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9 de abril de 2023

Y resucitó

Hoy es, de todos los días de esta Semana Santa el que mejor refleja el gozo de saber que el Hijo de  Dios ha cumplido, hasta el extremo siendo el extremo la sangre, con la misión que se le había encomendado por parte de su padre del Cielo, Dios Todopoderoso. 




Resucitó para siempre, 

volvió de donde los muertos  

para abrir la puerta del Cielo.


Resucitó y cumplió,

resucitó y fue visto por muchos, 

y todos dijeron, al verlo, 

que Dios había sido bueno con ellos. 

¡Alabado sea Aquel que vino a salvarnos!


Eleuterio Fernández Guzmán

2 de abril de 2023

Ramos, domingo de salvación eterna

Hoy es un día más que especial. Y es que hace muchos años hubo quien entró en la Ciudad Santa, Jerusalén y lo hizo aclamado como Mesías y salvador del pueblo judío.

Aquel día muchos extendieron sus mantos y, además, supieron que algo iba a cambiar porque Dios había cumplido su promesa de enviar a Quien los salvara. 

Nosotros, tantos siglos después y tantas veces recordado lo que se dio en llamar, lógicamente, Domingo de Ramos, hacemos nuestra aquella bienvenida porque Dios quiso que su Hijo viniera por primera vez al mundo para que el mundo se salvase cumpliendo, así, su promesa. 



 ¡Hossana Dios en las alturas! 






3 de enero de 2014

Aquellos Magos llegados de oriente

ELEUTERIO





Cuando nace el Hijo de Dios, en aquel mismo momento, unos hombres pobres que andan con su ganado cerca de Belén son avisados por un Ángel de que, en efecto, en aquel villorrio ha nacido, nada más y nada menos, que quien todos estaban esperando. 
Ni qué decir tiene que aquellos hombres raudos fueron en busca de su Salvador. Tantos siglos había esperado, generación tras generación, la llegada del Enviado de Dios que ellos no dudaron nada de nada al caminar hacia aquel Niño.
Pero en lugares muy lejanos de aquellas pocas casas que debía constituir el Belén bíblico donde, según las Sagradas Escrituras, iba a nacer el Mesías, algunos sabios habían sido avisados (¿también por el Ángel del Señor?) de que en una tierra muy alejada de sus naciones, iba a nacer alguien a quien debían adorar. Y eso, para unos hombres de ciencia conocedores de muchas realidades ajenas a la gran mayoría de las gentes, era cosa muy a tener en cuenta.
Y se ponen en marcha. Podemos imaginar que no todos partieron del mismo sitio sino que, de diversos reinos se encontraron, siguiendo a la Estrella, en un lugar determinado del camino o, a lo mejor, en algún cruce de sendas de importancia notable donde confluían los que venían de determinados territorios.
Aquellos llamados magos (no por practicantes de magia al uso sino, seguramente, por conocer, científicamente, muchas realidades) podemos decir que tuvieron fe.
En realidad será fácil decir que no conocían en quién debían fijar su creencia y que, por decirlo de una forma sencilla, seguían la estela de la estrella que les había sido indicada. Sin embargo, no podía faltar la confianza que ponían en los signos que habían adivinado de todo lo que estaba pasando entonces o estaba a punto de pasar.
Y caminaron. Siguieron un camino no exento de peligros y lo hicieron en la seguridad de llegar, un día, donde iba a nacer un ser humano muy especial. E Iban a adorarlo pues era Rey.
Es más que conocido que llevaban presentes. Partiendo del conocimiento que nos dice que, en aquella época era impensable que una persona se presentase en casa de una persona considerada superior, socialmente hablando, sin llevar un presente, no es de extrañar que aquellos hombres, por muy de ciencia que fueran, entendiendo que iban a postrarse ante un Rey, llevasen consigo lo que todos sabemos que llevaban.
Cada cual, con un significado propio, le acercó al Niño-Dios su regalo.
Quien llevó oro sabía que lo hacía ante un gran hombre aún pequeño y recién nacido; quien llevo incienso sabía que se encontraría ante una persona muy relacionada con Dios; y quien llevaba mirra estaba en la seguridad de que, como otros hombres, pasarían por graves y dolorosos momentos en su vida de ser humano ordinario.
Los Reyes Magos, los hombres de ciencia, los conocedores de las realidades escondidas a muchos, estaban por encima de otros tantos comportamientos mundanos. Y por eso no dudan en cumplir la misión que se les había encomendado: plantarse ante el Niño y mostrar su sometimiento, gozoso, a Quien se les ha dicho que lucirá por encima de todas las luminarias que hasta entonces han habido en el mundo.
Llegaron a Belén, tras hablar con Herodes y causar, sin ellos saberlo, la muerte de tantos niños inocentes. Y cuando allí encontraron, en aquel pesebre pobre, al Niño cumplieron lo que debían cumplir. Y fueron enviados de Dios para adorar a Quien merecía ser adorado.
Y, como sabemos, volvieron a sus respectivas tierras. Y allí llevaron la narración de cuanto les había pasado y de cómo, el mejor días de sus vidas, se postraron ante un Niño al que, ya, algunos odiaban. Pero ellos, poderosos en conocimiento se hicieron aún más pequeños que aquel recién nacido y supieron ser humildes, abajarse a la altura de Quien nada podía hacer según su situación de nacido. 
Algunos de entre los pastores dijeron, según cuentan por aquellas tierras de Galilea, que los Magos venidos de oriente lloraron como niños cuando se postraron ante el hijo de María. Y aunque eso no ha pasado a la historia, seguro que sí quedó en el corazón de la Madre, ahí, aquella mujer que guardaba todo bien dentro de sí misma.

