22 de marzo de 2012

Jesús da testimonio de Dios


Jueves IV de Cuaresma


Jn 5, 31-47

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: ‘Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que es válido el testimonio que da de mí. Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis. Él era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro, ni habita su palabra en vosotros, porque no creéis al que Él ha enviado.

‘Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida. La gloria no la recibo de los hombres. Pero yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Dios.

‘Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?’”.


COMENTARIO

Jesús sabe que aquellos que le escuchan tienen muchas dudas acerca de su divinidad y de la especial relación que le une con su Padre. Por eso les dice todo lo que necesitan saber para que le creen y, entonces, se conviertan.

Jesús lo dice con toda claridad: dice lo que dice para que nos salvemos. Por eso es tan importante estar atentos a sus palabras y, por eso mismo, presenta a Juan el Bautista que era un enviado de Dios pero muchos no lo recibieron y, es más, lo mataron. Pero Jesús es mucho más que el último profeta del Antiguo Testamento y lo dice para que se sepa y se actúe en consecuencia.

En realidad, Jesús sabe que muchos de los que le escuchan no creen, siquiera, en lo que dicen que creen. Por eso les pone sobre la mesa el caso de Moisés a quien, precisamente, no siguen en lo que decía que había que hacer. Además, parece que buscan la gloria del mundo y no la de Dios y por eso mismo lo rechazan a Él.



JESÚS,  enviado de Dios para salvar al mundo de su miseria espiritual y moral, no eres escuchado por casi nadie. Sin embargo dices lo que es necesario escuchar a pesar de los pesares. Cumples con la misión que te encomendó tu Padre y eso, a veces, parece no ser recomendable para nosotros.




Eleuterio Fernández Guzmán

21 de marzo de 2012

Creer para salvarse



Miércoles IV de Cuaresma


Jn 5, 17-30

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ‘Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo’ Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios.

Jesús, pues, tomando la palabra, les decía: ‘En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace Él, eso también lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que Él hace. Y le mostrará obras aún mayores que estas, para que os asombréis. Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo ha enviado. En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida.

‘En verdad, en verdad os digo: llega la hora (ya estamos en ella), en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre. No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio. Y no puedo hacer nada por mi cuenta: juzgo según lo que oigo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado’.


COMENTARIO

Jesús sabía que tenía que cumplir una misión que le había encomendado Dios. Sabía, por lo tanto, que tendría muchos obstáculos para llevarla a cabo. Sin embargo eso no le hace plantearse hacer otra cosa distinta a la que hace.

Avisar sobre lo que nos conviene es labor, también, de Jesús. Quien crea en Él y, por lo tanto, en el que le ha enviado (Dios mismo) tiene la salvación asegurada. Es así de sencillo de decir aunque no lo sea, a veces, de entender.

Si Jesús dice que ni el mismo hace otra cosa distinta que cumplir la voluntad de Dios no podemos, nosotros, hacer cosa distinta que no sea hacer lo propio. Escuchar a Cristo y cree en lo que dice debería ser todo uno.


JESÚS, sabes lo que nos conviene. Por eso no te cansas de decir lo que debemos escuchar para que nos salvemos. No es, por lo tanto, nada que no entendamos porque muchas veces lo has dicho. Sin embargo, no siempre tenemos el oído atento.




Eleuterio Fernández Guzmán


20 de marzo de 2012

Misericordia


Martes IV de Cuaresma

Jn 5,1-3.5-16

“Era el día de fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: ‘¿Quieres curarte?’. Le respondió el enfermo: ‘Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo’. Jesús le dice: ‘Levántate, toma tu camilla y anda’. Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.

Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado: ‘Es sábado y no te está permitido llevar la camilla’. Él le respondió: ‘El que me ha curado me ha dicho: ‘Toma tu camilla y anda’’. Ellos le preguntaron: ‘¿Quién es el hombre que te ha dicho: ‘Tómala y anda?’’. Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: ‘Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor’. El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

COMENTARIO

Seguir las normas a rajatabla cuando las mismas están equivocadas puede suponer una actuación equivocada. De hecho lo es porque Jesucristo sabía que tal forma de proceder no estaba de acuerdo con la voluntad de Dios.

