31 de mayo de 2012

Isabel y María reciben a Cristo




La Visitación de la Virgen

Lc 1,39-56

“En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: ‘Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!’.

Y dijo María: ‘Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos’. María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.”

COMENTARIO

María, en cuanto escuchó las palabras del Ángel Gabriel acerca de que su prima Isabel estaba embarazada (la que llamaban estéril) desde hacía seis meses no dudó ni por un segundo qué tenía que hacer: acudir rápidamente a su casa a echar una mano.

Isabel sabe por inspiración del Espíritu Santo que su prima María ha concebido al Hijo de Dios y la recibe con esa expresión tan maravillosa “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno” que expresa la gracia del Creador en María.

Pero aquella joven que había dado su fiat a Dios no se quedó muda ante aquel impresionante saludo de Isabel. Entonó el Magnificat y, así, dando gracias a Dios de aquella manera, se aprestó a ayudar a su prima. Se entregó, ya, desde aquel mismo principio.


JESÚS,  tu Madre y tu tía Isabel sabían que eras el Hijo de Dios y, por eso mismo, te recibieron de la mejor forma posible. Nosotros, sin embargo, a pesar de que lo sabemos, parece que, en ocasiones, no nos importa del verdad, la Verdad.



Eleuterio Fernández Guzmán


30 de mayo de 2012

Ser el último...





Miércoles VIII del tiempo ordinario



Mc 10, 32-45



“En aquel tiempo, los discípulos iban de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que le seguían tenían miedo. Tomó otra vez a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: ‘Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de Él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará’.






Se acercan a Él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: ‘Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos’. Él les dijo: ‘¿Qué queréis que os conceda?’. Ellos le respondieron: ‘Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda’. Jesús les dijo: ‘No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?’. Ellos le dijeron: ‘Sí, podemos’. Jesús les dijo: ‘La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado’”.






Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos'".






COMENTARIO



Santiago y Juan, haciendo honor al mote con el que Jesús los nombraba, hijos del trueno (Boanerges), actúan de esa forma arrebatada que les caracterizaba y les diferenciaba de los otros apóstoles. Eran hombres, y como tal actúan. Tratan de que Jesús les conceda estar a un lado de su persona, uno a la derecha y otro a la izquierda. Querían poder, por decirlo rápidamente.



Jesús, sabía, sin embargo, que lo que iban a pasar no era nada agradable y que, si estaban dispuestos a soportarlo (que lo estaban) el resto les vendría dado por añadidura por Dios. Pero su Reino, sin duda, no era ni es de este mundo.



Tenía, el Cristo, que darles a entender quién, en realidad, es el más importante. No es quien quiere hacerse pasar por el primero sino, al contrario, quien se entrega por los demás y se hace el último de ellos. Tal es la verdad primera del comportamiento del discípulo de Cristo.





JESÚS, quien quiere ser el primero en el definitivo Reino de Dios, en la eternidad, ha de ser aquí, en la tierra, en este valle de lágrimas, el último. Y eso, demasiadas veces, lo olvidamos.











Eleuterio Fernández Guzmán





29 de mayo de 2012

Ser los últimos para ser los primeros



Martes VIII del tiempo ordinario

Mc 10,  28-31


“En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús: ‘Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora en el presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros’".

COMENTARIO

Seguir a Cristo no es fácil. No lo es y por eso mismo Él mismo se lo dijo muchas veces a sus apóstoles y, también, dándolo a entender a todos los que le seguían.

Lo que debían, lo que debemos, dejar aquellos que seguían y seguimos a Cristo no es poco. Aunque se refiere el Maestro a hermanos, hermanas, madre, padre e hijos e, incluso, la paciencia, seguramente ser refería a todo lo que pudiera atarnos. Darnos, pues, generosamente, a los demás es la mejor manera de seguir a Cristo. Ser, así, últimos. 

Sin embargo, nada de lo dicho por Jesús supone que nada vayamos a recibir a cambio. No lo deberíamos esperar porque es obligación nuestra actuar de tal manera. Dios, sin embargo, no se deja ganar en generosidad y, por eso mismo, nos ofrece la vida eterna. ¡La vida eterna que dura siempre, siempre, siempre!



