29 de enero de 2011

Como semilla que fructifica

Mc 4,26-34


"En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: 'El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega'.



Decía también: '¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra'. Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado."



COMENTARIO



El Amor de Dios lo tenemos en nuestro corazón. No está escondido sino que tenemos que descubrir que lo tenemos. Es voluntad de cada cual acercarse al Creador o dejarlo de lado. Crece si lo cuidamos y viene a menos si nos olvidamos de él y nos mundanizamos.


Nuestras posibilidades de actuar en nuestra vida ordinaria, entre los nuestros, en el trabajo y en nuestro devenir diario, nos son dadas a la espera de que las hagamos rendir. Puede parecer poca cosa pero depende, mucho, de lo que queramos hacer con ellas. Otra vez podemos hablar de talentos y de rendimiento.

Hacer lo que nos corresponde no es nada del otro mundo sino que, como hijos de Dios, sólo podemos hacer eso. Otra forma de actuar sería ir contra la voluntad de Quién nos dio la vida y, en definitiva, nos creó.



JESÚS, tus discípulos queremos ser como el grano de mostaza que, poco a poco, crece para formar un gran arbusto. Así, nuestro amor ha de ir mejorando nuestro corazón para que se pueda decir de nosotros que, en verdad, comprendimos Tu vida y Tu forma de ser.





Eleuterio Fernández Guzmán

27 de enero de 2011

Sobre celemines

Mc 4,21-25

“En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: ‘¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero? Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto. Quien tenga oídos para oír, que oiga’”. 


Les decía también: ‘Atended a lo que escucháis. Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará’.



COMENTARIO



Dios nos da unos talentos o, también, nos dona unas posibilidades que podemos llevar a cabo en nuestra vida. Así, parte de su bondad la tenemos con  nosotros a través de hacer rendir a los mismos.

Lo que hagamos con ellos no es, en absoluto, cosa en exclusiva,  nuestra porque los demás tienen derecho a favorecer sus vidas por el rendimiento que hagamos de ellos. Siendo luz, de la manera que sea, no podemos esconderla debajo de los muchos celemines con los que caminamos hacia el definitivo reino de Dios para escapar, siquiera un momento, a la voluntad del Creador.

Sin embargo, no podemos olvidar que para Dios ha de tener en cuenta aquello que hagamos con lo que nos entrega. Si presumimos, de la forma que sea, de lo que creemos tener, incluso eso se nos quitará porque tal no era la voluntad de Dios. Al contrario, a quien en verdad tenga Amor se le dará más porque habrá demostrado seguir el querer de Dios.






SEÑOR,  bien dices que según nos comportemos con los demás así se nos tendré en cuenta. Tu voluntad es que te amemos sobre todas las cosas y a nuestro prójimo, también creación tuya, como a nosotros mismos. Ayúdanos a no olvidar que lo que Tú quieres es más importante que lo que nosotros queremos y es, en verdad, lo que debemos hacer. Así nos lo tendrás en cuenta a la hora de nuestro particular juicio.







Eleuterio Fernández Guzmán

26 de enero de 2011

Sembradores y cosecha


Mc 4,1-20

En aquel tiempo, Jesús se puso otra vez a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción: ‘Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó enseguida por no tener hondura de tierra; pero cuando salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto. Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento’. Y decía: ‘Quien tenga oídos para oír, que oiga’.

Cuando quedó a solas, los que le seguían a una con los Doce le preguntaban sobre las parábolas. El les dijo: ‘A vosotros se os ha dado comprender el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone’.

Y les dice: ‘¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, entonces, comprenderéis todas las parábolas? El sembrador siembra la Palabra. Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos. De igual modo, los sembrados en terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, al punto la reciben con alegría, pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumben enseguida. Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento’.

  
COMENTARIO



Cuando Dios siembra en nuestro corazón su Palabra y, así, una forma nueva de ser, lo que trata es de que aceptemos tanto una como otra y vengamos a ser nuevos hijos sometidos a su voluntad que tenemos como santa y buena.


