30 de abril de 2011

Enviados

Mc 16,9-15

Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María
Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con Él, que estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron. Después de esto, se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea. Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a éstos. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: ‘Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación’.



COMENTARIO


María Magdalena fue enviada, digamos, por Cristo a anunciar la resurrección. Fue ella la que, con amor, iba a visitar a su Maestro en el sepulcro y fue a ella a quien se le hizo presente Aquel que, en principio, no reconoció. Apóstol de la resurrección fue.

Los discípulos no creyeron lo que dijo la de Magdala porque, para ellos, la mujer era poca cosa. No habían sido capaces de comprender que el amor ha de superar ciertas calificaciones sociales y que, por encima de lo que se piense sobre el prójimo, ha de darse la comprensión y el entendimiento.


Jesús les dice que tienen el corazón duro, aún de piedra pero los envía, al mundo conocido, a decir que el reino de Dios había venido en la persona del Hijo de Dios y que la Buena Noticia debía ser conocida por toda persona.




JESÚS, sabías que los tuyos eran, aún, duros de corazón y que no habían entendido gran cosa de lo que tanto trataste de que entendieran. Sin embargo, tú perdonas aquella actitud y haces que sean enviados tuyos, por el mundo, para comunicar que Cristo había resucitado y que la salvación había sido ganada.


Eleuterio Fernández Guzmán

29 de abril de 2011

Pruebas de Dios

Jn 21,1-14

En aquel tiempo, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: ‘Voy a pescar’. Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo». Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.

Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: ‘Muchachos, ¿no tenéis pescado?’. Le contestaron: ‘No’. Él les dijo: ‘Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis’. La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: ‘Es el Señor’. Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.

Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: ‘Traed algunos de los peces que acabáis de pescar’. Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: ‘Venid y comed’. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres tú?’, sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Ésta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.



COMENTARIO


Otra vez se acerca Jesucristo a ver a sus discípulos. Otra vez come para que sepan que es Él y que no es ningún fantasma. Otra vez más Jesús quiere seguir instruyéndolos.


Algo hay, sin embargo, que destacar. Aquellos hombres que estaban pescando y que se habían quedado sin su Maestro confían en quien les dice que pesquen en determinada dirección. Es más, si Pedro en una ocasión no fue capaz de mantener la fe en el Señor cuando le dijo que fuera andando sobre las aguas, ahora no lo duda y salta de la barca para ir al encuentro de su Salvador.


Quien reconoció, el primero, a Jesús fue Juan, aquel que le tuvo fe y confianza para seguirlo, incluso, en el doloroso (y peligroso para ellos) momento de la cruz. Quien no quiso, en un principio, entrar en el sepulcro (seguramente para no ver que no estaba su Señor) lo reconoció en el acto. A quien mucho amó, mucho se le dio.



JESÚS, querías estar con tus discípulos, aquellos que dijeron que lo darían todo por ti y se echaron atrás pero que, tras tu resurrección, fueron valientes con corazón de león y sin miedo al mundo y a sus maldades. Pedro fue hacia ti y, así, nosotros, también tenemos que acudir a tu presencia, orar a través de ti al Padre y ser, contigo, hijos de un mismo y único Dios.



Eleuterio Fernández Guzmán

28 de abril de 2011

El principio de la eternidad

Lc 24,35-48


En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo habían conocido a Jesús en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: ‘La paz con vosotros’. Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: ‘¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo’. Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: ‘¿Tenéis aquí algo de comer?’. Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos.

Después les dijo: ‘Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’’. Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: ‘Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas’.




COMENTARIO


Cuando la resurrección de Jesucristo se produjo es seguro que muchos de sus discípulos no esperaban que se presentara delante de ellos. Sólo los más fieles (véase su Madre, Juan el de Zebedeo y algunas mujeres más) podían creer que algo iba a pasar.


Los de Emaús estaban junto al resto de discípulos cuando Jesús les dio su paz e hizo algunos gestos (tan necesarios para seres humanos sumamente humanos) para que comprendiesen, ahora sí, lo que había sucedido porque hasta entonces poco habían entendido.


“Abrió sus inteligencias”. Eso dice el texto de san Lucas. Y las abrió porque, en efecto, estaban cerradas a la comprensión de lo que había sucedido. Cierto era que sólo viendo, creyeron… no sólo como Tomás el incrédulo dijera. Los demás también eran bastante incrédulos.