JESÚS, aquellos que te seguían no tenían, del mundo, nada que les pudiera retener en Él. Se dejaron amansar el corazón y supieron ser humildes que es, justamente, lo contrario que muchas veces hacemos nosotros.

Eleuterio Fernández Guzmán

28 de mayo de 2012

Dios salva




Lunes VIII del tiempo ordinario


Mc 10,17-27

“Un día que Jesús se ponía ya en camino, uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante Él, le preguntó: ‘Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?’.  Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre’. Él, entonces, le dijo: ‘Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud’. Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: ‘Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme’. Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.

Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: ‘¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!’. Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: ‘¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios’. Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: ‘Y ¿quién se podrá salvar?’. Jesús, mirándolos fijamente, dice: ‘Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios’.”

COMENTARIO

Como hombres, como personas, sabedores como somos que hay algo más después de esta vida, anhelamos, si somos conscientes de ese más allá, encontrarnos, allí, algún día.

Por eso, la pregunta que aquel joven rico hace al Maestro Jesús no deja de tener sentido pues, según él, o eso creía, había cumplido todo lo que la ley decía.

Cuando hay que bajar a la realidad misma de la entrega, al prójimo, desprenderse de lo propio, aquí, ahora, eso ya no parece ser de su gusto. En el joven rico ha privado su calidad de hombre, que vive en el siglo, antes que su calidad de hijo de Dios. Por eso se entristece, porque ha vencido el tener sobre el ser.

La salvación la da Dios a su semejanza. Por eso aquellos que le preguntaban a Jesús acerca de la misma se sorprenden al darse cuenta de que por sí solos nada podían hacer al respecto.

JESÚS,  los que quieren salvarse, los que querían salvarse entonces y ahora, debemos conocer la gran verdad que consiste en saber que es Dios quien salva. A nosotros los corresponde, como máximo estar preparados.



Eleuterio Fernández Guzmán


27 de mayo de 2012

Cristo envía



Jn 20, 19-23

“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: ‘La paz con vosotros’. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: ‘La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío’. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’".

COMENTARIO

Para que  todo lo que hizo tuviera sentido tuvo que aparecerse, Jesús, a sus discípulos que, con miedo, estaban escondidos. Sólo así comprendieron todos los, para ellos, extraños mensajes  que habían recibido de Él y que, en su tiempo, no entendieron.

Jesús llevó a cabo el primer envío después de darles a aquel. Una misión: predicar el Evangelio, esa buena noticia que debían de llevar a todos,  con el poder de perdonar pecados, y de retener los que creyeran que debían ser retenidos.

Todo un poder legítimo, significativo, creador de un nuevo mundo basado en su ejemplo, en su amor, en la Verdad que Él trajo, otros brazos para Dios serían los que llevarían a las gentes la Verdad que Cristo había venido a traer.


JESÚS,  querías que tus primeros discípulos tuvieran conocimiento de cuál era la labor que tenían que llevar a cabo a partir de aquel momento. Nosotros, muchas veces, olvidamos que también nos corresponde ser apóstoles modernos, de ahora mismo.



Eleuterio Fernández Guzmán


26 de mayo de 2012

Ser fiel como Juan





Sábado VII de Pascua

Jn 21, 20-25

“En aquel tiempo, volviéndose Pedro vio que le seguía aquel discípulo a quién Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: ‘Señor, ¿quién es el que te va a entregar?’. Viéndole Pedro, dice a Jesús: ‘Señor, y éste, ¿qué?’. Jesús le respondió: ‘Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme’. Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: ‘No morirá’, sino: ‘Si quiero que se quede hasta que yo venga’.

Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.”

COMENTARIO

El discípulo que es considerado como el más amado por Cristo vivió intensamente la relación con el Maestro. Por eso su Evangelio es tierno y está lleno del gozo de conocer íntimamente al Hijo de Dios.

A lo mejor Pedro podía tener envidia de Juan. Le preocupaba que Jesús tuviera una relación más directa con el discípulo más joven. Sin embargo, Jesucristo sabía que tenía pensadas realidades distintas para uno y otro.

