18 de septiembre de 2011



El fin del mundo y los misterios de la vida futura (Charles Arminjon)


Título: El fin del mundo y los misterios de la vida futura
Autor: Charles Arminjon
Editorial: Gaudete
Páginas: 284
Precio aprox.: 15€
ISBN: 978-84-936787-39
Año edición: 2010 (Noviembre)
Lo puedes adquirir en editorial Gaudete


El fin del Mundo y los misterios de la vida futura (Charles Arminjon)

Novísimos o lo que es lo mismo, escatología, cielo, infierno, muerte, juicio final, purgatorio, etc. son conceptos que, a lo mejor, han caído un poco en desuso en el mismo seno de la Iglesia católica. Se dice, no sin acierto, que en las homilías no se habla, precisamente, de lo más importante para un cristiano y que no es otra cosa que acercarnos a las estancias que Cristo dijo que nos estaba preparando (“En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar” recoge san Juan en 14, 2 según lo dicho por Jesús).

Sin embargo, no siempre ha sido tema tabú el hablar de estos temas sino que, en efecto, hubo quien mucho gozó con tales temas en la seguridad de que era de nuestro interés conocer acerca de ello. Si, además, el libro produjo en Santa Teresa del Niño Jesús (doctora de la Iglesia) una influencia tal que le hiciera decir que “La lectura de este libro fue una de las mayores gracias de mi vida” no cabe duda que lo dicho y escrito por Charles Arminjon en “El fin del mundo y los misterios de la vida futura” tenía que ser importante y, además, decisivo para comprender lo que tan misterioso nos parece y queda, tras la lectura de este libro, bastante desvelado y, para nuestra alma, consolidado como cierto y real.

El autor del libro el que se pregunta, al respecto ”¿Quién será el que se digne conceder un poco de atención a estas pocas cosas que me he esforzado en balbucir?” (p. 133) para continuar “¿Cuándo dejareis de recordar a la muerte como un espantajo y de mirarla como el abismo de las tinieblas y de la destrucción?” (p. 134)

Se pregunta esto porque, ya en su tiempo (no es sólo cosa de ahora mismo) tales temas no eran del gusto de sus contemporáneos. Por eso entiende que “Hoy intentamos comprender que ella no es el obstáculo sino el medio; ella es la transición y la pascua que conduce del reino de las sombras al de las realidades, de la vida transitoria a la vida inmutable e indefectible” (p. 134)

Por eso el libro de Arminjon “El fin del mundo y los misterios de la vida futura” es, sobre todo, un texto esperanzado y sembrador de esperanza, unas palabras dichas por quien estaba en la seguridad de proporcionarnos una manera cierta de sentirse bien con el destino que Dios nos tiene preparado.

Así, todo el texto rezuma alegría ante lo inevitable y no hay conferencia, de las nueve que contiene el mismo, de la que no se pueda extraer un beneficio para nuestra atribulada alma, siempre buscadora de las seguridades de nuestro tiempo y nuestro ahora.

Ejemplos hay a decenas y, estando seguro de dejar muchos por el camino (lo cual abre las puertas a su lectura y aprovechamiento vital) algo de lo aquí apuntado es lo siguiente:

Sobre la llegada del Anticristo “No se podría concluir de estos testimonios que no quedarán elegidos sobre la tierra, sin que el Hijo de Dios faltará a la promesa hecha a su Iglesia, cuando le dijo ‘a causa de los elegidos estos días se abreviarán’” (p. 71) pues es bien cierto, que el Anticristo ha de dominar la tierra con espanto y pavor.

Por ejemplo, cuando escribe que “La muerte no es una ruina sino una restauración. Si Dios ha decretado que nuestra morada terrestre sea disuelta un día, no es para quitárnosla, sino para devolvérnosla sutil, inmortal, impasible, de forma semejante, dice San Juan Crisóstomo, a un arquitecto que obliga a dejar la casa durante un tiempo, para volver con más satisfacción una vez rehabilitada, más luminosa y más bella” (p. 90).

O cuando escribe que, en efecto, “Habrá un fin del mundo, en el verdadero sentido de esta palabra. Al transformar el cielo y la tierra, este fin hará del universo el lugar de la inmortalidad” (p. 115).

No podía faltar en un texto referido a lo que hay más allá de esta vida, el tema del purgatorio, del que dice “!Ah! No acuséis al Señor de la crueldad con esas almas que un día sumirá en el océano de su luz y a las que hará gustar de sus delicias al recibirlas en su seno. Más bien admirad cómo el amor y la justicia se unen, ordenándose mutuamente, en este gran trabajo de corrección y purificación” (p. 140).

O, para terminar, lo siguiente (que se ruega sea muy meditado): “El Cielo es un reino tan hermoso, una felicidad tan trascendente, que Dios lo ha convertido en el objeto exclusivo de sus pensamientos; dirige a esta creación, la única verdaderamente digan de su gloria, todas sus obras; a la consumación de la vida celestial están ordenados el destino y la sucesión de los imperios, la Iglesia Católica con sus dogmas, sus sacramentos y toda su jerarquía” (p. 199).