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Análisis Digital

24 de noviembre de 2013

Jesucristo, Rey del Universo



“El es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él, el existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia”. 

Este texto de la Epístola a los Colosenses (1, 15-17) muestra una raíz espiritual que siempre debemos tener presente. Y es que hoy, 24 del presente mes de noviembre, se da por finalizado el Año de la Fe que convocó, en su día, el emérito Benedicto XVI. Además (y no por casualidad escogió tal fecha) es el día de celebración en el que recordamos que Jesucristo es Rey del Universo en una festividad que el Papa Pío XI instituyó el 11 de diciembre de 1925 y con la que se cierra el tiempo llamado ordinario.

Empecemos, pues, como corresponde a un día como el citado: una oración a Cristo Rey:

“¡Oh Cristo Jesús! Os reconozco por Rey universal. Todo lo que ha sido hecho, ha sido creado para Vos. Ejerced sobre mí todos vuestros derechos.

Renuevo mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristiano. Y muy en particular me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de vuestra Iglesia. 

¡Divino Corazón de Jesús! Os ofrezco mis pobres acciones para que todos los corazones reconozcan vuestra Sagrada Realeza, y que así el reinado de vuestra paz se establezca en el Universo entero. Amén.”

Nos dice mucho esta oración. No nos dirigimos al Hijo de Dios prometiendo cosas sin importancia sino aquellas que son fundamentales para nuestra existencia como hermanos suyos y como hijos de Dios. Por eso le decimos que queremos renunciar al Mal porque sabemos que es lo que Dios quiere de sus hijos; que queremos vivir como cristianos o, lo que es lo mismo, que queremos que Cristo sea nuestro ejemplo a seguir.

A tal respecto, el Predicador de la Casa Pontifica, el P. Raniero Cantalamessa, ofmcap, en su comentario a tal festividad, pero de 2007, dijo esto:

“El interrogante importante que hay que hacerse en la solemnidad de Cristo Rey no es si reina o no en el mundo, sino si reina o no dentro de mí; no si su realeza está reconocida por los Estados y por los gobiernos, sino si es reconocida y vivida por mí. ¿Cristo es Rey y Señor de mi vida? ¿Quién reina dentro de mí, quién fija los objetivos y establece las prioridades: Cristo o algún otro? Según san Pablo, existen dos modos posibles de vivir: o para uno mismo o para el Señor (Rm 14, 7-9). Vivir «para uno mismo» significa vivir como quien tiene en sí mismo el propio principio y el propio fin; indica una existencia cerrada en sí misma, orientada sólo a la propia satisfacción y a la propia gloria, sin perspectiva alguna de eternidad. Vivir «para el Señor», al contrario, significa vivir por Él, esto es, en vista de Él, por y para su gloria, por y para su reino”.

Debemos, por lo tanto responder a tales preguntas, en un a modo de examen de conciencia, para cerciorarnos de si, en verdad, somos tan cristianos como decimos ser o como pretendemos ser. Es decir, si Cristo reina en nosotros y en nuestro corazón, sabemos a qué atenernos en nuestra relación con los que sufren y con los más necesitados; si, por el contrario, el señorío de Cristo sobre nuestra vida no es el que tiene que ser seguramente haremos justamente lo contrario a lo que Dios quiere que hagamos pues no es casualidad que esto pase sino exactamente lo que tiene que pasar cuando Cristo no es Rey, de verdad, de nuestra vida.

Cristo Rey. Es demasiado importante esta expresión de fe. Por eso debemos tenerla muy en cuenta cuando recordamos, por ejemplo, que una expresión como tal, admirativa, agrandaba los corazones de muchos mártires cuando, antes de dar su vida, precisamente, por su Rey, lo proclamaban voz en grito. Así, los mártires mexicanos de la Cristiada; así los españoles de la persecución religiosa del siglo XX; así tantos otros de los que, seguramente, no tenemos noticia pero de la que sí tiene Dios Padre, Padre, precisamente, del Hijo.

