29 de septiembre de 2012

Dios todo lo sabe y conoce





Jn 1, 47-51

“En aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Le dice Natanael: ‘¿De qué me conoces?’. Le respondió Jesús: ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi’. Le respondió Natanael: ‘Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Jesús le contestó: ‘¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores’. Y le añadió: ‘En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’”.

COMENTARIO

Es cierto que Jesús, que todo lo conocía, sabía quien era Natanael. Pero también es cierto que el propio Natanael se sorprendió de que Jesús le dijera que lo había visto. Pensaba como hombre y así actuaba.

Sin embargo, Natanael comprende, de inmediato, que Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías tan esperado por el pueblo de Israel. Además lo reconoce como Rey porque sabe que quien hace lo que hizo el Cristo no puede ser un ser humano del común.

Jesús les profetiza lo que verán cuando llegue el momento. No será poco importante sino que será la culminación del proceso de salvación que pudo llevarse a cabo a partir de lo que sería su muerte y resurrección.




JESÚS, aquellos que te escuchaban lo que decías se sorprendían de aquello. Sin embargo nosotros, que conocemos lo que hiciste y sabemos que eres el Hijo de Dios, no acatamos muchas veces lo que dices y haces.




Eleuterio Fernández Guzmán


28 de septiembre de 2012

Saber quién es Cristo






Viernes XXV del tiempo ordinario


Lc 9,18-22

“Sucedió que mientras Jesús estaba orando a solas, se hallaban con Él los discípulos y les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo?’. Ellos respondieron: ‘Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado’. Les dijo: ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’. Pedro le contestó: ‘El Cristo de Dios’. Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie. Dijo: ‘El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día’".

COMENTARIO

Jesús quería saber qué pensaban acerca de su persona y de lo que suponía para aquellos que lo conocían. En general, había bastante despiste porque no tenían muy claro quién era.

Pedro, sin embargo, tenía una idea muy cercana a la realidad de las cosas. Le dice que el Maestro es el Cristo de Dios o, lo que es lo mismo, Quien tenía que venir para salvar al mundo. Por eso lo siguen.

Jesús, sin embargo, tiene noticias que no van a ser demasiado agradables: la verdad. En primer lugar, no tienen que decir a nadie que ha venido el Mesías. Pero lo peor de todo es que les dice cómo va a morir y cómo va a resucitar. Es lógico que, en aquel momento, no entendiesen nada.


JESÚS, seguirte ha de suponer conocerte. Por eso preguntas que quién creen que eres. Nosotros sabemos que eres el Hijo de Dios y, por eso mismo, es difícil entender que en demasiadas ocasiones hagamos como si no lo supiéramos.




Eleuterio Fernández Guzmán


27 de septiembre de 2012

Libro: Sobre el Opus Dei y San Josemaría


El que esto escribe ha podido comprobar que, a lo largo del tiempo, el tema o todo lo relacionado con la Obra fundada por San Josemaría, es causa de polémica entre aquellos que creen que se trata de un movimiento al que gustan de llamar ultraconservador.

Sin embargo, el que esto escribe tiene la sensación, más que mostrada por aquellos que persiguen a la Obra de alguna forma o de otra, que se trata, simplemente, de asechanzas del Maligno para que se tuerza lo que hace muchos años el Espíritu Santo inspiró en el corazón de un sacerdote que andaba formándose en la capital de España.

En este corto libro se recogen una serie de artículos publicados y referidos al Opus Dei y, claro está, a su fundador San Josemaría.

El autor:

Eleuterio Fernández Guzmán es seglar, catequista y licenciado en Derecho. Nació en Granada en 1963 y vive, actualmente, en Torrent (Valencia-España) Está casado y tiene dos hijos.


Datos técnicos:

Editorial:Lulu (http://www.lulu.com/spotlight/eleuterio63 )
Colección:
Materia:Religión y espiritualidad
Destinatarios:Creyentes católicos
Formato:15,24 x 22,86
Páginas:50
ISBN:5800087191104
Precio con Iva:5 € en formato libro – 1€ en formato pdf


Publicado en Acción Digital

Buscar a Cristo



Jueves XXV del tiempo ordinario

Lc 9, 7-9

“En aquel tiempo, se enteró el tetrarca Herodes de todo lo que pasaba, y estaba perplejo; porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, que Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado. Herodes dijo: ‘A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?’. Y buscaba verle".


COMENTARIO

Muchos de los que perseguían a Jesús es lógico que fueran a Herodes para decirle que había una persona, muy seguida, que estaba haciendo mucho daño a su fe. Ellos quería que le hiciera daño y por eso acudían a quien, claro, podía hacérselo.

Herodes debía saber que Jesús no era un mortal común y corriente. Si enseñaba y muchos le seguían, era de esperar que tuviera algo importante que decirle y, a lo mejor, podía aprender algo de aquel Maestro que tantos admiraban.

Nosotros también buscamos a Cristo. Lo hacemos porque sabemos que es el Hijo de Dios y que necesitamos su voz y su corazón. Cristo nunca rehúsa el encuentro con su hermano de fe que lo busca porque sabe, Él también lo sabe, que es tan importante que lo encontremos que no cesa en llamarnos y esperarnos.




