12 de febrero de 2011

Oír y hablar para alabar a Dios


Mc 7,31-3

En aquel tiempo, Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: ‘Effatá», que quiere decir: “¡Ábrete!’.

Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían: ‘Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos’”.

COMENTARIO
En una ocasión, los discípulos de Juan el Bautista acudieron a Jesús para preguntarle si era, su primo, el Enviado a quien todo el pueblo elegido estaba esperando. Les dijo que dijeran a Juan que los ciegos veían y que los cojos andaban. Así se habían cumplido las profecías.

Los sordos oyen. Es una forma muy particular no sólo de curar la enfermedad de una persona sino, además, de destapar algo más que le oído físico. El espiritual, oído, era el que tenían que poner en práctica aquellos otros nosotros.

Le abrió el oído a quien lo tenía cerrado. Pero, a la vez, lógicamente, la lengua, que por su enfermedad auditiva no había puesto en práctica en demasía, también le quedó liberada. Pudo hablar, así, de la gloria de Dios y decir, con sus amigos, “todo lo ha hecho bien” refiriéndose a Jesús.



JESÚS,  liberando a aquella persona sorda y casi muda lo incorporaste a la sociedad que, seguro, tenía apartado por relacionar su enfermedad con algún pecado que podría haber cometido aquella persona o sus padres. Así, también, a nosotros mismos, nos liberas de nuestras torpezas de oído y de boca y podemos, como aquellos, decir que todo lo haces bien y que, sobre todo, es por nuestro bien y nuestra eternidad.


Eleuterio Fernández Guzmán

11 de febrero de 2011

Con el poder de Dios


Mc 7,31-3


En aquel tiempo, Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: ‘Effatá», que quiere decir: “¡Ábrete!’.

Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían: ‘Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos’”.


COMENTARIO

En una ocasión, los discípulos de Juan el Bautista acudieron a Jesús para preguntarle si era, su primo, el Enviado a quien todo el pueblo elegido estaba esperando. Les dijo que dijeran a Juan que los ciegos veían y que los cojos andaban. Así se habían cumplido las profecías.

Los sordos oyen. Es una forma muy particular no sólo de curar la enfermedad de una persona sino, además, de destapar algo más que le oído físico. El espiritual, oído, era el que tenían que poner en práctica aquellos otros nosotros.


Le abrió el oído a quien lo tenía cerrado. Pero, a la vez, lógicamente, la lengua, que por su enfermedad auditiva no había puesto en práctica en demasía, también le quedó liberada. Pudo hablar, así, de la gloria de Dios y decir, con sus amigos, “todo lo ha hecho bien” refiriéndose a Jesús.


JESÚS,  liberando a aquella persona sorda y casi muda lo incorporaste a la sociedad que, seguro, tenía apartado por relacionar su enfermedad con algún pecado que podría haber cometido aquella persona o sus padres. Así, también, a nosotros mismos, nos liberas de nuestras torpezas de oído y de boca y podemos, como aquellos, decir que todo lo haces bien y que, sobre todo, es por nuestro bien y nuestra eternidad.



Eleuterio Fernández Guzmán



10 de febrero de 2011

Aunque sea algo de fe



Mc 7,24-30


En aquel tiempo, Jesús partiendo de allí, se fue a la región de Tiro, y entrando en una casa quería que nadie lo supiese, pero no logró pasar inadvertido, sino que, en seguida, habiendo oído hablar de Él una mujer, cuya hija estaba poseída de un espíritu inmundo, vino y se postró a sus pies. Esta mujer era pagana, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba que expulsara de su hija al demonio. Él le decía: ‘Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos’. Pero ella le respondió: ‘Sí, Señor; que también los perritos comen bajo la mesa migajas de los niños’. Él, entonces, le dijo: ‘Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija». Volvió a su casa y encontró que la niña estaba echada en la cama y que el demonio se había ido.’”


COMENTARIO

La fe puede mucho. Un poco de la misma puede hacer que se mueva una montaña de sitio como bien dijo, en una ocasión, el Mesías. Por eso tiene tanta 
importancia para Jesús que se manifieste la misma.

Aquella mujer tenía, en verdad, un grave problema: la posesión de una hija suya que no la dejaba vivir como debe vivir un ser humano. Pero también sabía que sólo alguien con poder sobre el Mal podía solucionar aquella situación.

