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19 de enero de 2022

Querían acabar con Él

Mc 3, 1-6



"Jesús entró en una sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si lo sanaba en sábado, con el fin de acusarlo.

Jesús dijo al hombre de la mano paralizada: “Ven y colócate aquí delante”.
Y les dijo: “¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?”

Pero ellos callaron.

Entonces, dirigiendo sobre ellos una mirada llena de indignación y apenado por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: “Extiende tu mano”. Él la extendió y su mano quedó sana.

Los fariseos salieron y se confabularon con los herodianos para buscar la forma de acabar con Él."


COMENTARIO

Ciertamente, había quien, al no querer al Hijo de Dios, estaba esperando que hiciera algo que, según ellos y la ley, estuviera mal visto por el común de los judíos. Y esperaban que pasara algo… y pasó.

Es verdad que era imposible que Jesucristo ni hiciera algo con aquel hombre que lo estaba pasando tan mal con su mano paralizada. Y seguro que también sabía que era observado por si curaba en sábado. Pero pregunta Cristo si es bueno hacer el bien o el mal. Ellos no contestan porque deberían decir que era bueno hacer el bien pero era sábado…

Lo que pasa inmediatamente no es nada extraño en quien no quiere a alguien que, para ellos, es tan peligroso: quieren confabularse con los seguidores de Herodes para matar a Cristo.



JESÚS, gracias por hacer lo que debías hacer a pesar de todo.



Eleuterio Fernández Guzmán

30 de noviembre de 2021

Y le siguieron

Mt 4, 18-22



18 Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando a red en el mar, pues eran pescadores, 19 y les dice: ‘Venid, conmigo, y os haré pescadores de hombres’. 20 Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. 21 Caminando, adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. 22 Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron.”


COMENTARIO

Prontitud. Tal es la palabra que define muy bien la situación que se les plantea a estas dos parejas de hermanos pescadores. Y es que podemos imaginar que la atracción de parte del Hijo de Dios debía ser grande pues, de otra manera, no se entiende que pasara lo que pasó.

El caso es que los hermanos, todos ellos, seguramente también sabían que el pueblo judío esperaba un Mesías. Y es posible que Andrés, que con Juan había conocido a Jesús cuando estaban con Juan el Bautista, les hablara de aquel que les había robado el corazón.

Todos ellos supieron responder más que bien y rápido a la llamada que les hacía aquel hombre que recién empezada a predicar pero que debía desprender un no sé qué más propio de quien es capaz de atraer con la mirada.

JESÚS, gracias por haber llamado a tus Apóstoles.

16 de mayo de 2012

Evangelización y comunicaciones sociales







La Iglesia católica, portadora de un mensaje y cumplidora de una misión encomendada por Cristo en Pentecostés, no puede hacer como si las modernas comunicaciones sociales no le afectasen en lo más mínimo porque hacer eso supondría hoy día, un casi suicidio espiritual.

Cobra, por lo tanto, importancia inusitada la celebración de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales a celebrar, Dios mediante, el domingo 20 de mayo.

En el marco de la llamada Nueva Evangelización, el lema para este año es “Silencio y Palabra, camino de evangelización”. 

En el Mensaje escrito por Benedicto XVI para la tal celebración (XLVI de las que se vienen celebrando) ha dicho, entre otras cosas, que “En el silencio escuchamos y nos conocemos mejor a nosotros mismos; nace y se profundiza el pensamiento, comprendemos con mayor claridad lo que queremos decir o lo que esperamos del otro; elegimos cómo expresarnos. Callando se permite hablar a la persona que tenemos delante, expresarse a sí misma; y nosotros no permanecer aferrados solo a nuestras palabras o ideas sin una oportuna ponderación. Se abre así un espacio de escucha recíproca y se hace posible una relación humana más plena. En el silencio, por ejemplo, se acogen los momentos más auténticos de la comunicación por ejemplo, entre los que se aman: la gestualidad, la expresión del rostro, el cuerpo como signos que manifiestan la persona. En el silencio hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento, que precisamente en él encuentran una forma de expresión particularmente intensa”.

Entiende, pues, el Santo Padre que el silencio es, por decirlo así, un semillero de buena comunicación porque posibilita llevar a cabo un necesario discernimiento de lo que pasa y lo que nos pasa a los hijos de Dios y que es, por lo tanto, fructífero y no se puede limitar a no decir nada.

En realidad, “Aprender a comunicar quiere decir aprender a escuchar, a contemplar, además de hablar, y esto es especialmente importante para los agentes de la evangelización: silencio y palabra son elementos esenciales e integrantes de la acción comunicativa de la Iglesia, para un renovado anuncio de Cristo en el mundo contemporáneo”. 

Por lo tanto, en el camino que la Iglesia católica sigue hacia el definitivo Reino de Dios y a los hijos de la misma que somos todos los bautizados, nos corresponde evangelizar teniendo en cuenta estos dos factores sin los cuales mucho perdería nuestro intento de transmitir la Palabra de Dios y de ser testigos de Cristo en el mundo.
¿Cuál es, pues, el origen de la necesidad de situarse en el mundo para, en el mundo, transmitir la Palabra de Dios?