JESÚS, Herodes te buscaba y, aunque pudiera parecer que lo hacía para conocerte y aprender de ti, era para perseguirte porque, seguramente, pensaba que peligraba su poder. Algo parecido nos pasa a nosotros cuando lo buscamos  pero es con intención exclusiva de satisfacer algún egoísmo particular.



Eleuterio Fernández Guzmán

26 de septiembre de 2012

Populorum Progressio, 45 años después







“Verse libres de la miseria /…/, ser más instruidos; en una palabra, hacer, conocer y tener más para ser más. Tal es la aspiración de los hombres de hoy, mientras que un gran número de ellos se ven condenados a vivir en condiciones que hacen ilusorio este legítimo deseo”. Con estas palabras, la Carta Encíclica Populorum Progressio, de Pablo VI, de la que en el mes de marzo pasado se cumplieron 45 años, comienza su Primera Parte, titulada “Por un desarrollo integral del hombre”, título  y contenido que clarifica, bastante, el sentido de este documento de la Iglesia.

Es claro que la Iglesia se ha preocupado, se preocupa y se preocupará, de las cuestiones sociales pues no es un organismo que, como se pretende muchas veces, esté  (o deba estar) fuera de la sociedad, sino, al contrario, un conjunto de fieles inmerso, de todas las formas posibles, en la comunidad universal, donde habitan.

Por eso, tanto León XIII, con su Rerum Novarum, como Pio XI, con su Quadragesimo Anno y Juan XXIII con Mater et Magistra y Pacem in Terris se han adentrado en cuestiones las que no podían estar ausentes y han iluminado, con la luz del Evangelio, esas cosas nuevas que la Iglesia, como Madre y Maestra, considera esencial para que la verdadera paz, en la tierra, sea posible y se haga real.

Como ejemplo de la posibilidad que la Iglesia tiene de estar en la sociedad, el Beato Juan Pablo II, en 1992, (13 de febrero) erigió la Fundación Autónoma Populorum Progressio con el ánimo de que fuera expresión del amor de la Esposa de Cristo a todos los necesitados de la tierra. Antecedente, por así decirlo, fue el Fondo Populorum Progressio, creado por Pablo VI para que el mismo se utilizara para llevar a cabo programas de reforma agraria. Este Fondo fue asumido por la Fundación creada por el Papa polaco que, dando forma completa y estructura, constituyó, con uno y otra, una sola cosa.

Desde su creación, han sido más de 2.200 proyectos los que se han llevado a cabo, habiéndose invertido, hasta hace pocos años, más de 18.700.000 US$ lo que nos permite decir  que, en la mayoría de los casos, se ha tratado, y se trata, de macroproyectos, muy centrados, pues, en dar solución a problemas muy concretos y a situaciones no genéricas sino, al contrario, perfectamente determinadas.

Si decimos qué naciones se han visto favorecidas tendríamos que nombrar a muchas. Sin embargo, esto sólo podría parecer que nos refugiamos en cifras lo que junto a la cita de proyectos y dinero, parecería que lo que importa no son las personas sino lo que se relaciona con ellas. Y eso no es así sino, al contrario, el deseo expreso de la Iglesia que el destino de su obra es el hombre, hijo de Dios y hermano de los miembros de aquella.

Desde que se aprobó la Populorum Progressio muchas cosas han cambiado en el mundo. Si bien en aquel entonces se la pudo hacer pasar por revolucionaria por determinados sectores de la Iglesia esto  era, ya se puede imaginar, totalmente alejado de la realidad. Lo único que hizo fue reconocer la existencia de males sociales y la respuesta a ellos a veces sólo se podía hacer desde reacciones necesarias ante el desastre desigual que imperaba. Sin embargo, a pesar de que, en general, hoy día (2012) no existe ese enfrentamiento que, en aquellos años en la que apareció esta Carta Encíclica, se daba entre capitalismo y marxismo, sí que se puede decir que siguen existiendo diferencias sociales que, en muchos casos, muestran lo sangrante que puede llegar a ser la práctica del capitalismo de forma extrema. Digamos que la Globalización malentendida acarrea problemas aunque no se deja de reconocer que es muy benéfico, en general, para la humanidad.

Sabido es que, actualmente, la macroeconomía ha adquirido una importancia tal que, en muchas ocasiones, se sobrevalora ésta en relación con el hombre concreto. Por eso, lo que es concretamente superior (por tener contenido global) se acaba imponiendo sobre lo que es, al fin y al cabo, sujeto de eso mayor, que es el ser humano, con su problemática intrínseca de ser célula que forma el cuerpo social. Por esto la Carta Encíclica de la que hablamos no ha perdido actualidad pues la misma realidad (aunque de diversa forma a lo que había cuando se publicó) sigue siendo, esencialmente y en el fondo, igual.