Tenía, al menos, algo de fe. Se sentía como un animalillo que sacia su hambre con lo que otros echan al suelo. Así era su fe: pequeña pero grande a los ojos de Cristo. Y eso salvó a su hija.



JESÚS, tú siempre quieres que tengamos fe. Eso salvó a muchas personas que se encontraron contigo a lo largo de tu vida pública y no sabemos si también en la llamada oculta. Así, prefieres que tengamos algo de fe a no tener ninguna porque creer un poco es estar en el camino del definitivo reino de Dios.

Eleuterio Fernández Guzmán

9 de febrero de 2011

Del corazón salen las obras


Mc 7,14-23

En aquel tiempo, Jesús llamó a la gente y les dijo: ‘Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Quien tenga oídos para oír, que oiga’.

Y cuando, apartándose de la gente, entró en casa, sus discípulos le preguntaban sobre la parábola. Él les dijo: ‘¿Así que también vosotros estáis sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede contaminarle, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al excusado?’ —así declaraba puros todos los alimentos—. Y decía: ‘Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre’
.”

COMENTARIO

Los discípulos de Jesús, aquellos primeros doce, no entendían, muchas veces, lo que les decía el Maestro. Tenían, por así decirlo, el corazón cerrado. Aún no habían llegado a comprender lo que, en realidad, era la doctrina de Jesucristo.

Es conocido que el pueblo judío tenía algunos alimentos por impuros y, claro, no ingerían nada de ellos. Tenían, así, del mundo una visión alicorta porque se dejaban vencer por las apariencias de las cosas.

Jesús les dice que es del corazón, de dentro del cuerpo humano, de donde salen los pensamientos y, así, las obras. Por eso, no deberían preocuparse de lo que venía de fuera sino, más bien, de lo que pudiese salir de su interior.


JESÚS, a veces nos cuesta entender, al igual que les pasaba a aquellos otros nosotros discípulos tuyos, lo que significan tus palabras. Estamos atrapados por el mundo y eso nos impide reconocerte entre lo que nos pasa y, así, decidir lo que, en tu doctrina es mejor para nuestra vida ordinaria.




Eleuterio Fernández Guzmán

8 de febrero de 2011

Palabra de Dios y Ley del hombre


Mc 7,1-13

En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, -es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas-.

Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: ‘¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?’. Él les dijo: ‘Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres’. Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres’. Les decía también: ‘¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte’. Pero vosotros decís: ‘Si uno dice a su padre o a su madre: Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro "Korbán" -es decir: ofrenda-’, ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre, anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas’”
.

COMENTARIO

Jesús, en varias ocasiones, se vio obligado a decir que la Ley de Dios se tenía que cumplir. Eso significaba, por lo tanto, que no se estaba cumpliendo por parte de sus contemporáneos.

Muchos ejemplos ponía para hacerles comprender que tenían que llevar a cabo la voluntad de su Padre. Habían hecho de la tradición una forma de existencia muy distante a la Palabra de Dios. Hombres había hecho normas adaptadas a los hombres.

Les acusa el Maestro, precisamente, de violar el mandamiento de Dios para aferrarse a lo que los hombres habían querido entender de tal mandamiento. Eso no era cumplir la Palabra de Dios sino, en todo caso, mirarla sólo de lejos.


JESÚS, el pueblo elegido por tu Padre para transmitir su Fe había tergiversado, en mucho, la Palabra de Dios y tuviste que corregir, varias veces, a los que así se comportaban. Nosotros, a una distancia tan grande en el tiempo de lo que entonces pasada hacemos casi lo mismo porque adaptamos la Ley de Dios a lo que nos conviene. Ayúdanos a superar una tara tan grande.



Eleuterio Fernández Guzmán

7 de febrero de 2011

Buscando a Jesucristo


Mc 6,53-56

En aquel tiempo, cuando Jesús y sus discípulos hubieron terminado la travesía, llegaron a tierra en Genesaret y atracaron. Apenas desembarcaron, le reconocieron en seguida, recorrieron toda aquella región y comenzaron a traer a los enfermos en camillas adonde oían que Él estaba. Y dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que les dejara tocar la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados.


COMENTARIO

Muchos de los que buscaban a Jesús lo hacían porque, seguramente, habían oído que hacía cosas extraordinarias y que debía ser un gran profeta.

Buscar al Hijo de Dios ha de ser, entonces, para nosotros, un objetivo primordial para nuestra existencia porque importa que sepamos junto a quien caminamos hacia el definitivo Reino del Creador.