JESÚS, tuviste que volver a demostrar Quien eras porque, según parecía, no acababan de aceptar que habías resucitado. Se cumplió todo lo que estaba escrito porque había sido inspirado por Dios conocedor de todo lo que tenía que suceder. Ellos fueron tus testigos y nosotros queremos, al menos, serlo.



Eleuterio Fernández Guzmán

27 de abril de 2011

Emaús

Lc 24,13-35


“Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.


Él les dijo: ‘¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?’. Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: ‘¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?’. Él les dijo: ‘¿Qué cosas?’. Ellos le dijeron: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron’. Él les dijo: ‘¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?’. Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras.



Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: ‘Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado’. Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.

Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: ‘¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?’. Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: ‘¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!’. Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.”



COMENTARIO


Emaús, y sus discípulos, es ejemplo de muchas cosas que, a veces, nos pasan a los que lo somos de Jesús. Ejemplo de olvido de lo que nos conviene y ejemplo, también, de volver a descubrir lo que nos interesa como creyentes.


Se habían olvidado, pronto, de Jesús. Decían que “fue” un gran profeta. Lo decían en pasado porque para ellos ya no era nadie. Pero no tuvieron en cuenta en Amor del Hijo de Dios que se les presenta para recordarles que tu fe no tenía que ser tan débil.

Y lo reconocen. No pueden evitar que su corazón les diga que aquella persona con la que hablaban era el Maestro que, en efecto, había resucitado. Y volvieron a Jerusalén a decir lo que les había pasado. Volvieron a creer; confiaron, de nuevo y ya para siempre, en Cristo.



JESÚS, tuviste que abrirles los ojos a los discípulos que se volvían a su casa en Emaús y a sus quehaceres cotidianos. No habían comprendido nada de lo que había pasado y se le habían cerrado los ojos para no reconocerte. Pero, al fin, supieron quién eres y no pudieron evitar decirlo a sus conocidos. Fueron, así, también, enviados tuyos.



Eleuterio Fernández Guzmán

26 de abril de 2011

Tener confianza

Jn 20,11-18

“En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: ‘Mujer, ¿por qué lloras?’. Ella les respondió: ‘Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: ‘Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?’. Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré’. Jesús le dice: ‘María’. Ella se vuelve y le dice en hebreo: ‘Rabbuní’, que quiere decir ‘Maestro’. Dícele Jesús: ‘No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’. Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.


COMENTARIO


A lo largo de la vida que conocemos de María Magdalena muchas veces mostró fe y confianza en el Señor. A quien mucho amó mucho se le perdonó, como en una ocasión dijo el mismo Jesucristo.

María acude al sepulcro. Hecha de menos al Maestro y va a visitarlo. Incluso después de muerto (ella ignora la resurrección acaecida) confía en quien tanto le había dado y, al menos, quiere volver a acordarse de Quien tanto amó.

Y María de Magdala esta triste. Pensaba que se habían llevado de allí a su Señor y eso suponía un dolor demasiado grande para soportarlo. No conoce, por eso, a Jesús que le habla. Pero aquella otra María supo, al fin, reconocer a Cristo y acudió, rauda, donde estaban los demás para comunicar la gozosa noticia.



JESÚS, le habías perdonado a María Magdalena muchos pecados. Ella lo sabía y en otras ocasiones te había dado muestras de agradecimiento. Por eso quiere volver a tenerte presente en su vida y va donde creía que aún estabas. Te vio resucitado y corrió a decirlo. No podía callar tan buena y gozosa noticia que es lo que cada uno de nosotros deberíamos hacer.



Eleuterio Fernández Guzmán

25 de abril de 2011

Testigos de Dios

Mt 28,8-15

"En aquel tiempo, las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: '¡Dios os guarde!'. Y ellas se acercaron a Él, y abrazándole sus pies, le adoraron. Entonces les dice Jesús: 'No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán'.


Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: 'Decid: ‘Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos’. Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones'. Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.



COMENTARIO


Los que se empeñan en negar a Cristo de la forma que sea no pueden tener presente que resucitó y que lo hizo por todos nosotros, hermanos suyos y, por eso, hijos de Dios.


Como hicieron aquellas mujeres que acudieron al sepulcro, buscamos a Cristo porque lo reconocemos Dios hecho hombre. Tal reconocimiento es propio de quien se sabe discípulo suyo y quiere tener presente a su Maestro.



Jesús nos quiere discípulos que transmiten su doctrina y la Palabra de Dios al mundo que tanto necesita de su Amor y su Misericordia. Por eso Cristo volvió de entre los muertos para estar siempre, siempre, siempre, con nosotros.




