15 de enero de 2013

El poder de Dios




Mc 1,21-28

“Llegó Jesús a Cafarnaum y el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: ‘¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios’. Jesús, entonces, le conminó diciendo: ‘Cállate y sal de él’. Y agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él.

Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: ‘¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen’. Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea".


COMENTARIO

Jesús continúa su labor. Es de suponer que iba con sus recientes discípulos, y así “llegan a Cafarnaúm” (en hebreo Kfar Nahum). Esta ciudad se encuentra en la orilla noroeste del Lago Kinéret (el Mar de Galilea), 2,5 Km. al noreste de Tabgha y a unos 15 Km., al norte de Tiberíades, donde descansa algún o algunos días.

Jesús, así, cuando ordena, severamente, al espíritu, salir de su posesión no hace más que reivindicar la propiedad de la persona: es de Dios, y por lo tanto, ese estado transitorio de enajenación espiritual (es enajenación en el sentido de que es a otro a quien se le entrega el alma) ha de cesar con su presencia. O, lo que es lo mismo, la Palabra puede delimitar una existencia alejada de esa malicia y de esa oscuridad en la que podemos encontrarnos bien por abandono de Dios o, sencillamente, por no querer acercarnos, conscientemente, al Padre.

La respuesta de Jesús es: sí, he venido a destruiros, pues vuestro poder no ha de prevalecer sobre el mundo; yo, que soy el Santo de Dios, como dices, y por eso yo, que hago el bien y, tú, que eres el mal, no has de prevalecer, porque está escrito. No, no tenéis nada conmigo y sí contra mí.


JESÚS, cuando curas a una persona que se encuentra en una situación como la del endemoniado, manifiestas el poder de Dios. Nosotros, sin embargo, no acabamos de entender tal poder ni tal Amor.




Eleuterio Fernández Guzmán


14 de enero de 2013

Escucharon la voz de Cristo




Mc 1,14-20

“Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: ‘El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva’. Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: ‘Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres’. Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras Él.”



COMENTARIO


El Bautista ya había cumplido la voluntad del que le envió cuando fue apresado y el señalado, Cristo, comienza su labor de proclamación de la Buena Noticia: el Reino de Dios ha llegado como anticipación del que lo es definitivo; con Él se cumple el designio de Dios, ya está aquí la plenitud de los tiempos.

Y allí estaban Simón y Andrés, pescadores. Cuando Jesús les dice que les haría pescadores de hombres no hacía más que trasponer la labor de un hombre del mar a su nueva labor: mientras que el pescador, en aquellos años, echaba la red para ver qué caía, sin uso de las técnicas de hoy en día, el pescador de hombres “siembra”, ya en tierra ya en mar, para que, eso sí, sin saber cuando, fructifique aquello que ha sembrado. Y la red es la Palabra de Dios.

Y siguen a una persona que no conocen. Sin embargo, debieron ver algo muy importante en Jesús e ir tras Él. Tuvieron fe y creyeron en el Hijo de Dios desde aquel mismo instante.

JESÚS,  cuando fuiste escogiendo a los que iban a ser tus apóstoles, no te equivocaste nada de nada. Tuvieron fe en Ti. Nosotros, sin embargo, en demasiadas ocasiones, no hacemos el caso que deberíamos a tus llamadas.



Eleuterio Fernández Guzmán


13 de enero de 2013

Jesús, Hijo de Dios, el predilecto







Lc 3,15-16.21-22

”En aquel tiempo, como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo; respondió Juan a todos, diciendo: Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego’.

Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre Él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: ‘Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado’.


COMENTARIO

Ciertamente, el pueblo elegido por Dios, el judío, llevaba muchos siglos esperando al Mesías, al Enviado de Dios que trajera la salvación al mundo. Por eso, en cuanto alguien parecía que pudiera serlo, no dudaban en preguntarle si era o no el Cristo.

Juan el Bautista no lo era. Él sabía que no lo era porque sabía que tenía que cumplir la misión, precisamente, de anunciar a Quien tenía que venir. Incluso sabe que no es digno, siquiera, de hacer el trabajo de sirvientes de desatar la corre de la sandalia de su Señor y eso, siendo cosa muy humilde, retrata a la perfección a Juan.