Y así podríamos estar un buen rato porque el libro de Charles Armijon es prolijo en dar luz sobre una oscuridad tan profunda para quien no sabe lo que le tiene reservado el Creador pero querría que fuera bueno y benéfico para su alma. Y de lo escrito y leído sólo puede decirse que, en efecto, lo escatológico, lo último, lo que hay más allá de este valle de lágrimas, vale la pena ser vivido y, sobre todo, creído que será vivido.

Por otra parte, no podemos desdeñar el contenido de las notas (más de 400) que acompañan a cada una de sus conferencias. Unas del propio autor y otras de la editora española de la obra de Arminjon. La profusión de las mismas enriquecen, en lo que eso es posible, lo escrito en los últimos decenios del siglo XIX pero que da la impresión de ser conferencias dadas ayer mismo, con una actualidad francamente reseñable.

Y ya para terminar, cuando se lee un libro con intención de decir algo sobre el mismo, se debe hacer una recomendación de a qué tipo de personas puede ir dirigido. En este caso particular deberían ser las siguientes:

Para todos los creyentes que quieran tener un conocimiento cercano de lo que nos espera tras el paso definitivo de la muerte.

Para todos los creyentes que tengan cierto miedo ante el porvenir.

Para todos aquellos, sean creyentes o no lo sean, que quieran sentir gozo y quieran formar parte del Plan de Dios sin huir del mismo.


Para todas tales personas el libro de Charles Armijon es un regalo para su alma y un gozo que no es posible dejar pasar.



Por Eleuterio Fernández Guzmán

Guía católica Camino Santiago








Título: Guía católica para el Camino de Santiago
Autor: José Antonio Ullate Fabo
Editorial: Gaudete
Páginas: 288
Precio aprox.: 14 €
ISBN: 978-84-936787-4-6
Año edición: 2011

Lo puedes adquirir en editorial Gaudete

Guía católica para el Camino de Santiago (José Antonio Ullate Fabo)

Resulta sintomático que un libro sobre el Camino de Santiago se califique como “católico”. ¿Es la Ruta Jacobea lo que fue?
A esta pregunta responde, con su libro, José Antonio Ullate Fabo. También cuando dice que “El Camino ha sido dado por muerto en muchas ocasiones y para asombro de racionalistas y de algunos espirituales, ha permanecedlo inalterable en su identidad original” (p. 45) responde, en cierto modo, a la misma.
La “Guía católica para el Camino de Santiago” que he leído con gusto y gozo pues se lee de forma muy amena es, exactamente lo que dice, ca-tó-li-ca en el exacto sentido del término. Además, físicamente es muy manejable, de manera que puede ser llevada por el peregrino sin aumento excesivo de peso ni molestia por sus dimensiones. Es, por ello, un libro de bolsillo físico pero también de bolsillo del alma, para llevarlo cerca de ella.





Leyendo el libro se siente uno como si estuviera haciendo el Camino de Santiago y si se va, además, acompañado por las narraciones que aporta en el apartado titulado “Ultreya” en las que se lee, por ejemplo, acerca del milagro El Cebrero (pág. 98) o de las perdonanzas (pág. 325), lo hacen ameno, bueno, benéfico para el alma, delicioso para el corazón y, en fin, sabroso para el intelecto, valga la expresión. Y, sin embargo, se trata, sobre todo, de una guía de carácter, digamos, espiritual y profunda donde importa lo que supone y es el camino católico que lleva hasta Santiago de Compostela y una guía para hacer lo que llama Ullate Fabo “una singular peregrinación” (p.18) en la que se ha de buscar, con franqueza, hacer el Camino en su verdadero sentido y no sólo caminar por caminar o cumplir algún tipo de apuesta personal. Al fin y al cabo, la “parte mejor” del Camino es su “ordenación sobrenatural” (p. 19) que, muchas veces, se deja de lado. 

El espíritu del libro abunda en lo que supone, para un católico, recorrer tal Camino. O, mejor dicho, lo que debería suponer si no se dejara llevar por lo que, en realidad, no es Camino que desde hace tantos siglos, recorren millones de personas sino otras muchas cosas alejadas de la fe que lo debería sustentar. 

Escribe, por ejemplo, “El Camino de Santiago es una obra cristiana. Una obra con aspectos de mortificación y de penitencia, pero también de oración y de acción de gracias” (p. 66) 

Resume, muy bien, a mi parecer, lo que ha de ser (para quien lo haga, claro) el Camino de Santiago y, seguramente, si muchos, también, de los católicos que lo hacen, tuvieran tal premisa impresa en su corazón… seguramente el camino hacia Compostela no habría cambiado tanto su forma de estar, que no de ser. 

