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8 de diciembre de 2020

Inmaculada Madre


Si se nos permite, vamos a no tener en cuenta el texto bíblico que el Calendario Litúrgico tiene reservado para hoy, 8 de diciembre que es, a saber, el del Evangelio San Lucas, en los versículos 26 al 38 del capítulo 1 del mismo. Y es que la fecha lo merece.





Hoy celebramos un día muy especial en el que recordamos que el poder de Dios es como es o, lo que es lo mismo, total y absoluto. Por eso lo llamamos Todopoderoso porque quien todo lo hizo es claro que puede hacer, simplemente, lo que quiera aunque a nosotros nos pueda parecer algo, primero, misterioso y, luego, difícil de entender.

El caso es que Dios quiso que su Madre no naciera con el pecado original lo cual, por otra parte, hubiera supuesto que su Hijo, el Mesías, Él mismo hecho hombre, hubiera hecho lo propio con el mismo pecado. Y eso, como es lógico, no podía ser y no fue.

Hizo Dios, pues, que María, viniera al mundo limpia de la iniquidad que cometieron Adán y Eva. Por eso hoy recordamos que María es Inmaculada porque ni tuvo pecado al nacer ni cometió ninguno en su vida.

Es cierto que hay quien dice que eso no es verdad y que lo único que hacemos los católicos es alabar, digamos, “demasiado” a la Virgen María. Y nosotros sabemos que eso lo dicen porque, en el fondo, no se siente hijos de María sino, sólo, hermanos de Jesucristo cuando, en realidad, lo segundo no es sin lo primero.

Nosotros, de todas formas, damos gracias a Dios por haber librado a María del pecado original y, luego, de haber sabido escoger Madre más que bien.


María, Virgen Inmaculada, ruega por nosotros.


13 de septiembre de 2013

Corazón de María


ELEUTERIO




Lucía, Francisco y Jacinta apenas habían vivido unos años de sus vidas (que en el caso de los dos últimos serían pocos más) cuando en aquel día del mes dedicado a María, la Madre de Dios se les apareció para hacerles ver que, en realidad, el amor tenía que ser, sobre todo, sufrimiento. 
Todos los momentos negativos, critica siempre quien no entiende ni comprende, que pasó, sobre todo, Lucía (al fin y al cabo la única que iba a quedar para dar testimonio de lo vivido pues le dijo María, el 13 de junio, que “Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. Quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien le abrazare prometo la salvación y serán queridas sus almas por Dios como flores puestas por mi para adornar su Trono“) le valieron para comprender que la Verdad tiene caminos verdaderamente misteriosos para salir a la luz.
Jesús quiere o, lo que es lo mismo, Dios quiere que la devoción al Inmaculado Corazón de la Virgen María sea conocido y amado. Eso le dijo María a Lucía. Y, a lo largo de los años, desde aquel entonces, muchas personas e instituciones eclesiales se han consagrado, precisamente, a tan maravilloso Corazón.
Pues bien, los días 12 y 13 de octubre del presente año 2013 el Papa Francisco consagrará el mundo al Inmaculado Corazón de María. Y lo hará, claro está, ante la imagen de Nuestra Señora de Fátima quien, como decimos, comunicó a Lucía la voluntad de Dios.
Pero fue hace bastantes años, en 1942, cuando Pío XII consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María. Entonces estaba en ebullición la Segunda Guerra Mundial y el Santo Padre se acercó, acercó al mundo, a la Madre de Dios, diciendo, entre otras cosas, esto:
“¡Oh Reina del Santísimo Rosario, auxilio de los cristianos, refugio del género humano, vencedora de todas las batallas de Dios! Ante vuestro Trono nos postramos suplicantes, seguros de impetrar misericordia y de alcanzar gracia y oportuno auxilio y defensa en las presentes calamidades, no por nuestros méritos, de los que no presumimos, sino únicamente por la inmensa bondad de vuestro maternal Corazón.
En esta hora trágica de la historia humana, a Vos, a vuestro Inmaculado Corazón, nos entregamos y nos consagramos, no sólo en unión con la Santa Iglesia, cuerpo místico de vuestro Hijo Jesús, que sufre y sangra en tantas partes y de tantos modos atribulada, sino también con todo el Mundo dilacerado por atroces discordias, abrasado en un incendio de odio, víctima de sus propias iniquidades.”
Pedía, pues, por aquella mala hora por la que estaba pasando la humanidad en la que tantos millones de vidas segó el odio.
No es de extrañar, entonces, que el Papa Francisco, se dirija, otra vez, a Dios a través de María para que el mundo, a ser posible, discurra su caminar por caminos de paz y no de confrontación y de entrega a la muerte y a la desesperanza.
En realidad, los fundamentos espirituales que nos determinan a prestar toda nuestra atención a tal consagración son profundos. Y lo son porque una vez María llegó al cielo tras su Ascensión, su corazón, no ha dejado de interceder por nosotros, hijos suyos. Así, su amor se dirige a Dios y a su Hijo Jesucristo y a ellos presenta aquello que nosotros le pedimos. Por eso cuando veneramos el Inmaculado Corazón de María lo hacemos fijándonos en el de la mujer llena del Espíritu Santo y también de gracia de Dios que escogió el Padre para ser su Madre y eso nos impele, yendo más allá de nosotros mismos, a querer que todo el mundo se consagre al mismo… por bien de la humanidad toda.
Por eso, con humildad, mansedumbre y necesidad espiritual, le pedimos a María, a su Inmaculado Corazón:
“¡Llévanos a Jesús de tu mano! ¡Llévanos, Reina y Madre, hasta las profundidades de su Corazón adorable! ¡Corazón Inmaculado de María, ruega por nosotros!”
Amén o, lo que es lo mismo, que así sea porque queremos que sea, Madre.


Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Análisis Digital

8 de diciembre de 2012

Inmaculada, María


 





 
Santísima Virgen, yo creo y confieso vuestra Santa e
Inmaculada Concepción pura y sin mancha.
¡Oh Purísima Virgen!,
por vuestra pureza virginal,
vuestra Inmaculada Concepción y
vuestra gloriosa cualidad de Madre de Dios,
alcanzadme de vuestro amado Hijo la humildad,
la caridad, una gran pureza de corazón,
de cuerpo y de espíritu,
una santa perseverancia en el bien,
el don de oración,
una buena vida y una santa muerte.
Amén

En muy breve espacio de tiempo celebraremos la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Y, aunque, por la Tradición sabemos que desde los primeros tiempos los fieles cristianos tenían por cierto que Dios preservó a María del pecado original y la hizo, por eso mismo, Inmaculada, fue el Papa Pío IX el que, el 8 de diciembre de 1854, por medio de su Bula Ineffabilis Deus dijera que

“declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles…”

Y, para confirmar lo dicho por aquel Santo Padre que en a mitad del siglo XIX fijó por escrito lo que tenido por bueno por los fieles católicos, un sucesor suyo, Pío XII, en este caso el día de la celebración de la Natividad de María (8 de septiembre) dio a luz pública la encíclica “Fulgens corona” en la que dijo que “Si en un momento determinado la Santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese periodo de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre”.

Todo, pues, está bastante claro. No podía ser de otra manera y María sólo podía nacer libre del pecado original.

En realidad, si alguien es capaz de, serenamente, pensar acerca de la necesidad de que quien iba a ser la madre del Salvador, no tuviera el baldón del pecado original en y sobre su alma, se dará cuenta de que:

1º.-Para Dios era mejor que su Madre fuera Inmaculada y que, por lo tanto, no tuviera la mancha del pecado original.

2º.-El poder de Dios podía hacer que, en efecto, su Madre naciera sin mancha.

3º.-El Creador hizo que María naciera Inmaculada.

Estos argumentos, defendidos por Duns Scotto, nos ponen sobre la pista de que el hecho de que María sea Inmaculada era lo único que podía ser para que la historia de la salvación siguiese por el camino recto que Dios había trazado.

1. Para Dios era mejor que su Madre fuera Inmaculada: o sea sin mancha del pecado original.

2. Dios podía hacer que su Madre naciera Inmaculada: sin mancha.

3. Por lo tanto: Dios hizo que María naciera sin mancha del pecado original. Porque Dios cuando sabe que algo es mejor hacerlo, lo hace.

Dice, al respecto de la Inmaculada Concepción de María, el Beato Juan Pablo II (5 de diciembre de 2003) que con la misma “comenzó la gran obra de la Redención, que tuvo lugar con la sangre preciosa de Cristo. En Él toda persona está llamada a realizarse en plenitud hasta la perfección de la santidad”. Y Benedicto XVI (8 de diciembre de 2006), que “María no sólo no cometió pecado alguno, sino que fue preservada incluso de la herencia común del género humano que es la culpa original, por la misión a la que Dios la destinó desde siempre: ser la Madre del Redentor”.

María, Madre de Dios e Inmaculada, Madre nuestra, intercede por tus hijos ante Dios Nuestro Señor y procúranos el bien para nuestro corazón y nuestra alma.



Eleuterio Fernández Guzmán



Publicado en Análisis Digital