14 de febrero de 2012

Para la Cuaresma


Eleuterio Fernández Guzmán







Cuando llega este tiempo fuerte para la espiritualidad católica nos vienen a la memoria del alma los puntos sobre los que ha de recaer nuestra atención y que son un, a modo, de recordatorio de nuestra fe y de lo que ha de suponer, en el fondo del corazón, para nosotros.

Es más que conocido que aquellos son, a saber:
  • La limosna
  • La oración
  • El ayuno

Cada uno de estos elementos cuaresmales tienen sus propias características pero, sobre todo, nos hacen reflexionar sobre la consistencia de lo que llamamos catolicismo y no son, por tanto, algo baladí o que podamos tener como preteribles.

La limosna

Dar a quien lo necesita es, sobre todo, una grave obligación de todo aquel que se considera hijo de Dios. Como tal no podemos hacer otra cosa.
Sin embargo, también podemos pedir, para nosotros, una limosna que es muy especial y que nada tiene que ver con el dinero o los bienes materiales: la limosna para el alma.
Pedir, para nuestro corazón, el amor que Dios nos quiere entregar pero que, en tiempos, lo tenemos como poco importante en nuestra vida, puede socorrernos en este tiempo, muy especial de conversión o, mejor, de confesión de fe.

Pedir, para nuestro corazón, la sugestiva entrega de Quien nos ama en un tiempo en el que recordamos el sacrificio que hizo Su hijo por todos nosotros, nos puede servir de aliento en la desesperanza y de ayuda en el tiempo perdido que hemos echado a la fosa del olvido del corazón.

Pedir, en fin, para nosotros, lo que, en puridad, nos corresponde como herederos del Reino de Dios, ha de ser fundamental pero, también, necesario porque, sobre todo, Quien puede entregarlo todo quiere entregarlo todo.

La oración

No podemos olvidar que la relación que establecemos con Dios, nuestro Creador, no es cosa de poca importancia, para quien se considera hijo y ama al Padre.

La misma la fundamos en la oración que, como un sutil hilo, nos une al Dios.

Por eso, en este tiempo de especial sentimiento de amor hacia Quien se entregó por nosotros, no podemos, por menos, que traer a nuestra vida una práctica que es, espiritualmente hablando, una delicia para el alma: orar, rezar, ser, por eso, hijos verdaderos de un Padre verdadero que ama a quien a Él se dirige.

El ayuno

De muchas cosas tenemos que ayunar. No se trata, tan solo, de un sacrificio físico que no es, además, excesivo porque con toda seguridad nuestros occidentales cuerpos están más que preparados para soportar no comer, aunque sea, durante un rato cuando se hace en el sentido católico que se hace.

Por eso mismo, se trata de un símbolo de nuestra fe: dejar de…

Por ejemplo, podemos ayunar de egoísmo y ser algo más entregados a los demás.

Por ejemplo, podemos ayunar de la ausencia de Jesús de nuestra vida y acercarnos a Quien, precisamente, se entregó por nosotros.
Por ejemplo, podemos ayunar del vacío de nuestro corazón y llenarlo de la Palabra de Dios.
Por ejemplo, podemos ayunar del ruido de la vida ordinaria y traer a la nuestra un silencio fructífero que nos acerque a Dios.

Por ejemplo, podemos ayunar de oscuridad en nuestro camino hacia el definitivo Reino de Dios y dejarnos iluminar por la luz del Creador traída por Jesucristo.

Por ejemplo, podemos ayunar de soledad y buscar la compañía del Sagrario.

Por ejemplo, podemos ayunar de la falta de acercamiento al prójimo y ser más humanos; más, en el fondo, cristianos.

Por ejemplo…. y así podríamos, cada cual, escribir o pensar de qué, exactamente podemos ayunar y sustituir por el rico alimento espiritual, los divinos sabores que nos acercan al Padre que nos creó.

Por eso, el tiempo de Cuaresma es, precisamente, un tiempo fuerte espiritual porque nos llena de fuerza el alma.