Me parece, también, que en el libro existe una ruta muy bien trazada: la del verdadero Camino de Santiago en el sentido puramente católico que es, ni más ni menos, como debe ser entendido, al menos, por los católicos que allí se encuentren caminando. Eso, sin embargo, a tenor de lo que puede leerse en el libro de Ullate Fabo, no siempre es así pues mucho hay que distorsiona el sentido del mismo. 

Qué cierto es cuando escribe que “Como le sucedió a San Pedro, el peregrino puede echarse a andar motivado por mil razones suficientes para hacerle abandonar su hogar, pero inadecuadas para dar razón de su marcha” (p. 228) porque, a lo mejor, no le sirve para que su esperanza se fundamente en una fe arraigada en Cristo.
No podemos olvidar, tampoco, la presencia de la Virgen. Dice el autor del libro que “sin María no hay Camino y para hacer el Camino hay que arrimarse a María” (p. 155). Por eso, “el peregrino tiene la hermosa ocasión de saludar de seguido a la Virgen en sus populares efigies, en las iglesias y en los cruceros, rememorando las piadosas manos que tallaron las amorosas imágenes, hermanándose con las generaciones pretéritas de devotos que han hecho un alto en el Camino para entretenerse con su madre” (p. 159)
No puedo dejar de mencionar, por supuesto, los cuatro apéndices, cuatro, que acompañan al libro de Ullate Fabo. Así, la Bula Deus Omnipotens a través de la cual el papa León XIII confirma que los restos encontrados son los del Apóstol Santiago y sus dos discípulos o el referido a lasGracias Pontificias a favor de los peregrinos o el relativo a Algunas devociones para el Camino o, por terminar, el que se refiere a la Liturgia en el Camino y, en concreto, al Misal de Vic de 1038 en el que se pueden encontrar bastantes oraciones en, digamos, beneficio de aquellos que hacen el Camino de Santiago. Todo ello muy recomendable y muy católico o, mejor, al revés.
Y ya para terminar, cuando se lee un libro con intención de decir algo sobre el mismo, se debe hacer una recomendación de a qué tipo de personas puede ir dirigido. En este caso particular deberían ser las siguientes:
-Para aquellos caminantes que quieran comprender el significado del Camino de Santiago.
-Para aquellos caminantes que traten de hacer un Camino de Santiago conforme a su verdadero sentido.
-Para aquellos creyentes católicos que no sepan, con exactitud, el fundamental espiritual del Camino de Santiago.
-Para aquellos creyentes cristianos que quieren acoger en su corazón el sentido católico del Camino de Santiago.
-Para toda aquella persona que quiera, con franqueza, caminar hacia Santiago de Compostela de forma libremente correcta.
Me gustaría terminar con una frase que dice mucho de lo que este libro significa. Lo escribe su autor muy pronto (p. 22) y es que “Ésta es una herramienta para retirar la herrumbre y el polvo que ocultan el genio y el carácter del Camino, algo que favorecerá que cada caminante se entretenga en sus propios pensamientos jacobeos, sin copiar los de nadie, tampoco los míos, al mismo tiempo que se deja “hacer” por el propio Camino”.
Eleuterio Fernández Guzmán

Dios llama


Domingo XXV (A) del tiempo ordinario



Mt 20,1-16

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: ‘El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido’. Ellos fueron.

‘Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’. Le respondieron: ‘Nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña’.

‘Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: ‘Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros’. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: ‘Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno’. Él replicó a uno de ellos: ‘Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?’. Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos’.


COMENTARIO


Dios crea al ser humano porque es su voluntad que su semejanza se enseñoree de la tierra que le dio por herencia. Crea porque ama a su semejanza y porque espera de ella que haga rendir los talentos que le entrega y haga uso de su libertad.

Dios, también, nos llama a cada uno de nosotros porque nos quiere a su lado. Y nos llama en muchos momentos de nuestra vida: en la niñez, en la adolescencia o en la edad madura. En cada momento podemos ser llamados y depende de nosotros que respondamos que sí o que no a su llamada.

No podemos, por eso mismo, tener envidia del trato que Dios pueda dar a su descendencia porque Él quiere lo mismo para cada uno de nosotros: que le amemos y que amemos, también, a nuestro prójimo. Así seremos dignos hijos suyos.


JESÚS, nos llamas a sembrar en tu Reino a cada uno de nosotros. No siempre queremos escucharte porque no nos interesa lo que nos dices acerca de amar a nuestro enemigo o hacer el bien a nuestro prójimo. Tú sabes, sin embargo, que debemos cumplir la voluntad de Tu Padre.



Eleuterio Fernández Guzmán


17 de septiembre de 2011

Cristo Sembrador


Sábado XXIV del tiempo ordinario



Lc 8,4-15



“En aquel tiempo, habiéndose congregado mucha gente, y viniendo a Él de todas las ciudades, dijo en parábola: ‘Salió un sembrador a sembrar su simiente; y al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino, fue pisada, y las aves del cielo se la comieron; otra cayó sobre piedra, y después de brotar, se secó, por no tener humedad; otra cayó en medio de abrojos, y creciendo con ella los abrojos, la ahogaron. Y otra cayó en tierra buena, y creciendo dio fruto centuplicado’. Dicho esto, exclamó: ‘El que tenga oídos para oír, que oiga’.



