Mostrando entradas con la etiqueta Contra la fe católica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Contra la fe católica. Mostrar todas las entradas

11 de agosto de 2013

Lo que algunos pretenden
















El Papa Francisco ha supuesto, para muchos creyentes, una especie de solución para muchos de los “problemas” espirituales que tenían. No encontrándose bien en el seno de la Esposa de Cristo porque tiene por malas o negativas muchas de sus doctrinas, han tenido por muy buena la elección del que fuera Arzobispo de Buenos Aires.

En realidad, tales creyentes no podían saber nada de cómo era el nuevo Papa hasta que ha actuado. Pero lo que ha pasado es que se han basado en determinados gestos hechos por el Santo Padre para lanzar las campanas al vuelo y pensar que, en efecto, ahora ha llegado el momento del “cambio” para la Iglesia católica.

Sin embargo, ¿qué es lo que se pretende con eso?

Muchos católicos, seguramente, no se dan cuenta de lo que supondría, para el simple funcionamiento espiritual de la Esposa de Cristo, que se aceptaran las tesis de los católicos que, de forma continua, se han opuesto a la doctrina de la Iglesia católica y han manifestado que lo les gusta, nada de nada, lo que en ella pasa.

Pues bien, podemos imaginarnos qué pasaría al sentido propio de la Iglesia católica si la misma aceptara:

-El aborto

-El divorcio

-La ideología de género

-La manipulación genética

-El sacerdocio femenino

Y así podríamos estar un buen rato porque lo que se pretende es, sencillamente, cambiar de tal forma a la Iglesia católica que no sea, no ya la misma, sino que no tenga nada que ver con aquella que fundara Jesucristo y entregara las llaves de la misma a un tal Pedro que le había traicionado tanto, tanto, tanto.

Nadie debería caer en la trampa de dejarse llevar por aquellos que, como lobos con piel de oveja, quieren, hacen como que quieren, defender a la Esposa de Cristo pero, a la vez, la atacan por todos los flancos posibles y esperan el momento de asestar el golpe definitivo para que deje de ser lo que es. Y han fijado, tales (supuestos) creyentes su mirada en el Papa Francisco para que haga lo posible (a lo mejor en silencio) para que las cosas “cambien” según quieren que cambien.

Lo que algunos pretenden, por lo tanto, es dinamitar todo el edificio eclesial. Y así actúan porque tienen, y lo manifiestan, una voluntad clara y bien determinada y que es, ni más ni menos, aquella que consiste en sembrar cizaña para que cale entre los pequeños en la fe y, así, dañar a las piedras vivas que forman el edificio que, al fin y al cabo, es la Iglesia católica.

No dejemos, nunca, de orar pidiendo a Dios que otorgue luz al corazón de aquellos que no saben, en realidad, qué son en el seno de la Iglesia católica y dejen de buscar extrañas primaveras eclesiales.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Soto de la Marina

13 de noviembre de 2012

La perversión de la Ley








Sabemos que el poder establecido, desde el principio de los tiempos de la organización del ser humano, ha tenido la tendencia a extralimitarse en sus funciones y, con ello, a elaborar normas a su gusto y antojo para mantener, más que nada, la situación a su favor.

Algunas de estas normas están en contra de principios morales elementales y, también, de los que tienen un contenido religioso. Se ataca, así, una doctrina que es seguida y amada por millones de personas.

A veces lo que se establece está tan en contra de lo arriba citado que bien podemos definir a tales normas como intrínsecamente perversas que son aquellas que no tienen que ser cumplidas porque su cumplimiento estaría en contra de tales principios morales y religiosos básicos y, por eso mismo, no prescindibles.

No hay, a este respecto, otra propuesta que se tenga que aceptar porque lo que es inaceptable no tiene razón de ser aceptado.

Por otra parte, nuestro modo de proceder ha de estar de acuerdo con unos valores, con unos principios, que sostienen nuestra forma de ver la vida. Y esa forma de ver la vida no es una invención del momento, ni está traída a nuestra existencia por la casualidad ni por la modernidad. Tampoco puede tratarse de una adaptación a cada circunstancia como si se tratara de algo hecho por el hombre. No. Esto no puede ser así.

Muy al contrario de lo dicho, lo que nos une, lo que hace universal a lo católico, es ese hilo que tiende, desde las Sagradas Escrituras, una conexión entre la humanidad y que se basa, sobre todo, en una conducta, en un proceder, en un decir y hacer de Aquel que vino, que había venido como dijo Él mismo, para perfeccionar la Ley de Dios y no para derogarla; y no para derogarla, repito.