En qué situación nos encontramos, en cuanto tierra donde pueda caer la semilla del Amor de Dios es, en mucha manera, cuenta de cada uno de nosotros. Podremos ser tierra fértil donde se produzca un tanto por cien muy elevado de lo sembrado o, al contrario, tierra seca donde no arraigue ni el Amor de Dios ni lo que significa creer en el Creador.

A nosotros, los discípulos de Cristo,  nos es dada la comprensión de las parábolas. Lo dice Jesús. Sin embargo, a veces hacemos como si no nos enterásemos de nada porque no nos conviene lo que nos dice. Somos, así, espacio poco fértil y, en nosotros, la Palabra de Dios y lo que significa la misma, no producirá fruto alguno.




JESÚS, Tú quisiste que tus apóstoles comprendiesen la parábola del sembrador porque era muy importante para sus vidas llegar a saber en qué situación espiritual se encontraban. Nosotros, los que ahora somos discípulos tuyos, queremos ser tierra fértil donde tu semilla fructifique.





Eleuterio Fernández Guzmán

25 de enero de 2011

Enviados


Mc 16,15-18

“En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: ‘Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Éstas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien’”.


COMENTARIO

Jesús escogió a quien quiso porque tenía confianza en el corazón de aquellas personas que, a pesar de mostrarse como eran, habían creído en Él.

Envía a transmitir que el reino de Dios había llegado, la Buena Noticia que todos estaban esperando desde hacía siglos. Y pedía creer para bautizar. Primero, siempre, creer y luego, el bautismo que salva. Y era una opción que se dejaba a la libertad de los hombres, creación de Dios.

Lo que debían de hacer lo harían, además, en nombre de Jesucristo, Hijo de Dios. No era cosa de cada enviado sino que adquirieron lo que Jesús quiso transmitirles para que llevaran a cabo su labor de enviados del Hijo del Hombre. En su nombre somos y existimos, en Él creemos.





JESÚS, enviaste Tú a aquellos primeros nosotros para que evangelizaran un mundo, en mucho, perdido de la Palabra de Dios y alejado de Tu Padre. Nosotros, con nuestros medios de hoy y con los talentos que el Creador nos entregó somos, por eso mismo, apóstoles que deberían darse cuenta del encargo que, entonces, les diste a tus primeros discípulos y llevarlo a nuestra vida.





Eleuterio Fernández Guzmán

Contra el Espíritu Santo



Mc 3,22-30

“En aquel tiempo, los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: ‘Está poseído por Beelzebul’ y ‘por el príncipe de los demonios expulsa los demonios’. Entonces Jesús, llamándoles junto a sí, les decía en parábolas: ‘¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir. Y si Satanás se ha alzado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, pues ha llegado su fin. Pero nadie puede entrar en la casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte; entonces podrá saquear su casa. Yo os aseguro que se perdonará todo a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, por muchas que éstas sean. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno’. Es que decían: ‘Está poseído por un espíritu inmundo’.



COMENTARIO


Jesús sabía que quien no quiere dejarse dominar por el Maligno, no lo hace y pone fin al acometimiento del Mal con una voluntad firme  y contraria a lo que quiere éste.

De muchas formas pecaron entonces y pecamos ahora. Hay unas que son, digamos, perdonables porque Dios comprende la naturaleza pecadora de su creación y, mediante su misericordia, pone fin a la ruptura de relación que supone el pecado.

Algo, sin embargo, no se perdona y que no es otra cosa que el blasfemar contra del Espíritu Santo. Esto es así porque se peca contra la gracia necesaria para la conversión lastrando, así, la posibilidad de venir a ser mejor según la voluntad de Dios. Y eso, que supone, además, manifestar que se persevera en el mal, no puede ser perdonado porque se busca, conscientemente, el pecado.






JESÚS, qué dolido estarías para decir que no se perdona la blasfemia en contra del Espíritu Santo. Quien así incurre en tan gran pecado no sabe o no reconocer la importancia que tiene la gracia de tu Padre para cambiar el corazón de piedra por uno de carne y se impide, así, que quien está en pecado deje de estarlo. Que no nos pase a nosotros eso.