Le preguntaban sus discípulos qué significaba esta parábola, y Él dijo: ‘A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan.



‘La parábola quiere decir esto: La simiente es la Palabra de Dios. Los de a lo largo del camino, son los que han oído; después viene el diablo y se lleva de su corazón la Palabra, no sea que crean y se salven. Los de sobre piedra son los que, al oír la Palabra, la reciben con alegría; pero éstos no tienen raíz; creen por algún tiempo, pero a la hora de la prueba desisten. Lo que cayó entre los abrojos, son los que han oído, pero a lo largo de su caminar son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a madurez. Lo que cae en buena tierra, son los que, después de haber oído, conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia’”.







COMENTARIO



Cristo siembra en la tierra fecunda del corazón de la semejanza de Dios con un fin claro: que el corazón devenga de carne y deje de ser de piedra. Siembra Cristo porque vino, al mundo, para eso.




Hay, al respecto, cristianos de todo tipo. Aquellos que reciben la fe como fuego que les quema el corazón pero, luego, se enfría pronto; aquellos que son duros de corazón y cuesta mucho que arraigue la semilla de Dios; aquellos que, en fin, lo aceptan y quedan entre los hijos del Creador para siempre, siempre, siempre.







Ser tierra donde crezca la semilla sembrada por Dios es cosa, seguramente, de cada uno de nosotros. Tenemos la libertad que nos da el Creador para aceptarlo o no aceptarlo. Al fin y al cabo si queremos que fructifique el Amor de Dios en nuestro corazón tenemos que aceptarlo.









JESÚS, sembraste y siembras con una intención santa que es que aceptemos la vida eterna que nos ofreces. Cada uno de nosotros somos hermanos en la fe y, por eso mismo, sabemos si queremos aceptarte o no. No podemos, sin embargo, mentirte porque ves en lo secreto de nuestro corazón y, aunque a veces lo intentemos, de nada nos ha de servir…












Eleuterio Fernández Guzmán



16 de septiembre de 2011

Dios responde al hombre







En muchas ocasiones puede tener asiento en nuestro corazón la duda acerca de si Dios nos escucha y, lo que es peor para nosotros, si responde, en realidad, a nuestras oraciones o súplicas.
A este respecto, dice el Salmo 3 lo siguiente.

“Cuando clamo, respóndeme, oh Dios mi justiciero,   en la angustia tú me abres salida;  tenme piedad, escucha mi oración.
Vosotros, hombres, ¿hasta cuándo seréis torpes de corazón,          amando vanidad, rebuscando mentira?
¡Sabed que Dios mima a su amigo,  Dios escucha
cuando yo le invoco.
Temblad, y no pequéis; hablad con vuestro corazón en el lecho
¡y silencio!
Ofreced sacrificios de justicia y confiad en Dios.
Muchos dicen: ‘¿Quién nos hará ver la dicha?’ ¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro! Dios, tú has dado a mi corazón más alegría  que cuando abundan ellos de trigo y vino nuevo.
En paz, todo a una, yo me acuesto y me duermo, pues tú solo,
Dios, me asientas en seguro”.
Sobre este tema, Benedicto XVI, en la Audiencia General del pasado 7 de septiembre dijo que “La situación de angustia y de peligro experimentada por David es el telón de fondo de esta oración y ayuda a su comprensión”, porque “en el grito del salmista todo hombre puede reconocer estos sentimientos de dolor, de amargura, a la vez que de confianza en Dios que, según la narración bíblica, acompañó a David en su huida de la ciudad”.

Vemos, pues, que en la necesidad más imperiosa que tengamos o que así la consideremos nosotros el corazón de Dios está atento a lo que le manifestemos. Dolor, amargura… y todo aquello que oprima nuestro ser y que nos mantenga alejados de la tranquilidad de espíritu nos hace mirar a Dios (¡Ojalá no fuera sólo en tales ocasiones sino que supiéramos agradecer, siempre, lo que nos da!). Pedimos lo que necesitamos como, por ejemplo, aquello que pueda tranquilizar y serenar nuestra alma y que nos impela a mirar al futuro con la visión optimista que nunca debe perder el hijo de Dios.
Con toda claridad dice el salmista que “Dios escucha cuando le invoco” y, así, se siente en la seguridad de no estar orando a la nada o a nadie sino, muy al contrario, al Padre que lo creó y que, con su misericordia, le permite seguir viviendo.

Y Dios responde porque un Padre nunca puede quedar impertérrito ante la petición de su hijo que, seguro de la bondad de quien lo trajo al mundo, espera, del mismo, comprensión y, ante las insinuaciones que el salmista hace de que puedan pensar los que le acosa que Dios no lo escucha, se manifiesta con rotundidad diciendo “Tú, Dios, me asientas en seguro” porque reconoce que nunca ha dejado de responderle ante sus súplicas y que sostiene, por eso mismo, su vida de mortal.
Por eso dice el Santo Padre, en la catequesis citada arriba, que “En el dolor, en el peligro, en la amargura de la incomprensión y de la ofensa, las palabras del Salmo abren nuestro corazón a la certeza consoladora de la fe. Dios está siempre cerca -también en las dificultades, en los problemas, en las tinieblas de la vida- escucha, responde y salva a su modo”.