Pero llegó Jesús y tenía que haber confirmación de que, en verdad, era el Cordero de Dios y su Enviado. Por eso, cuando es bautizado el Espíritu Santo se posa sobre Él y la voz de Dios confirma lo que todos estaban esperando. Allí, en aquel momento, a lo mejor no había una inmensa multitud pero aquellos que lo presenciaron supieron, de inmediato, que la salvación había llegado al mundo.


JESÚS,  cuando fuiste bautizado por tu primo Juan, Dios confirmó que, en efecto, eras su Hijo y que, sobre todo, por eso mismo, debíamos escucharte. Nosotros, sin embargo, y en demasiadas ocasiones, no lo hacemos.



Eleuterio Fernández Guzmán


12 de enero de 2013

Aceptar, en todo, la voluntad de Dios





Jn 3, 22-30

“En aquel tiempo, Jesús fue con sus discípulos a la región de Judea, donde pasó algún tiempo con ellos, bautizando. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salim, donde había mucha agua. La gente acudía y era bautizada. Esto sucedió antes que metieran a Juan en la cárcel.

Por entonces, algunos de los seguidores de Juan comenzaron a discutir con un judío sobre la cuestión de las purificaciones, y fueron a decirle a Juan: ‘Maestro, el que estaba contigo al oriente del Jordán, aquel de quien nos hablaste, ahora está bautizando y todos le siguen’. Juan les dijo: ‘Nadie puede tener nada si Dios no se lo da. Vosotros mismos me habéis oído decir claramente que yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado por Dios delante de él. En una boda, el que tiene a la novia es el novio; y el amigo del novio, que está allí y le escucha, se llena de alegría al oírle hablar. Por eso, también mi alegría es ahora completa. Él ha de ir aumentando en importancia, y yo, disminuyendo’”.

COMENTARIO

Mientras que Juan el Bautista seguía cumpliendo con su misión de bautizar a quien quisiera llevar una nueva vida, Jesús, tras su bautizo, seguía cumpliendo con la suya que era llevar la Palabra de Dios al mundo y, también, bautizar para el perdón de los pecados.

Es cierto que habría judíos que querían tener, digamos, la exclusiva del bautismo y hacer como algo propio que nadie más pudiera llevar a cabo. Sin embargo, Juan, el primo de Jesús, sabía que sólo Dios da lo que quiere a quien quiere y que no puede haber limitaciones en tal sentido.

Juan sabe que Jesús, su primo a quien había bautizado y sobre quien se había posado el Espíritu Santo al salir del Jordán era mucho más importante que Él y que había venido a bautizar con fuego y con Espíritu. Por eso sabe que ha cumplido con su principal misión y que ha de ser Jesús quien crezca mientras él disminuye. Y muestra, así, su humildad y sometimiento a la voluntad de Dios.


JESÚS,  tu primo Juan sabía que Tú eras el Enviado de Dios, el Cordero de Dios. Supo no ser soberbio y se avino a la voluntad del Creador. Y eso es, justo, lo que nosotros no hacemos en demasiadas ocasiones.




Eleuterio Fernández Guzmán


11 de enero de 2013

Tener fe



Lc 5,12-16

“Y sucedió que, estando en una ciudad, se presentó un hombre cubierto de lepra que, al ver a Jesús, se echó rostro en tierra, y le rogó diciendo: ‘Señor, si quieres, puedes limpiarme’. Él extendió la mano, le tocó, y dijo: ‘Quiero, queda limpio’. Y al instante le desapareció la lepra. Y él le ordenó que no se lo dijera a nadie. Y añadió: ‘Vete, muéstrate al sacerdote y haz la ofrenda por tu purificación como prescribió Moisés para que les sirva de testimonio’. Su fama se extendía cada vez más y una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades. Pero Él se retiraba a los lugares solitarios, donde oraba.”


COMENTARIO

Tener fe, es lógico, era muy importante para Jesús. No bastaba con seguirlo porque Él mismo diría en una ocasión que su madre y su padre eran los que cumplían la voluntad de Dios y, para eso, la fe era fundamental.

Aquel leproso confiaba en Jesús. Por eso se le acerca y postrado le pide la curación. No duda siquiera de que eso no pueda ser posible porque en su corazón sabe que aquel Maestro es alguien más que un simple Maestro. Lo reconoce como el Enviado de Dios.