Aquellos otros nosotros confiaban en Jesús. Por eso les bastaba con tocar la orla del manto que llevaba el Maestro. Así, los que, con fe, tocaban su ropa quedaban curados y, así, salvados. Confiaron... luego fueron justificados.


JESÚS, confiamos en Ti porque sabemos que eres el hijo del Hombre del que hablara el profeta Daniel. Por eso vamos detrás de ti para que, al menos, nos toque algo de tu sombra. Buscamos a Quien nos salve, nos justifique, se entregue por nosotros a una muerte segura y salvadora.


Eleuterio Fernández Guzmán

6 de febrero de 2011

Sal y luz del mundo

Mt 5,13-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos’.”


COMENTARIO

Jesús pone ejemplos de la vida cotidiana. Seguramente vistos en su propia casa como el de la sal y también el de la luz. Cosas ordinarias de las que saca una explicación sobrenatural.

Sal. Con ella los alimentos adquieren un mejor sabor y cambian, por así decirlo, su misma esencia. Dejan de ser, en parte, para ser mejores. Así debemos ser los discípulos de Cristo: ofrecer el optimismo de la fe al mundo en el que vivimos porque Dios es nuestro Padre y a nadie podemos temer.

Luz. Con ella se iluminan, por ejemplo, los caminos. Ser luz para el mundo  supone hacer que otros vean lo que no pueden ver sus ojos por estar embotados de mundo y agobiados con los quehaceres del cada día. Ser luz ha de ser, por eso mismo, labor esencial del discípulo de Jesucristo. Iluminara para la vida eterna.





JESÚS, pones, ante nuestros ojos, aquellos ejemplos que mejor podemos comprender. Nuestro corazón está, a veces, dolorido por lo que nos pasa y eso no nos permite ver la luz ni nos deja ser sal para nuestro prójimo. Ayúdanos a mejorar la vida de los demás y a indicarles por dónde se llega al definitivo reino de Dios a través de la oración y del ser buen cristiano.





Eleuterio Fernández Guzmán
  



5 de febrero de 2011

Predicando y aprendiendo


Mc 6,30-34

“En aquel tiempo, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Él, entonces, les dice: ‘Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco’. Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.”


COMENTARIO

Cuando los apóstoles volvieron de la misión que les había encomendado Jesús lo hicieron gozosos de haber visto que habían sido capaces de cumplir con ella. Fueron fieles a lo que les había dicho el Maestro.

Jesús, sin embargo, también se cansaba porque sus seguidores no dejaban de pedir por sus muchas necesidades y Él no podía dejar de darles aliento y ayuda. También tenía, por eso, que ir con sus apóstoles para enseñarles a un lugar apartado.

No pudo, sin embargo, evitar sentir compasión de aquellos que le seguían porque estaban, en cierto modo, como ovejas sin pastor. Jesús es el Pastor Bueno que lleva al redil a sus ovejas y, por eso, no dejaba de instruirles.




JESÚS, nunca dejaste de atender a los que te seguían y pedían tantas cosas... Habías salido, como tú mismo dijiste, para eso y cumpliste la misión que tu Padre te había encomendado de forma perfecta y llena de gozo. Nosotros, los que te seguimos y queremos, al menos, tocar también el manto de la Palabra de Dios, queremos no dejarte nunca aunque eso pudiera cansarte. Perdona, en nosotros, tal ansia de eternidad.





Eleuterio Fernández Guzmán

4 de febrero de 2011

Cumplir la voluntad de Dios



Mc 6,14-29

En aquel tiempo, se había hecho notorio el nombre de Jesús y llegó esto a noticia del rey Herodes. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado». Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto. 

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.”


COMENTARIO


El Bautista, primo de Jesús había, sido llamado por Dios para que diese una gran noticia, una Buena Noticia, al mundo: el Mesías había llegado. Bautizaba con agua pero era consciente de que Alguien lo haría con fuego y con Espíritu Santo.

La voluntad de Dios era que Juan recordara a Herodes lo que no estaba de acuerdo con la Ley del Creador. Cumplió con su deber de hijo para con su Padre y eso le costó la vida: el hombre, algunos, aún no estaban preparados para recibir la Buena Noticia.