Eleuterio Fernández Guzmán

23 de enero de 2011

Por eso vino Cristo



Mt 4,12-23


Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: ‘¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido’. Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: ‘Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado’. 

Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: ‘Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres’. Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron. Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.


COMENTARIO

La Palabra de Dios siempre se cumple. Si se había escrito que sería en determinada tierra donde se establecería el Hijo del Hombre ahí es donde, precisamente, se estableció, Jesús. Nada, pues, había de nuevo en eso que es lo mismo que decir que en el Antiguo Testamento el Cristo estaba anunciado.

Jesús llamó a quien quiso. No fueron ellos los que dijeron te seguimos antes de conocerlo sino que respondieron sí a una llamada particular del Hijo de Dios. Dios, por lo tanto, nos llama y espera de nosotros que respondamos con un sí que llene nuestro corazón.

Jesús llevó a cabo su labor de curación física y espiritual porque no había venido, tan sólo, para liberar de males del cuerpo sino, sobre todo, para liberar de los diversos demonios que cada cual llevaba/llevamos dentro.



JESÚS, tú nos llamas para que respondamos de forma afirmativa a tu seguimiento. También quieres que seamos apóstoles de hoy, apóstoles de nuestro tiempo, para que la Palabra de Dios llegue donde los corazones aún no la han conocido o la han olvidado. Nos dices “Sígueme” y esperas que lo dejemos todo pero, a veces, es tan difícil...




Eleuterio Fernández Guzmán

22 de enero de 2011

El celo de tu Casa


Mc 3,20-21

En aquel tiempo, Jesús volvió a casa y se aglomeró otra vez la muchedumbre de modo que no podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de Él, pues decían: “Está fuera de sí”.


COMENTARIO

Muchas personas iban tras Jesús porque conocían de lo que era capaz. Esperaban encontrar en Él un consuelo a sus muchas penas y, también, la curación a muchos males físicos.

Todo el mundo, sin embargo, al parecer, no lo comprendía porque les parecía que una persona que actuaba como lo hacía el Mesías no podía estar bien. Decían de Él que estaba “fuera de sí” como si hubiera perdido la cabeza o algo por el estilo. No entendían, a lo mejor, su misericordiosa forma de ser.

En otra ocasión, cuando entre en el Templo y vea a los cambistas y vendedores de animales para el sacrificio utilizando de forma no buena la Casa de su Padre y tanto se enfadara sus discípulos se acordaron de aquello que decía “el celo de tu casa me devora” y comprendieron lo que, entonces, hizo Jesús porque el amor por Dios era lo que le conducía en su vida.


JESÚS, muchos no te comprendieron a lo largo de tu vida pública. Decían, incluso, que no estabas bien, que habías perdido el juicio. Francamente eso podía parecer para unos corazones mundanos pero, en verdad, venir a hacer cumplir la Ley de Dios podía parecer, para muchos, cosa ilógica porque creían que la estaban cumpliendo. Pero tú sabías cuál era la Verdad.



Eleuterio Fernández Guzmán

Apóstoles de Cristo


Mc 3,13-19


En aquel tiempo, Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios. Instituyó a los Doce y puso a Simón el nombre de Pedro; a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso por nombre Boanerges, es decir, hijos del trueno; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el mismo que le entregó.”


COMENTARIO


Jesús escogió a los que quiso. Así, Dios mismo hace con nosotros cuando nos llama para llevar a cabo determinado apostolado. Respondemos como hicieron los apóstoles, siguiéndole, o mirando para otro lado porque no nos interesa el compromiso.


Antes había orado porque el Hijo de Dios siempre se dirigía al Padre antes de hacer algo importante (así lo hizo en la multiplicación de los panes y de los peces o, por ejemplo, en la resurrección de su amigo Lázaro)

Nosotros, que también somos apóstoles suyos, apóstoles del ahora mismo, no podemos dejar de orar mirando a Dios para que nos conceda el talento de saber ser sus enviados en el mundo relativista y hedonista de hoy. 



