16 de mayo de 2012

Evangelización y comunicaciones sociales







La Iglesia católica, portadora de un mensaje y cumplidora de una misión encomendada por Cristo en Pentecostés, no puede hacer como si las modernas comunicaciones sociales no le afectasen en lo más mínimo porque hacer eso supondría hoy día, un casi suicidio espiritual.

Cobra, por lo tanto, importancia inusitada la celebración de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales a celebrar, Dios mediante, el domingo 20 de mayo.

En el marco de la llamada Nueva Evangelización, el lema para este año es “Silencio y Palabra, camino de evangelización”. 

En el Mensaje escrito por Benedicto XVI para la tal celebración (XLVI de las que se vienen celebrando) ha dicho, entre otras cosas, que “En el silencio escuchamos y nos conocemos mejor a nosotros mismos; nace y se profundiza el pensamiento, comprendemos con mayor claridad lo que queremos decir o lo que esperamos del otro; elegimos cómo expresarnos. Callando se permite hablar a la persona que tenemos delante, expresarse a sí misma; y nosotros no permanecer aferrados solo a nuestras palabras o ideas sin una oportuna ponderación. Se abre así un espacio de escucha recíproca y se hace posible una relación humana más plena. En el silencio, por ejemplo, se acogen los momentos más auténticos de la comunicación por ejemplo, entre los que se aman: la gestualidad, la expresión del rostro, el cuerpo como signos que manifiestan la persona. En el silencio hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento, que precisamente en él encuentran una forma de expresión particularmente intensa”.

Entiende, pues, el Santo Padre que el silencio es, por decirlo así, un semillero de buena comunicación porque posibilita llevar a cabo un necesario discernimiento de lo que pasa y lo que nos pasa a los hijos de Dios y que es, por lo tanto, fructífero y no se puede limitar a no decir nada.

En realidad, “Aprender a comunicar quiere decir aprender a escuchar, a contemplar, además de hablar, y esto es especialmente importante para los agentes de la evangelización: silencio y palabra son elementos esenciales e integrantes de la acción comunicativa de la Iglesia, para un renovado anuncio de Cristo en el mundo contemporáneo”. 

Por lo tanto, en el camino que la Iglesia católica sigue hacia el definitivo Reino de Dios y a los hijos de la misma que somos todos los bautizados, nos corresponde evangelizar teniendo en cuenta estos dos factores sin los cuales mucho perdería nuestro intento de transmitir la Palabra de Dios y de ser testigos de Cristo en el mundo.
¿Cuál es, pues, el origen de la necesidad de situarse en el mundo para, en el mundo, transmitir la Palabra de Dios?

Para un cristiano, para un católico, el ejemplo de san Pablo resulta fundamental para comprender esto. Cuando Saulo dejara escrito, en su Primera Epístola a los Corintios (9:16) “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio” puso, en primer punto de salida para el apóstol la urgencia de una evangelización que, en sí misma considerada, no tenía que tener límites: cada momento de la historia del ser humano y, así, de la Iglesia, tiene su forma de ser que ha de ser aprovechada por aquellos que, especialmente escogidos por Dios, cumplir su labor en medio de la humanidad y es que, además, como también dice san Pablo (Rom 10: 13-14) “Pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?”. 

Silencio, pues, para conocer mejor y, palabra, luego, para ser lo que tenemos que ser en un mundo secularizado y descreído que quiere abandonar a Dios para, eso cree, ser más libre cuando, en realidad, se hace esclavo del mundo y de sus vacías necesidades. 

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Acción Digital

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