El Maestro hacía vale la Misericordia como primer instrumento espiritual que se debería poner en práctica. Cuando aquel hombre le dice qué es lo que le pasa y cómo nadie le ayudaba a curarse no puede evitar, ni quiere, curarlo. Y eso le trae problema porque era, precisamente, sábado, y según la ley aquel curado no podía llevar la camilla porque suponía hacer un cierto trabajo.

La ceguera de aquellos que inquieren por el nombre de quién ha curado al paralítico se muestra en el hecho de que no les importa que se haya curado (como si eso fuera tan normal) sino que se limitan a hacer cumplir una ley en la que poco tiene que ver la misericordia.


JESÚS, sabes a la perfección cuál es la voluntad de Dios y, por eso, la llevas a efecto en cuanto puedes. Si no está hecho el hombre para el sábado sino el sábado para el hombre, curas porque deber curas y amas porque sabes amar en todo momento. Nosotros, sin embargo, tratamos de evitar, en cuanto podemos, lo que eso supone.



Eleuterio Fernández Guzmán

19 de marzo de 2012

San José, el fiel




 San José, esposo de la Virgen María

Mt 1,16.18-21.24ª

“Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.

Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados’. Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado.

COMENTARIO

José estaba en el Plan de Dios destinado a ser padre adoptivo de Su Hijo. Por eso cualquiera obstáculo que se pusiera en el camino de serlo tenía que ser vencido para que la voluntad de Dios se cumpliera.

Todo se hizo por obra del Espíritu Santo. A través de la tercera persona de la Santísima Trinidad el Ángel del Señor dio el mensaje a José que, justamente preocupado por lo que le había dicho María, la iba a repudiar en secreto para que no fuera lapidada por haberse quedado embarazada sin haber estado con él.

José era fiel a Dios hasta las últimas consecuencias porque cuando se despertó y comprendió lo que le había dicho el Ángel no dudó ni por un momento en ir a casa de María y llevarse a la mujer con la que se había desposado hace tiempo. Así se cumplió la voluntad de Dios.


JESÚS,  la voluntad de su Padre tenía que se cumplida y, por eso, Su Ángel tuvo que comunicar a tu padre adoptivo lo que tenía que hacer. Y, a pesar de las circunstancias por las que pasaba, aceptó todo lo que le dijo. Fue fiel, el más fiel.



Eleuterio Fernández Guzmán


18 de marzo de 2012

San José: sobre la fidelidad a Dios







José, esposo de María y padre adoptivo de Jesús, entronca con el Antiguo Testamento por vía directa con el Rey David que fue, entre otras cosas, autor de los Salmos que tantas veces hemos leído, meditado y pensado. Quiso Dios darle un antepasado que bendijera con gloria la historia del pueblo elegido. Prueba de esto es que el Ángel del Señor la llama “hijo de David”. Se entiende que es hijo por linaje. Muchas generaciones después de que el pastor elegido por Dios para guiar a aquellas gentes, a veces tan infieles, viviera, nacería José, hijo, pues, de aquel Rey.

Las referencias remotas a José que recogen los textos de la Antigua Alianza, tanto el texto del libro de la Sabiduría como el Salmo 88, lo son en el sentido de darle continuidad en el tiempo a lo que sería lo precedente al nacimiento del Mesías, cumpliéndose, así, la voluntad de Dios. Es cierto que se puede opinar que hacemos esas afirmaciones al haber conocido la vida de José, lo que hizo y que así configuramos la historia a nuestro gusto. Sin embargo, también sabemos que las Sagradas Escrituras fueron inspiradas por Dios y que, por eso, no es que hagamos lo que nos conviene, es que nos conviene lo que hacemos.

José, ante la situación que se le presentaba (el embarazo de María sin comprender cómo) podía actuar de dos formas: hacer como si nada hubiera sucedido y tomar por esposa a María o denunciarla públicamente para que se le aplicara la Ley. Esto último hubiera conllevado, con toda seguridad, la lapidación de María pues esa era la pena aplicable a la mujer adúltera (en caso de que lo hubiera sido, que sabemos que no, claro) ya que, aunque no habían contraído matrimonio aún sí que habían llevado a cabo los desposorios, momento a partir del cual se establecía un vínculo muy especial entre los que iban a ser marido y mujer y, seguramente, esa sería la calificación para ella de haber conocido su estado. Tan especial era que, a efectos legales, era como si ya estuvieran casados; al menos, a efectos de incumplimiento de normas.

