

La dulce dureza de la Verdad



 

Domingo XXI (B) del tiempo ordinario

Jn 6, 60-69

“En aquel tiempo, muchos de los que hasta entonces habían seguido a Jesús dijeron: ‘Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?’. Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: ‘¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros algunos que no creen». Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y decía: «Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre’.

Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él. Jesús dijo entonces a los Doce: ‘¿También vosotros queréis marcharos?’. Le respondió Simón Pedro: ‘Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios’”.



COMENTARIO

Muchas de las cosas que decía Jesús no eran muy recibidas por aquellos que le escuchaban. No todos o, mejor, no muchos querían estar de acuerdo con una forma tan dura, para ellos, de decir las cosas.

Decir, a personas mundanas, que la carne no tiene importante y que lo que se tiene que cultivar es el espíritu era ir demasiado lejos para aquellas personas. Aquí en este mundo no debemos acumular porque la polilla lo corroe todo... hasta el corazón mismo.

Pedro, sin duda inspirado por el Espíritu de Dios, dice la verdad de todas las verdades que no es otra que Jesús tiene palabras de vida eterna y que, por lo tanto, nada fuera de el Mesías valía la pena ni podía ser tenido en cuenta. Supo, ciertamente, qué responder a Cristo.

JESÚS,  no todos los que te escuchaban estaban de acuerdo contigo. No decías nada más que la Verdad y tal Verdad no le era grata al corazón de muchos. Y eso, francamente, es lo mismo que muchas veces nos pasa a nosotros mismos.



Eleuterio Fernández Guzmán