Juan quiso, con su vida, ser ejemplo, último profeta del Antiguo Testamento, de lo puro y santo que puede haber en el ser humano, creación de Dios a la que llamó “muy buena”. Y así siempre sería espejo en el que un buen hijo de Dios tiene que mirarse. 





JESÚS,  tu primo te bautizó con agua y te llamó “cordero de Dios”. Juan, hijo de Isabel y Zacarías (quien tuvo dudas ante el Ángel del Señor y quedó mudo por eso)  cumplió con la voluntad de tu Padre y supo ser mensajero fiel que hace lo que debe. También nosotros debemos hacer otro tanto y no olvidar lo que, a cada cual, corresponde hacer de acuerdo a los talentos que Dios nos da.




Eleuterio Fernández Guzmán

3 de febrero de 2011

Enviados

Mc 6,7-13

En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: ‘Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas’. Y les dijo: ‘Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos’. Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

COMENTARIO

Dios provee lo que sus hijos necesitan. Por eso Jesús conminó a sus apóstoles a que no se preocuparan de lo material. Sólo importaba la labor que tenía que llevar a cabo y, así, la transmisión de una doctrina santa.
Jesús proponía la Palabra de Dios y lo mismo hacían sus apóstoles. Libres eran de aceptar, quienes los oían, lo que les ofrecían. Si no aceptaban tampoco se les podía obligar a hacer nada al respecto.
Los apóstoles cumplieron con la misión encomendada. Enviados al mundo, por decirlo así, a contar lo que habían visto y oído de parte del Maestro, fueron fieles porque era la voluntad de Jesucristo. Y así convirtieron a muchos, aquellos primeros nosotros.


JESÚS, enviaste a tus apóstoles a predicar y a transmitir la Buena Nueva: había llegado el reino de Dios. A nosotros, hoy día, tantos siglos después pero, tan solo, un instante para el Creador, también nos corresponde hacer lo mismo y llevar, a quien no la conozca o haya olvidado, la Palabra de tu Padre.


Eleuterio Fernández Guzmán

2 de febrero de 2011

La dura y gozosa verdad

Lc 2,22-40


"Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: 'Todo varón primogénito será consagrado al Señor' y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: 'Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel'. Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él.

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: 'Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones'.

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él." 



COMENTARIO



Las profecías están para cumplirse. Es voluntad de Dios que así sea y no iba a pasar otra cosa en el caso de Simeón que esperaba ver al Hijo de Dios y, cuando así sucedió,  no tuvo más remedio que pedir al Creador que, habiéndolo visto ya todo, podía llevárselo.


Presentan a Jesús en el Templo siguiendo la Ley de Moisés. Lejos de la voluntad de José y de María ir contra la norma como muy bien diría Jesús años después acerca de la Ley de  Dios.

Y María… quedaría marcado su corazón para siempre. La espada que atravesaría su alma no era, sino, la que Dios tenía preparada para la Madre de su Hijo: amaría sabiendo, al fin y al cabo, lo que tenía que pasar era voluntad de Dios.




JESÚS, cuando, a tan tierna edad de cuarenta días te llevaron al Templo, a la casa de tu Padre, ya había alguien esperándote. Tuvieron fe Simeón y Ana y supieron a Quien estaban viendo. Algunos, de entre nosotros, a veces, nos falta la fe y no te esperamos como deberíamos hacerlo. Bien podríamos tomar ejemplo de aquellos dos ancianos.






Eleuterio Fernández Guzmán








Tener fe

Mc 5,21-43

“En aquel tiempo, Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a Él mucha gente; Él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: ‘Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva’. Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía.

Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de Él, se volvió entre la gente y decía: ’¿Quién me ha tocado los vestidos?’. Sus discípulos le contestaron: ‘Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?’’. Pero Él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad. Él le dijo: ‘Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad’.

Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?’. Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: ‘No temas; solamente ten fe’. Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: ‘¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida’. Y se burlaban de Él. Pero Él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: ‘Talitá kum’, que quiere decir: ‘Muchacha, a ti te digo, levántate. La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.



COMENTARIO

Si había un aspecto que era esencial en la relación que las personas de su tiempo establecían con Jesús era el de la fe. No era poco importante, para el Maestro, que una persona demostrara tener fe porque era el camino más directo hacia el corazón de Cristo.

Muchas veces le demuestran que creen en Él y que le reconocen como el Hijo de Dios. Al menos, o por lo menos, tenían la suficiente confianza en aquella persona que demostraba cosas muy importantes como para dirigirse a Él, de las más diversas formas, para requerir su atención.