Descartada la última posibilidad, pues José amaba y quería a María, optó por el repudio “secreto” . Esto es como si alguien, interiormente, hiciera lo mismo que en público, con los mismos efectos reales pero sin las consecuencias de la otra opción. Claro que para María ese repudio hubiera supuesto la vida misma que habría conservado pero, también, la pérdida del que iba a ser su marido.

Pero, claro, José quizá no contaba con Quien ve en lo secreto: Dios.

Es evidente que el Creador no estaba dispuesto a que sus planes se torcieran porque José no entendiese lo que había pasado. Por eso le envía a su Ángel, para que le comunique a José cómo tenía que actuar. Ante esto, José podía hacer, también, dos cosas: hacerle caso al Ángel o seguir con su idea. Sin embargo, aquí José no duda: acepta lo comunicado por el enviado de Dios, tal sería la impresión de certeza que le debió producir el sueño.

Cuando José hace lo que hace muestra, a tantos años de distancia, una virtud capital para el cristiano. Este protocristiano, padre putativo de Jesús, se mantiene fiel a pesar de las dudas iniciales. Esa fidelidad a Dios lo convierte en un padre de la fe un tanto especial pues nos muestra cómo ha de ser la confianza que se ha de tener en Dios: total. Ese era el confiar sin atender a más razones que podrían darle familiares o conocidos en caso de haber dado a conocer lo sucedido antes de la aparición del Ángel. Esa, por lo tanto, entrega a Dios es, por eso mismo, un servicio prestado a María y, también, y sobre todo, un servicio a Jesús, hijo de Dios, que fue entregado a la guarda y custodia del carpintero del que hoy celebramos día. Tal sería la entrega de José a este especial trabajo que, como sabemos, cuando encontraron a Jesús en el Templo después de buscarlo durante tres días, no fue aquel el que le regañó, pues eso fue la intervención de María, sino su propia Madre. José se sentía concernido por aquel papel que le había tocado hacer pero sabía, eso sí lo sabía, que la fidelidad prometida no iba más allá de lo que debía ir. Hasta en esto fue fiel: supo guardar su papel.

Por otra parte, ¡qué buena esta opción de Dios por un carpintero! que de la nada, de una madera informe saca algo útil, como hace Jesús con los que somos, incluido, el primero, el que esto escribe, pecadores que, sin ser nada, podemos llegar a ser algo espiritual, un algo en la inmensidad del amor de Dios. ¡Cuánto debemos a la sabiduría del Creador sin comprender casi nada o tratando de alcanzar una brizna de la estela de su luz!

Es José, por eso, ejemplo a seguir, pero no por lo que hizo sino por las razones por las que lo hizo. Ese amor incondicional a Dios debería ser imitado por nosotros, aunque no sepamos, exactamente, como le pasó a él, la razón última del Dios y Señor nuestro.

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Acción Digital

Salvarse aceptando a Dios




Domingo IV (B) de Cuaresma


Jn 3, 14-21

“En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: ‘Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.

‘Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios”.


COMENTARIO

Muy dice el evangelista Juan una gran verdad como es que Dios dio su Hijo al mundo. Su hijo Único en el sentido de engendrado y no creado como lo somos nosotros. El sacrificio del Creador de entregar a su único Hijo lo hubiera comprendido a la perfección, de haberlo visto, el padre Abrahám al que se pidió que hiciera lo mismo con su único hijo.

Jesús dice algo que es tan importante que nadie en el mundo debería desconocerlo. Nos va la vida eterna en ello. Y es que cree en Cristo no es juzgado porque ha aceptado al Padre y a su voluntad. Sin embargo, el que no cree tiene su sentencia ya dictada porque no ha creído en el Enviado de Dios.

Aceptar, por lo tanto, la Luz que ofrece Cristo no es algo de lo que nadie pueda olvidarse. Con ella iluminamos nuestro camino y con ella somos lo que somos: hijos de Dios conscientes de que lo son. Lo otro son las tinieblas y el rechinar de dientes de la soledad.


JESÚS,  mucho querías que tus hermanos en la fe aceptaran lo que le estabas diciendo. Era la salvación para sus almas pero, a pesar de todo, muchos no te aceptaron y muchos, ahora mismo, no te aceptan. Ignoran lo que les va a pasar y eso da verdadera pena.