En realidad, Jesús no dijo que Juan no moriría sino que lo tendría siempre a su lado como, en efecto, así fue pues estuvo con Él en el momento crucial de la muerte en cruz y allí mismo le entregó a su Madre para que fuera Madre, también, nuestra.

JESÚS, Juan te amaba de una forma muy especial y, por eso mismo, lo querías siempre a tu lado porque sabías de su fidelidad. Seguro que quieres lo mismo para nosotros aunque, en realidad, no seamos tan fieles como lo fue él.




Eleuterio Fernández Guzmán


25 de mayo de 2012

También hoy es Pentecostés


 




Cuando los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo en aquel día de Pentecostés supieron, de inmediato, que tenían una misión que cumplir y que, desde aquel mismo momento, nada iba a ser igual que antes y que sus vidas no serían las mismas.

Recoge el evangelista San Lucas en sus Hechos de los Apóstoles (2, 1-11) cuando escribe que “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía  expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: ‘¿Es que no son galileos todos estos que están hablando?’ Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios.”

Aquel fue un momento muy importante para la Iglesia católica naciente porque suponía el punto de partida desde el cual la Palabra de Dios y el ejemplo del proceder y del hacer de Cristo iban a difundirse por todo el mundo, a todas las gentes. Y lo fue porque, el primer Papa, a la pregunta de qué tenían que hacer para aceptar a Cristo, les dijo a los presentes (Hechos 2, 38-41) “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión  de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y  para  todos’  los que están lejos,  para cuantos llame el Señor  Dios nuestro. Con otras muchas palabras les conjuraba y les exhortaba: ‘Salvaos de esta generación perversa.’ Los que acogieron su Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas 3.000 almas.”

Pero no se debería creer que el envío del Espíritu Santo fue cosa de aquellas personas que estuvieron en el lugar adecuado y en el momento adecuado. Hoy mismo, Jesús nos envía el mismo Espíritu que llenó de espiritual vida a sus primeros discípulos. Y, sin embargo, con ser muy bueno esto no es menos buena la obligación que se nos impone a cada uno de los creyentes.

Por ejemplo, tenemos sobre nuestro corazón y, así, sobre nuestra vida, un compromiso firme de vivir nuestra fe de una forma completa y no alejada de la voluntad de Dios.

Por ejemplo, nos obliga (obligación gozosa) a mantener la esperanza que todo hijo de Dios nunca debe perder porque, de hacerlo, demostraría que ha dejado de creer en la Providencia del Creador y sería, tal, un pecado, precisamente, contra el Espíritu Santo que es, como sabemos, de los que no se perdona.

Pero también, por ejemplo, a ser fuertes en la adversidad y ante las asechanzas del Mal y del Príncipe de este mundo. El Espíritu lo es de fortaleza y, por lo tanto, la misma es un arma espiritual de la que no podemos ni debemos desprendernos nunca por nuestro propio bien.

Por eso hoy mismo, y mañana y pasado mañana, es, simbólicamente, Pentecostés. Y lo es porque cada uno de nosotros, fieles discípulos de Cristo, recibimos Su Espíritu que nos acompaña siempre y siempre nos auxilia.

En realidad, esto es así porque el Espíritu Santo nos lleva a los creyentes en Dios Todopoderoso y en su Hijo Jesucristo a un encuentro con Cristo, Salvador Nuestro que nos hace hermanos con todas sus consecuencias. Además también posibilita tener una relación profunda en el Emmanuel. Y esto es así porque Jesús, el Mesías enriqueció a la Iglesia católica y la sigue enriqueciendo con sus dones y carismas y los mismos se muestran en multitud de casos más que conocidos, siendo el primero de ellos, precisamente, el Espíritu Santo.