Tenemos, por tanto, que estar en la seguridad de que el Creador no deja de respondernos y que, en todo caso, es realidad espiritual nuestra darnos cuenta de qué nos dice y cuándo nos lo dice. Así, permanecer a la escucha de la manifestación de la voluntad de Dios es tarea que cada discípulo de Jesucristo ha de llevar a cabo.
Algo, por otra parte, que no debemos olvidar es la actitud que muestra el salmista ante la persecución que está sufriendo. No responde con soberbia humana y no se enfrenta a los perseguidores con armas y bagajes sino, en todo caso, con el recurso a la oración y, dirigiéndose a Dios, sabe que será escuchado y, como el Creador quiera, respondido.

Es decir, muestra fe ante lo que es ambición humana y, por eso mismo, sabe que Dios lo escuchará y que atenderá su orar y su demanda de auxilio. Esto muestra, una vez más, el sentido de fidelidad que tenía aquella persona que, inspirada por el Espíritu Santo, ponía por escrito lo que le dictaba su corazón de hijo que se siente poco ante el Padre pero que sabe, por eso mismo, que nunca le defraudará y que le responderá con gran beneficio y gozo para su alma y para su vida ordinaria.
Que Dios responde a cada uno de los que se dirigen a Él es algo que a cada cual corresponde conocer y reconocer. Que no puede hacer otra cosa el Padre es algo que, sin duda alguna, todos sabemos. Lo que nos falta, muchas veces, es intención de ponernos a la escucha y nos basta con pedir sin saber que no siempre nos conviene lo que pedimos y que Dios sí sabe lo que, en cada momento, tenemos que demandar a su voluntad. Escuchar a Dios es, por eso mismo, una forma de manifestar nuestra filiación divina y de demostrar que, al menos en eso, no faltamos a nuestra obligación pues Quien responde merece ser escuchado.



Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Análisis Digital

Cristo y la mujer


 

Viernes XXIV del tiempo ordinario



Lc 8,1-3






“En aquel tiempo, Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.”




COMENTARIO




Cristo amó como ejemplo de lo que se debía hacer a las personas que eran, que estaban, más desfavorecidas por la sociedad de su tiempo. Amó hasta el extremo a los pobres y a los que, en realidad, estaban apartados del mundanal ruido.



La mujer ocupaba un papel poco preponderante en la época en la que el Hijo del hombre vino a salvar a la humanidad. No se tenía en cuenta su opinión y era vista como un ser humano de categoría inferior. Pero Jesús cambia tal forma de ver y pensar.



Muchas mujeres seguían a Cristo. Muchas de ellas estuvieron a los pies de la cruz y, por ejemplo, María Magdalena fue la que anunció que había resucitado convirtiéndose, así, en apóstol de los suyos. No quiso Jesucristo dejar a la mujer de lado y le dio toda la importancia que merecía.







JESÚS, mucho quisiste, quieres, a la mujer porque sabes que es imprescindible para la vida de la humanidad. Por eso destacaste su labor y le diste importancia para que vieran que no se le podía dejar de lado. Nosotros, por ser sus discípulos, no podemos hacer otra cosa.






Eleuterio Fernández Guzmán



15 de septiembre de 2011

Un revolucionario llamado Jesucristo

Cuando Jesucristo comenzó su vida pública nadie sabía que la palabra que venía a traer era una Palabra fuerte. Así, cuando comenzó a predicar que traía el Reino de Dios muchos no comprendieron qué quería decir.

Para algunos debía tratarse de uno que lo fuera poderoso; poder de hombres para los tiempos de aflicción por los que pasaba el pueblo elegido por Dios. No obstante llamaban a Dios, Sebaot, el de los ejércitos.

Por eso muchos se marcharon cuando dio a entender que su Reino no era terreno sino, al contrario, de otro mundo; un Reino donde el poder no lo tenía el más poderoso sino el más humilde y donde los últimos iban a ser los primeros.

No. Sin duda aquel Jesús no era el Rey que esperaban.

Pero esto sucedió porque Jesucristo era un revolucionario de un calado distinto; era un revolucionario no al uso sino uno de una nueva revolución: la del amor.

La revolución de la carne

Si Cristo vino a traer algo muy importante y es lo que, en realidad, nos sirve para poder demostrar que somos discípulos suyos es, sin duda alguna, la posibilidad de renovar nuestra forma de ser y nuestro comportamiento con un cambio en el corazón.

El naví Ezequiel (36: 25-27) lo expresa a la perfección cuando recoge las palabras de Dios en el sentido siguiente:

“Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas”.