Y Jesús, en cada pensamiento, espera nuestra visita.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en ConoZE

Mala levadura






Martes VI del tiempo ordinario





Mc 8, 14-21





“En aquel tiempo, los discípulos se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan. Jesús les hacía esta advertencia: ‘Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes’. Ellos hablaban entre sí que no tenían panes. Dándose cuenta, les dice: ‘¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para los cinco mil? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?». «Doce», le dicen. «Y cuando partí los siete entre los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?’ Le dicen: ‘Siete’. Y continuó: ‘¿Aún no entendéis?’.







COMENTARIO





Jesús, podría pensarse, hablaba muchas veces de una forma que no era fácilmente entendible. Para aquellos que tenían su corazón cerrado a Dios y a su verdadera Ley, escuchar lo que decía el Hijo de Dios y Dios hecho hombre, podía resulta difícil de entender.





Jesús les pregunta si es que no acaban de entender lo que les decía. Y no lo entendían. Por eso mismo tenía que hacer sus apartes y explicarles lo que, a lo mejor, decía a muchas más personas. Tenían que comprender lo que les decía porque luego ellos tenían que transmitir lo que habían escuchado y visto hacer.





La levadura era para Jesús algo muy importante. En la masa convierte a la misma en un buen pan y lo mismo hace la que es espiritual. Sin embargo, si la levadura está caducada o no es buena nada bueno se puede sacar de ella. Y eso para con la de aquellos fariseos.






JESÚS, adviertes muchas veces a los que te quieren escuchar sobre lo bueno y lo malo y sobre lo que conviene y no conviene saber y hacer. Nosotros, muchas veces, hacemos casi lo mismo que aquellos fariseos.











Eleuterio Fernández Guzmán







13 de febrero de 2012

Desconfiando de Dios



Lunes VI del tiempo ordinario

Mc 8, 11-13

“En aquel tiempo, salieron los fariseos y comenzaron a discutir con Jesús, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: ‘¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal. Y, dejándolos, se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta.

COMENTARIO

Las personas, en el tiempo de Jesús, necesitaban algo más que palabras. Esto lo que quiere decir es que no se sentían convencidos por lo que decía Jesús  y le pedían que hiciera algo y que con algo material les pudiera convencer.

Jesús estaba en la seguridad de que aquellos que pedían eso sabían, porque lo habían leído en las Sagradas Escrituras, cómo sería la venida del Mesías y donde vendría. Creían que habían entendido que Él era el Enviado de Dios para salvarlos. Pero parece que no lo tenían muy claro todavía.

Jesús se entristece porque se da cuenta de que no lo tenían por el que tenía que venir de parte de Dios. Cree que no necesitan ninguna señal porque Él mismo es más que una señal y que es Hijo del hombre y el Hijo de Dios. Y se fue, seguramente, muy triste de aquel a lugar para ir donde otros sí le creyeran.


JESÚS,  aquellos que te decían que hicieses una señal no te creían. Además, esperaban, en realidad, que no la hicieras para desmentir que eras el Mesías. Pero Tú sabías que no merecían tal señal porque dudaban de Ti. Nosotros, muchas veces, también dudamos de Ti.



Eleuterio Fernández Guzmán


12 de febrero de 2012

Creer en Jesús y Creer en Cristo







Quizá el título de este artículo pueda resultar un tanto curioso o producir extrañeza. Es cierto que se suele decir que se cree en Jesucristo. Sin embargo, muchas veces lo que, en realidad, se hace, es estar de acuerdo con Jesús-hombre, pero no se siente lo mismo por Jesús-Dios, como separando una realidad de otra y como si fuera posible separarlas.

Pero, ¿cómo es posible creer en Jesús y no en Cristo?

Pues, por ejemplo, se cree en Jesús, en exclusiva, cuando se incardina su vida entre los hombres como si no tuviese más misión que la de ser hombre, alejada su realidad de la divinidad sustancial que lo sustentaba por mucho Reino de Dios que trajera porque se cree que Dios es otro.

Por ejemplo, se cree en Jesús, en exclusiva, cuando se pretende hacer de su humanidad el eje de un mensaje como si fuera motu propio ajeno a su verdadera naturaleza.

Por ejemplo, se cree en Jesús, en exclusiva, cuando, desde su postura doctrinal tendente a hacer efectiva la Ley de Dios se entiende, con eso, que no era Dios sino que venía de su parte, a dar efectividad a lo que había establecido el Creador y que no se cumplía.