JESÚS, mientras muchos te niegan y no quieren reconocer tu divinidad y tu realidad espiritual, nosotros, los que nos consideramos hijos de Dios y hermanos tuyos, te buscamos como hicieron las mujeres que acudieron a tu sepulcro. Entonces nos encontramos con que estás vivo, presente entre nosotros, aquí, ya para siempre.



Eleuterio Fernández Guzmán

24 de abril de 2011

Resurrección

Jn 20,1-9

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».


Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.




COMENTARIO


María Magdalena fue al sepulcro a cuidar el cadáver de Jesús pero no estaba allí. Fue testigo de la resurrección y fue, también, enviada por Cristo a dar la Buena Nueva a los demás.



Pedro y Juan habían sido, sobre todo el segundo, testigos de la vida de Jesucristo y acudieron a la tumba. Se habían llevado al Maestro... y corrieron porque querían ver tan terrible suceso. Si no estaba Cristo también habrían perdido el propio cuerpo.


Pedro tenía el empuje de saber que había negado al Señor por tres veces. Juan, el discípulo amado tenía cierto miedo de entrar y no ver al Maestro donde, al parecer, tenía que estar. Pero no estaba porque había, ya, resucitado.




JESÚS, resucitaste de entre los muertos para darnos la vida eterna. ¡Cristo, vives! y por eso gozamos con tu vida y con tu volver al Padre. Entonces nos enviaste al Espíritu Santo que nos acompañará hasta que tú vuelvas. Jesús, hermano, Dios hecho hombre... ¡Has resucitado!


Eleuterio Fernández Guzmán

23 de abril de 2011

Sexto día de Pasión

En Sábado Santo no hay lecturas que meditar porque se espera el día de la Resurrección. La Vigilia Pascual ha de llenar nuestras vidas a sabiendas de lo que está por venir.

Esperar, y hacerlo con la fe suficiente como para saber que Cristo resucita y que está con nosotros hasta el fin de los tiempos... que esto lo prometió y nadie gana a Dios en fidelidad a lo dicho.

Esperar y, sabiendo que mañana María encontrará a Jesús y lo llamará ¡Maestro! y correrá a decirle a los reunidos que ha visto al Mesías y sabrán, todos, que lo que tantas veces les había dicho era cierto y que nunca los abandonará, gozar con estos momentos de mirar Al que viene.




JESUS, esperamos tu vuelta de los infiernos para estar con nosotros siempre, siempre, siempre. ¡Alabado sea Dios que cumple siempre lo que promete!




Eleuterio Fernández Guzmán

22 de abril de 2011

Quinto día de Pasión

Jn 18,1—19,42

“En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Díceles: «Yo soy». Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Respondió Jesús: «Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos». Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?».

Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Dice él: «No lo soy». Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho». Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al Sumo Sacerdote?». Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás. Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?». El lo negó diciendo: «No lo soy». Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: «¿No te vi yo en el huerto con Él?». Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo.

De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?». Ellos le respondieron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». Pilato replicó: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley». Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie». Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?». Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?». Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ése, no; a Barrabás!». Barrabás era un salteador.

Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a Él, le decían: «Salve, Rey de los judíos». Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él». Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre». Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Les dice Pilato: «Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él». Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios». Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Respondió Jesús: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado». Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César». Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro Rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!». Les dice Pilato: «¿A vuestro Rey voy a crucificar?». Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César». Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.

Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’». Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito». Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica». Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.


Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed». Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No se le quebrará hueso alguno». Y también otra Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.


COMENTARIO


Jesús había culminado la labor para la que le había enviado Dios, Padre suyo y Padre nuestro. Tras la Última, el Huerto de los Olivos era el punto exacto de la vida de Cristo en el que se tiene que decidir por cumplir la voluntad de Dios o actuar de otra forma.


Jesús escogió lo que era mejor para su alma pero, sobre todo, lo que era querido por Su Padre: perdonar a los que le estaban causando daño físico y espiritual.


Jesús entrega a María a Juan para que sea Madre de la humanidad para siempre. Aquel “Ahí tienes a tu Madre” fue la respuesta de Dios a un ser humano que se encontraba perdido.




JESÚS, mueres por nosotros y lo haces, además, perdonando a los que te matan. Es algo que no deberíamos olvidar nunca porque es la mejor manera de hacer ver cuál es la voluntad de Tu Padre. Que nunca olvidemos tal sacrificio.





Eleuterio Fernández Guzmán

21 de abril de 2011

Cuarto día de Pasión

Jn 13,1-15


“Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.