Por lo tanto, nadie está en el derecho de preterir la norma divina por el mero hecho de ostentar un interino poder y un humano comportamiento. Por eso no podemos permanecer de brazos cruzados cuando, por ejemplo, se elabora y se exige el cumplimiento de la ley del aborto (se llame como se llama la misma y se pretenda lo que se pretende con ella) porque es bien conocido quién pervierte la realidad de las cosas, qué se pervierte y por qué se pervierte. Y colaborar con tal perversión no está al alcance de ningún cristiano, aquí católico, ni excusa alguna puede permitir tal cosa.

Un día el que esto escribe oyó, en programa televisivo, al filósofo Fernando Savater decir que el problema que tenía la jerarquía eclesiástica es que no estaban de acuerdo con el hecho de que la sociedad no siguiese sus indicaciones. Esto dicho como si la Verdad fuera un programa establecido por unas personas en el seno de la Conferencia Episcopal Española y hecha a su antojo.

Y cosas como este tipo de pronunciamientos son las que dañan a la Fe porque atentan contra el sentido mismo que tiene aquella y ponen, como quien dice, a los pies de los caballos a las personas que, entregando su vida por los demás, hacen del trabajo que realizan el ejercicio de un instrumento en manos de Dios.

No podemos, por lo tanto, dejar que las circunstancias que se están tratando de imponer se impongan por el mero hecho de tener que responder sí a un poder totalitario porque sea un poder establecido ni aunque se haya establecido con la fuerza de las urnas y de unas elecciones regladas y legítimas.

Las leyes, por eso, que son intrínsecamente perversas no deben ser cumplidas ni siquiera porque hayan sido elaboradas por el César y esté separado de Dios. La separación la establece, en todo caso, quien quiere dejar apartado al Creador de su existencia y del convivir social porque supone sostener un compromiso moral muy elevado y una exigencia alta de entrega a la voluntad de Dios que, como sabemos, no siempre es fácil llevar a cabo.

Pero la Ley, la de Dios, es la Ley de Dios.


Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Soto de la Marina

19 de julio de 2012

Laicidad que puede acabar en laicismo

  
 




Se predica la laicidad de un sistema político cuando se entiende que ninguna religión puede tener el carácter de estatal.

Esto no es nada extraño para el catolicismo porque es más que conocida la expresión de “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios” y, aunque a lo largo de los siglos no siempre ha habido separación entre la Iglesia y el Estado o, mejor entre la Iglesia y lo mundano, hace ya muchos años que la situación cambió.

No quiere, por tanto, la Iglesia fundada por Cristo que el Estado siga sus principios o su doctrina; tampoco quiere, sin embargo, que el Estado o, mejor, los gobernantes del mismo, olviden que la religión no es algo superficial ni caprichoso ni, sobre todo, algo que se puede manipular a su antojo.

El Estado laico

Es de esperar que, en occidente, una Constitución diga en su texto que la nación para la que se elabora no tiene religión alguna y que, por tanto, ninguna será la del Estado o, lo que es lo mismo, que ninguna creencia regirá el funcionamiento del mismo, de sus organizaciones y de las funciones que cumplen.

Es algo que, por lo demás, es la mejor forma de que no se vean mezcladas dos realidades que en sí mismas consideradas deben estar separadas: Iglesia y Estado.

Entonces, en tal caso, las organizaciones que constituyen la nación han de llevar a cabo una labor no distanciada de las distintas confesiones que en su territorio pueden coexistir sino, muy al contrario, teniéndolas todas en cuenta, actuar con respeto hacia ellas.

¿En qué se basa el necesario respeto?

Sencillamente, debido a que si bien para el Estado, como organización,  se haya decidido el alejamiento de confesión religiosa alguna, las personas que conforman la nación sí creen (una gran mayoría así lo manifiesta) y, por tanto, los sujetos activos que constituyen la nación merecen la correspondiente consideración de quienes, al fin y al cabo, no son, sino, los gestores del convivir de la nación.

Por tanto, tal situación es la ideal y la que debe cumplirse para que, en realidad, podamos considerar que un Estado, pongamos el español, tiene una actitud en el que la laicidad juega un papel importante en el desarrollo económico, político y social de aquel.