  
 JESÚS, Tú llamaste a quien quisiste para que te siguiera. Así, nosotros mismos, cuando somos llamados de la forma que sea y para lo que sea (pues muy grande es la viña del señor y muchos trabajos hay que hacer en bien de la cosecha) tenemos que responder con un hágase como hizo tu madre. Ayúdanos a no tener miedo.







Eleuterio Fernández Guzmán

20 de enero de 2011

Conocer a Cristo

Mc 3,7-12

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a Él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una pequeña barca, para que no le aplastaran. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus inmundos, al verle, se arrojaban a sus pies y gritaban: ‘Tú eres el Hijo de Dios’. Pero Él les mandaba enérgicamente que no le descubrieran.”


COMENTARIO

Dice el texto evangélico que aquellos espíritus malignos que Jesús expulsaba de los cuerpos que dominaban lo conocían. Sabían que era el Mesías, el Enviado de Dios. Huían porque tenían miedo a la Verdad, a la Luz y a la Vida.

Muchos, sin embargo, buscaban al Maestro para que curara sus dolencias del cuerpo y del alma perdonándoles los pecados y mejorándolos de su maltrecho estado físico. Lo buscaban porque creían en Él.

Así nosotros tenemos que ir tras Cristo, seguir sus pasos por el mundo y requerir su atención para que nos mejore nuestro estado espiritual, a veces tan decaído y alejado de la voluntad de Dios. Y, luego, al igual que hicieron muchos, ir por ahí a proclamarlo.




JESÚS, Conocías Tú a los espíritus que hacían llevar mala vida a las personas que los poseían; conocías el mal y tratabas, siempre, de enmendar aquellas vidas torcidas. A nosotros, tantos siglos después de que ocurriera aquello también no es necesaria una limpieza de nuestro corazón para quitarle la herrumbre que tiene; también tenemos ciertos espíritus inmundos dentro del alma que necesitamos sean echados fuera.






Eleuterio Fernández Guzmán

Duros corazones


19 de enero de 2011



Mc 3,1-6


En aquel tiempo, entró Jesús de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle. Dice al hombre que tenía la mano seca: ‘Levántate ahí en medio’. Y les dice: ‘¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?’. Pero ellos callaban. Entonces, mirándoles con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: ‘Extiende la mano’. Él la extendió y quedó restablecida su mano. En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra Él para ver cómo eliminarle.


COMENTARIO

El cambio del corazón. Tal era el pensamiento que Jesús trajo el mundo. Y tal mudanza en la forma de hacer y de pensar no era fácil para sus contemporáneos ni tampoco hoy día entre nosotros lo es.

Son duros aquellos corazones que no admiten el bien para el prójimo a sabiendas de la situación por la que pasan; duros los que no tienen misericordia.

Jesús predicaba acerca de lo que era mejor para cumplir la Ley de Dios pues ya había recogido el profeta Ezequiel aquellas palabras de Dios que decían: “Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas”.


JESÚS, tú quisiste que nuestro corazón fuera blando y no duro, que supiéramos abrirnos a las dolencias ajenas para tratar de mitigarlas y que las vidas de nuestros semejantes mejoraran si es que estaban bajo alguna mala situación. Para eso, ayúdanos a escribir los errores ajenos en agua y los aciertos en piedra para que siempre recordemos lo mejor de los demás.





Eleuterio Fernández Guzmán

19 de enero de 2011

Ley de Dios




Mc 2,23-28

“Un sábado, cruzaba Jesús por los sembrados, y sus discípulos empezaron a abrir camino arrancando espigas. Decíanle los fariseos: ‘Mira ¿por qué hacen en sábado lo que no es lícito?’. Él les dice: ’¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y él y los que le acompañaban sintieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios, en tiempos del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió los panes de la presencia, que sólo a los sacerdotes es lícito comer, y dio también a los que estaban con él?’. Y les dijo: ‘El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es señor del sábado’”.


COMENTARIO


La Ley de Dios es la que es. Jesús había venido, vino, a darle su cumplimiento perfecto y, sobre todo, a que no se hiciera lo que fuera contrario a la misma.

Someter la vida del hombre a las leyes olvidando qué es lo principal en la existencia de la creación de Dios era, sin duda alguna, tergiversar la voluntad del Creador.