Llega a Simón Pedro; éste le dice: ‘Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?’. Jesús le respondió: ‘Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde’. Le dice Pedro: ‘No me lavarás los pies jamás’. Jesús le respondió: ‘Si no te lavo, no tienes parte conmigo’. Le dice Simón Pedro: ‘Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza’. Jesús le dice: ‘El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos’. Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: ‘No estáis limpios todos’.

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: ‘¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros’.




COMENTARIO

Servir. Lo que Cristo había venido a hacer era, además de transmitir la Palabra de Dios, a servir. Lo dice él mismo en una ocasión: “no he venido a ser servido sino a servir”. Por eso en la noche de la Última Cena le lavó los pies a los discípulos.


Jesús se pone de ejemplo a seguir. Como era el Maestro tenía que enseñar a los que le seguían y, como Dios hecho hombre, tenía que transmitir lo que era bueno y mejor para todos los que le escuchaban, aunque sabía que uno de ellos le iba a traicionar.


Lavarse los pies unos a otros es como decir que todos tenían que ser servidores unos de otros. Por eso los ama hasta el extremo de dar su vida por ellos y por nosotros: para que comprendieran que hasta Él tenía que ser el último.


JESÚS, lavando los pies a tus discípulos les enseñaste hasta dónde puede llegar la humildad. Ellos, seguramente, se sorprendieron de lo que hacías (como le pasa a Pedro) pero se les debió quedar la imagen de quien tanto les estaba enseñando ser el último de ellos sirviéndoles de aquella forma.


Eleuterio Fernández Guzmán

20 de abril de 2011

Tercer día de Pasión

Mt 26,14-25

“En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue donde los sumos sacerdotes, y les dijo: ‘¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré?’. Ellos le asignaron treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregarle.

El primer día de los Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: ‘¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer el cordero de Pascua?’. Él les dijo: ‘Id a la ciudad, a casa de fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos’’. Los discípulos hicieron lo que Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua.

Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, dijo: ‘Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará’. Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno: ‘¿Acaso soy yo, Señor?’. Él respondió: ‘El que ha mojado conmigo la mano en el plato, ése me entregará. El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!’. Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarle: ‘¿Soy yo acaso, Rabbí?’. Dícele: ‘Sí, tú lo has dicho’.



COMENTARIO


Judas, quien luego entregó al Maestro, no había comprendido el tipo de Reino que venía a traer Jesucristo. No era de sangre ni de muerte ni puesto por Dios para atacar a la victoriosa Roma sino uno que lo era de carne y no de piedra.

La entrega de Jesús, por parte de Judas, a los que le buscaban es algo más que un dejarse vencer por las propias ideas porque es, más que nada, un dejar a Dios de lado y mirar para lo nuestro como lo único importante.

Cada vez que no seguimos a Cristo en lo que mostró que debíamos hacer lo estamos, en cierta manera, traicionando y entregando a la muerte de cruz que tuvo. Jesús muere, seguramente, todos los días desde aquel primer Gólgota por culpa nuestra.



JESÚS, quien te iba a entregar también fue perdonado por ti. Judas no supo entender lo que tantas veces les dijiste para que supieran aceptar tu reino, tan especial, tan profundo y tan alejado de la venganza. Y no quiso pedir tu perdón aún a sabiendas de que con gozo se lo darías porque tú siempre esperas de nosotros tal forma de ser.



Eleuterio Fernández Guzmán

19 de abril de 2011

Segundo día de Pasión

Jn 13,21-33.36-38

En aquel tiempo, estando Jesús sentado a la mesa con sus discípulos, se turbó en su interior y declaró: ‘En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará’. Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le dice: ‘Pregúntale de quién está hablando’. Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: ‘Señor, ¿quién es?’. Le responde Jesús: «Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar». Y, mojando el bocado, le toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: ‘Lo que vas a hacer, hazlo pronto’. Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía. Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: ‘Compra lo que nos hace falta para la fiesta’, o que diera algo a los pobres. En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche.

Cuando salió, dice Jesús: ‘Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros’. Simón Pedro le dice: ‘Señor, ¿a dónde vas?’. Jesús le respondió: ‘Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde’. Pedro le dice: ‘¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti’. Le responde Jesús: ‘¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces’.



COMENTARIO

Era de noche. Dice el texto del evangelista Juan que cuando Judas salió para traicionar a Jesús era de noche. Oscura, sin embargo, debía ser para el alma de quien, al parecer, poco había amado a su Maestro.