Por ejemplo, se cree en Jesús, en exclusiva, cuando de su defensa del pobre, del desvalido y del excluido social se hace bandera partidista como si el hecho de haber comido, y hablado, con ricos, no fuera para amonestar su actuación (ahí tenemos a mal llamado Epulón, el de la parábola de Lázaro) y sólo lo hubiera hecho para denunciar, de una forma quasi revolucionaria, su inservible ser social.

Por ejemplo, se cree en Jesús, en exclusiva, como hombre, cuando se oculta el misterio de su ser bajo el pretexto de la historicidad de su persona y se trata de escamotear la propia divinidad que, como Dios, tiene y hacer ver y pensar que una cosa es la humanidad de Jesús y otra la divinidad de Dios, olvidando todo lo dicho en Concilios como el de Calcedonia y el de Éfeso (sobre al confesión a uno solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo en el primero de ellos y la imposibilidad de atribuir a dos personas o dos hipóstasis en el segundo de ellos) porque, claro, ya sabemos que los hacían la jerarquía de la Iglesia…

Sin embargo, se cree en Jesucristo, Emmanuel, cuando se reconoce que su vida entre hombres lo fue como expresión de la voluntad de Dios que, encarnándose en Jesús, quiso vivir entre sus hijos, como un igual pero sin dejar de reconocer (el Mesías) Quien era.

Además, se cree en Jesucristo, Emmanuel, cuando se comprende y se acepta que su humanidad lo es en el ejercicio de una misión centrada en la constitución de la Iglesia como transmisora de aquella y como fiel heredera y difusora de sus sacramentos.

Además, se cree en Jesucristo, Emmanuel, cuando se entiende que su apoyo al pobre no es un escabel sobre el que subirse para defender posturas o opiniones políticas causantes de la separación contra la que siempre luchó Jesús y para cuya solución planteó, al Creador, aquel “para que sean uno como nosotros” que recoge San Juan en su Evangelio (17, 11) y que el Beato Juan Pablo II meditó en su Carta Encíclica Ut Unum sint, por eso apostillada con referencia al “Empeño Ecuménico”. 

Por eso, se cree en Jesucristo, Emmanuel, cuando se es capaz de asimilar que, independientemente de su realidad humana, Jesús tenía conciencia de ser Dios y no era, como dice Jon Sobrino “un creyente como nosotros” ya que, además esto sería igualarlo a Él con nosotros (al decir eso de “como nosotros” y no nosotros como Él, en todo caso) lo cual, en sí mismo, es una clara, y simple, desviación de la Verdad siendo, además, cierto, que Jesús no tenía que creer en nadie en el sentido humano de la creencia en Dios porque Él mismo era Dios hecho hombre y no necesitaba, para nada (es Omnipotente) creer en sí mismo pues Él era Dios y porque Él era el que era.

Por eso, se cree en Jesucristo, Emmanuel, cuando, dejando de lado toda visión mundana del Hijo de Dios, se confía, se entrega, nuestra confianza, en Aquel que perdona porque es Dios; en Aquel que se entregó para que fuésemos justificados y no como también entiende en jesuita notificado y que no es otra cosa que Jesús se entregó a “manera de ejemplo eficaz y motivante para otros” ; y, al fin y al cabo, en Aquel que dijo que el Padre estaba en Él y Él en el Padre ante la inquisición de Felipe que mostraba, también, cierta duda sobre la unidad misma de Dios y Jesús.

Y eso, y no siento nada decir esto, no es, precisamente, ser dos sino, al contrario, uno solo, y, además, tres, Santísimas Personas.

En fin, que las cosas de la fe son como son y no como, a algunos, les gustaría que fuesen. Pero, por desgracia, la Fe, hoy día, es, muchas veces, así.

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Acción Digital

Confiar plenamente en Cristo




Domingo VI (B) del tiempo ordinario


Mc 1,40-45


“En aquel tiempo, se acerca a Jesús un leproso suplicándole, y, puesto de rodillas, le dice: ‘Si quieres, puedes limpiarme’. Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: ‘Quiero; queda limpio’. Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio. Le despidió al instante prohibiéndole severamente: ‘Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio’. Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a Él de todas partes.