Y Jesucristo pretendía que de sus corazones no saliesen más injurias, más venganzas, más alteraciones de la Ley de Dios; que fueran nuevos… de piedra, como eran entonces, se transformaran en unos de carne donde primara el perdón, la misericordia y el amor.

Sin duda, muchos de aquellos otros nosotros prefirieron la humana condición por sobre la espiritual y se revelaron, consiguiendo su propósito, a su vez, contra Cristo.


La revolución de la sangre

Pero no sólo trajo una revolución que produjo aquel cambio de corazón citado arriba sino que, además, también supo hacer ver que, en realidad, su revolución también tenía otro sentido: ahora correspondía hacer el cambio de la sangre porque en la misma va la vida y sin ella el cuerpo humano deja de existir o, simplemente, deja de cumplir las funciones para las que es creado.

Por eso, Jesucristo, recomendado la bebida de su sangre, estaba promulgando la vida eterna reconociéndose portador de la misma: quien bebiera su sangre alcanzaría la vida que nunca muere. Pero aquella ingesta suponía algo más que era lo que, en verdad, encerraba aquella parte de la revolución de Cristo: la transformación de la misma vida de quien la bebía porque beber la sangre de Cristo debía suponer y ahora debiera suponer un cambio en nuestra forma de proceder como efecto directo del amor con el que Jesús entregó su vida.

Ante estas dos revoluciones que Cristo proponía recoge el evangelista Juan (6, 60) que su lenguaje era duro: “¿Quién puede escucharlo?” decían muchos de los que le oían.

Y ahora mismo, nosotros también podemos hacernos la misma pregunta y, también, responder como Pedro: “Tu tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68) y hacer, con nuestra existencia lo que debe hacer quien se considera hijo de Dios y, como dijo el evangelista Juan, lo es (1 Jn 3,1) como confirmando la realidad más importante de nuestra existencia. Tal fue, es, la revolución de Cristo.




Eleuterio Fernández Guzmán




Publicado en Acción Digital




































Ya estaba escrito



Nuestra Señora de los Dolores

Lc 2,33-35

“En aquel tiempo, el padre de Jesús y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: ‘Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones’.



COMENTARIO

El anciano Simeón era profeta. Cuando María y José llevaron a Jesús al Templo para presentarlo a Dios se vio iluminada su vida de creyente en el Creador y supo que había llegado el momento que tanto estaba esperando.

Jesús sería alguien por quien muchas personas cambiarían su vida y su corazón. Será señal que servirá para que muchos dejen de ser lo que eran pero para que otros no modifiquen su comportamiento y sigan teniendo un corazón de piedra.

María, Madre de Jesucristo, vería afectada su vida como bien lo dice Simeón. Sería, su corazón, atravesado por una espada de dolor y de sufrimiento porque es necesario para que los que no sean lo sean y los que sean no dejen de serlo.



JESÚS, en tu pequeñez de niño recién nacido supo ver el anciano Simeón lo que sería tu vida. Profetizó lo que, exactamente iba a pasar contigo y, también, con el corazón de tu Madre, María. Pero, sobre todo, manifestó que serías signo de contradicción y que muchos tendrían que tomar partido por ti o por el mundo.





Eleuterio Fernández Guzmán



14 de septiembre de 2011

Caritas in Veritate - III- El sentido cristiano del desarrollo

Por mucho que se quiera decir en contra, la doctrina cristiana tiene un concepto del desarrollo económico y de la sociedad civil propio del contenido de la misma.

Benedicto XVI demuestra, en el Capítulo Tercero de su encíclica Caritas in Veritate que lo conoce bien.

Prueba de esto es que diga que “La sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a no olvidar la realidad del pecado original, ni siquiera en la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción de la sociedad” (Cv 34)

Por eso, en el mismo punto, afirma que “Hace tiempo que la economía forma parte del conjunto de los ámbitos en que se manifiestan los efectos perniciosos del pecado”

Y esto lo que, en general, ha de querer decir es que el mal comportamiento que, en muchos aspectos, se producen dentro de la economía pueden explicarse por efectos del mismo pecado con el que nacemos todos los seres humanos. Todos.

Sin embargo, el relativismo que impera en la actualidad y la separación pretendida entre Dios, la doctrina cristiana y, en general, el ser humano, trae malas consecuencias para el mismo ser semejanza del Padre. Así, “la exigencia de la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a ‘injerencias’ de carácter moral, ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de manera destructiva” (Cv 34)

Por eso el presente capítulo de la última encíclica de Benedicto XVI incide en muchas ocasiones en lo que supone que el ser humano haga como si Dios no existiera y, a nivel económico, se desmande con facilidad y haga de su labor diaria, un desafío a principios éticos y morales sin los cuales el resultado del devenir es, simplemente, nefasto.

Por ejemplo, sobre lo económico, podemos decir que lo que mueve al mercado es la llamada “justicia conmutativa” o, lo que es lo mismo, la aplicación del principio do ut des (doy para que des) porque se regulan, así, las relaciones económicas entre las personas.