Eleuterio Fernández Guzmán


17 de marzo de 2012

Reconocerse pecador ante Dios



Sábado III de Cuaresma

Lc 18,9-14

“En aquel tiempo, Jesús dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: ‘Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado".

COMENTARIO

Podemos creer, en determinadas ocasiones, que hacemos, con relación a Dios, las cosas en orden a su voluntad. Sin embargo, solemos equivocarnos porque bien nuestro egoísmo bien nuestra conveniencia guían el hacer.

Deberíamos preguntarnos qué tipo de personas somos.  Jesús nos muestra dos ejemplos que están bastante acordes con la realidad. Uno cree que todo lo hace bien y desprecia a los demás; el otro, se sabe pecador y así se lo dice a Dios. Se sabe humilde.

Dios tiene en cuenta, porque ve en lo secreto de nuestro corazón, lo que en realidad pensamos. Si nos creemos limpios de pecado descubre nuestras faltas y si nos sabemos pecadores, puede confirmar tal pensamiento y ser misericordioso con nosotros.


JESÚS, reconocerse pecador ante Dios  es un paso muy importante para entrar en la vida eterna con buen pie. Hacer, sin embargo, lo contrario y creerse libre de toda culpa casi nos garantiza un juicio muy severo por parte del Tribunal del Creador. Y a nosotros nos corresponde escoger entre una forma y otra de pensar y hacer.



Eleuterio Fernández Guzmán

16 de marzo de 2012

Amar a Dios y al prójimo



Viernes III de Cuaresma

Mc 12,28b-34


“En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: ‘¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?’. Jesús le contestó: ‘El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos’.

Le dijo el escriba: ‘Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: ‘No estás lejos del Reino de Dios’. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.”

COMENTARIO

Jesús sorprende a todos. No sólo les refiere cuál es el primero de los mandamientos sino, por estar totalmente ligado a él, también se segundo: Dios y prójimo, esos son los ejes por donde ha de ir el corazón del hombre como hijo de Dios.

Por lo tanto, el amor al prójimo, al próximo (véase, por ejemplo, la propia familia) es la otra forma de manifestar amor por Dios. De otra forma se perdería una parte muy importante de esa relación que tenemos con el Padre.

Cumplir con la voluntad de Dios a este nivel supone manifestar un acuerdo con el Creador y dar a entender que amamos a Quien nos creó y, también, a los que nos dio como hermanos e hijos suyos. Y así lo reconocen aquellos que dicen seguir a Cristo.


JESÚS, aquello que es importante para el creyente bien que lo sabes. Amar a Dios y al prójimo. No son muchas cosas pero, en realidad, son las que más cuesta, en determinadas circunstancias, llevar a cabo.






Eleuterio Fernández Guzmán


15 de marzo de 2012

Siempre con Cristo


Jueves III de Cuaresma


Lc 11, 14-23

“En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: ‘Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios’. Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: ‘Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?, porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama’”.


COMENTARIO

Para aquellas personas que tengan por inexistente al diablo Jesús les demuestra que demonios, lo que se dice demonios que posean a seres humanos siempre ha habido. Tuvo que venir el Hijo de Dios para dominarlos y enviarlos lejos.

Muchos de los que ven lo que hace Jesús le echan en cara, precisamente, que lo haga porque creen que su poder reside en ser una especie de enviado no de Dios sino del Mal. Sin embargo, pronto rebate Jesús tal argumento demostrando que Él es, precisamente, Quien tenía que venir.

Hay que estar con Cristo o en contra de Cristo. No hay término medio porque aquí no vale situarse en medio, en la nada sino que, al contrario, hay que ajustar el paso al de Cristo por el mundo. Desparramar por no recoger con nuestro hermano Jesús es mala cosa espiritualmente hablando y algo que no deberíamos permitirnos.



JESÚS,  estar a tu lado y comprender que lo que haces es propio de Dios nos acerca al Padre tanto que hacer otra cosa no debería, siquiera, pasársenos por la mente ni por el corazón. Sin embargo, ¡cuántas veces no te seguimos!



Eleuterio Fernández Guzmán


!

14 de marzo de 2012

Catolicismo y debate público








Cuando se dice, y difunde con razón, la expresión según la cual dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios fue un acierto del Hijo de Dios cuando le tendieron aquella trampa para ver si decía que no había que pagar impuestos, en determinadas ocasiones se pretende que, en efecto, el cristiano (aquí católico) se abstenga de participar en el debate público.