Pentecostés (el primero de ellos fue aquel día después de que hubieran pasado cincuenta días de la resurrección de Cristo) fue esencial para el cristianismo pero el que celebramos, espiritualmente, cada día (como envío y conversión) debería ser fundamental para cada uno de nosotros, herederos de aquellos primeros discípulos y no nos debería hacer olvidar ni quiénes somos ni a qué estamos destinados.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Soto de la Marina

Como Cristo perdona




Viernes VII de Pascua

Jn 21, 15-19

“Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos y comiendo con ellos, dice Jesús a Simón Pedro: Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?’ Le dice él: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Le dice Jesús: ‘Apacienta mis corderos’. Vuelve a decirle por segunda vez: ’Simón de Juan, ¿me amas?’. Le dice él: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Le dice Jesús: ‘Apacienta mis ovejas’.

Le dice por tercera vez: ‘Simón de Juan, ¿me quieres?’. Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: ‘¿Me quieres?’ y le dijo: ‘Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero’. Le dice Jesús: ‘Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas a donde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme’”.


COMENTARIO


Jesús había sido traicionado claramente por Pedro cuando, en la noche de su Pasión se cumplió lo que le había profetizado y que era que antes de que cantara el gallo le habría negado tres veces. Aquella mancha quedó muy dentro del corazón de aquel apóstol.

Jesús sabe que perdona a Pedro de todo corazón pero tiene que hacérselo ver para que quite el peso tan grande que tenía prendido en su alma desde que le traicionara. Y le pregunta tres veces, las mismas que le había traicionado, si lo quería. Sabía que sí lo quería pero era el mismo Pedro el que tenía que responder.

No se limita Jesús a perdonarlo sino que le encomienda una labor muy importante como era apacentar a sus ovejas o, lo que es lo mismo, ser el pastor que las conduzca por el camino hacia el definitivo Reino de Dios.



JESÚS, como querías tanto a Pedro le perdonas para que sepa que lo amas. Es lo mismo que haces con nosotros cada vez que pecamos aunque, muchas veces, no queramos darnos cuenta.




Eleuterio Fernández Guzmán


24 de mayo de 2012

Ser uno como Cristo quiere




Jn 17, 20-26

“En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: ‘Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.

‘Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos’".

COMENTARIO

Incluso en el tiempo de Jesús había divisiones entre aquellos que le seguían. El Hijo de Dios no quería que tal cosa sucediera porque la voluntad del Creador es que todos seamos uno.

Jesús no se limitó a transmitir la Palabra de Dios sino que quiso que, en efecto, fuéramos uno como lo eran Él mismo y el Creador. Para eso nos transmite que desde antes de que el mundo fuera creado, desde la misma eternidad, Dios lo amó y que tal Amor es que nos transmite.

Cristo nos transmite el Amor de Dios a cada uno de nosotros. Nos da a conocer que el Padre quiere que no olvidemos que la primera Ley de su Reino es, precisamente, la de la caridad y que debemos ponerla en práctica en nuestra vida ordinaria.


JESÚS, quieres que seamos uno y que no haya separaciones entre nosotros. Sin embargo, cada cual tiene la tendencia de hacer según su parecer espiritual y por eso es tan difícil ser uno.


Eleuterio Fernández Guzmán

23 de mayo de 2012

No somos de este mundo





Miércoles VII de Pascua

Jn 17,11b-19

“En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: ‘Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura.

‘Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad’”.


COMENTARIO

Cristo intercede por nosotros pidiendo a Dios que nos tenga en cuenta. Le pide que seamos uno y que no nos separemos como, por desgracia, sucedía en su tiempo y ahora mismo.

Dice Jesús que no somos de este mundo. Con eso seguramente quería decir que estamos destinados al definitivo Reino de Dios y que quería que todos se convirtieran para poder entregar a su Padre a los que le había puesto bajo su amor y misericordia.

Jesucristo envió, en su tiempo, a sus discípulos, al mundo a predicar y a transmitir el Evangelio, la Buena Noticia según la cual el Reino de Dios había llegado con la venida del Mesías, Hijo de Dios y Ungido por el Padre. Aceptar tal verdad era y es importante para todos nosotros.



JESÚS, sabes que no somos de este mundo pero, también, que aquí vivimos y existimos hasta que seamos llamados a la Casa del Padre. Por eso es triste que en muchas ocasiones muchos de nosotros hagamos como si sólo existiera esta vida y olvidáramos la más importante.