Jesús cura pero, también, hace cumplir la ley al leproso: ha de ir al Templo a decir, de la forma establecida, que ha sido curado. Así quedaría cumplimentada la misma y se demostraría, además, que, en efecto, había curado.


JESÚS, aquellos que te siguen con fe lo consiguen todo de Ti. Sin embargo, es bien cierto que nosotros, en demasiadas ocasiones, no tenemos la fe, siquiera, de un grano de mostaza.




Eleuterio Fernández Guzmán


10 de enero de 2013

Todo lo dijo bien



Lc 4,14-22

“En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. Él iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos.

Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor’».

Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: ‘Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy’. Y todos daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca.”



COMENTARIO

Jesús cumplía con la misión que le había sido encomendada por Dios: llevar la Palabra del Creador al pueblo elegido y, desde allí, a todo el mundo conocido. Por eso vuelve donde había vivido tantos años.

Todos esperaban las palabras de aquel Maestro del que mucho habían oído hablar. En efecto, se estaba cumpliendo lo que había escrito el profeta Isaías y eso era prueba más que suficiente como para que aquellos que le escuchaban entendiesen que estaban ante el Mesías prometido por Dios.

Cuando otro maestro enseñaba no quedaba en los corazones de los que trataban de aprender mucho de aquello que les decía. Sin embargo, cuando enseñaba Jesús, el corazón de aquellos que le escuchaban se llenaba de dicha y de gozo. Por eso se admiraban de lo que decía y, también, de lo que hacía.


JESÚS,  cuando volviste a Nazaret hiciste lo que tenías que hacer y que no era otra cosa que mostrar y demostrar Quién eras. Nosotros, sin embargo, aún sabiéndolo, no parece que nos lo creamos del todo según actuamos.




Eleuterio Fernández Guzmán


9 de enero de 2013

No temer nada con Cristo




Mc 6, 45-52

Después que se saciaron los cinco mil hombres, Jesús enseguida dio prisa a sus discípulos para subir a la barca e ir por delante hacia Betsaida, mientras Él despedía a la gente. Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar. Al atardecer, estaba la barca en medio del mar y Él, solo, en tierra.

Viendo que ellos se fatigaban remando, pues el viento les era contrario, a eso de la cuarta vigilia de la noche viene hacia ellos caminando sobre el mar y quería pasarles de largo. Pero ellos viéndole caminar sobre el mar, creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, pues todos le habían visto y estaban turbados. Pero Él, al instante, les habló, diciéndoles: ‘¡Ánimo!, que soy yo, no temáis!’. Subió entonces donde ellos a la barca, y amainó el viento, y quedaron en su interior completamente estupefactos, pues no habían entendido lo de los panes, sino que su mente estaba embotada".

COMENTARIO

Algunos de aquellos que habían estado en la multiplicación de los panes y los peces estaban en la barca para dirigirse donde Jesús les había dicho. Confiados en el poder de Dios parecía que nada iban a temer. Pero las pruebas son, siempre, muchas.

Estaban cansados porque remar contra el viento es difícil. También lo es hacerlo contra un mundo mundano. Y eso les pesaba mucho. Sintieron cansancio y, también, miedo, porque parecía que un fantasma se dirigía hacia ellos. No reconocieron a Jesús.

Los discípulos que iban en la barca no habían acabado de entender lo que supuso la multiplicación de los panes y los peces. Aún pensaban como hombres que eran y, espiritualmente, no acababan de ver que Jesús había mostrado el poder de Dios y que tampoco las aguas le iba a ser esquivas en el ejercicio del mismo.


JESÚS, los que te seguían más de cerca aún no habían acabado de comprender Quién eras. Nosotros, hoy día, a pesar de saber Quién eres, tampoco parece que acabemos de entenderte.




Eleuterio Fernández Guzmán


8 de enero de 2013

Y multiplicó el pan



Mc 6, 34-44

“En aquel tiempo, vio Jesús una gran multitud y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tienen pastor, y comenzó a enseñarles muchas cosas. Y como fuese muy tarde, se llegaron a Él sus discípulos y le dijeron: ‘Este lugar es desierto y la hora es ya pasada; despídelos para que vayan a las granjas y aldeas de la comarca a comprar de comer’. Y Él les respondió y dijo: ‘Dadles vosotros de comer’. Y le dijeron: ‘¿Es que vamos a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?’. Él les contestó: ‘¿Cuántos panes tenéis? Id a verlo’. Y habiéndolo visto, dicen: ‘Cinco, y dos peces’.