COMENTARIO

El leproso, al decir si quieres…expresa, por una parte, el hecho de que el Mesías tenía el poder de curarlo. Era, así, expresión, de conocimiento natural del Hijo de Dios. Confiado, con la esperanza netamente intacta, pues de tal gravedad era su enfermedad que no otra cosa podía hacer, se acerca, es decir, va hacia Jesús en busca de algo más que consuelo

Como reconocimiento a esa divinidad que ve en Jesús, se pone de rodillas, signo de sometimiento al Señor; pero de un someterse suplicante, demandante de ayuda, esperanzado, implorante. Y de rodillas espera la acción del que cura, salva, sana…perdona.


Y la curación que espera no es sólo física. La esperanza de este leproso, aquejado por ese mal que lo apartaba de forma radical de la sociedad, era, aunque de forma indirecta, seguramente pensaba, que el pecado que la había ocasionado tal mal (aunque realmente no fuera así) podía ser borrado por aquel que era capaz de echar demonios del cuerpo de otros.



JESÚS,  aquel leproso te necesitaba de forma verdadera. Puso tu confianza en ti porque sabía que sólo Tú podías hacerte cargo de la situación por la que pasaba.  Y dice  “si quieres” porque sabe que sí quieres.



Eleuterio Fernández Guzmán


11 de febrero de 2012

Saciarse de Cristo








Mc 8,1-10





“En aquel tiempo, habiendo de nuevo mucha gente con Jesús y no teniendo qué comer, Él llama a sus discípulos y les dice: ‘Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos’. Sus discípulos le respondieron: ‘¿Cómo podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?’. Él les preguntaba: ‘¿Cuántos panes tenéis?’. Ellos le respondieron: ‘Siete’.





Entonces Él mandó a la gente acomodarse sobre la tierra y, tomando los siete panes y dando gracias, los partió e iba dándolos a sus discípulos para que los sirvieran, y ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos pocos pececillos. Y, pronunciando la bendición sobre ellos, mandó que también los sirvieran. Comieron y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes siete espuertas. Fueron unos cuatro mil; y Jesús los despidió. Subió a continuación a la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta".





COMENTARIO





Compartir lo que se tiene es muy importante para un discípulo de Cristo. Cuando alguien necesita ayuda nada mejor que un hermano haga lo que pueda y sepa para sacarlo de la postración en la que pueda encontrarse.





Jesús sabe que aquellas personas necesitaban su sustento y, por eso mismo, hace lo que puede y sabe: ora a Dios pidiendo remedio contra lo que una grave situación. Y obtiene lo que pide porque el Creador siempre escucha a quien ora sabiendo que será escuchado.





Se saciaron de pan. Sin embargo, también se saciaron de la caridad de aquel hombre que les había proporcionado el alimento que querían igual que hizo Dios con sus antepasados en el desierto mediante el maná. Quedaron llenos del espíritu con el que aquel Maestro les solución el problema que tenían.







JESÚS, los que te necesitaban sabían que siempre les socorrerías. Por eso no te abandonan ni se van a otros lados a buscar comida. Confían en ti y, por eso mismo, porque han puesto su fe en Ti obtienen de Dios lo que necesitan.









Eleuterio Fernández Guzmán





10 de febrero de 2012

Éste es el Cristo


Eleuterio Fernández Guzmán







Dios, en su infinita Misericordia, sólo podía obrar bien con el pueblo que había elegido para que, por los caminos de aquel su mundo, transmitiera la Verdad. Y manifestó su Amor enviando a su Hijo, engendrado y no creado, para que fuéramos salvados.

La salvación del mundo y de todo lo creado por el Omnipotente tenía que obtenerse de una forma sobrenatural porque el Bien que se transmitía con ella era propio de unas manos y un corazón que, pudiéndolo todo, todo lo daba en beneficio de sus creaturas.

Y vino al mundo, naciendo en lo más pobre de lo pobre, Quien debía ser luz, sal que no pierde nunca su sabor y levadura que, en el corazón del hombre, lo llena y ensancha de amor, dicha y gozo y lo hace vivir con el Agua Viva que es para toda la eternidad y para siempre, siempre, siempre.