Eleuterio Fernández Guzmán


22 de mayo de 2012

Cristo pide por nosotros







Martes VII de Pascua

Jn 17,1-11a

“En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: ‘Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar.

‘Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese. He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado.

‘Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti’”.

COMENTARIO

Jesús sabía que su misión en la tierra estaba a punto de concluir en su vertiente humana y, por eso mismo pide al Padre que tenga en cuenta que ha cumplido su voluntad.

Entiende el Hijo de Dios que ha transmitido lo que debían conocer sus discípulos y que al haber aceptado lo que les decía habían convertido su corazón y estaban preparados para proseguir con la misión que les había encomendado.

Jesús pide por ellos y, así, por todos nosotros. Sabe Cristo que el hombre vive en el mundo aunque no sea del mundo y, así, que debe permanecer en el mundo para glorificar a Dios y cumplir, también, con su particular misión evangelizadora.



JESÚS, cuando vas a subir al Padre y a su Casa a prepararnos las estancias que, luego, recibiremos cuando sea voluntad de Dios, pides a Dios que tenga en cuenta que nosotros nos quedamos en el mundo. Sin embargo, muchas veces, hacemos como si tal realidad no hubiera sucedido nunca.



Eleuterio Fernández Guzmán

21 de mayo de 2012

Recibir la paz de Cristo






Lunes VII de Pascua

Jn 16,29-33

“En aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús: ‘Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios’. Jesús les respondió: ‘¿Ahora creéis? Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo’”.

COMENTARIO

Muchos de aquellos que seguían a Jesús necesitaban de algo más que pruebas para creer en lo que decía y, en realidad, para tener bien asentado en su corazón el hecho de que era el Mesías. Al parece habían llegado a creer.

En realidad, Jesús sabía que no tenían tan claro lo que decían porque sabía a la perfección que cuando llegara el momento de la crucifixión y la subsiguiente muerte casi todos huirían y saldrían corriendo.

Sabía Jesús, sin embargo, que no estaba solo porque Dios estaba con Él. También sabía que aunque el mundo creyese que le había vencido era Él quien había resultado vencedor y, por eso mismo, podía dar ánimos a los que le seguían.


JESÚS,  sabes que seremos perseguidos como lo fuiste Tú. Sin embargo, bien nos puedes animar porque sabes que vences a la muerte y al Mal. Sin embargo, en muchas ocasiones parece que no nos importa lo que dices ni lo que has hecho por nosotros.



Eleuterio Fernández Guzmán


20 de mayo de 2012

¿Quién es, qué es, ser santo?


 




De muchas maneras se puede definir la palabra “Santo”. Por ejemplo, es santa aquella persona que ha amado a Dios sobre todas las cosas, cumpliendo, así, su voluntad. Por eso, no sólo lo son las personas que están en los altares porque a nosotros también nos es dado amar al Padre y podemos llamarnos, así, santos.

Por tanto, por la forma del amor, a nadie le está vedado ser santo sino, al contrario, favorecida tal posibilidad porque depende de nuestra voluntad cumplir tal mandamiento divino.

Así, sabemos cómo se puede ser santo y, entonces, quién puede serlo.

Por eso, ante la situación de la fe por la que pasa nuestra sociedad, bien podemos exclamar, con San Josemaría, lo que éste dice en el nº 301 de su libro “Camino”: “Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos.  —Dios quiere un puñado de hombres "suyos" en cada actividad humana. —Después... "pax Christi in regno Christi" —la paz de Cristo en el reino de Cristo”.

Por su parte, Benedicto XVI, al referirse al día de Todos los Santos, en 2007, dice que el cristiano “ya es santo, pues el Bautismo le une a Jesús y a su misterio pascual, pero al mismo tiempo tiene que llegar a ser santo, conformándose con Él cada vez más íntimamente”. Entonces “A veces se piensa que la santidad es un privilegio reservado a unos pocos elegidos. En realidad, ¡llegar a ser santo es la tarea de cada cristiano, es más podríamos decir, de cada hombre!”

Realidad de Cristo es que los hijos de Dios formamos parte del Cuerpo de Aquel (imagen, ésta, dotada de mucha fuerza, porque representa todo el depósito de la fe en la que vivimos y existimos)
Por tanto, la santidad está destinada a todos.