Entonces les mandó que se acomodaran todos por grupos de comensales sobre la hierba verde. Y se sentaron en grupos de ciento y de cincuenta. Y tomando los cinco panes y los dos peces y levantando los ojos al cielo, bendijo, partió los panes y los dio a sus discípulos para que los distribuyesen; también partió los dos peces para todos. Y comieron todos hasta que quedaron satisfechos. Y recogieron doce cestas llenas de los trozos que sobraron de los panes y de los peces. Los que comieron eran cinco mil hombres".

COMENTARIO

Es cierto que cuando mucha gente seguía a Jesús era porque querían ver algo extraordinario. Curaciones milagrosas y realidades que no acababan de comprender pero que se sostenían en el amor que el Enviado de Dios tenía por sus semejantes.

Cuando lo de los panes y los peces muchos de sus más allegados discípulos no sabían qué hacer. Pensaban como hombres que eran pero no eran capaces de trascender de ellos mismos y mirar al cielo para pedir al Padre. Jesús sí lo hace.

Cristo, antes de comenzar el reparto del pan y de los peces se dirige al Padre, a su Padre, para pedir que aquellas personas que lo seguían no quedasen sin el sustento. Eso mismo lo había hecho en el desierto otras veces cuando su pueblo elegido tenía hambre. Y Jesús oró y obtuvo la gracia de parte de Dios.


JESÚS, cuando multiplicaste aquellos panes y aquellos peces, que eran muy pocos, transmitiste la verdad a aquellas gentes: eras, eres, el Hijo de Dios. Y tuvieron fe en ti. Nosotros, ¿también tenemos tanta?



Eleuterio Fernández Guzmán

7 de enero de 2013

Tenían fe en Él

Mt 4,12-17.23-25

“En aquel tiempo, cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, se retiró a Galilea. Y dejando la ciudad de Nazaret, fue a morar en Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y de Neftalí. Para que se cumpliese lo que dijo Isaías el profeta: ‘Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino de la mar, de la otra parte del Jordán, Galilea de los gentiles. Pueblo que estaba sentado en tinieblas, vio una gran luz, y a los que moraban en tierra de sombra de muerte les nació una luz’.



Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: ‘Haced penitencia, porque el Reino de los cielos está cerca’. Y andaba Jesús rodeando toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos y predicando el Evangelio del Reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo. Y corrió su fama por toda Siria, y le trajeron todos los que tenían algún mal, poseídos de varios achaques y dolores, y los endemoniados, y los lunáticos y los paralíticos, y los sanó. Y le fueron siguiendo muchas gentes de Galilea y de Decápolis y de Jerusalén y de Judea, y de la otra ribera del Jordán."


COMENTARIO

Desde cuando Jesús empezó su predicación, su fama de ser un Maestro de los que enseñaban con lealtad a la Ley de Dios se extendió por el mundo judío. Allí donde iba le precedía ser Quien era.

Acudían muchos a sanar. En presencia de Jesús los demonios que poseían a seres humanos huían a sabiendas de que era el Hijo de Dios y que todo el poder le había sido entregado. Por eso los disminuidos de cualquiera clase o especie acudían ante Él.

Muchos de aquellos que habían sanado seguían, lógicamente a Jesús. Otros no hacían lo propio pero el comportamiento general era pregonar, aunque Jesús les dijese lo contrario, que habían sanado de terribles enfermedades y el nombre de Quien los había sanado. 

JESÚS, los que te seguían, muchos de ellos, tenían mucha fe y ponían mucha confianza en tu persona que es, justamente, lo que nos falta a muchos de nosotros en demasiadas ocasiones. 


Eleuterio Fernández Guzmán

6 de enero de 2013

Tuvieron fe los sabios




Mt 2,1-12

“Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: ‘¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle’. En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: ‘En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: ‘Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel’’.

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: ‘Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle’.

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino".

COMENTARIO

Aquellos sabios tuvieron fe sin siquiera conocer a Quien iban a visitar. Supieron dejarse llevar por una creencia, por una fuerza misteriosa que los llevó hasta Belén. Respondieron sí.
Herodes, el mal en persona, no quiere rivales en el mundo. No sabe que el reino de Jesús no es de este mundo pero eso no quita fuerza a su voluntad matarife. Quiere matar a quien, eso cree él, pueda hacerle competencia en su mundanidad.