Claro está que tal interpretación de lo dicho por Jesucristo es una burda manipulación de la realidad.

Cuando se llevó a cabo la visita ad Limina de los obispos de Inglaterra y Gales en marzo de hace dos años (2010), Benedicto XVI dijo que “La fidelidad al Evangelio no restringe la libertad de los demás – por el contrario, sirve a su libertad, ofreciéndoles la verdad”. 

Por tanto, a la hora de intervenir, o no, en el debate público, el católico ha de tener en cuenta que las Sagradas Escrituras no han de suponer un obstáculo para que se produzca aquella sino, en todo caso, un aliciente para que sí se produzca.

Pero años antes, el 30 de marzo de 2006, el Santo Padre intervino como invitado en el congreso del Partido Popular Europeo. Allí dijo algo que no se debería olvidar y que debería servir de guía para el comportamiento del católico en la vida pública:

“Cuando las iglesias o comunidades eclesiásticas intervienen en el debate público, expresando reservas o recordando una serie de principios, no cometen una interferencia o un acto de intolerancia, ya que tales intervenciones apuntan solamente a iluminar las conciencias para que las personas puedan actuar libremente y con responsabilidad, según las exigencias verdaderas de la justicia, incluso cuando esto contrasta con situaciones de poder o de interés personal".

En primer lugar, no supone interferencia la intervención de aquellas personas que, dentro de la Iglesia católica puede hacer uso de la legitimidad que ostentan para que su voz se oiga en la plaza pública.

En segundo lugar, la citada intervención no se hace por mor de querer inmiscuirse en lo público sino, muy al contrario, para hacer ver el punto de vista de la doctrina eclesial y, así, poder transmitir lo que le corresponde como Iglesia.

En cuarto lugar, se busca el ejercicio de la libertar personal iluminado por la doctrina de la Iglesia católica.

En quinto lugar y, sobre todo, importa poco o debe importar poco que lo que se tenga que decir contraste mucho con la, digamos, opinión dominante. Tanto el poder que ostenten personas o instituciones como los egoísmos personales no pueden ser obstáculo para que en el debate público intervenga la Iglesia católica.

Por todo lo dicho arriba no es de extrañar que en la visita ad Limina citada arriba, dijera Benedicto XVI a los obispos allí presentes que tenían que alentar “A los fieles laicos a expresar su aprecio por los sacerdotes que les sirven, y reconoced las dificultades que a veces enfrentan a causa de su disminución y del aumento de las presiones”. 

Y esto lo dijo porque es conocida la presión que se sufría, en Inglaterra, por parte del Ejecutivo de aquella nación que tenía un interés especial en limitar la libertad de la Iglesia católica por ejemplo, para nombrar sacerdotes y trata, sobre todo, de que las leyes laicistas más duras se tengan que aplicar, a la fuerza, en aquella nación.

Y, para esto, la intervención de la Iglesia católica en el debate público ha de ser firme y, sin duda, provechosa para el bien común pues tanto allí como en nuestra tierra existen muchos temas ante lo que no se puede guardar silencio ni conviene guardarlo.

A pesar de todo lo dicho hasta aquí y que apunta a la necesidad de intervención directa de la Iglesia católica (pastores y fieles) en el debate público, aún puede haber quien se pregunte por qué esto ha de ser así.

Alguna razón puede ser, por ejemplo que el laicismo está buscando una sociedad en la que Dios no aparezca. Tal ha de ser una razón más que suficiente como para que, siguiendo a san Pedro, demos razón de nuestra esperanza.

Y es así porque el laicismo trata, más que nada, de acallar la voz católica porque no le interesa, para nada, la doctrina de Cristo. Que quien la defienda y transmita diga lo que piensa no puede ser del gusto de tal modo de pensar.

Pero, sobre todo, la razón primordial en la que se debe basar el católico para intervenir en el debate público, es que no se puede haber una diferenciación entre lo que dice que es, católico, y el comportamiento que tiene en la vida pública.

La unidad de vida, aquí, especialmente aquí, no debería ser olvidada nunca a pesar de los tiempos que corren de despiste y desvarío espiritual.

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Acción Digital

Cumplir con la Ley de Dios


Miércoles III de Cuaresma


Mt 5,17-19

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos’”.