Santidad actual

Dice el evangelista Mateo, o recoge, una expresión de Jesucristo que centra, muy bien, la cuestión de la santidad hoy día porque supone, en realidad, un buen punto de partida: “sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48) que es, más exactamente, una parte de lo que sigue al Sermón del Monte en el que predicó acerca de las Bienaventuranzas.

Hay que ser, pues, perfectos, aunque sabemos que no es, tal realidad espiritual, nada fácil de conseguir. Por eso, vale la pena recordar lo que en el Génesis (17, 1) dice Dios: “Anda en mi presencia y sé perfecto” porque, al menos, nos dice que hemos de tener presente, siempre, a Dios en nuestra vida y tal presencia la hemos de transformar en fruto para que pueda decirse de nosotros lo que San Josemaría dice y que no es otra cosa que “Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo” (número 2 de “Camino”)

Pero, para que tengamos conciencia de lo que la santidad supone, el Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium (11) dejó dicho que “Todos los fieles, cualesquiera que sean su estado y condición, están llamados por Dios, cada uno en su camino, a la perfección de la santidad, para lo que el mismo Padre es perfecto”. Entonces, “A todos los cristianos nos pertenece, por propia vocación, buscar el reino de Dios, tratado y ordenado según Dios los asuntos temporales” (Ibídem, 31)

Por tanto, además, de tener a Dios en nuestras vidas, hemos de llevar a la práctica lo que el Concilio Vaticano II llama “asuntos temporales” es decir, aquellos que corresponden a nuestras vidas mientras peregrinamos por el mundo hacia el definitivo reino de Dios.
Ordenar la vida según Dios es lo que, fundamentalmente, nos acerca a la santidad, lo que nos procura el Amor del Padre y lo que, al fin  y al cabo, nos hace santos.

Vemos, pues, que todos los santos que en el cielo no son todos los santos que en el mundo hubo sino una porción de las personas a las que se les reconoció, y se reconoce, el cumplimiento de la perfección citada supra.

Y, sobre todo esto dicho, las Sagradas Escrituras dice esto tan importante:

“Sed santos para mí, porque yo, Dios, soy santo, y os he separado de las gentes para que seáis míos”, en Lev 20:26.

“Pero el que guarda sus palabras, en ese la caridad de Dios es verdaderamente perfecto. En esto conocemos que estamos en Él”, en 1Jn 2, 5.

“Por cuanto que en Él  nos eligió antes de la constitución del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante Él en caridad”, en Ef 1, 4.

Por eso, porque fuimos elegidos desde la misma eternidad, merece Dios la santidad que nos reclama pero no como deuda sino como pura devoción y amor.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Soto de la Marina

Cristo ascendió al definitivo Reino de Dios




Ascensión del Señor

Mc 16, 15-20

“En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: ‘Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien».

Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.”

COMENTARIO

Antes de acudir, hasta su próxima venida en la Parusía, al Padre, Jesús, deja un mensaje y una voluntad a aquellos que, en ese momento, lo ven y escuchan. Tanto una cosa como otra será fundamental para la transmisión de la Palabra de Jesús.


El proceso es el siguiente: creer, bautizarse, salvarse. No es esto nada baladí ni carente de importancia. En primer lugar se hacía, y hace, necesario, en personas adultas o ya con suficiente uso de razón, el creer, a los que están alejados de Dios por la causa que sea. Luego, confirma esa aceptación de su voluntad con el bautismo para conseguir salvarse en tanto en cuanto se practique la voluntad de quien envió a Jesús.

La salvación, pues, es trasunto de un hacer y no gratuidad sólo. A la gratuidad, que sólo tiene Dios, cabe añadir un comportarse, un hacer, un ser.


JESÚS,  cuando asciendes a los cielos dejas a tus discípulos una misión importante: ayudar a que se conviertan y se salven quien crea en Ti. Nosotros, sin embargo, en demasiadas ocasiones, nuestra confesión de fe no es demasiado real ni verdadera.