En realidad nada decimos de nuevo cuando nos referimos a Cristo como Rey del Universo. Todo fue creado, como sabemos y nos ha recordado san Pablo, por Él y para Él y, por eso mismo, es Todopoderoso por ser Dios hecho hombre. Nosotros, como mucho, afirmamos lo que es verdadero y cierto y, en todo caso, procuramos aceptar en nuestra vida que nada podemos hacer sin nuestro Rey y que sin Él nada es posible. Por eso nos gusta exclamar, como aquellos otros a los que nos hemos referido arriba:

¡Viva Cristo Rey!, ¡Viva Cristo Rey!, ¡Viva Cristo Rey!

Amén.



Eleuterio Fernández Guzmán

22 de noviembre de 2013

¡Viva Cristo Rey!







La expresión con la que titulamos este artículo significa mucho cuando es dicha por boca de creyentes que están a punto de dar su vida por Jesucristo. Los mártires, muchos de ellos, han pasado y pasan a la otra vida diciendo tales palabras que representan no poco para ellos y, por supuesto, para todo hijo de Dios y discípulo de Cristo.

A ellos, a los mártires, debemos mucho porque, como dijo Tertuliano, su sangre sirve para que nuevos cristianos surjan por doquier siendo, así, semilla de los mismos.

Pero además de esto, o mejor, esto surge por algo y tal algo tiene mucho que ver con nuestra fe y, por supuesto, con lo que supone que Jesucristo sea, en efecto es, Rey del Universo.

Por eso, el Papa Pío XI, en su Carta Encíclica “Quas primas” (11 de diciembre de 1925)  y, en concreto, en el punto 6 de la misma, dejó dicho, sobre la citada realeza de Jesucristo, que

“Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así, se dice que reina en las inteligencias de los hombres, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia cuanto porque El es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de El y recibir obedientemente la verdad. Se dice también que reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque en El la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la santa voluntad divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres porque, con su supereminente caridad y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie entre todos los nacidos ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús. Mas, entrando ahora de lleno en el asunto, es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de El que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino; porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas.”


Con este documento papal quedó instituida la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, y con ella el recuerdo, perenne, de que todo se hizo por y para el Hijo de Dios y que el Padre, Creador y Todopoderoso, lo dejó todo en manos de su Ungido. Es, el domingo en el que se celebra la misma, el último del llamado Tiempo Ordinario y abre las puertas a otro tiempo maravilloso y esperanzador como es el Adviento, pues Quien tiene que venir está a las puertas de nuestro corazón y nuestra vida: Jesucristo Rey, Jesucristo viene aún estando entre nosotros como prometió. Y eso es lo que san Josemaría, en el número 1004 de “Forja” nos da a entender cuando escribe

“¡Luego tú eres rey"... —Sí, Cristo es el Rey, que no sólo te concede audiencia cuando lo deseas, sino que, en delirio de Amor, hasta abandona —¡ya me entiendes!— el magnífico palacio del Cielo, al que tú aún no puedes llegar, y te espera en el Sagrario.

—¿No te parece absurdo no acudir presuroso y con más constancia a hablar con Él?”

Y es que, en verdad, que Cristo sea Rey del Universo quiere decir, antes que nada, que lo es nuestro, de nuestro corazón y de nuestra alma y que, además, quiere serlo y no quiere que le neguemos ante nadie y ante ninguna situación por la que estemos pasando.

Cristo es Rey del Universo y, por eso mismo, tiene toda la potestad y toda la legitimidad de querer que no lo olvidemos nunca. Al fin y al cabo tiene las llaves de la eternidad y, como nos ama más que a ninguna otra realidad creada, nos quiere con Él (es Dios hecho hombre y Padre) y nos entrega su realeza, la entregó en una cruz para que Dios nos perdonara… otra vez.

Por eso, y por todo lo que no hemos sido capaces de plasmar aquí mismo y por agradecer lo que es de agradecer,  no podemos, ni queremos, terminar de otra forma que no sea con una oración dirigida, precisamente, a Cristo Rey. Dice esto:

“¡Oh Cristo Jesús! Os reconozco por Rey universal. Todo lo que ha sido hecho, ha sido creado para Vos. Ejerced sobre mí todos vuestros derechos.

Renuevo mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristiano. Y muy en particular me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de vuestra Iglesia.

¡Divino Corazón de Jesús! Os ofrezco mis pobres acciones para que todos los corazones reconozcan vuestra Sagrada Realeza, y que así el reinado de vuestra paz se establezca en el Universo entero. Amén.”