Los Magos, aquellos sabios que acudieron de tierras alejadas, saben escuchar a Dios. Por eso hacen caso del aviso que les impele a volver a su tierra por lugar distinto para que no se encuentren con Herodes, pues no tiene intenciones muy buenas al respecto del Niño.



JESÚS, muchos que no te conocían tenían fe. Por eso es triste y descorazonador que los que sí te conocemos, no tengamos tanta fe como aquellos sabios.



Eleuterio Fernández Guzmán


4 de enero de 2013

Quisieron ver a Jesús





Jn 1, 43-51

“En aquel tiempo, Jesús quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: ‘Sígueme’. Felipe era de Bestsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro. Felipe se encuentra con Natanael y le dice: ‘Ése del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret’. Le respondió Natanael: ‘¿De Nazaret puede haber cosa buena?’. Le dice Felipe: ‘Ven y lo verás’.

Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Le dice Natanael: ‘¿De qué me conoces?’. Le respondió Jesús: ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi’. Le respondió Natanael: ‘Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Jesús le contestó: ‘¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores’. Y le añadió: ‘En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’”.

COMENTARIO

Al principio de la vida pública de Jesús, había muchos que querían conocerlo. Como un nuevo Maestro atraía la atención de muchos de sus contemporáneos. Unos lo buscaban, a lo mejor, para conocer a alguien nuevo. Pero otros, lo buscaban con verdadero interés espiritual.

A Natanael le extrañaba que de Nazaret pudiera venir un nuevo Maestro. Ignoraba, a lo mejor, que Dios suscita lo que quiere de donde mejor le parece y no iba a hacer una excepción con su Hijo. Pero se lleva una agradable sorpresa.

Jesús reconoce a Natanael y eso a él le parece lo más de lo más. ¿Será cierto que aquello hombre es el Mesías? Pues mucho más tendrá que ver. Eso se lo dice Jesús porque sabe que, en efecto, verá cosas mucho más importantes y que le confirmarán a Natanael, y a otros, que, efectivamente, Jesús era el Enviado de Dios que tanto habían esperado.


JESÚS,  muchos de los que te querían ver es posible que lo hicieran por curiosidad. Sin embargo, muchos de aquellos que así pensaban se quedaron contigo cuando te conocieron. ¡Cuánto nos gustaría a nosotros tener, al menos, aquella fe primera!


Eleuterio Fernández Guzmán


Cordero de Dios




Jn 1,35-42

“En aquel tiempo, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: ‘He ahí el Cordero de Dios’. Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: ‘¿Qué buscáis?’. Ellos le respondieron: ‘Rabbí —que quiere decir, “Maestro”— ¿dónde vives?’. Les respondió: ‘Venid y lo veréis’. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. Era más o menos la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Éste se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: ‘Hemos encontrado al Mesías’ —que quiere decir, Cristo—. Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: ‘Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas’ —que quiere decir, “Piedra”.

COMENTARIO

Juan, que seguramente había leído muchas veces al profeta Isaías, sabía que el decir Cordero de Dios no era expresión genuinamente suya. Isaías, al que tanto debemos desde que sabemos lo que quería decir y el que, como los buenos vinos, gana con los siglos, que no ha perdido actualidad en lo que dice porque la Palabra de Dios no pasa ni pasará nunca al olvido, ya profetizó que como un cordero al degüello era llevado (Is 53,7).
Es la pregunta de Cristo ¿Qué buscáis? la que establece un punto de partida importante en este texto. Jesús, seguro conocedor de lo que pensaban (como pasa muchas veces en su vida y recogen los Evangelios, por ejemplo en Mc 2,1-12 en la curación del paralítico)no se limita a decir “como vosotros pensáis esto y aquello…” sino que da la posibilidad de respuesta por parte de aquellos dos que le siguen, para que manifiesten la disposición de su corazón, qué esperan de ese Cordero de Dios.

Y Pedro, sobre el que Cristo edificaría su Iglesia, cambia el nombre. De Cefas a Pedro. Su misión le había sido dada. Y así, hasta hoy mismo.