Eleuterio Fernández Guzmán


19 de mayo de 2012

Pedir en y con Cristo



Sábado VI de Pascua

Jn 16,23-28

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘En verdad, en verdad os digo: lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado. Os he dicho todo esto en parábolas. Se acerca la hora en que ya no os hablaré en parábolas, sino que con toda claridad os hablaré acerca del Padre. Aquel día pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque me queréis a mí y creéis que salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre’”.


COMENTARIO

Pedir en nombre de Cristo

Cuando los hijos de Dios nos dirigimos al Padre esperamos que nos escuche y atienda a lo que le pedimos. Debemos hacerlo no de cualquiera forma sino como dijo Jesús: en su nombre. Así Dios no puede resistirse a lo que le pedimos.

Cristo intercede por nosotros

El Hijo de Dios es también hermano nuestro. Por eso mismo, en nuestras peticiones al Creador actúa como intercesor nuestro y colabora en que obtengamos provecho de nuestras peticiones.

Cristo ha de volver

Jesús no se fue a la Casa del Padre para nunca volver sino, precisamente, para todo lo contrario. Cuando haya preparado las estancias allí mismo y se cumpla la voluntad de Dios ha de volver para juzgar a vivos y muertos.


JESÚS,  pedir a Dios por nuestras necesidades lo tenemos que hacer no olvidando quién eres y lo que nos prometes. Por eso mismo no deberíamos olvidar nunca que en Ti tenemos a alguien más que un hermano.



Eleuterio Fernández Guzmán


18 de mayo de 2012

Alegrarse con Cristo





Jn 16,20-23a


“En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: ‘En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. Aquel día no me preguntaréis nada’”.


COMENTARIO


Muchos de los que perseguían a Jesús para matarlo se debieron alegrar de su muerte. Eso ya lo sabía el Hijo de Dios y por eso avisaba a sus discípulos de tal cosa iba a pasar. 


Al contrario pasaría con aquellos que seguían a Cristo: llorarían y lamentarían que eso hubiera pasado porque seguramente querían haber seguido a su lado durante muchos años. Sin embargo, su tristeza se tornaría danza y alegría. 


Bien sabía Jesús que sus discípulos tenían muchas dudas y que, por eso mismo, tendrían que esperar al día de su resurrección para ver confirmado todo lo que les había dicho. Entonces, en efecto, no hará falta preguntar nada porque todo habrá cobrado su verdadero color de verdad.




JESÚS,  los que te perseguían buscaban tu muerte y con ella se alegraron. Nosotros, sin embargo, que sabemos que moriste voluntariamente para salvarnos no llegamos a comprender, a veces, lo que eso significa. 






