Dice
Francisco Varo
(1), tomando palabras de Gregorio Magno, que la Biblia
es, al fin y al cabo, “una carta de Dios dirigida a su criatura”. Y,
por eso mismo, un “mensaje que le hace llegar quien lo conoce bien y
lo quiere”.
La Palabra de
Dios, contenida en los libros que forman las Sagradas Escrituras, es,
pues, para los que nos consideramos hijos del Padre, un instrumento
poderoso que, bien conocido y utilizado, fundamenta nuestra propia
existencia y da sentido a nuestro caminar hacia el definitivo Reino de
Dios.
Supone, por
tanto, una especie de asidero al que poder acudir en nuestro quehacer;
un, a modo, de piedra angular sobre la que se construye nuestra vida.
Así, seguimos
las palabras de San Juan, que, en su Primera Epístola (1, 2-3) dejó
escrito que “Os anunciamos la vida eterna: que estaba junto al Padre y
se nos manifestó. Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que
también vosotros viváis en esta unión nuestra que nos une con el Padre
y con su Hijo Jesucristo”.
Por otra
parte, el sentido que tiene la Biblia para los cristianos, aquí
católicos, lo expresa bien la Constitución Dei Verbum cuando, en su
número 13 dice que “Sin mengua de la verdad y de la santidad de Dios,
la Sagrada Escritura nos muestra la admirable condescendencia de Dios,
‘para que aprendamos su amor inefable y cómo adapta su lenguaje con
providencia solícita por nuestra naturaleza’”
(2)
¿Podemos
entender, por otra parte, que lo dicho en las Sagradas Escrituras
tiene alguna utilidad en un mundo tan alejado de Dios como el que nos
ha tocado vivir?
En primer
lugar, lo que, en realidad, supone, es una voluntad (en quien se
acerca a ellas) de ver transformada su vida. Bien sabemos que, siendo
Palabra de Dios está, ahí, puesta, para mostrarnos el camino hacia el
Padre y no como una bella forma de decir las cosas.
Tenemos pues,
como dice Francisco Varo (en el libro citado supra) “un largo forcejeo
íntimo contra sí mismo” que cada cual realizamos cuando, al
enfrentarnos con la lectura de la Biblia, vemos que lo que allí se
propone dista mucho de nuestra voluntad, muchas veces mundana.
Al
transformar nuestro corazón (de uno de piedra, si lo era, a uno de
carne) nuestras relaciones con los demás han de cambiar porque bajo el
prisma de las Sagradas Escrituras la relación con el otro deviene
fraterna y con eso, seguramente, dejaremos de apuntar los errores
ajenos en piedra para escribirlos, cribados por la misericordia de tan
nuevo corazón, en el agua donde, fácilmente, se borran. Y eso porque
habrá perdón.
Por otra
parte, ver el mundo a la luz de la Biblia no es, por decirlo así, una
manifestación de buenismo ni algo como alejado de la dureza de las
cosas sino, al contrario, un afrontar las mismas con el consejo sabio
de Cristo y la mano experta y paterna de Dios.
Es, sobre
todo, y más que nada, algo eminentemente útil la lectura y comprensión
de las Sagradas Escrituras.
A la luz de
Dios el encuentro con el Padre en los libros que componen el Antiguo y
el Nuevo Testamento, es tan válido para nuestra vida que prescindir de
ello no es algo recomendable ni, tampoco, admisible para un cristiano.
Agua viva que no podemos dejar de beber.
NOTAS
(1) Profesor
del Antiguo Testamento en la Universidad de Navarra. Aquí la
referencia es al libro “¿Sabes leer la Biblia?”, publicado en la
Editorial Planeta.
(2) San Juan
Crisóstomo (último entrecomillado), In Gen.3.8.hom 17,1.
Eleuterio Fernández Guzmán
Publicado en Soto de la Marina
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