Los discípulos quieren seguir a Jesús como lo habían hecho hasta entonces. Sin embargo, el Hijo de Dios sabe que en tal momento eso no puede ser y que más tarde le seguirán bebiendo el mismo cáliz de amargura.


Para Jesús el amor de sus discípulos debía ser suficiente porque perdona todo lo que, luego, le van a hacer abandonándolo ante su Pasión. Pero ahora, cuando Pedro casi le promete su propio martirio Jesús le dice la verdad: no es su fe tan grande como él cree.


JESÚS, amabas a tus discípulos porque habían demostrado, al menos hasta entonces, que te querían y que estaban contigo para aprender tu doctrina y la Palabra de Dios. Sabías, sin embargo, que su fe no había sido, aún, sometida a la prueba de la persecución. Y Pedro aprendió, entonces, una gran lección.



Eleuterio Fernández Guzmán

18 de abril de 2011

Primer día de Pasión

Jn 12,1-11

Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa.

Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: ‘¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?’. Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: ‘Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis’.


Gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús.



COMENTARIO

Cuando para Jesús comienza su semana de Pasión para aquellos que le rodean es, tan sólo, la celebración de una Fiesta de Pascua más. Por eso no comprenden lo que está sucediendo y se comportan como seres humanos carnales y no espirituales.


Judas iba sembrando su perdición y, de forma egoísta, no quiere que le tribute el honor que el Maestro merece. Incluso después de haber visto, durante unos cuantos años, lo que había hecho Jesús no acaba de comprender lo que está pasando.


Algunos perseguían, incluso, los frutos del Amor de Cristo como, por ejemplo, a Lázaro a quien había dicho que se levantara y saliera del sepulcro. Ni les gustaba lo que hacía Jesús ni, tampoco, lo que de ello se podía entender: sólo Dios podía hacer lo que hacía Jesús y, por eso mismo, el Enviado del Creador era Dios mismo hecho hombre.




JESÚS, cuando Judas no quiere que María te eche el perfume no lo hace, como tú sabías, por amor hacia los pobres sino por egoísmo. Así, en muchas ocasiones, también nosotros actuamos como lo hizo aquel Apóstol que te entregó al Mal: sólo miramos por lo nuestro y por lo que nos conviene. Mientras, Tú sabes que se acerca el momento de sufrir.




Eleuterio Fernández Guzmán

17 de abril de 2011

Pasión de Nuestro Señor

Mt 26,14—27,66

En aquel tiempo uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?». Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

El primer día de los ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?». Él contestó: «Id a casa de Fulano y decidle: ‘El Maestro dice: mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’». Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

Al atardecer se puso a la mesa con los doce. Mientras comían dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar». Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: «¿Soy yo acaso, Señor?». Él respondió: «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del Hombre se va como está escrito de Él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del Hombre!, más le valdría no haber nacido». Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?». Él respondió: «Así es».

Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a los discípulos diciendo: «Tomad, comed: esto es mi cuerpo». Y cogiendo un cáliz pronunció la acción de gracias y se lo pasó diciendo: «Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».

Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: «Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: ‘Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño’. Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea». Pedro replicó: «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré». Jesús le dijo: «Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante tres veces, me negarás». Pedro le replicó: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré». Y lo mismo decían los demás discípulos.

Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar». Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo: «Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo». Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres». Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil». De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad». Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque estaban muertos de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo: «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».

Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña: «Al que yo bese, ése es: detenedlo». Después se acercó a Jesús y le dijo: «¡Salve, Maestro!». Y lo besó. Pero Jesús le contestó: «Amigo, ¿a qué vienes?». Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con Él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo: «Envaina la espada: quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? El me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar». Entonces dijo Jesús a la gente: «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis». Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los letrados y los senadores. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y el consejo en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon: «Éste ha dicho: ‘Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días’».

El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?». Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo: «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». Jesús le respondió: «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis que el Hijo del Hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo». Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo: «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?». Y ellos contestaron: «Es reo de muerte». Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros; lo golpearon diciendo: «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».

Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo: «También tú andabas con Jesús el Galileo». Él lo negó delante de todos diciendo: «No sé qué quieres decir». Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí: «Éste andaba con Jesús el Nazareno». Otra vez negó él con juramento: «No conozco a ese hombre». Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron: «Seguro; tú también eres de ellos, se te nota en el acento». Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo: «No conozco a ese hombre». Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.

Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y atándolo lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.

Entonces el traidor sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y senadores diciendo: «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente». Pero ellos dijeron: «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!». Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas dijeron: «No es licitó echarlas en el arca de las ofrendas porque son precio de sangre». Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía "Campo de Sangre". Así se cumplió lo escrito por Jeremías el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».

Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús respondió: «Tú lo dices». Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los senadores no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó: «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?». Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado.

Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías? Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con Él».

Pero los sumos sacerdotes y los senadores convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó: «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?». Ellos dijeron: «A Barrabás». Pilato les preguntó: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?». Contestaron todos: «Que lo crucifiquen». Pilato insistió: «Pues, ¿qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban más fuerte: «¡Que lo crucifiquen!». Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia del pueblo, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!». Y el pueblo entero contestó: «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!». Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de Él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una. corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante Él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!». «Luego lo escupían, le quitaban la caña y, le golpeaban con ella la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir "La Calavera"), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con Él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban; lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú que, destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». «Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y Él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?». Hasta los que estaban crucificados con él lo insultaban.

Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó: «Elí, Elí, lamá sabaktaní». Es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama éste». Uno de ellos fue corriendo; en seguida cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo». Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.

Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios». Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.

Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia; lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.

A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron: «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor estando en vida anunció: ‘A los tres días resucitaré’. Por eso da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: ‘Ha resucitado de entre los muertos’. La última impostura sería peor que la primera. Pilato contestó: «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis». Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.”




COMENTARIO


La Pasión de Nuestro Señor es el ejemplo más claro de lo que Dios puede hacer por el hombre. En ella se expresa el Amor en su máxima expresión y es el espejo donde deben mirarse los discípulos de Cristo.


Hay muchas personas que no quieren, simplemente, ver a Jesús vivo pero también hay otras que, aún queriéndolo, lo abandonan y huyen por miedo a lo que les pudiera pasar. Tuvieron una fe escasa.


Pero Jesucristo vence a la muerte. Con su resurrección se abre, para nosotros, la vida eterna que tanto había anhelado el pueblo elegido por Dios. Y nosotros, a la distancia de 2000 años sabemos que lo que hizo Cristo fue por sus hermanos los hombres.



JESÚS, hermano nuestro, te entregaste a tus verdugos perdonando a los que tanto daño te hacían. Lo era físico pero también lo era espiritual por parte de los que te abandonaban y te dejaban casi solo. Nosotros queremos recordar tu muerte amando la cruz que sostuviste y llevando la nuestra tras de ti.



Eleuterio Fernández Guzmán

16 de abril de 2011

Buscando a Jesús para nada bueno

Jn 11,45-56

En aquel tiempo, muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en Él. Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: ‘¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación’. Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: ‘Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación’. Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación —y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos—. Desde este día, decidieron darle muerte.
Por eso Jesús no andaba ya en público entre los judíos, sino que se retiró de allí a la región cercana al desierto, a una ciudad llamada Efraim, y allí residía con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua de los judíos, y muchos del país habían subido a Jerusalén, antes de la Pascua para purificarse. Buscaban a Jesús y se decían unos a otros estando en el Templo: ‘¿Qué os parece? ¿Que no vendrá a la fiesta?’. Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que, si alguno sabía dónde estaba, lo notificara para detenerle.



COMENTARIO


Había muchos de los contemporáneos de Jesús que no estaban a favor lo que decía y, por eso mismo, lo buscaban para acusarlo de lo que fuera ante las autoridades de su época. Eran, por así decirlo, seguidores para lo malo.


Y Jesús muere, en efecto, como dijera Caifás, por todo un pueblo. Y lo hace porque era conocedor de la misión que había venido a desempeñar de parte del Padre. Nos salvó muriendo de muerte de cruz.


Cuando aquellos que buscan a Cristo hacen lo que hacen son víctimas de sus propios egoísmos y atraídos mucho por lo material y poco por lo espiritual, sólo quieren ver satisfecho su gusto personal por el mundo aunque eso suponga alejarse de Dios.



JESUS, entregándote a la muerte, y muerte de cruz, hiciste el mayor bien que nadie haya hecho por el hombre. Aquellos que te perseguían creían que hacían el bien e, incluso equivocándose, acertaron.



Eleuterio Fernández Guzmán

15 de abril de 2011

Contra Cristo y contra Dios

Jn 10,31-42

En aquel tiempo, los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearle. Jesús les dijo: ‘Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?’. Le respondieron los judíos: ‘No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios’. Jesús les respondió: ‘¿No está escrito en vuestra Ley: ‘Yo he dicho: dioses sois’? Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios —y no puede fallar la Escritura— a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: ‘Yo soy Hijo de Dios’? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre’. Querían de nuevo prenderle, pero se les escapó de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado antes bautizando, y se quedó allí. Muchos fueron donde Él y decían: ‘Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste, era verdad’. Y muchos allí creyeron en Él.