Dice la Carta Encíclica que “el desarrollo es el nuevo hombre de la paz”. Sin embargo, actualmente aquel está repartido, digamos, de forma desigual; unas naciones tienen un desarrollo económico extraordinario y otras, al contrario, se debaten entre la vida y la muerte debido a lo escaso de su desarrollarse. Y este germen de comportamientos que, a veces, dista mucho de uno que ser humano, dista mucho de la paz, de la verdadera y no sólo del silencio de las armas. Hay algunas clases de paz y la mejor de todas es la que establece una relación amorosa entre las personas. Aquel antiguo “mirad como se aman” de los primeros cristianos ha de ser difundido hoy día; aquel sentido, caritativo, que conformó las primeras comunidades cristianas, debería ser eje a través del cual se condujera la humanidad.

Algunos años después, nada menos que 45, lo dejado dicho por Pablo VI tiene total vigencia.  Dijo entonces (y vale para ahora) que “entre las civilizaciones, como entre las personas, un diálogo sincero es, en efecto, creador de fraternidad” (PP 73)

El amor entre hermanos, pues todos somos hijos de Dios, es germen y semilla del desarrollo. Por eso es ahora, cuando puede parecer que 1967 queda muy lejos para la historia de la humanidad, cuando comprendemos, como pasa con Jesús y su Evangelio, que todo es tan viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Soto de la Marina

Anunciar el Reino de Dios





Miércoles XXV del tiempo ordinario

Lc 9, 1-6

“En aquel tiempo, convocando Jesús a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar. Y les dijo: ‘No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno. Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de allí. En cuanto a los que no os reciban, saliendo de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos’. Saliendo, pues, recorrían los pueblos, anunciando la Buena Nueva y curando por todas partes".

COMENTARIO

Jesús, que era Dios hecho hombre, tenía el poder para hacer lo que quisiere hacer con él. También para cederlo a quien tuviera por conveniente. Nada más lógico, claro, que hiciese lo propio con sus apóstoles a los que enviaba a transmitir la Buena Noticia.

Los consejos que da Cristo no eran, no son, fáciles de seguir. Todo se resume en confiar totalmente en Dios y en lo que quiere para nuestra vida. Sólo así se entiende que Jesús dijese que no tenían que llevar nada más que a ellos mismos y a la Palabra de Dios. Lo demás les sería dado por añadidura porque el trabajador de la mies del Señor bien merece su paga.

Los Apóstoles tenían que cumplir una misión y la cumplieron como quería Jesús que la cumpliesen. Anunciaban que el Reino de Dios ya había llegado y que Jesús era el Mesías. Curaban, además, como lo hacía Cristo por el poder que les cedió.


JESÚS, cumplir con la voluntad de Dios no siempre es fácil. Sin embargo, hacerlo es comportarse como un buen hijo. Por eso, muchas veces, no lo somos nosotros.




Eleuterio Fernández Guzmán


25 de septiembre de 2012

Ser verdadero hermano de Cristo



  
Martes XXIV del tiempo ordinario

Lc 8, 19-21

“En aquel tiempo, se presentaron la madre y los hermanos de Jesús donde Él estaba, pero no podían llegar hasta Él a causa de la gente. Le anunciaron: ‘Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte’. Pero Él les respondió: ‘Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen’.


COMENTARIO

Sin duda alguna muchas personas habían, incluso en el ambiente familiar de Jesús, que no estaban de acuerdo con lo que decía porque era muy radical entendido esto con relación a lo que se consideraba “normal” y adecuado para la fe judía.

Cuando van a buscar a Jesús su madre y los llamados “hermanos” (parientes del Hijo de Dios) lo hacen para llevárselo ante el acoso de la gente que le sigue y que quiere, seguramente, ser curada de muchas enfermedades físicas y síquicas. También podían haber ido a escucharlo y nada más.

Jesús, sin embargo, sabe que madre y hermanos no lo son, simplemente, aquellos que la naturaleza le ha dado sino que son aquellos que, en efecto, tienen en cuenta a Dios en sus vidas y llevan a la práctica la voluntad del Creador. Tales son su madre y sus hermanos.




JESÚS,  seguirte no es fácil porque puede parecer que desprecias a las personas de tu propia sangre. Sin embargo bien sabes, pues eres Dios hecho hombre, que la voluntad del Creador es lo más importante. Por eso en muchas ocasiones no queremos ser hermanos tuyos… por egoísmo.




Eleuterio Fernández Guzmán


24 de septiembre de 2012

No ocultar la fe


 
Lunes XXV del tiempo ordinario

Lc 8,16-18

“En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: ‘Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de un lecho, sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la luz. Pues nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no venga a ser conocido y descubierto. Mirad, pues, cómo oís; porque al que tenga, se le dará; y al que no tenga, aun lo que crea tener se le quitará’”.


COMENTARIO

Cuando se tiene una cosa a la que de damos importancia no solemos esconderla para que nadie la vea sino que, al contrario, procuramos darla a conocer. Lo mismo ha de pasar con la fe que, aún teniéndola y siendo conscientes de la importancia que tiene para nuestra vida, no la mostramos todo lo que debiéramos.