Pero la Iglesia católica y, en ésta, su doctrina social “no ha dejado nunca de subrayar la importancia de la ‘justicia distributiva’ y de la ‘justicia social’ para la economía de mercado, no sólo porque está dentro de un contexto social y político más amplio, sino también por la trama de relaciones en que se desenvuelve” (Cv 35)

Otro aspecto que, a nivel cristiano, no se entiende es el desarrollo económico como algo que puede considerarse contrario al desarrollo social. Es decir, que una nación avance económicamente no puede ir, nunca, contra una parte de las personas que componen tal sociedad.

Así, “El mercado no es ni debe convertirse en el ámbito donde el más fuerte avasalle al más débil. La sociedad no debe protegerse del mercado, pensando que su desarrollo comporta ipso facto la muerte de las relaciones auténticamente humanas” (Cv 36)

Y esto, sin duda, tiene una razón que explica, además de esto, otros muchos comportamientos que se producen en la economía: “Lo que produce estas consecuencias es la razón oscurecida del hombre, no del medio en cuanto tal”.

Por eso, no puede considerarse que la economía, que determinado modelo económico, sea, en sí, malo o negativo sino que son las personas (que, al fin y al cabo, hacen y desarrollan el modelo) las que lo pueden hacer malo o negativo porque “El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente” (Cv 36)

Al respecto, por otra parte, algo hay muy importante en la economía de hoy día: la globalización.

El Santo Padre no podía dejar pasar por alto tan trascendental tema muchas veces equivocadamente tratado.

Por eso, “cuando se entiende la globalización de manera determinista, se pierden los criterios para valorarla y orientarla. Es una realidad humana y puede ser fruto de diversas corrientes culturales que han de ser sometidas a un discernimiento” (Cv 42)

No podemos, por lo tanto, equivocar nuestro pensamiento sobre esta realidad tan importante hoy día.

De aquí que Benedicto XVI diga que “oponerse ciegamente a la globalización sería una actitud errónea, preconcebida, que acabaría por ignorar un proceso que tiene también aspectos positivos, con el riesgo de perder una gran ocasión para aprovechar las múltiples oportunidades de desarrollo que ofrece”.

Y, para esto, ofrece, el Santo Padre, una trilogía de realidades que ayudan a comprender el proceso de globalización que no deberíamos olvidar:

“Relacionalidad, comunión y participación” (Cv 42)

A través de tales realidades podemos aplicar unos principios cristianos que conduzcan, el proceso inexorable de globalización, por caminos verdaderamente puedan llamarse de desarrollo, de verdadero desarrollo.


Eleuterio Fernández Guzmán






Creer y vivir eternamente



La Exaltación de la Santa Cruz



Jn 3,13-17

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: ‘Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él’.


COMENTARIO

Jesús profetiza cómo será su muerte. Será levantado en una cruz y en tal momento todo el que crea en Él se salvará. Habrá creído en la cruz y en lo que supone la misma para quien sigue a Cristo.


El Hijo de Dios fue dado por el Creador al mundo. No se lo reservó para Él sino que lo entregó a su propia creación para que, a su vez, salvara al resto de hermanos perdidos y alejados de la verdadera, y única, voluntad de Dios.

La salvación no vino, pues, de un juicio que Cristo hiciera al mundo. En realidad, ya estaban, ya están, juzgados, aquellos que no creen en el Hijo del hombre y, por eso mismo, trató de que hubiera conversión de los corazones de aquellos que lo escuchaban. Tal conversión llevaba aparejada la salvación… eterna y no sólo del momento del cambio de corazón.



JESÚS, la salvación eterna la ganas Tú con tu muerte en la cruz y con tu misma sangre. Salvas porque has comprendido, desde siempre, que es la voluntad de tu Padre. Y aquellos que creen en ti saben que deben cargar con su propia cruz, como tú hiciste con la tuya.



Eleuterio Fernández Guzmán



13 de septiembre de 2011

La responsabilidad de ser católico






Cualquier persona medianamente informada sabe y reconoce que la situación por la que está pasando la fe católica en occidente no deja de ser preocupante.

Existen numerosas asechanzas del Mal que, ora por un tema ora por otro, no cejan de cercenar los principios que, por cierto, dieron forma a la civilización occidental y, en el caso concreto de Europa, además, la constituyeron como entidad importante dentro del concierto universal.

Sin embargo, una involución se está llevando a cabo que, desde el punto de vista de un creyente no puede dejar de preocupar.

Es bien cierto que nadie ha dicho nunca (y si lo ha hecho ha mentido) que ser cristiano, aquí católico, sea fácil. Es más, más bien es al contrario porque el símbolo que, sobre todos, define a los discípulos de Cristo es, precisamente, la cruz. Y una cruz es, suele ser, difícil de llevar y, a veces, incluso de soportar como tal.

Dicho rápidamente, por apuntar algunas de las circunstancias por las que está pasando nuestra fe, lo que sigue es, más o menos, a lo que se enfrenta:


1.-El desarrollo de ideologías, digamos, no cristianas.