COMENTARIO

A lo mejor alguno, o muchos, de los contemporáneos de Jesús, creían que el Mesías sería uno que lo fuera de carácter violento y que viniera a terminar con el pueblo opresor, el romano, del elegido por Dios.

Jesús sabía, sin embargo, que la misión que tenía encomendada iba mucho más allá por estar más acá o, lo que es lo mismo, que había venido para darle cumplimiento a la voluntad de Dios y hacer cumplir su Ley que, según le parecía, no era el comportamiento más común de los suyos.

Hasta lo más pequeño de la Ley de Dios es importante porque supone la manifestación de su voluntad y en la misma nada es de poca importancia. Por eso no gustaba a Jesús que se incumpliera nada de la misma y, menos aún, que se transmitiera a los demás que eso era posible hacerlo.




JESÚS, cumplir la voluntad de Dios y llevar a cumplimiento su Ley era y es lo más importante y lo que debe hacer todo hijo de Dios. Sin embargo, muchas veces no hacemos lo que nos corresponde hacer y tomamos a la Ley de Dios por algo manejable a nuestro antojo.




Eleuterio Fernández Guzmán


13 de marzo de 2012

Perdonar siempre




Martes III de Cuaresma

Mt 18, 21-35

“En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: ‘Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?’. Dícele Jesús: ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

‘Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

‘Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano’.



COMENTARIO

Perdonar, saber y pedir el perdón, es una tarea de no poca dificultad para quien no sabe hacer tal cosa. Supone un esfuerzo grande poder vencer la tendencia que tenemos a salirnos con la nuestra y a no reconocer lo que podemos haber hecho.

A Jesús le preguntan cuántas veces hay que perdonar. La respuesta es clara y contundente: siempre. Perdonar 70 veces siete no es poco sino que, al contrario, supone tener un corazón grande hecho a la medida de lo que quiere Dios que tengamos.

No perdonar aprovechándose de las dificultades que esté pasando el prójimo es actuar de una forma no querida por Dios porque el Creador quiere que seamos misericordiosos como Él lo es o como quiere Cristo que lo seamos.


JESÚS,  perdonar, como Tú quieres que perdonemos, es demostración de tener un corazón grande. Es una pena que tantas veces demostramos tenerlo tan pequeño.



Eleuterio Fernández Guzmán

12 de marzo de 2012

Ningún profeta es bien visto en su tierra




Lunes III de Cuaresma

Lc 4, 24-30

“En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente reunida en la sinagoga de Nazaret: ‘En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio’.

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.

COMENTARIO

Jesús decía la verdad siempre. Y era posible que la verdad no gustara a los que la escuchaban. Eso mismo sucedió aquel día que dijo aquello de que un profeta nunca es bien visto en su tierra porque dice lo que no se quiere oír.

Era el colmo que, además, pusiera ejemplos de personas no pertenecientes al pueblo judío sino a unos que consideraban gentiles y paganos. Sin embargo, la Misericordia de Dios es algo más que infinita y puede hacer eso y mucho más.

No es de extrañar, según el modo de pensar de aquellos contemporáneos suyos, muy dados a matar profetas cuando no decían lo que querían escuchar, quisieran hacer lo mismo con el Hijo de Dios. No lo consiguieron porque aquel no era el momento.

JESÚS, no querían escuchar que, tristemente, en la tierra del profeta no era bien visto porque tenía la costumbre de decir lo que casi nadie quería escuchar. Contigo quieren hacer lo mismo pero no dejas que eso pase porque tu vida tenía que ser entregada de otra forma.



Eleuterio Fernández Guzmán

11 de marzo de 2012

En Cuaresma







Hace pocas semanas comenzó el tiempo de Cuaresma. Como tal espacio de días y semanas supone, su final, el acercamiento al momento, quizá, más importante para la vida de un cristiano porque la culminación de la Semana de Pasión de Jesucristo con su Resurrección es, más que nada y por decirlo pronto, el mismo origen de nuestra fe, nada mejor que tratar de reconocer, una vez más, el paso de Dios por nuestra vida ahora mismo.
Por eso, en este tiempo en el que ya nos encontramos, nos sale al encuentro Dios Padre de un modo muy especial y sus huellas, que siempre son y están con nosotros, se nos hacen, digamos, más accesibles al corazón.