La fe es luz y si lo es para quien la tiene podemos imaginar qué puede llegar a ser para aquellos que no la tienen o que no tienen intención de acercarse a ella. En estas circunstancias no darla a conocer es una muy negativa forma de comportarse.

Quien cree que tiene fe pero, en realidad, no es más que apariencia, se le ha de quitar porque es falsa y a Dios no puede agradar tal forma de comportarse. Por el contrario, a quien tenga fe y sea verdadera y cierta se la dará más para que viva eternamente.

JESÚS,  quien tiene fe no ha de hacer como si no la tuviera sino, muy al contrario, mostrarla al mundo para que sea la esperanza del prójimo. Sin embargo, en demasiadas ocasiones la escondemos por el qué dirán o por comportamiento políticamente correcto.



Eleuterio Fernández Guzmán


23 de septiembre de 2012

Aceptar al despreciado


 


Domingo XXV (B) del tiempo ordinario

Mc 9,30-37


“En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos pasaban por Galilea, pero Él no quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: ‘El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará’. Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle.

Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntaba: ‘¿De qué discutíais por el camino?’. Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor. Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: ‘Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos’. Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: ‘El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado’”.



COMENTARIO

Jesús avisa de la realidad que, aunque no guste a los que puedan oírla, es la que es. Va a tener un final en el mundo que no va a ser demasiado bueno porque aquellos que le escuchan no están de acuerdo con que le vaya a pasar lo que dice que le va a pasar.

Una sorpresa aguarda a los que siguen a Jesús: para ser el primero ha de ser el último. Y se refiere a ser el primero en el reino de los cielos y el último, servidor, en este mundo. Y eso era un cambio radical de perspectiva espiritual y material.

Además, por si eso no fuera, ya suficiente, Jesús les hace ver que han de tener en cuenta a los más desfavorecidos de la sociedad como, por ejemplo, era el caso de los niños porque no eran muy tenidos en cuenta. Hasta tal punto es la cosa que aceptar a los desfavorecidos es aceptar al mismo Cristo y, así, a Dios.


JESÚS,  sabes que es muy importante que tus discípulos tengan amor y tengan misericordia. Tener en cuenta a los socialmente despreciados supone actuar así. Nosotros, por desgracia, en no pocas ocasiones obviamos esta gran verdad.



Eleuterio Fernández Guzmán


22 de septiembre de 2012

Cómo escuchar a Dios

 
 







Hoy día, en un tiempo en el que hay ruido que impide escuchar a Dios no podemos, sin embargo, dejar de escuchar a Quién nos creó y a Quien nos salva porque merece atención y no podemos hacer como si no fuera importante para nosotros poner oído cuando debemos ponerlo.

Sabemos que mucho del ambiente que nos rodea no está muy relacionado ni con Dios o, simplemente, con lo religioso. Es más, las propuestas de una sociedad hedonista y relativista en nada o en poco pueden tener que ver con una concepción religiosa de la vida y, aquí, católica.

Por tanto, escuchar a Dios ha de resultar, por fuerza, un ejercicio bastante dificultoso pero no, por supuesto, imposible.

¿Dónde podemos acudir para mejor escuchar el Creador?

Cualquiera que se diga hijo de Dios sabe que es en Su Palabra donde podemos encontrar el mensaje que el Padre dejó escrito para sus hijos. Es ahí, entonces, donde debemos acudir en tanto en cuanto queramos hacer efectiva tal escucha.

Sin embargo, no podemos decir que la contemplación de la Palabra de Dios esté a la altura de lo que eso supone y, por lo tanto, tampoco podemos decir que se aprecie mucho la importancia que la misma tiene para nuestras vidas.

Escuchar a Dios, así, resulta bastante difícil.

¿Qué nos falta o qué nos sobra para poder llevar a buen puerto tan buena acción espiritual?

En cuanto a lo que nos falta, quizá, son las ganas de acercarnos a la Palabra de Dios que disimulamos acudiendo a la falta de tiempo como excusa a tanta falta de atención a lo que, en verdad, nos interesa o nos debería interesar.

Y sobrar… nos sobran muchas, demasiadas cosas: las propias palabras humanas, muchas veces superficiales, otras huecas y otras que nos impelen a consumir sin tener en cuenta que es más importante ser que tener.

Todo esto impide que escuchemos a Dios y eso nos aleja de Aquel que nos creó.

También podemos escuchar a Dios en aquello que nos sucede, en el mundo en el que vivimos, a través de las personas que con nosotros conviven, etc.

Por eso, escuchar a Dios ha de tener alguna consecuencia para nuestra vida porque, de otra forma, no podemos decir que somos hijos suyos con la responsabilidad que eso conlleva sino, al contrario, descendientes que poco tienen que ver con Quien los crea.

¿Cómo respondemos a Dios?

Cada cual tiene, por decirlo así, una forma muy particular de responde al Padre. Sin embargo, en nuestra respuesta a Dios no puede faltar, por ejemplo:

-La correspondencia entre lo que creemos y lo que hacemos.

-El acuerdo con La Palabra de Dios.

-Llevar a cabo la misión para la que hayamos sido elegidos.