El Estado laicista

Pero hay algo más avieso y torcido, una forma de comportarse que determina que se han violado los principios arriba citados: cuando la laicidad deviene laicismo. Y, aún peor, cuando la actitud gravemente laicista de sus gobernantes tiene el claro objetivo de menospreciar a una religión en concreto que, no obstante, es la que dice seguir la gran mayoría de la población.

Bien sabemos, en tal aspecto, que España es una de las naciones en las que religión católica tuvo, ha tenido y tiene una acogida, implantación y desarrollo más arraigado y en la que, no sin alguna que otra dificultad de siglos (por la invasión musulmana) se ha mostrado la fortaleza de la fe en Dios.

Extrañaría, por tanto, que algún gobernante se manifestase en contra o muy en contra de la Iglesia católica. Pero, más que nada porque sería atacar, directamente, a la población (en amplia mayoría) que entiende que aquella es importante para sus vidas y que no se trata, exclusivamente, del seguimiento de unos ritos o la percepción de unos sacramentos lo que les guía sino que es una forma de comportarse, de entender la vida.
Sin embargo, no otra cosa ha pasado cuando, en nuestra patria, del principio de laicidad se ha pasado al comportamiento laicista sin solución de continuidad.

¿Qué ha pasado o, mejor, qué está pasando al respecto?

Tan sólo con echar una mirada a nuestro alrededor y, también, teniendo algo de visión (no demasiado profética) de lo que se nos viene encima, respondemos con facilidad a tal pregunta.

Así, paso a paso se están socavando los principios sociales sobre los que se asienta España. Se lleva a cabo, además, a conciencia de lo que se hace porque eso es lo que parece y lo que se quiere.

Se implantó, en el ámbito familiar, el divorcio llamado exprés porque supone una forma rápida de que determinada situación en la que pueda existir una desavenencia, se termine. Sin más problemas... adiós a tal familia.

Se implantó el imposible “matrimonio homosexual”, contrario, en su propio sentido a lo que dice la constitución española.

Se ha facilitado la investigación con células madre embrionarias con fines según los cuales los embriones (seres humanos ya no sólo en potencia sino en acto por ser seres diferenciados unos de otros) se convierten en “medios” y no en un fin en sí mismo.

Se ha implantado una asignatura adoctrinadora, llamada Educación para la Ciudadanía, en pos de la destrucción de la moral social y la adaptación al pensamiento al que lo es socialista. Y todo para “compensar”, de mala manera y mala forma, la existencia de la asignatura de Religión católica a la que, además, se zahiere ninguneándola frente a las demás, que lo son, materias escolares. Y tal asignatura, referida a la Ciudadanía y de carácter netamente adoctrinador, no ha sido eliminada de las horas lectivas que ocupa, para más gravedad, por el nuevo Ejecutivo que gobierna España a resulta de las elecciones del 20 de noviembre de 2011.

Se implantó el aborto como un aberrante “derecho” de la madre a matar al hijo que es una forma de manifestar la falta de humanidad de legisladores y de aquellos que mantienen tal barbaridad en vigencia actual y absoluta.

Sin embargo, no todo está perdido porque esto también tiene solución: que el Estado, cumpla con su deber de respeto a la religión católica y deje de legislar en contra de su doctrina (socialmente admitida) y se comporte no como uno que lo es laicista sino, mejor, como uno en el que el principio de laicidad sea, en verdad, lo que debe ser: respeto, sin desprecio, hacia la religión y a lo religioso.

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Soto de la Marina

Las molestias de la Cruz y la Biblia

 






En determinadas ocasiones se producen intentos de hacer de menos a determinados símbolos católicos como si los mismos no formaran parte de la sociedad en la que vivimos y como si no hubieran colaborado a ser lo que somos. 

Seguramente, quien esté en contra de que tanto la Cruz como el Crucifijo o la Santa Biblia tendrá más de una razón para que no sigan apareciendo en ningún acto oficial o en cualquiera tipo de circunstancias que llaman “públicas”. Sin embargo serán razones muy alejadas de la realidad y seguramente se basarán en normas sobre las que apoyan su pretensión de preterición de los maderos cruzados y de la Palabra de Dios.

Sin embargo existen, con toda seguridad, unas verdaderas causas de todo este extraño, pero comprensible para según qué mentalidades, tejemaneje:

1.-Odio a la Iglesia

Claramente se manifiesta, con actitudes como las que llevan a pretender que algo que es, en sí mismo, la representación de una fe que une a millones de personas en España, desaparezca de actos públicos, una animadversión algo enfermiza hacia la Esposa de Cristo que no hace más que hacer efectivo un anticlericalismo algo caduco y rancio. Y esto desde muchos puntos de vista ideológicos incluidos de los que se debería esperar más comprensión.