Y sea así por siempre, siempre, siempre.


Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Soto de la Marina



15 de junio de 2013

Creer, hoy día, en Jesús y creer en Cristo

 




Quizá el título de este artículo pueda resultar un tanto curioso o producir extrañeza. Es cierto que se suele decir que se cree en Jesucristo. Sin embargo, muchas veces lo que, en realidad, se hace, es estar de acuerdo con Jesús-hombre, pero no se siente lo mismo por Jesús-Dios, como separando una realidad de otra.

Pero, ¿cómo es posible creer en Jesús y no en Cristo?

Pues, por ejemplo, se cree en Jesús, en exclusiva, cuando se incardina su vida entre los hombres como si no tuviese más misión que la de ser hombre, alejada su realidad de la divinidad sustancial que lo sustentaba pues por mucho Reino de Dios que trajera se cree, quien así lo haga, que Dios es otro.
Por ejemplo, se cree en Jesús, en exclusiva, cuando se pretende hacer de su humanidad el eje de un mensaje como si fuera motu propio ajeno a su verdadera naturaleza.

Por ejemplo, se cree en Jesús, en exclusiva, cuando, desde su postura doctrinal tendente a hacer efectiva la Ley de Dios se entiende, con eso, que no era Dios sino que venía de su parte, a dar efectividad a lo que había establecido el Creador y que no se cumplía.

Por ejemplo, se cree en Jesús, en exclusiva, cuando de su defensa del pobre, del desvalido y del excluido social se hace bandera partidista como si el hecho de haber comido, y hablado, con ricos, no fuera para amonestar su actuación (ahí tenemos a mal llamado Epulón, el de la parábola de Lázaro) y sólo lo hubiera hecho para denunciar, de una forma quasi revolucionaria, su inservible ser social.

Por ejemplo, se cree en Jesús, en exclusiva, como hombre, cuando se oculta el misterio de su ser bajo el pretexto de la historicidad de su persona y se trata de escamotear la propia divinidad que, como Dios, tiene y se hace ver y pensar que una cosa es la humanidad de Jesús y otra la divinidad de Dios, olvidando todo lo dicho en Concilios como el de Calcedonia y el de Éfeso (sobre la confesión a uno solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo en el primero de ellos y la imposibilidad de atribuir a dos personas o dos hipóstasis en el segundo de ellos) porque, claro, ya sabemos que lo hacía y decía la “jerarquía de la Iglesia” con lo cual, por supuesto, para algunos díscolos discípulos de Jesucristo, es razón más que suficiente para no tener en cuenta nada de lo que dijeran entonces.

Sin embargo, se cree en Jesucristo, Emmanuel, cuando se reconoce que su vida entre hombres lo fue como expresión de la voluntad de Dios que, encarnándose en Jesús, quiso vivir entre sus hijos, como un igual pero sin dejar de reconocer (el Mesías) Quien era y, claro, sin poder atribuírsele pecado alguno.

Además, se cree en Jesucristo, Emmanuel, cuando se comprende y se acepta que su humanidad lo es en el ejercicio de una misión centrada en la constitución de la Iglesia como transmisora de aquella y como fiel heredera y difusora de sus sacramentos.

Además, se cree en Jesucristo, Emmanuel, cuando se entiende que su apoyo al pobre no es un escabel sobre el que subirse para defender posturas o opiniones políticas causantes de la separación contra la que siempre luchó Jesús y para cuya solución planteó, al Creador, aquel “para que sean uno como nosotros” que recoge San Juan en su Evangelio (17, 11) y que el Beato Juan Pablo II meditó en su Carta Encíclica Ut Unum sint, por eso apostillada con referencia al “Empeño Ecuménico”.

Por eso, se cree en Jesucristo, Emmanuel, cuando se es capaz de asimilar que, independientemente de su forma humana, Jesús tenía conciencia de ser Dios, así lo entendía y así lo hizo ver con actos y palabras a lo largo de su vida, conocida, como pública.

Por eso, se cree en Jesucristo, Emmanuel, cuando, dejando de lado toda visión mundana del Hijo de Dios, se confía, se entrega, nuestra confianza, en Aquel que perdona porque es Dios; en Aquel que se entregó para que fuésemos justificados.

Y así podríamos estar mucho rato porque las cosas de la fe son como son y no como a algunos les gustaría que fuesen. Pero, por desgracia, la utilización de la fe, hoy día es, muchas veces, así y aunque el Sagrado Corazón de Jesús seguro que perdona algunos pensamientos, no está mal presentarlos para que se sepa que hay más de un hermano en la fe que está bastante equivocado.

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Soto de la Marina