-No renunciar a la defensa de la fe.

-Hacer frente al Mal que puede acecharnos.

Y así en cada una de las acciones que llevemos a cabo porque, de otra forma, escuchar a Dios va a resultar difícil porque si, después de haber tenido el gozo de acercarnos de tal manera al Padre no tiene tal realidad espiritual ningún efecto sobre nuestro corazón… nuestra fe, verdaderamente, podemos decir que es en vano.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Acción Digital

Recibir la Palabra de Dios



Sábado XXIV del tiempo ordinario

Lc 8,4-15

“En aquel tiempo, habiéndose congregado mucha gente, y viniendo a Él de todas las ciudades, dijo en parábola: ‘Salió un sembrador a sembrar su simiente; y al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino, fue pisada, y las aves del cielo se la comieron; otra cayó sobre piedra, y después de brotar, se secó, por no tener humedad; otra cayó en medio de abrojos, y creciendo con ella los abrojos, la ahogaron. Y otra cayó en tierra buena, y creciendo dio fruto centuplicado’. Dicho esto, exclamó: ‘El que tenga oídos para oír, que oiga’.

Le preguntaban sus discípulos qué significaba esta parábola, y Él dijo: ‘A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan.

‘La parábola quiere decir esto: La simiente es la Palabra de Dios. Los de a lo largo del camino, son los que han oído; después viene el diablo y se lleva de su corazón la Palabra, no sea que crean y se salven. Los de sobre piedra son los que, al oír la Palabra, la reciben con alegría; pero éstos no tienen raíz; creen por algún tiempo, pero a la hora de la prueba desisten. Lo que cayó entre los abrojos, son los que han oído, pero a lo largo de su caminar son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a madurez. Lo que cae en buena tierra, son los que, después de haber oído, conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia’”.


COMENTARIO

La parábola del sembrador es manifestación de que Dios quiere que sus hijos estén a su lado y no lo abandonen por las circunstancias de sus vidas. Siembra en el corazón de sus criaturas porque gusta que conozcan el bien, la misericordia y el perdón.

No siempre, sin embargo, las criaturas de Dios aceptan de buen grado lo que les propone el Padre. Unas veces porque no entienden lo que les quiere decir, otras porque no quieren entenderlo y la mayoría de las veces porque no les conviene. Por eso hay varias formas de comportarse ante lo que el Creador quiere y dice.

Cuando se acepta la Palabra de Dios y se lleva a la vida de cada cual se es tierra buena que no mata la semilla que envía el Padre. Por el contrario, no es tan infrecuente que al llegar las sílabas que conforman la voluntad de Dios, seamos como aquella tierra que no es capaz de aceptar la semilla porque está muerta.



JESÚS, sembrar la Palabra de Dios en los corazones de sus hijos fue la labor que llevaste a cabo en tu vida entre aquellos otros nosotros. Sin embargo, al igual que muchos de entonces, a veces somos como la tierra que admite la semilla que se le envía.




Eleuterio Fernández Guzmán


21 de septiembre de 2012

Laicos

 






Es evidente que en la Iglesia católica el número de laicos supera, en mucho, al de personas que tienen una misión que cumplir desde un punto de vista exactamente religioso por encontrarse en algún instituto de tal tipo o, simplemente, por ser sacerdotes (sea cual sea su situación por ser sacerdote diocesano, religioso, obispo, arzobispo o Santo Padre) Por tanto, el papel de los mismos ha de ser muy tenido en cuenta porque no sería posible hacer otra cosa.  

Nada más empezar la Exhortación Apostólica Post-Sinodal Christifideles laici, del Beato Juan Pablo II, en concreto en su número 1, dice lo siguiente:

“Los fieles laicos (Christifideles laici), cuya ‘vocación y misión en la Iglesia y en el mundo a los veinte años del Concilio Vaticano II’ ha sido el tema del Sínodo de los Obispos de 1987, pertenecen a aquel Pueblo de Dios representado en los obreros de la viña, de los que habla el Evangelio de Mateo: ‘El Reino de los Cielos es semejante a un propietario, que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña’ (Mt 20, 1-2)”.

Por otra parte, la tal Exhortación se subtitula, indicando mucho de lo que significa, “Sobre la vocación y misión de los laicos en el Iglesia y en el mundo”.

Esto dice mucho de lo que aquí traemos.

Los laicos tenemos una vocación que seguir pero también tenemos algo que cumplir, una misión que llevar a cabo. Y, centrando todo esto, lo tenemos que hacer tanto dentro de la Iglesia católica como en el mundo porque no se entiende que no exista unidad de vida entre lo que se dice ser y lo que, en el mundo, se hace y dice.