Jesús trata de hacer comprender que la realidad está puesta para al hombre, a quien Dios, al crearlo, pensó que era “muy bueno” lo que había hecho. Por eso lo que hay en la creación está para provecho del ser humano que ha de cuidarlo como algo entregado por el Padre para que lo administre. Pero, de ninguna de las maneras se ha de someter el hombre a leyes que pretendan invertir tales términos.



SEÑOR,  Quisiste Tú que lo que habías creado fuera administrado por el hombre. También quisiste que, por tanto, la creación sirviera al ser humano y que de ella obtuviese todo lo que le hace falta para subsistir. Que no cambiemos los términos de tal relación y pongamos como razón de existencia secundaria al hombre.





Eleuterio Fernández Guzmán

17 de enero de 2011

Odres nuevos


Mc 2,18-22

Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vienen y le dicen a Jesús: “¿Por qué mientras los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: “¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán, en aquel día. 


Nadie cose un remiendo de paño sin tundir en un vestido viejo, pues de otro modo, lo añadido tira de él, el paño nuevo del viejo, y se produce un desgarrón peor. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino reventaría los pellejos y se echaría a perder tanto el vino como los pellejos: sino que el vino nuevo se echa en pellejos nuevos”.


COMENTARIO


Jesucristo había venido a dar perfección a la Ley de Dios, Por eso muchos de sus contemporáneos no comprenden lo que hacen, por ejemplo, sus discípulos cuando hacen algo que está prohibido. Profetiza, así, el ayuno en viernes santo porque a partir de tal momento ya no estaría entre ellos. Entonces sí habría causa para ayunar y destaca lo que es importante sobre lo superfluo o tergiversador de la norma divina.

De la vida ordinaria extrae Jesús ejemplos que pueden hacer comprender a los que le rodean lo que, de otra forma, no habrían llegado a entender. Lo nuevo requiere espacio nuevo, lugar donde desarrollarse en contra de lo antiguo. Y lo nuevo es Él mismo y el reino que trae de parte de Dios.

En el odre nuevo de un nuevo corazón, purificado con el fuego del bautismo, el discípulo de Cristo se sabe hijo de Dios. Entonces ya no vale lo viejo, el odre que, de querer poner ahí la nueva forma de ser, se rompería porque no admitiría tal renovación.




JESÚS, cómo explicabas a los que te oían de forma que pudiesen entender la Verdad que Tú eres... Así, a nosotros, en este mundo tan contrario a la voluntad de tu Padre, también nos conviene que nos hables de forma sencilla, para que nuestros corazones, a veces tardos en la comprensión, te acojan como nuevos templos del Espíritu.





Eleuterio Fernández Guzmán




Fuego salvador





Jn 1,29-34

"En aquel tiempo, vio Juan venir Jesús y dijo: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel”. 


Y Juan dio testimonio diciendo: “He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios”.


COMENTARIO

A lo largo de su vida es posible que Juan el Bautista perdiera la inocencia que le hiciera saltar, en el vientre de su madre Isabel, cuando María visitó a su prima. Entonces supo quién venía en el vientre de aquélla. Por eso dice que no le conocía.

En el momento oportuno se le comunicó quién era el Cordero de Dios y así lo hizo ver a aquellos que, entonces, acudían a que les limpiara los pecados con agua.

Además, a Juan se le da el privilegio de ver al Espíritu Santo en forma de paloma pues así lo demuestra el caso de que diga que quien lo envío le dijo lo que tenía que pasar cuando la Tercera Persona de la Santísima Trinidad bajara sobre el elegido de Dios en quien se complacía.




JESÚS, tú viniste a bautizar con fuego para que nuestros pecados se quemaran en la purificación eterna. Ahora, cuando tanto tiempo ha pasado de tu bautismo somos, seguramente, más pecadores que entonces porque te conocemos y no somos como tu primo Juan que no te conoció hasta que se lo dijo Dios. Sana nuestro corazón con el fuego eterno del perdón.




Eleuterio Fernández Guzmán