11 de septiembre de 2011

Algunas razones de nuestra esperanza


Lucas, evangelista y médico de Pablo de Tarso, cuenta en los Hechos de los Apóstoles que cuando éste llegó a Atenas comentó, a sus oyentes, que había visto una estatua dedicada al “Dios desconocido” y que él venía a predicar a ese Dios porque él lo había descubierto. Estaba en el Aerópago y era el mejor sitio para predicar a los que querían escuchar sobre todo lo humano y divino.
Todos sabemos que la conversión del apóstol de los gentiles se produjo camino de Damasco cuando perseguía a los seguidores de Jesucristo. Al caer del caballo cayó, también, su concepto, tan humano, de Dios y vino a ser otra persona. Cambió, por eso, su corazón y cumplió con ello lo que Dios quería para el hombre y que no era otra cosa que el corazón viniera a ser de carne y dejara de ser de piedra y producir, así, una verdadera conversión, odre nuevo que recibe un vino nuevo.

Dejó dicho el beato Juan Pablo II, en su “Fides et Ratio”, que “en lo más profundo del corazón del hombre está el deseo y la nostalgia de Dios” (FR, 24). Y de ese corazón, de donde salen las obras, es de donde salen, dominando nuestro vivir, esos argumentos que demuestran nuestra fe en la razón de la existencia de Aquel que muchos desconocen pero del que, quizá, tengan una presencia que vislumbran. Aquel Dios desconocido para los atenienses lo sigue siendo, por desgracia, para muchos contemporáneos nuestros que, a fuerza de mundo se olvidan de Quien los ha creado y de Quien, al fin y al cabo, les entregó este valle para que con su esfuerzo de hombres hicieran de él una tierra habitable para el hermano y, sobre todo, para el que no se considera tal pero que también es querido por Dios y merece, por eso, respeto y ayuda cuando sea necesaria.

Porque es obvio que convivimos con muchos que se dicen ateos que quizá no se den cuentan que también les es donada la libertad para escoger tal opción y que les es dada por Dios, el mismo a quien tratan de no tener en sus vidas; con muchos que se llaman agnósticos porque a fuerza de no creer en el acceso a lo divino no aceptan que nada pueda ser verdadero; con muchos que, incluso siendo, de bautismo, católicos, no tienen verdadera conciencia de lo que esto significa, del tesoro que Dios les ha dado y lo mantienen encerrado en su corazón, con cuatro candados preso, mostrando esa tibieza tan carente de verdadera fe y un sometimiento real al relativismo.

Entonces… ¿Qué hacer? ¿Cómo comunicar, para que se nos entienda, lo que es creer en el Reino de Dios? ¿Cómo hacerles ver que con la Palabra se puede gozar de las aguas de las que Isaías hablaba al nombrar esos “hontanares de salvación” (Isaías 12,3) por los que suspiramos? ¿Cómo ser esa luz que ilumina sus vidas para que, al menos, puedan verse reflejados en el espejo de Dios y sepan lo que se pierden y, sobre todo, que existen razones de fe que la sustentan?

Existen, para eso, pruebas de que Dios, con sus huellas dejadas en nuestras vidas, nos muestra esas razones: lo vemos en la naturaleza, en el silencio en el que oímos la brisa suave (como le sucedió a Elías en su huida) en la que sabemos está el Creador; en las mociones del Espíritu Santo que nos guía; en la sonrisa de un niño o en las lágrimas de un necesitado; en la caricia de un ser querido; en el amor sin condiciones de la inocencia infantil que tanto ama Jesús; en la dulzura de unas manos que se entregan al otro; en el acompañar, en la soledad, al triste; en ser cayado donde el atribulado sostenga la carga de su vida o en ser corazón que acoge, incluso, sobre todo, al que desconoce y maltrata nuestra fe.

Estas pueden ser, quizá, pocas razones de fe para convencer al que no quiere dejarse convencer pero, también, son dones, ciertos carismas del amor que Dios nos entrega para que con ellos podamos dar muestras de Su ser en nosotros; son como esos talentos que, a veces, no dejamos producir; son como si acudiera a nosotros el Padre para ser mostrado al prójimo y ser, así, ejemplo en el que mirarse, luz que seguir, instrumento vital para nuestra existencia; es como si, queriendo serlo, demostráramos que la Verdad es la Verdad y que no hay más salida que aceptarla para que nuestra vida concuerde con el sueño de eternidad que tanto quiso el pueblo elegido por Dios y que tanto anhelamos nosotros, sus herederos, nuevo pueblo.

Y son eso, razones de fe; nuestras razones de fe y esperanza.

Publicado en En Acción Digital




Eleuterio Fernández Guzmán

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