Y Aquel tenía que ser presentado en el Templo. No cumplir con la Ley de Moisés era algo que no entraba en el proceder de María y de José. Y allí acudieron. Fieles a lo dicho por el profeta hacen lo que todos los padres deben hacer. Son tiempos de esperanza en la llegada del Salvador que muchos, no todos al parecer, esperan en la seguridad de que la promesa, por ser de Dios, será cumplida cuando su voluntad así lo quiera.

Y lo quiso.

Los corazones de muchos estaban preparados para recibir al Mesías. Su esperanza estaba en su punto álgido porque Simeón y Ana eran fieles hijos de Dios que se sabían hijos de Dios y creían en lo que tanto tiempo habían estado esperando. Y se cumplió aquel mismo día en el que María y José, padres cumplidores con lo obligado, acudieron al Templo.

¿Quién era Aquel que llevaban a Jerusalén para ponerlo ante Dios en su propia Casa?

Dice Simeón que, según san Lucas, era «hombre justo y piadoso» (Lc 2, 25) «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción» (Lc 2, 34). Aquel era, pues, el Cristo, a quien los elegidos por Dios habían estado esperando desde que Abrahám dejara la comodidad de su casa y caminara, llevado por Dios, por el desierto de su vida y la de su pueblo.

Éste, Aquel, era el Cristo. Con Aquel, con Éste, muchos se elevarán por sobre de su miseria humana y mundana y llegarán a Dios desde su mismo corazón. Serán salvados por haber sabido escoger entre el Hijo y el mundo y haberse quedado con el Salvador que entonces, allí mismo, sostenía Simeón, anciano fiel a Dios.

Sin embargo, no para todos, Aquel, Éste, será luz y será semilla en sus corazones. Para muchos no será sino quien viene no para salvarlos sino para introducir en sus mundanas existencias la espina de la Verdad que hace sangrar las almas de quienes no quieren ser salvados sino, en todo caso, tener a buen recaudo los bienes materiales que han obtenido con su arrastrada vida por el mundo. Para tales personas Aquel, Éste, no será, sino, un signo al que prefieren no adherirse por si acaso tienen que salir del Templo y destruir sus negocios de palomas y cambios de moneda. No son partidarios de Dios sino de sus propios diosecillos de barro.

Y así era Cristo: pequeño pero omnipotente, indefenso pero a salvo de las asechanzas del mundo. Y con sus escasas dimensiones humanas fue presentado. Para salvación del mundo Aquel, Éste, fue puesto ante Dios para que lo tomara como propio, Hijo para que el Padre se complazca cuando salga del Jordán tras su bautismo de agua. Él, que portaba el que era de fuego y de Espíritu, se deja presentar ante Él mismo. Confluencia de Padre e Hijo siendo el Hijo el mismo Padre y conformando el misterio que, al llamar de la Santísima Trinidad, nos brinda la posibilidad de reconocer, otra vez, lo poco que somos y lo Todo que es Dios, incapaz de abandonar a un pueblo infiel pero suyo.

Y se presentó Cristo. Y nosotros, desde una distancia de miles de años, deberíamos admirar cada palabra que, sobre su persona, pequeña, se dijo y, sobre todo, tener en nuestro corazón la certeza de que cada día se hace presente entre nosotros porque Éste es el Cristo y nosotros sus hermanos.

Amén.


Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en ConoZe

Periodismo y editoriales católicas







Podríamos decir que todo católico tiene un derecho a ser formado a través los medios que la Iglesia católica tiene a su alcance. Así, tanto desde el punto de vista jerárquico como puramente privado, quien se considera hijo de Dios y se sabe en la verdadera Iglesia, la fundada por Cristo y pastoreada por el Vicario de Cristo, ha de demandar que se le ofrezca la posibilidad de conocer mejor su fe y de saber a qué atenerse cuando contra ella se disponga quien sea. 


Por eso, tanto el periodismo católico como las editoriales católicas han de sustentar su existencia en reconocerse fraternalmente con los que Dios escogió como miembros de su “nuevo” pueblo elegido porque es un servicio muy importante que merecen como tales.