Hemos dicho arriba, que los laicos han de desempeñar un papel muy importante en el seno de la Esposa de Cristo. Eso lo sabe muy bien el Santo Padre porque, en el Mensaje enviado a los participantes en la IV Asamblea Ordinaria del Foro Internacional de la Acción Católica que se celebró a fines de agosto pasado en Iasi, Rumanía, dijo que “La corresponsabilidad exige un cambio de mentalidad especialmente respecto al papel de los laicos en la Iglesia, que no se han de considerar como ‘colaboradores’ del clero, sino como personas realmente ‘corresponsables’ del ser y del actuar de la Iglesia. Es importante, por tanto, que se consolide un laicado maduro y comprometido, capaz de dar su contribución específica a la misión eclesial, en el respeto de los ministerios y de las tareas que cada uno tiene en la vida de la Iglesia y siempre en comunión cordial con los obispos”.

Es necesario, era necesario, pues, que cambiara una forma de hacer y de ver las cosas que tenía, digamos, un poco apartado al laico en el funcionamiento ordinario de la Iglesia católica. Por eso dice Benedicto XVI que los laicos con “corresponsables” del cada día de la Esposa de Cristo.

¿Qué hacer, pues?

A responder esto también nos ayuda el Santo Padre. En el mismo Mensaje citado arriba nos dice que “estáis llamados hoy a renovar el compromiso de caminar por la senda de la santidad, manteniendo una intensa vida de oración, favoreciendo y respetando itinerarios personales de fe y valorizando las riquezas de cada uno, con el acompañamiento de sacerdotes consiliarios y de responsables capaces de educar en la corresponsabilidad eclesial y social”.

Y no es poco lo que dice: tratar de ser santos, no perder la oración como instrumento espiritual de primer orden, mantener un camino de fe que no debemos dejar y, en fin, tener en cuenta en nuestra vida a personas que nos pueden echar una mano muy grande en el recorrido de nuestro camino hacia el definitivo Reino de Dios.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Análisis Digital

Y es que, por decirlo pronto, ser laico ha de se una muy buena forma de ser hijo de Dios.

Cristo, médico del alma



Mt 9,9-13

“En aquel tiempo, cuando Jesús se iba de allí, al pasar vio a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: ‘Sígueme’. Él se levantó y le siguió. Y sucedió que estando él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: ‘¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?’. Mas Él, al oírlo, dijo: ‘No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores’”.


COMENTARIO

Mateo estaba trabajando. Lo hacía en algo que no era del gusto de sus compatriotas porque recaudaba impuestos para el romano invasor. Por eso cuando Jesús lo llamó debió ver algo muy bueno en su llamada porque lo dejó todo y lo siguió.

Es sabido que los que se consideraban fieles a la ley de Dios no estaban muy de acuerdo con aquellos que ellos entendían que no lo eran. Se extrañaban, por tanto, de que estuviera Jesús con aquellas personas que no eran fieles a Dios. Y así lo decían porque no entendían la predicación de Cristo.

Jesús, como dice Él mismo, había venido a salvar a los que tenían necesidad de ser salvados porque las personas que hacían según quería Dios y cumplían su voluntad ya se habían salvado ellos mismos.


JESÚS, salvar a los que estaban salvados no era labor tuya. Tenías que buscar, encontrar y sanar a los enfermos. ¡Ayúdanos, Hijo de Dios, a los que necesitamos salvación!




Eleuterio Fernández Guzmán


20 de septiembre de 2012

El catolicismo en el debate público









Cuando se dice, y difunde con razón, la expresión según la cual dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios fue un acierto del Hijo de Dios cuando le tendieron aquella trampa para ver si decía que no había que pagar impuestos, en determinadas ocasiones se pretende que, en efecto, el cristiano (aquí católico) se abstenga de participar en el debate público.

Claro está que tal interpretación de lo dicho por Jesucristo es una burda manipulación de la realidad.

En la visita ad Limina que realizaron a principios de 2010 los obispos de Inglaterra y Gales, Benedicto XVI dijo que “La fidelidad al Evangelio no restringe la libertad de los demás – por el contrario, sirve a su libertad, ofreciéndoles la verdad”.

Por tanto, a la hora de intervenir, o no, en el debate público, el católico ha de tener en cuenta que las Sagradas Escrituras no han de suponer un obstáculo para que se produzca aquella sino, en todo caso, un aliciente para que sí se produzca.

Pero antes, en concreto el 30 de marzo de 2006, el Santo Padre intervino como invitado en el congreso del Partido Popular Europeo. Allí dijo algo que no se debería olvidar y que debería servir de guía para el comportamiento del católico en la vida pública:

 “Cuando las iglesias o comunidades eclesiásticas intervienen en el debate público, expresando reservas o recordando una serie de principios, no cometen una interferencia o un acto de intolerancia, ya que tales intervenciones apuntan solamente a iluminar las conciencias para que las personas puedan actuar libremente y con responsabilidad, según las exigencias verdaderas de la justicia, incluso cuando esto contrasta con situaciones de poder o de interés personal".

En primer lugar, no supone interferencia la intervención de aquellas personas que, dentro de la Iglesia católica puede hacer uso de la legitimidad que ostentan para que su voz se oiga en la plaza pública.
En segundo lugar, la citada intervención no se hace por querer inmiscuirse en lo público sino, muy al contrario, para hacer ver el punto de vista de la doctrina eclesial y, así, poder transmitir lo que le corresponde como Iglesia.