Dios en el mundo

Ahora, cuando conmemoramos o, mejor, cuando con anticipación de penitencia recordamos lo que serán los últimos momentos de la vida de nuestro hermano Jesús, podemos sentir que Dios nos acompaña de una forma especial: está abarcando el mundo que creó con sus manos amorosas y, por eso mismo, no lo abandona. Con su eterna fidelidad ha creído importante y necesario perdonarnos los pecados.

Dios en el sufrimiento

Pero el Padre, que creó a su semejanza para entregarle el mundo y que se enseñoreara de él, no puede, por menos, que intentar hacer menos duro nuestro sufrimiento.

Así, con el Amor de Quien ama y con el sentimiento de una Madre que nunca abandona a la desazón a su descendencia, no ceja en consolar nuestro corazón con los gemidos insondables de su Espíritu.

Dios en la esperanza

Porque Dios es, sobre todo, esperanza. Con tal sentimiento, que nos proporciona la seguridad de que todo lo malo ha de pasar y que, cuando sea conveniente para nosotros, paceremos en las praderas del definitivo Reino de Dios, resulta llevadera nuestra peregrinación por este valle de lágrimas.
Esperanza divina que tiene sílabas que determinan nuestro mismo ser: Yahvé, Dios.

Dios en la fe que nos transmite Cristo

Y ahora, en este tiempo que transcurre pausado entre la prisa del siglo, el creer sin haber visto que determinó Cristo al ofrecer a Tomás, el incrédulo, su costado y las demás heridas de Su Pasión, es la fe que nos permite sentirnos libres para optar por el Reino de Dios, por todo aquello que el Maestro nos dijo y quedó impreso en los corazones de sus contemporáneos.

Y tal es Dios en la fe que nos transmite Cristo.

Así podemos certificar nuestra filiación divina: demostrando que amamos las sílabas que constituyen la Palabra de Dios; llevando al hoy de nuestra vida el contenido divino de Su mensaje; siendo muestra de haber conocido, como diría San Josemaría, la vida de Jesucristo (cf. Camino, 2) y siendo, por último, testigos válidos del paso de Dios por el mundo encarnado en un hombre con corazón, sangre y lengua para perdonar.

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Acción Digital

Frutos de una avanzada Cuaresma





¿Morimos a nosotros mismos para dar fruto?

Responder a esta pregunta nos puede poner sobre la pista de si, en realidad, estamos llevando el tiempo de Cuaresma por el camino correcto y adecuado.  

Conforme avanza el tiempo de Cuaresma se espera de nosotros que nos afecte en lo bueno que es, en este caso, causa de conversión del corazón. No es este tiempo uno que lo sea de tal manera ajeno a nosotros que pasemos por él de forma rutinaria o que, por costumbre, hayamos olvidado lo que significa. Ni lo es ni debería serlo.

En resumidas cuentas: se espera que produzca frutos en nosotros.

Valga aquí un símil que nos puede venir muy bien y que nos puede servir para darnos cuenta de si estamos haciendo según nos corresponde como hijos de Dios y hermanos de quien, dentro de pocas semanas, se entregará a una muerte, y muerte de cruz, por todos para que, al menos, se salven los que en Él crean.

Imaginemos, por ejemplo, que somos como un árbol que está en periodo de producción de frutos. El mismo necesita una serie de cuidados sin los cuales no se obtendrá nada de él sino que devendrá seco y sin fundamento existencial y al que se podría aplicar aquello que dijera en una ocasión Jesucristo acerca de una higuera que no producía su fruto.

Pues bien, el árbol-nosotros tiene que estar sobre una tierra buena sobre la que pueda crecer y desarrollarse y, al fin y al cabo, dar los esperados frutos. Para nosotros, la tierra buena es la Sagrada Escritura sobre la que debemos crecer y en la que debemos alimentarnos a través de nuestras raíces del corazón.

Pero también para que el árbol-nosotros pueda cumplir la misión para la que fue hecho necesita un riego de agua que le facilite la realización de las funciones que tiene asignadas. Para nosotros bien pueden ser las virtudes cristianas que nos impelen a ser como debemos ser y no nos permiten, de dejarles hacer, olvidar lo que somos y lo que queremos ser: hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.