Existe, también para este particular caso, la luz que nos envía Dios a través de alguno de sus hijos, para que, en el mundo que nos ha tocado vivir, sepamos a qué atenernos y tener en cuenta lo que, en verdad, nos conviene como católicos.
Manuel Lozano Garrido, más conocido como Lolo, fue periodista laico y católico o, a mejor, al revés. El 12 de junio de 2010 fue beatificado en Linares (Jaén-España) ante más de 20.000 personas.
Al día siguiente, el 13 de junio, Benedicto XVI hizo referencia a Lolo. Así, refiriéndose al periodista al que se le había distinguido con el gozo de la misma, dijo que “supo irradiar con su ejemplo y sus escritos el amor a Dios, incluso entre las dolencias que lo tuvieron sujeto a una silla de ruedas durante casi veintiocho años.

Al final de su vida perdió también la vista, pero siguió ganando los corazones para Cristo con su alegría serena y su fe inquebrantable.

Los periodistas podrán encontrar en él un testimonio elocuente del bien que se puede hacer cuando la pluma refleja la grandeza del alma y se pone al servicio de la verdad y las causas nobles”.

Sirva, pues, de ejemplo Lolo que, aún en la enfermedad supo transmitir un mensaje cristiano de raíz evangélica, haciendo de su profesión un ejemplo franco de cristianismo y de su cristianismo como base para un importante comportamiento vital.

Es a personas como a Lolo a quienes tenemos que imitar porque de su vida se deduce que quien recibe la llamada de Dios y hace caso a ella se muestra a los demás como es el Reino de Dios: gozoso aunque haya enfermedad y reconociéndose hijo de un Padre que lo ama y lo tiene como suyo.

Y, volviendo al momento de la beatificación de Lolo, en la Homilía que pronunció el arzobispo Angelo Amato, SDB, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, dijo que “Aunque escuchaba el latido del mundo, ya no veía nada más que a Dios. Y del corazón de Jesús él tomaba a manos llenas las indicaciones justas para edificar al prójimo con perlas de sabiduría. Pidió y obtuvo del obispo poder tener en su habitación un altar para la celebración de la misa. Para él era el signo de su continuo diálogo con Dios. Por esto tituló su libro “Mesa redonda con Dios”. De esta escuela de dolor y de fe tomó la fuerza para escribir nueve libros y más de trescientos artículos, publicados en revistas y periódicos nacionales y locales”

Por eso, nos debería servir y venir muy bien a todos los católicos que podamos esto leer, esta oración, privada, relativa a Lolo, para recordar lo que nos debe importar:

 “Oh Dios, que abriste el tesoro inmenso de tu Amor a tu siervo Manuel para que él, sumergido en el dolor, desde su sillón de ruedas, lo proyectase a los hermanos con su testimonio y escritos. Concédenos que le sepamos imitar en su aceptación dócil y esperanza ilusionada, cuando el sufrimiento llame a la puerta de nuestra vida, y en su generosidad plena y ardor apostólico, cuando tratemos de darnos a los demás; dígnate glorificar a tu siervo Manuel y concédeme por su intercesión el favor que te
pido…  Así sea”.


Alabado sea Dios que suscita, entre nosotros, testigos fieles como Lolo

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Análisis Digital

Todo lo hace bien




Viernes V del tiempo ordinario



Mc 7,31-37





"En aquel tiempo, Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: ‘Effatá’, que quiere decir: ‘¡Ábrete!’.



Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían: ‘Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos’".



COMENTARIO



Jesús no quería que se supiera lo que hacía de manera que pudiesen entender las cosas como no debían entenderlas. Cuando cura al sordo que era casi mudo lo hace por caridad y por misericordia, virtudes que tiene como elementales en el Hijo del hombre.



El poder de Dios es inmenso. Por eso nada le cuesta a Jesús abrir el oído del sordo. Lo hace a solas como para comunicarle su fuerza y que nadie más lo sepa. Sabe Jesús muy eso de que la mano izquierda no debe saber lo que hace la derecha.



El agradecimiento es una virtud muy humana. Es de suponer que la persona que se ve liberada de la sordera y de la mudez no puede limitar su vida a vivir. Tiene que comunicarlo porque es grande su gozo. Lo mismo hacen todos los que han visto lo que ha hecho Jesús.