2.-El nihilismo.

3.-El relativismo.

4.-El respeto humano.

Así, las ideologías materialistas, por ejemplo el marxismo, en cuanto se cruzan en el camino de la religión, sólo persiguen su defenestración.

A este respecto, aunque quede un tanto lejano en el tiempo, vale la pena traer a colación una parte de la carta pastoral del entonces (1976) obispo de Tenerife, don Luis Franco:

“La verdadera moralidad, la verdadera virtud, honradez, fidelidad, libertad… consisten en el servicio al marxismo. El pecado, la maldad, el deshonor, la infidelidad, la esclavitud, es todo lo que se opone a su doctrina a su concepción del mundo, del hombre y de las cosas.”

Donde pone “marxismo” pongan socialismo o, simplemente, progresismo, y les saldrá, de forma inmediata, la situación por la que, por ejemplo, pasa España: la falta de virtud, una honradez poco común, por extraña, una fidelidad limitada a tal ideología y una libertad que se pretende limitar a base de leyes y reglamentos.

En cuanto al nihilismo y al relativismo… bastante daño está haciendo en el común de los creyentes con sus posiciones alejadas de la fe católica. Muy fácilmente se puede pasar del “todo vale”, muy propio del relativismo, a tener como no puesta en nuestra vidas

Pero, seguramente, hay algo que es peor que todo lo dicho hasta ahora porque supone la participación directa del corazón del creyente: el denominado “respeto humano”.

Así, el “qué dirán si me manifiesto católico” o el “qué pensarán de mí si digo, sobre el aborto, lo que pienso como creyente” hace más daño a quien así se manifiesta que los otros aspectos aquí citados. Y eso es así porque retraerse en la fe es, simplemente, mentir a la misma y, así, a Dios.

Y ante todo esto nos queda (que no es poco) la responsabilidad de ser católicos y el dar testimonio, así, de la fe a la que decimos aferrarnos.

¿Cómo se ha de manifestar tal responsabilidad?

Por ejemplo, como ya se ha dicho aquí, dando un testimonio de nuestra vida como católicos.

Por ejemplo, siendo coherentes con nuestra fe y llevando una adecuada “unidad de vida” (hacer según se piensa sin aplicar el famoso cumplimiento en el sentido de cumplo y miento”)

O por ejemplo, olvidando para siempre el miedo a la libertad religiosa a la que tenemos derecho; a ponerla en práctica.

No es la situación aquí planteada nada nuevo para la vida de la Iglesia de Cristo. Cuando el 7 de diciembre de 1965 Pablo VI hiciera pública la Declaración “Dignitatis Humanae” decía en su conclusión algo que, ahora mismo, nos suena, no nos viene de nuevas: “No faltan regímenes en los que si bien su Constitución reconoce la libertad de culto religiosa, sin embargo, las mismas autoridades públicas se empeñan en apartar a los ciudadanos de profesar la religión y en hacer extremadamente difícil e insegura la vida de las comunidades religiosa”.

Y es que, por eso, bien podemos decir que ahora mismo, entre nosotros y entre otros nosotros, hermanos creyentes, ha llegado el momento de hacer efectiva la responsabilidad de ser católico. Y no sólo en el ámbito privado sino, sobre todo, en el público, donde se nos ve, del que, al fin y al cabo, formamos parte.


Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Acción Digital









Amar al necesitado



Martes XXIV del tiempo ordinario





Lc 7,11-17

“En aquel tiempo, Jesús se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con Él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: ‘No llores’. Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y Él dijo: ‘Joven, a ti te digo: levántate’. El muerto se incorporó y se puso a hablar, y Él se lo dio a su madre. El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: ‘Un gran profeta se ha levantado entre nosotros’, y ‘Dios ha visitado a su pueblo’. Y lo que se decía de Él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.


COMENTARIO


Vuelve Jesús a tener en cuenta la situación en la que pueden quedar las personas que no tienen quien las defiendan. Socorre a los más necesitados porque son los pobres que tanto ama. Y lo hace porque, de otra forma, sabe que nadie lo hará salvo aquellos que, en lo sucesivo, aprendan de su gesto y obra.

Aquella señora viuda se quedaba sola en la vida. En aquella época la viudez suponía miseria porque no se tenía por costumbre ayudar a las personas que quedaban en tal estado. Era, por eso mismo, una situación de infusión muy grande que Jesús no puede pasar por alto.


Con gran verdad decían aquellos que Dios había visitado su pueblo. Devolver a la vida a un muerto era muestra más que suficiente de que el poder del Creador estaba con Él. Y Jesús no podía hacer otra cosa que lo que hizo.




JESÚS, la viuda de Naím quedaba sola en la vida, desamparada y alejada de la misma sociedad. Amparaste a quien te necesitaba y lo hiciste sin, siquiera, esperar que te lo pidiera. Era de justicia divina amar a quien estaba triste y necesitada.








Eleuterio Fernández Guzmán