Para un cristiano, para un católico, el ejemplo de san Pablo resulta fundamental para comprender esto. Cuando Saulo dejara escrito, en su Primera Epístola a los Corintios (9:16) “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio” puso, en primer punto de salida para el apóstol la urgencia de una evangelización que, en sí misma considerada, no tenía que tener límites: cada momento de la historia del ser humano y, así, de la Iglesia, tiene su forma de ser que ha de ser aprovechada por aquellos que, especialmente escogidos por Dios, cumplir su labor en medio de la humanidad y es que, además, como también dice san Pablo (Rom 10: 13-14) “Pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?”. 

Silencio, pues, para conocer mejor y, palabra, luego, para ser lo que tenemos que ser en un mundo secularizado y descreído que quiere abandonar a Dios para, eso cree, ser más libre cuando, en realidad, se hace esclavo del mundo y de sus vacías necesidades. 

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Acción Digital

23 de abril de 2012

Estar con la Iglesia católica







Desde el lunes 23 al viernes 27 de abril tiene lugar en Madrid, en la Casa de la Iglesia, la XCIX reunión de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, más conocida como CEE.

Es bien cierto que hay personas que no están de acuerdo con aquello que acuerda la jerarquía de la Iglesia católica en España y, es más, atacan a la misma por lo que hace o dice. También se suelen poner en solfa las decisiones que se toman en este tipo de reuniones en las que los obispos que forman la Asamblea Plenaria llevan a cabo una labor imprescindible.

Sin embargo, bien sabemos los católicos que no estamos de acuerdo con determinados comportamientos que en los tiempos que corren no podemos permitirnos el lujo de ir sembrando cizaña para ver si no es vista y, al crecer junto a la buena cosecha, la estropea un poco.

En realidad, muchas veces se trata de criticar a la misma existencia de las Conferencias Episcopales porque, por ejemplo, se dice que sirven para bien poco.

Antes que nada hay que decir que, aunque lo que puede entenderse como Conferencia Episcopal llevaba funcionando de forma informal desde hacía mucho tiempo (La primera Conferencia estable de Obispos católicos de un territorio fue la belga, constituida en 1830 siendo la Sagrada Congregación para los Obispos las que las denominó “Conferencias Episcopales” en una Instrucción de 1889), es el Concilio Vaticano el que, a través del Decreto Christus Dominus (38) fija, por decirlo así, la realidad misma de las Conferencias Episcopales y terminando tal proceso, en 1966, el Papa Pablo VI, quien con el Motu proprio Ecclesiae Sanctae, impuso la constitución de Conferencias Episcopales allí donde aún no existían.

Así, el canon 447 del Código de Derecho Canónico dice que “La Conferencia Episcopal, institución de carácter permanente, es la asamblea de los Obispos de una nación o territorio determinado, que ejercen unidos algunas funciones pastorales respecto de los fieles de su territorio, para promover conforme a la norma del derecho el mayor bien que la Iglesia proporciona a los hombres, sobre todo mediante formas y modos de apostolado convenientemente acomodados a las peculiares circunstancias de tiempo y de lugar”.
No parece, en principio, que la existencia de las Conferencias Episcopales, aquí la española, tenga poco arraigo en el seno de la Esposa de Cristo. No es, digamos, una institución centenaria pero como tampoco lo son muchos de los movimientos católicos que dan vida a la Iglesia católica.

Cuando, por ejemplo, para esta semana se tienen temas en estudio como la elaboración del Plan Pastoral de la propia Conferencia Episcopal y que será la guía de otros muchos planes particulares o la elaboración de un Mensaje acerca de la Declaración del Doctorado de San Juan de Ávila, el estudio de documentos como “La verdad del amor humano” o las “Vocaciones sacerdotales para el Siglo XXI” o la aprobación de congresos como el de Pastoral Juvenil o la Pastoral Hospitalaria no se puede decir que sea de poca importancia lo que se tendrá que trabajar en esta última semana del mes de abril. Y no se puede decir que no haga falta ningún tipo de coordinación entre los obispados de España como para que no tenga importancia la labor de la Conferencia Episcopal.

Nosotros, los hijos de Dios que nos sentimos parte de la Iglesia católica en España necesitamos ser conducidos porque por eso formamos parte del rebaño del Creador. No nos sentimos, como muchos creen, borregos que no sabemos lo que hacemos sino que, al contrario, estamos más que seguros que nuestros pastores tomarán las decisiones adecuadas y correctas para el tiempo en el que nos ha tocado vivir. Y confiamos en ellos si bien es cierto que en determinadas ocasiones esperaríamos una reacción más contundente contra aquellos hermanos en la fe que se manifiestan demasiado díscolos con determinadas teologías.

El caso es que lo que, quizá, destaca en la naturaleza de las citadas Conferencias es la comunión  que no es, precisamente, lo que muchos piensan. Y lo es, o debería serlo, en un doble sentido: entre los obispos que conforman la Conferencia Episcopal digamos, de carácter nacional y, luego, entre la propia Conferencia Episcopal y Roma (no podemos olvidar que, como dice el número 9 de Motu Proprio ‘Apostolos suos’, del beato Juan Pablo II Magno, “El Romano Pontífice, en efecto, tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad”) Sin la misma, que es de fe y, por tanto, sobrenatural, se desvirtúa el sentido que, en su día, se quiso dar a tal figura jurídico-eclesiástica.

Y en eso estamos.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Soto de la Marina