2.-Odio a Cristo

Cuando alguien se ensaña de la forma que lo hace con el símbolo más importante para un cristiano, como es la Cruz y contra la Sagrada Escritura que es, al fin y al cabo, Palabra de Dios inspirada al hombre, se hace con un consciente odio hacia el Hijo de Dios que vino a recordarnos (“Para eso he venido”, dijo) que no quería abolir la Ley de Su Padre sino, al contrario, a darle cumplimiento; a darle cumplimiento, ni más ni menos. Y eso molesta cuando implica, tal actuación, un posicionarse en contra del relativismo, del nihilismo y de otros muchos -ismos que son contrarios a la misma existencia de Dios.



3.-Odio a lo religioso

Se pretende, además, encontrarse de frente con las ideas que puedan surgir desde ambientes religiosos católicos porque, al fin y al cabo, lo que no se entiende ni se estima ni se ama es el básico aspecto religioso que toda persona tiene inscrito en su corazón. Tal religiosidad le lleva, sin duda, a hacerse muchas preguntas que sólo encuentran respuesta en Dios y que, así, salvan a la persona que se las hace de la desesperación más grande porque Dios es la misma respuesta.


4.-Odio a lo católico

Concreción de lo religioso; concreción efectiva de la fe; constatación de la presencia de Dios en el mundo. Se actúa contra esto porque, evidentemente, no se quiere que aquello que ha conformado la misma naturaleza de Europa siga persistiendo. Por eso se apoyan, por otra parte, la islamización del viejo continente por dejación del respeto que merece el catolicismo.

5.-No controlar, del todo, a la población religiosa

Pero, además, no se quiere dejar de tener bajo el control del Estado, a todas aquellas personas que, diciéndose católicas, no admiten ciertos comportamientos ni ciertas legislaciones que son muy contrarias a sus creencias. Las personas que, sin dejarse dominar por respeto humano que valga, salen a la calle a defender a la Familia o a la Educación, son, para tales pensamientos totalitarios, deleznables y desechables para la sociedad que pretenden construir.

6.-Odio a los símbolos

Por si todo esto fuera poco, querer hacer desaparecer tanto la Cruz como la Biblia es un proceder puramente censor porque es querer que no se aprecie lo que es, con toda su fuerza, algo presente en la vida de millones de españoles.

Hay, también, otro tipo de razones en las que se apoyan aquellos que pretenden que símbolos católicos como la cruz o la misma Biblia, para que vengan a menos. Son, por ejemplo, los que siguen:

1.-No querer que los católicos nos manifestemos en la vida pública

Al fin y al cabo lo que se quiere es que, precisamente, el catolicismo no tenga vida pública porque, ciertamente, es muy poco conveniente para un poder que pretende controlarlo todo y que no se le escape, de su malévolo redil, ninguna víctima del horror de su mando ha de ser un objetivo a alcanzar.

Así, si el católico lleva a cabo su fe en la Sacristía o en la intimidad de su casa, piensan los censores, se irá diluyendo lo religioso de la sociedad española. Han de creer, por tanto, que están llevando a cabo una actividad a largo plazo y, por ejemplo, tratan de controlar las mentes de nuestros hijos o de los hijos de otros, con Educación para la Ciudadanía que tanto es defendida tanto por la izquierda como por cierta derecha venida a menos espiritualmente hablando y dominada, en el fondo, por el mundo y lo mundano.


2.-Transformar la sociedad a su gusto

El resultado de toda esta aberrante forma de actuar es que se quiere convertir a la sociedad española en otro tipo de sociedad que adore a otros dioses menores (el dinero, el tener sobre el ser, el egoísmo, el relativismo, etc.) que son los nuevos baales, diosecillos de barro, de nuestro tiempo.

Para llevar a cabo tal barbaridad histórica y moral no pueden dejar de atacar cualquier símbolo, cualquier libro religioso que pueda suponer unión y cierto desdén hacia el poder. En fin, cierta animadversión elemental y básica hacia quien quiere hacer de su capa de mando un sayo a su medida ideológica.

Pero, para desgracia de tantos tergiversadores de la realidad (de uno y otro signo político), lo bien cierto es que tales símbolos están a nuestro lado y hasta el fin de los tiempos estarán con nosotros. Y contra eso, poco van a poder hacer.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Análisis Digital