COMENTARIO

Jesús debía estar muy dolido cuando les dice que escojan entre las cosas que hacía que venían de Dios para apedrearlo. Él hacía lo bueno y mejor y ellos querían, sin embargo, echárselo en cara.

Con lo que hacía el Hijo de Dios demostraba, por lo extraordinarias que eran y que nadie, antes, había podido hacer, que era el Enviado del Padre, el Mesías, el que todos estaban esperando. Sin embargo, había habido un testigo a tener en cuenta: Juan el Bautista.


Muchos escucharon lo que decía en el Jordán, predicando y anunciando a Quien tenía que venir y aquellos que lo escucharon se dieron cuenta que lo que decía se cumplía en Jesús. Creyeron y, por eso mismo, se convirtieron en discípulos suyos.


JESÚS, por más que les dijeras Quien eras y por más que demostraras, con hechos, que eras el Enviado de Dios y que tú estabas en el Padre y el Padre en ti, no te creían. Sin duda les faltaba la fe que a nosotros, cuando nos alejamos de Dios, nos falta y olvidamos aunque no necesitamos señales ni obras para creer que eres Dios hecho hombre.

Eleuterio Fernández Guzmán

14 de abril de 2011

Cristo es Dios

Jn 8,51-59

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: ‘En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás’. Le dijeron los judíos: ‘Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abraham murió, y también los profetas; y tú dices: ‘Si alguno guarda mi Palabra, no probará la muerte jamás’. ¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre Abraham, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes a ti mismo?’. Jesús respondió: ‘Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís: ‘Él es nuestro Dios’, y sin embargo no le conocéis, yo sí que le conozco, y si dijera que no le conozco, sería un mentiroso como vosotros. Pero yo le conozco, y guardo su Palabra. Vuestro padre Abraham se regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró». Entonces los judíos le dijeron: ‘¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abraham?’. Jesús les respondió: ‘En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, Yo Soy’. Entonces tomaron piedras para tirárselas; pero Jesús se ocultó y salió del Templo.

COMENTARIO

El mensaje de Jesús era bastante claro: guardar Su Palabra que era lo mismo que decir que había que llevar a cabo, en sus/nuestras vidas, lo que la Ley de Dios establece como bueno y huir de lo que dice que es malo o no está de acuerdo con ella.


Bien dice Cristo que no es a Él a quien se debe la gloria sino a Dios mismo porque viene del Padre y hace lo que hace de acuerdo a lo indicado por el Creador. Por lo tanto, estar de acuerdo con lo dicho por Jesús es estarlo con Quien lo envío.


Jesús existe desde antes de todo. Ya lo dice San Juan en su evangelio: “En un principio… la Palabra estaba frente a Dios”. Por lo tanto no tenemos que hacer como hicieron aquellos (coger piedras para tirárselas) sino, muy al contrario, amar lo que Jesús hizo y llevarlo a nuestra vida.



JESÚS, eres Dios hecho hombre. Por eso mucho, que querían otra especie de Dios, batallador y sanguinario, no te querían y pretendían matarte. Nosotros, sin embargo, sabemos Quién eres y, por eso mismo, te seguimos con gozo y esperanza en la vida eterna.



Eleuterio Fernández Guzmán

13 de abril de 2011

No aceptar a Cristo

Jun 8,31-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos que habían creído en Él: ‘Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’ Ellos le respondieron: ‘Nosotros somos descendencia de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Os haréis libres?’ Jesús les respondió: ‘En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre. Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres. Ya sé que sois descendencia de Abraham; pero tratáis de matarme, porque mi Palabra no prende en vosotros. Yo hablo lo que he visto donde mi Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído donde vuestro padre’.

Ellos le respondieron: ‘Nuestro padre es Abraham’. Jesús les dice: ‘Si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham. Pero tratáis de matarme, a mí que os he dicho la verdad que oí de Dios. Eso no lo hizo Abraham. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre’. Ellos le dijeron: ‘Nosotros no hemos nacido de la prostitución; no tenemos más padre que a Dios’. Jesús les respondió: ‘Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que Él me ha enviado’.