JESÚS,  como cordero de Dios ibas a ser llevado al matadero. Pero antes, mucho antes, tenías mucho que enseñar. Nosotros, sin embargo, y en demasiadas ocasiones, pudiera dar la impresión de que se nos olvida.


Eleuterio Fernández Guzmán


3 de enero de 2013

Nuevo año, esperanza cierta

ELEUTERIO 







Pronto vamos a comenzar la cuenta nueva del nuevo año. El mismo ha de estar lleno de retos y, ante ellos, tenemos que poner nuestra fe por delante y hacer de ella un ariete con el que blandir nuestra creencia. 

Quien se siente hijo de Dios sabe que la forma de comportarse en el mundo es importante. No vale, por tanto, hacer como si no hubiese relación entre reconocer la filiación divina y lo que cada cual hace en su particular circunstancia.

A eso se le llama “unidad de vida” y supone, para quien la lleva a la práctica, una forma de afirmar su fe y, sobre todo, una forma de manifestar que es quien es porque Quien quiso así lo creó.

Al respecto de los retos citados arriba, podemos preguntarnos cuáles son los mismos para un católico.

Por ejemplo, en el ámbito de la secularización a través de la cual el mundo pretende apartarse de Dios, quien se sabe hijo del Creador ha de afirmar su fe dando ejemplo de lo que supone la misma y no cejar en el intento de transmitir, a quien quiera o no quiera escuchar, que creer en Dios y tener fe no es nada malo ni negativo para la persona sino, al contrario, la base sobre la que construir una vida llena de gozo y de esperanza en el Señor.

Por ejemplo, en el ámbito del relativismo, a partir del cual se pretende hacer que todo es igual y, en realidad, tanto da una religión como otra, quien se sabe hijo de Dios ha de hacer ver que la fe que ilumina su vida no es una que lo sea idéntica a otra, como por quitarle importante, sino que supone el acicate sobre el que construir una existencia llena de luz.

Por ejemplo, en el ámbito del respeto a la vida y al aborto, con el que se pretende eliminar, desde la raíz misma la existencia del ser humano, quien se siente hijo de Dios ha de proclamar, antes de que lo hagan las piedras por haber callado quien debe hablar, que el hombre lo es desde el momento de la concepción y que, por tanto, no se puede terminar, de forma totalmente injusta, con una nueva vida sin, por ello, tener ningún cargo de conciencia.

Por ejemplo, en el ámbito de la libertad religiosa, cuando se pretende arrinconar la fe católica, quien se dice hijo de Dios no ha de cesar de defender la fe que tiene si es que no quiere verse retraído en una moderna catacumba que, si bien no será una celda perdida en un abismo olvidado sí será un abismo encontrado en la modernidad del silencio.

Y así podríamos seguir un largo rato porque el nuevo año, como todos los que son de nuestra vida, se abre con incógnitas que, a lo mejor no podemos resolver. Sin embargo, sí que podemos despejar una de ellas que no es otra que el comportamiento que cada uno de los que nos consideramos hijos de Dios tenemos que llevar a cabo.

No debe haber, por lo tanto, duda alguna sobre qué tenemos que hacer: cumplir con nuestra fe y con todo lo que la misma supone.

Hagamos, por lo tanto, rendir los talentos que Dios nos concedió y no seamos como aquel empleado que escondió lo que le dieron por miedo.

Todo esto se puede llevar a cabo. Sin embargo, una grave losa pesa sobre toda iniciativa católica que, en efecto, pueda hacerse efectiva.

Por ejemplo, existe una proyección escasa de determinadas realidades católicas que, así, se quedan en nada; existe una fragmentación de las organizaciones que defienden doctrinas y principios católicos teniendo, por eso mismo, un escaso efecto en las personas que pudieran, siendo incluso católicas, conocerlas; existe una notable desconfianza dentro del propio catolicismo cuando algunas organizaciones o movimientos tratan de hacerse ver en el mundo lo que provoca, en quien esto ve, una falta de seguimiento de los mismos; existe un notable desprecio a manifestar, políticamente, lo que se piensa por parte del católico en expresión de un respeto humano que sobra cuando se quiere hacer real lo que se cree; existe, en el claro ámbito laicista en el que se vive, una falta de creencia según la cual es posible hacer algo más que quedarse mirando a que nuestra fe sea arrinconada y, si eso es posible, preterida socialmente.