JESÚS, tu humildad no te permite presumir de lo bueno que haces. Lo haces porque puedes pero también porque es una obligación contraída, eres Dios hecho hombre, con los tuyos. ¡Cuánto deberíamos aprender de Ti! Sin





Eleuterio Fernández Guzmán





9 de febrero de 2012

Una fe así de grande




Jueves V del tiempo ordinario







Mc 7, 24-30





“En aquel tiempo, Jesús partiendo de allí, se fue a la región de Tiro, y entrando en una casa quería que nadie lo supiese, pero no logró pasar inadvertido, sino que, en seguida, habiendo oído hablar de Él una mujer, cuya hija estaba poseída de un espíritu inmundo, vino y se postró a sus pies. Esta mujer era pagana, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba que expulsara de su hija al demonio. Él le decía: Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos’. Pero ella le respondió: ‘Sí, Señor; que también los perritos comen bajo la mesa migajas de los niños’. Él, entonces, le dijo: ‘Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija’. Volvió a su casa y encontró que la niña estaba echada en la cama y que el demonio se había ido."




COMENTARIO





Era difícil que Jesús pasase por algún sitio y no se diesen cuenta de que estaba allí. Era muy conocido por el bien que hacía y eso nadie podía olvidarlo. Lo buscaban porque lo necesitaban, incluso, más de lo que los buscadores podían pensar.





La fe era muy querida por Jesús. Aunque el Hijo de Dios no tuviese fe (porque supone creer en lo que no se ve y Él era Dios mismo hecho hombre y no tenía que creer en sí mismo) lo bien cierto es que sabía que era muy importante para el Creador: creer, confiar en Quien creó.





Salva Jesús a la niña por la fe de la madre. Quien intercede por alguien necesitado ha de tener el favor de Dios pues muestra misericordia y caridad hacia tal persona. Pedir por el prójimo ha de ser visto por el Creador como expresión de conocer su verdadera voluntad.







JESÚS, aquella niña estaba poseída por un demonio, hijo del Mal. La fe de la madre la salva. No se trata de que no la hubieses salvado de igual forma sino de que quien quiere, pida y, pidiendo, se le dé.







Eleuterio Fernández Guzmán







8 de febrero de 2012

Cuaresma









El día 22 del presente mes de febrero es miércoles de ceniza: miércoles de penitencia, sobre todo, de los hijos de Dios.

En el Mensaje que Benedicto XVI dirigió al pueblo creyente para la Cuaresma de 2009, destacó tres “prácticas penitenciales” que conviene no olvidar ni luego, en plena Cuaresma, ni ahora, que estamos tan cerca de la misma: “La oración, el ayuno y la limosna”.

Pero, incluso sobre tales expresiones de entrega espiritual, dos vocablos destacan por sobre los demás porque encierran, en sí mismos, el significado Pascual: Ceniza y Cuaresma.


Ceniza

Cuando el sacerdote, al imponer la ceniza, nos dice “Convertíos y creed en el Evangelio” , está haciendo, por nosotros, algo más de lo que, en principio, parece.

La conversión, para un católico, no deja de ser, sino, una confesión de fe que nos procura sanación espiritual por los males y daños inferidos a Dios o al prójimo; al fin y al cabo, a nosotros mismos.

Por eso, convertirse, a tenor de lo dicho por el presbítero, no deja de ser importante, necesario y vital para las personas que nos consideramos hijos de Dios. Supone esta confesión de fe:

1.-Abrirse a los demás.

2.-Abrirse a Dios.

A partir de acercarse al prójimo y a Dios partiendo de la demanda de perdón podemos hacer de nuestra vida o trazar, para ella, un camino nuevo que se aleje de los errores cometidos.

Reconociendo en la ceniza, en el miércoles de Ceniza, el inicio de un período de penitencia que durará 40 días (número, por cierto, altamente simbólico en las Sagradas Escrituras) nos sirve, también, para enderezar el camino de nuestra vida y orientarla, en tal tiempo de conversión, hacia el definitivo Reino de Dios gozando, en el mundo, de un glorioso anticipo del mismo.