Pero con esto no basta. Una vez arraigados en la buena tierra de la Sagrada Escritura y alimentados, hablando de líquido, con las virtudes cristianas, es necesario que quien corresponda quite las malas hierbas que pueden estar limitando nuestro crecimiento espiritual y quien pode las ramas que puedan ir pudriéndose. Para eso bien nos puede venir a pedir de boca espiritual la labor de un sacerdote o religioso que, a modo de director espiritual, colabore con nosotros en nuestro crecimiento como católicos y colabore en extirpar lo que, en realidad, impide que crezcamos desde dentro de nosotros mismos y hacia el prójimo.

Pero el árbol-nosotros puede estar sometido a tormentas y a tempestades que pueden hacerlo quebrar y, con el tiempo, secarse hasta morir. Para eso es imprescindible que tenga unos buenos apuntalamientos que permitan que tales obstáculos no terminen con la vida espiritual de nuestro corazón. Para eso necesitamos llevar a cabo una oración continua en presencia de Dios y poniendo como mediador a Nuestro Señor Jesucristo. Sólo así podremos evitar, además, que las alimañas del Mal aniden en nuestras ramas, que es nuestra vida, y horaden nuestra voluntad hasta carcomerla de mundo y de concupiscencias.

Además de todo lo hasta aquí dicho, no podemos olvidar que el cuidado de nuestro árbol-nosotros ha de ser continuo. No podemos descuidar ni por un momento la vida que lleva dentro porque, de hacerlo así, seguramente acabará perdiendo el vigor que Dios le dio cuando lo creó y que quiere siga manteniendo para no perder la relación con su creador.

En realidad somos como este tipo de creación creada por el Creador cuando quiso que así fuera tenida por tal. Por eso mismo es tan útil comprender que, al igual que el árbol que mira hacia arriba y, verticalmente, tiende sus ramas hacia Dios esperando el agua que le da la vida, nosotros también no debemos dejar de mirar hacia el Padre en este especial tiempo de Cuaresma. Se nos pide, por eso mismo, conversión que es lo mismo que decir que se espera de nosotros que, atendiendo a la voluntad de Dios, desviemos hacia el mundo lo que el mundo quiere de nosotros con su mundanidad y que traigamos, a marchas forzadas, una perentoria necesidad de vida: Dios Padre Nuestro, Omnipotente Creador que quiere de nosotros que, cual árboles que arraigan en su Palabra miren hacia donde viene el Camino, la Verdad y la Vida.

Y, si es posible, nos quedemos ahí para siempre, sin huir y dando frutos, muriendo a nuestros gustos carnales.

Amén.

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Análisis Digital

Celo por Dios






Domingo III (B) de Cuaresma


Jn 2, 13-25

“Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: ‘Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado’. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: ‘Qué señal nos muestras para obrar así?’. Jesús les respondió: ‘Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré’. Los judíos le contestaron: ‘Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?’. Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

Mientras estuvo en Jerusalén, por la fiesta de la Pascua, creyeron muchos en su nombre al ver las señales que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues Él conocía lo que hay en el hombre.”

COMENTARIO

Jesús habría acudido muchas otras veces al Templo de Jerusalén a orar e, incluso, a leer los textos sagrados. Muchas veces habría visto a los cambistas y los vendedores de animales haciendo su trabajo. ¿Qué le hace, ahora, actuar de tal forma?

Jesús, en el máximo del amor por el Padre, no pudo soportar por más tiempo lo que habían hecho con la Casa de Dios donde se adoraba al Dios Único y Todopoderoso. No tuvo más remedio que hacer lo posible para que todos comprendiesen que aquella no era forma de actuar en el Templo.

Jesús sabía lo que la iba a pasar y que en tres días pasaría de la muerte a la vida eterna sin que hubiera nada ni nadie que pudiera impedirlo. Era Dios hecho hombre y, por eso mismo, anunciaba que Él iba a ser el nuevo Templo donde Dios habitaría para siempre.


JESÚS,  no querías que profanaran la Casa de Dios porque la sabías templo de adoración a tu Padre. Por eso hiciste lo que hiciste no sin que eso extrañara a los que te acompañaban. Pero, en efecto, el celo de la Casa de Dios pudo con tu natural saber estar y no pudiste, ni debías, hacer otra cosa distinta a la que hiciste. Ya nos gustaría a nosotros tener, siquiera, algo de tu celo.



Eleuterio Fernández Guzmán