Tanto la hemorroísa como el Jefe de la sinagoga saben que Jesús puede. La fe que tienen la demuestran confiando en su intervención y consiguen, digamos, lo que en tal momento necesitan. Y Jesús,  que ama más que nada el amor de Dios sabe que el Padre le concederá lo que le pida porque también Él cree en sí mismo.



JESÚS, tu quieres que demostremos,  con hechos y no sólo con teorías, que te amamos y que creemos en ti. La fe la demostramos, en efecto, sabiendo que la tenemos y que, sobre todo, confiamos en Él porque es voluntad de Dios que creamos y que demostremos que creemos.





Eleuterio Fernández Guzmán

1 de febrero de 2011

El poder sobre el Mal

Mc 5,1-20

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos. Apenas saltó de la barca, vino a su encuentro, de entre los sepulcros, un hombre con espíritu inmundo que moraba en los sepulcros y a quien nadie podía ya tenerle atado ni siquiera con cadenas, pues muchas veces le habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarle. Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras. Al ver de lejos a Jesús, corrió y se postró ante Él y gritó con gran voz: ‘¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes’. Es que Él le había dicho: ‘Espíritu inmundo, sal de este hombre’. Y le preguntó: ‘¿Cuál es tu nombre?’. Le contesta: ‘Mi nombre es Legión, porque somos muchos’. Y le suplicaba con insistencia que no los echara fuera de la región. 

Había allí una gran piara de puercos que pacían al pie del monte; y le suplicaron: 'Envíanos a los puercos para que entremos en ellos'. Y se lo permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los puercos, y la piara -unos dos mil- se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar. Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por las aldeas; y salió la gente a ver qué era lo que había ocurrido. Llegan donde Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor. Los que lo habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos. Entonces comenzaron a rogarle que se alejara de su término.

Y al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía estar con Él. Pero no se lo concedió, sino que le dijo: 'Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti'. Él se fue y empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados."





COMENTARIO


Jesús podía hacer lo que nadie, de su tiempo, podía. Como era el enviado de Dios y, además, Dios mismo, tenía el poder de influenciar de tal manera en el Mal que lo dominaba hasta el extremo de ordenarle lo que tenía que hacer.

Pero lo más curioso es lo que pasa luego. La piara de cerdos sobre los que se precipitan los demonios acaba con aquel ganado porcino con el enfado de sus dueños.

Algo así nos pasa a nosotros cuando nos aferramos a lo que es nuestro por encima de todo. Egoístamente procuramos nuestro bien sin ir más allá de nuestros propios gustos. Y tal forma de comportarse no es la adecuada según la voluntad de Dios. 





JESÚS, tu poder es todopoderoso porque eres Dios hecho hombre. Ante eso nadie podía oponerse pero, a veces, preferimos imponer nuestra voluntad porque no comprendemos lo que significa que el Mal también siga tus órdenes y tus mandatos. Ayúdanos, Jesús nuestro, a caminar a sabiendas de lo que significa no ser egoístas.




Eleuterio Fernández Guzmán

31 de enero de 2011

Ser hijos de Dios

Mt 5,1-12

En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros”.



COMENTARIO


Las personas que se saben hijos de Dios tienen, en su corazón, la Ley que el Creador les puso cuando les creó. En ella reconocen cuál ha de ser su comportamiento en el mundo y, en general, hacia dónde deben caminar con paso recto.

Bienaventurados son aquellos que comprenden la voluntad del Padre y la llevan a su vida y, así, hacen lo que les corresponde; bienaventurados que se reconocen pobres de espíritu y buscan la justicia... la de Dios y no, exclusivamente, la de los hombres.

Somos, así, hijos que sabemos lo que quiere nuestro Padre del Cielo y buscamos, con una forma de ser lo más cercana las bienaventuranzas, el bien en este valle de lágrimas que tiene el nombre de Dios: Elohim, Abbá, Yahveh.





JESÚS, cuando pronunciaste el Sermón de la Montaña querías, para tus discípulos, un mundo mejor. Así, con aquellas palabras traídas al mundo por la boca de Dios hecho hombre, nos entregaste una forma limpia de ser hijos de Tu Padre. Ayúdanos a acercarnos, lo más posible, a las bienaventuranzas.





Eleuterio Fernández Guzmán