En tercer lugar, se busca el ejercicio de la libertad personal iluminado por la doctrina de la Iglesia católica.

En cuarto lugar y, sobre todo, importa poco o debe importar poco que lo que se tenga que decir contraste mucho con la, digamos, opinión dominante. Tanto el poder que ostenten personas o instituciones como los egoísmos personales no pueden ser obstáculo para que en el debate público intervenga la Iglesia católica.

Por todo lo dicho arriba no es de extrañar que en la visita ad Limina citada arriba, dijera Benedicto XVI a los obispos allí presentes que tenían que alentar “A los fieles laicos a expresar su aprecio por los sacerdotes que les sirven, y reconoced las dificultades que a veces enfrentan a causa de su disminución y del aumento de las presiones”.

Y esto lo dijo porque es conocida la presión que están sufriendo, en Inglaterra, por parte del Ejecutivo de aquella nación que tiene un interés especial en limitar la libertad de la Iglesia católica por ejemplo, para nombrar sacerdotes y trata, sobre todo, de que las leyes laicistas más duras se tengan que aplicar, a la fuerza, en aquella nación.

Y, para esto, la intervención de la Iglesia católica en el debate público ha de ser firme y, sin duda, provechosa para el bien común.

A pesar de todo lo dicho hasta aquí y que apunta a la necesidad de intervención directa de la Iglesia católica (pastores y fieles) en el debate público, aún puede haber quien se pregunte por qué esto ha de ser así.
Alguna razón puede ser, por ejemplo que el laicismo está buscando una sociedad en la que Dios no aparezca. Tal ha de ser una razón más que suficiente como para que, siguiendo a san Pedro, demos razón de nuestra esperanza.

Y es así porque el laicismo trata, más que nada, de acallar la voz católica porque no le interesa, para nada, la doctrina de Cristo. Que quien la defienda y transmita diga lo que piensa no puede ser del gusto de tal modo de pensar.

Pero, sobre todo, la razón primordial en la que se debe basar el católico para intervenir en el debate público, es que no se puede haber una diferenciación entre lo que dice que es, católico, y el comportamiento que tiene en la vida pública.

La unidad de vida, aquí, especialmente aquí, no debería ser olvidada nunca a pesar de los tiempos que corren de despiste y desvarío espiritual.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Soto de la Marina

Perdonar por amar




Lc 7, 36-50

“En aquel tiempo, un fariseo rogó a Jesús que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de Jesús, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume.

Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: ‘Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora’. Jesús le respondió: ‘Simón, tengo algo que decirte’. Él dijo: ‘Di, maestro’. ‘Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?’. Respondió Simón: ‘Supongo que aquel a quien perdonó más’. Él le dijo: ‘Has juzgado bien’, y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: ‘¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra’.

Y le dijo a ella: ‘Tus pecados quedan perdonados’. Los comensales empezaron a decirse para sí: ‘¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?’. Pero Él dijo a la mujer: ‘Tu fe te ha salvado. Vete en paz’".



COMENTARIO

Muchos de los que estaban con Jesús creían que no era profeta porque no podían saber que el Mesías sabía lo que ellos mismos pensaban acerca de aquella mujer que había entrado en la fiesta que estaban celebrando.

El amor y la fe son muy importantes para Jesús. Por eso en muchas ocasiones, como es el que presenta el evangelio de san Lucas, aquella mujer que entre donde está comiendo el Hijo de Dios le muestra amor y fe y, por eso mismo, es atendida por el Maestro.

Dice Jesús que la fe ha salvado a la mujer que todos tienen por pecadora. Jesús, sin embargo, conoce muy bien su corazón y, por eso, perdona sus pecados. Además le dice que se vaya en paz porque en paz ha quedado con Dios.



JESÚS, los que se dirigen a Ti lo hacen porque saben que puedes hacerles mucho bien. Muchos sin embargo, como muchas veces nos pasa a nosotros, no queremos hacer lo mismo porque también sabemos que exiges en cuanto a la fe y al amor.




Eleuterio Fernández Guzmán


19 de septiembre de 2012

Conocer a Cristo

Miércoles XXIV del tiempo ordinario

Lc 7, 31-35

“En aquel tiempo, el Señor dijo: ‘¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonando endechas, y no habéis llorado’. Porque ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: ‘Demonio tiene’. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Y la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos’·”.

COMENTARIO

No se equivoca Jesús cuando entiende que, muchas veces, somos en materia de fe como niños… pero como niños equivocados que son caprichosos y no entienden la verdad de lo que deben hacer o creer.

Muchos de los que conocieron a Juan el Bautista no lo tenían por profeta sino por persona muy alejada de la fe que decía transmitir. No comprendían porque no querían comprender lo que les decía porque les interrogaba sobre muchas cosas que hacían mal. Y eso le pasó, precisamente, con Herodes.

Tampoco creían a Jesús porque aún les convenía menos lo que les decía. Según muchos era amigo de los que no debía ser amigo porque no comprendían lo que deben tener médico aquellos que están enfermos y, en este caso, espiritualmente hablando.