COMENTARIO

Verdaderamente aquellos que, viendo a Jesús, no eran capaces de reconocer que era el Hijo de Dios, no estaban por la labor de aceptarlo como el Mesías. Ni entendían a Abraham ni, por lo tanto, que el padre de la fe hubiera vivido, con gozo, aquellos días de presencia del Enviado de Dios.


Es bien cierto que la presencia de Jesús causaba problemas a los que esperaban un Mesías guerrero y vengador, a todos los que querían seguir manteniendo su posición social y a los que, en definitiva, no querían que nada cambiase.


Jesús, sin embargo, les dice la verdad: Él es el Hijo de Dios y, por eso mismo, escucharlo y aceptarlo a Él era como aceptar al Padre Creador. Al contrario, de no hacerlo era seguir manteniendo una situación que, en verdad, poco tenía de fiel a Dios.



JESÚS, Tú eres el Hijo de Dios y Dios hecho hombre. Ambas realidades, con ser la misma, no eran aceptadas por aquellos que te escuchaban. Ellos querían un Mesías distinto a como tú eras (compasivo y misericordioso) y, por eso trataban de matarte. Nosotros no queremos hacer lo mismo en nuestro corazón y queremos ser fieles a Dios y a Su enviado.


Eleuterio Fernández Guzmán

12 de abril de 2011

Ir tras Cristo

Jn 8,21-30

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: ‘Yo me voy y vosotros me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado. Adonde yo voy, vosotros no podéis ir’ Los judíos se decían: ‘¿Es que se va a suicidar, pues dice: ‘Adonde yo voy, vosotros no podéis ir’?’. El les decía: ‘Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en nuestros pecados’.

Entonces le decían: ‘¿Quién eres tú?’. Jesús les respondió: ‘Desde el principio, lo que os estoy diciendo. Mucho podría hablar de vosotros y juzgar, pero el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a Él es lo que hablo al mundo’. No comprendieron que les hablaba del Padre. Les dijo, pues, Jesús: ‘Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él’. Al hablar así, muchos creyeron en Él.


COMENTARIO

Jesús decía las cosas para que se le entendiese perfectamente. No se andaba con medias tintas porque no había venido para marear la perdiz. O se le seguía o se moriría para siempre porque dijo, muchas veces, Quién era.


Por mucho que les diga, que les había dicho hasta entonces, parece que no creen en Él y que, en realidad, le tienen por un hombre más de entre ellos y, como mucho, como un maestro más de los que en aquel entonces predicaban.


Jesús no les habla, como Él mismo dice, según lo que le conviene sino, en todo caso, lo que dice Dios que debe decir. En realidad eso era así porque era el Creador mismo hecho hombre. Sin embargo, muchos no le creen aunque otros, sabiendo lo que hacía, lo tuvieron, en efecto, por Quien decía ser.



JESÚS, querías que comprendiesen, que comprendiéramos, que eras el Hijo de Dios y que, por eso mismo, tenían que tener confianza en Ti, creer en lo que les decías y, así, actuar en consecuencia. Sin embargo, ni muchos de entonces te creyeron ni muchos de ahora mismo están por la labor de decir que eres el Mesías, el Enviado de Dios, el que tenía que venir.





Eleuterio Fernández Guzmán

11 de abril de 2011

No pecar más

Jn 8,1-11

En aquel tiempo, Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles.

Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: ‘Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?’. Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: ‘Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra’. E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra.


Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: ‘Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?’. Ella respondió: ‘Nadie, Señor’. Jesús le dijo: ‘Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más’.


COMENTARIO

A pesar de saber lo que iba a suceder, o a lo mejor por eso mismo, Jesús sigue cumpliendo la misión para la que fue enviado. Vino para que se cumpliese la Ley de Dios que era, sobre todo, la del Amor y la de la Misericordia.


Aquella mujer, sorprendida en adulterio, iba a ser sometida al imperio de la ley torcida, la del hombre que no entendía el valor del perdón y, sobre todo, la que mira el pecado en el prójimo pero no distingue el suyo propio.


Jesús dice algo que muchas veces se omite: “Vete y no peques mas”. Dios perdona pero, lógicamente, no ha querer que sus hijos pequen o se comporten de forma contraria a Su divina Ley. Perdona pero, claro, prefiere que no pequemos.



JESÚS, aquella mujer estaba en una situación delicada. Tú sabías, sin embargo, que los que la acusaban también eran pecadores porque, de una manera o de otra, todos pecamos contra Dios y, también, en contra del prójimo. Pero perdonaste diciéndole que no pecase más. Y eso deberíamos tenerlo en cuenta en nuestra propia vida.



Eleuterio Fernández Guzmán