Por otra parte, el hecho mismo de la ceniza, la ceniza misma, nos trae, al presente lo que será nuestro futuro: moriremos y seremos polvo; lo material, que tantas veces nos agobia y posee, dejará de ser importante, vital, para nosotros.

Ceniza… penitencia… conversión son palabras que, al fin y al cabo, contra nuestra vida de cristianos en Quién vino para darse: Jesucristo.


Cuaresma

Viene a ser el tiempo de Cuaresma de purificación. Pero sabemos que purificarse no resulta fácil sino, al contrario, difícil y, a veces (por nuestra mundanidad) imposible.

Dejó dicho San Josemaría, en la Homilía del I Domingo de Cuaresma (2 de marzo de 1952) que “La Cuaresma ahora nos pone delante de estas preguntas fundamentales: ¿avanzo en mi fidelidad a Cristo, ¿en deseos de santidad?, ¿en generosidad apostólica en mi vida diaria, en mi trabajo ordinario entre mis compañeros de profesión?” ( “Es Cristo que pasa” 58)

Así, la purificación puede ser procurada contestando a cada una de una tales preguntas, de la forma que Dios espera de nosotros:


1.-¿Avanzo en mi fidelidad a Cristo?

Demandado como esencial en nuestra fe, alcanzar un grado de fidelidad mayor, es, para nosotros, no sólo importante sino básico. Ser fieles es sinónimo de haber comprendido lo que significa creer en Dios.

2.-¿Avanzo en deseos de santidad?

Ser santos, en tiempo de Cuaresma, es identificarnos, más que nunca, con un comportamiento recto y obligatoriamente cristiano: amor, perdón, servicio…

3.-¿Avanzo en generosidad apostólica en mi vida diaria, en mi trabajo ordinario entre mis compañeros de profesión?

Ser apóstoles en un mundo como el que nos ha tocado vivir (tan descreído…) no es fácil. Sin embargo, se requiere de nosotros un apostolado tal que, en el tiempo de purificación que supone al Cuaresma, sirva al prójimo de acercamiento exacto a la comprensión de lo que suponen los 40 días más importantes del año cristiano.

Por eso ahora, que tan cerca estamos de la Cuaresma, bien podríamos tratar de reflexionar sobre las preguntas aquí planteadas para que el tiempo de purificación que, otro año más, nos regala Dios sirva, efectivamente, de momento de pureza espiritual importante, de raíz, para nosotros.


Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Acción Digital

















































Lo que Dios quiere que se haga




Miércoles V del tiempo ordinario


Mc 7,14-23

“En aquel tiempo, Jesús llamó a la gente y les dijo: ‘Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Quien tenga oídos para oír, que oiga’.

Y cuando, apartándose de la gente, entró en casa, sus discípulos le preguntaban sobre la parábola. Él les dijo: ‘¿Así que también vosotros estáis sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede contaminarle, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al excusado?’ —así declaraba puros todos los alimentos—. Y decía: ‘Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre’.

COMENTARIO

Jesús tenía que luchar contra muchas de las tradiciones que se habían impuesto, a lo largo de los siglos, entre el pueblo escogido por Dios. Entre la tergiversación de la voluntad de Dios y la imposición de normas no adecuadas a la misma, el Maestro tenía mucho que enderezar.

Era común creer que lo malo venía de fuera del ser humano y que, por eso mismo, había alimentos que no se podían comer porque estaban impuros. Jesús sabía que la cosa no iba por ahí sino que tenían que mirar dentro de sí mismos.

El ser humano hace lo que le dicta su corazón. Por eso mismo, si piensa en lo malo, hará lo malo y si piensa y recapacita en lo bueno, hará lo bueno y mejor para su vida y para la de su prójimo. Por eso debían, debemos, cambiar nuestro corazón para que venga a ser de carne y no de piedra. Actuando así haríamos mejor lo que nos conviene hacer.



JESÚS,  muchos de los que contigo vivían no conocían, en realidad, la Ley de Dios porque estaban instruidos por personas que habían hecho de la misma un interés propio y egoísta. Nosotros, en determinadas ocasiones, hacemos exactamente lo mismo que hacían aquellos.




Eleuterio Fernández Guzmán