JESÚS, los que te perseguían no querían conocer para nada muchas cosas que les decías porque no convenía a su sistema de vida. Eso es lo que, muchas veces, nos pasa a nosotros.




Eleuterio Fernández Guzmán


18 de septiembre de 2012

Jesús sabe lo que necesitamos





Lc 7,11-17


“En aquel tiempo, Jesús se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con Él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: ‘No llores’. Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y Él dijo: ‘Joven, a ti te digo: levántate’. El muerto se incorporó y se puso a hablar, y Él se lo dio a su madre. El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: ‘Un gran profeta se ha levantado entre nosotros», y ‘Dios ha visitado a su pueblo’. Y lo que se decía de Él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina".


COMENTARIO

Jesús curó a muchas personas de enfermedades que no sólo lo eran sino que las mismas apartaban al enfermo de la sociedad como un apestado. Sin embargo, sabía que haciendo lo que hacía el bien era tanto para la persona curada como para la sociedad en general.

Aquella viuda que, además, había perdido a su hijo que llevaban a enterrar, se encontraba más que sola. Seguramente abocada a una vida mísera y no muy alejada de la muerte. Jesús sabía que tenía que hacer algo muy importante con aquel joven. Y lo hizo al devolver a la madre al único sostén que le quedaba en la vida.

No es de extrañar que dijeran, aquellos que habían visto la vuelta a la vida del hijo de la viuda de Naím,  que había llegado al mundo un ser divino y que un gran profeta les había visitado. Tampoco extraña, por tanto, que la fama de santidad se extendiera allá donde podía llegar la misma.


JESÚS, cuando haces algo tan importante como aquello que hiciste como aquel joven muerto, la necesidad ajena juega un papel muy importante en tus acciones. Sin embargo, ni aún así somos capaces de seguirte siempre.


Eleuterio Fernández Guzmán

17 de septiembre de 2012

Orare humanum est







Perdóneseme, antes que nada, si la forma de titular en latín no es la correcta. Lo que se quiere decir es que, por mucho que se diga en cuenta, orar es una actividad puramente humana de ser evolucionado psicológicamente y no, como se sostiene de parte muchos, una forma de manifestar cierta alienación mental.

Muy bien sabemos que el Hijo de Dios era un hombre de oración y que oraba muchas veces. Así lo reflejan las Sagradas Escrituras cuando, antes de determinados hechos extraordinarios (por ejemplo, la multiplicación de los panes y los peces) se dirigía al Padre y oraba. También lo hizo antes de escoger a sus apóstoles…

Esto nos indica que Jesús, como Maestro, enseñaba a sus discípulos y nos enseña a nosotros, que orar es una labor muy importante a llevar a cabo por parte de los hijos de Dios.

Por eso dice San Alfonso María de Ligorio, en “El gran medio de la Oración”, que “Es además la oración el arma más necesaria par defendemos de los enemigos de nuestra alma. EL que no se vale de ella, dice Santo Tomás, está perdido. El Santo Doctor no duda en afirmar que cayó Adán porque no acudió a Dios en el momento de la tentación. Lo mismo dice San Gelasio, hablando de los ángeles rebeldes: No aprovecharon la gracia de Dios y porque no oraron, no pudieron conservarse en santidad. San Carlos Borromeo dice en una de sus cartas pastorales que de todos los medios que el Señor nos dio en el evangelio, el que ocupa el primer lugar es la oración. Y hasta quiso que la oración fuera el sello que distinguiera su Iglesia de las demás sectas, pues dijo de ella que su casa era casa de oración: Mi casa será llamada casa de oración. Con razón, pues, concluye San Carlos en la referida pastoral, que la oración es el principio, progreso y coronamiento de todas las virtudes”

En realidad, orar es manifestar lo que somos. En efecto, ser hijos supone tener un Padre que, en este caso es, además, nuestro Creador. Y nada más normal, lógico y es de esperar que deseado, que el hijo hable con el Padre, se dirija a Él para pedir lo que necesita o para dar gracias por lo que tiene o lo que ha recibido e, incluso, por lo que espera recibir de su bondad.

No es, por tanto, nada extraño ni debería parecer raro que un creyente en Dios Todopoderoso que sea católico ore. Y si, en todo caso, no sabe cómo hacerlo, bien está el consejo de San Josemaría, cuando en el número 90 de “Camino” dejó escrito esto:
¿Que no sabes orar? —Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: "Señor, ¡que no sé hacer oración!...", está seguro de que has empezado a hacerla” pues, muchas veces no sabemos qué decir ni cómo dirigirnos a Dios.

A este respecto, ha dicho recientemente Benedicto XVI en la audiencia del 12 de septiembre pasado que “La oración es como una ventana abierta que nos permite tener la mirada vuelta hacia Dios, no solamente para recordarnos la meta hacia la cual nos dirigimos, sino también para dejar que la voluntad de Dios ilumine nuestro camino terreno y nos ayude a vivirlo con intensidad y empeño”.

Por eso, por mucho que se diga, orar es humano o, lo que es lo mismo y en la lengua de la Iglesia católica, orare humanum est.

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Acción Digital