Eleuterio Fernández Guzmán




17 de mayo de 2012

Dios inspiración y Dios verdad




Eleuterio Fernández Guzmán







Cualquier cristiano e, incluso, quien no lo sea pero tenga una visión clara de su relación con el Creador, sabe que proviene del mismo y que, por lo tanto, conviene que se cumpla la voluntad de Quién creó y mantiene lo creado. Porque Dios es inspiración y es verdad y, por eso mismo, sirve a sus hijos como manifestación de qué es lo que se ha de seguir y en qué nos debemos sostener.
Así, cuando quienes nos consideramos hijos de Dios tenemos la voluntad de cumplir la suya no podemos decir que no tengamos nada en lo que fijarnos ni, tampoco, que sea poco lo que nos sirve de apoyo de nuestro comportamiento.
En el devenir de nuestra existencia espiritual y, por eso mismo, material (no admitamos una dualidad que separe lo uno de lo otro o una falta de unidad de vida) Dios ilumina nuestro entendimiento y, por eso mismo, mueve nuestra voluntad. Es, pues, inspiración nuestra y nos dejamos mover por el Espíritu por el camino que nos conduce al definitivo Reino de Dios.
Acudimos, por lo tanto y para reconocernos hijos de un Padre que nos ama y para buscar inspiración a la que supo entregar el Creador al salmista, cuando le hace escribir, en el 51, lo siguiente:
«Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito,/ lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame./ Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí; / contra ti, contra ti solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí. Por que aparezca tu justicia cuando hablas y tu victoria cuando juzgas./ Mira que en culpa ya nací, pecador me concibió mi madre./ Mas tú amas la verdad en lo íntimo del ser, y en lo secreto me enseñas la sabiduría./ Rocíame con el hisopo, y seré limpio, lávame, y quedaré más blanco que la nieve./ Devuélveme el son del gozo y la alegría, exulten los huesos que machacaste tú. / Retira tu faz de mis pecados, borra todas mis culpas./ Crea en mí, oh Dios, un puro corazón, un espíritu firme dentro de mí renueva; / no me rechaces lejos de tu rostro, no retires de mí tu santo espíritu./ Devuélveme la alegría de tu salvación, y en espíritu generoso afiánzame; / enseñaré a los rebeldes tus caminos, y los pecadores volverán a ti./ Líbrame de la sangre, Dios, Dios de mi salvación, y aclamará mi lengua tu justicia;/ abre, Señor, mis labios, y publicará mi boca tu alabanza./ Pues no te agrada el sacrificio, si ofrezco un holocausto no lo aceptas./ El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias./ ¡Favorece a Sión en tu benevolencia, reconstruye las murallas de Jerusalén!/ Entonces te agradarán los sacrificios justos, –holocausto y oblación entera– se ofrecerán entonces sobre tu altar novillos.»
El Salmista, fuera o no el Rey David, sabe a qué atenerse y sabe a Quién debe dirigir su petición. Busca inspiración en Dios porque lo reconoce Padre y lo sabe Creador. Y se abandona, en su vida, a su Providencia y le pide un corazón puro que sepa humillarse porque conoce que tal es la voluntad de Dios que, antes de querer sacrificios de animales prefiere que cambie el corazón de sus hijos y lo vengan a tener de carne y no de piedra. Y en eso se inspira el salmista para dirigirse a Dios.
En realidad, sabemos que Dios es verdad, que es la Verdad en sí misma considerada. Y así se nos lo dice, en muchas ocasiones, en las Sagradas Escrituras como, por ejemplo, aquí: «"Doy gracias a tu nombre por tu amor y tu verdad"» (Sal 138,2). Además, Dios es la Verdad, porque «"Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna"» (1 Jn 1,5); o cuando el Salmo 119, 160) dice que «"El compendio de tu palabra es la verdad, y tus justas normas son eternas»; o "»Ahora, mi Señor Dios, tú eres Dios, tus palabras son verdad«" (2 S 7, 28). No extrañe, por lo tanto, que las promesas de Dios se realicen siempre: «Has de saber, pues, que Yahveh tu Dios es el Dios verdadero, el Dios verdadero, el Dios fiel que guarda la alianza y el amor por mil generaciones a los que le aman y guardan sus mandamientos» (Dt 7,9).
Por lo tanto, debemos entregarnos a Dios en cuanto inspiración y en cuanto Verdad porque nuestra confianza en el Creador no ha de tener límite alguno: nos ama y siempre nos muestra su misericordia. También porque "»La verdad de Dios es su sabiduría que rige todo el orden de la creación y del gobierno del mundo (Sb 13, 1-9) y porque «Dios, único Creador del cielo y de la tierra» (Sal 115, 15) fue «quien me concedió un conocimiento verdadero de los seres, para conocer la estructura del mundo y la actividad de los elementos, el principio, el fin y el medio de los tiempos, los cambios de los solsticios y la sucesión de las estaciones, los ciclos del año y la posición de las estrellas, la naturaleza de los animales y los instintos de las fieras, el poder de los espíritus y los pensamientos de los hombres, las variedades de las plantas y las virtudes de las raíces. Cuanto está oculto y cuanto se ve, todo lo conocí, porque el artífice de todo, la Sabiduría, me lo enseñó.» (Sb 7, 17-21). Y apostilla el Apocalipsis diciendo «Esto dice el Santo, el Veraz» (Ap 3, 7).
Debemos dejarnos, pues, inspirar por Dios y hacernos hijos que aman la Verdad del Padre. Así, seremos, cuando Él quiera, habitantes de una de las estancias que Cristo nos está preparando (cf. Jn 14, 2) en la Casa de Dios.

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en ConoZe