Vemos, pues, que no son pocas las tareas que tenemos, frente a nosotros mismos y como un gran reto, los católicos. Así, el nuevo año que empieza e, incluso, en cualquier otro momento del calendario del mundo, quedarnos de brazos cruzados no nos está permitido porque ya dejó escrito san Pablo “¡Ay de mí si no evangelizare! y no es, tal evangelización, cosa propia de presbíteros o de personas especialmente preparadas (que también) sino a cada cual que se considere hijo de Dios.

Por eso, cuando Benedicto XVI recibió, en mayo de 2010, a los obispos de Bélgica, les dijo algo que no deberíamos olvidar:”Todos los miembros de la comunidad católica, y más aún los fieles laicos, están llamados a testimoniar abiertamente su fe y a ser fermento de la sociedad, en el respeto de una sana laicidad de las instituciones públicas y de las otras confesiones religiosas. Tal testimonio no se puede limitar a un mero encuentro personal, sino asumir también las características de una proposición pública respetuosa pero legítima, de valores inspirados en el mensaje evangélico de Cristo”.

Así, bien podemos decir que tenemos tarea por hacer. Ahora, que cada cual haga lo que Dios le dé a entender pero que no mire para otro lado porque el Creador sigue mirándolo.
Deseo, pues, a todos los lectores de Análisis Digital que tengan una buena entrada de año y que el mismo venga cargado de esperanza y de gozo en el Señor.

¡Alabado sea Dios que nos brinda la posibilidad de mejorar como hijos suyos!


Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en  Análisis Digital

Juan el Bautista vio y creyó





Jn 1, 29-34

“Al día siguiente Juan ve a Jesús venir hacia él y dice: ‘He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel’. Y Juan dio testimonio diciendo: ‘He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios’”.


COMENTARIO


Juan el Bautista presenta a Jesús como el cordero de Dios o, lo que es lo mismo, como el que va a ser llevado, manso y humilde, al matadero. Y va a ser llevado para bien de todos. Por Él había predicado Juan en el Jordán.

Juan había cumplido su misión. Tampoco sabía que Jesús era el Mesías pero él tenía que bautizar con agua para perdonar los pecados y ser primicia de perdón para la humanidad. Ahora, con su misión cumplida, ve toda la verdad.

Dios comunica al Bautista, a través del Espíritu Santo, que Aquel sobre quien caiga el mismo, es el Mesías. Y lo hace sobre Jesús, su primo e hijo de María y José. Y bautizó, Jesús, con fuego y Espíritu.


JESÚS,  tu primo Juan, el hijo de Isabel y Zacarías, supo que eras el Enviado de Dios en cuanto el Espíritu Santo se posó sobre ti. Y creyó. ¡Cuánto nos hace falta, a nosotros, tal fe!



Eleuterio Fernández Guzmán


2 de enero de 2013

Juan el Bautista supo la Verdad




Jn 1, 19-28

“Éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron adonde estaba él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: ‘¿Quién eres tú?’. El confesó, y no negó; confesó: ‘Yo no soy el Cristo’. Y le preguntaron: ‘¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?’. El dijo: ‘No lo soy’. ‘¿Eres tú el profeta?’. Respondió: ‘No’. Entonces le dijeron: ‘¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?’. Dijo él: ‘Yo soy voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías’.



Los enviados eran fariseos. Y le preguntaron: ‘¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?’. Juan les respondió: ‘Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia’. Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando.”


COMENTARIO

Juan el Bautista cumplía con la misión que no era otra que anunciar, en ser el precursor, de Quien venía tras él para bautizar con el Espíritu Santo. Por eso muchos quieren saber si era, o no, el Profeta esperado, el Mesías.

Dice Juan que es quien clama en el desierto. Y, en efecto, hacía lo que tenía que hacer en un ambiente muy hostil a la Verdad y a la Palabra de Dios. Muchos lo escuchaban con gozo pero los poderosos, esos no.

También sabe, y lo dice, que entre aquellos que le escuchaban se encontraba Quien tenía que venir a bautizar con fuego. Se refería a Jesús, su primo e hijo de María. No se cree digno de desatarle las sandalias. Muestra, así, la humildad que tanto caracterizó la obra del Bautista.


JESÚS, tu primo Juan te precede en decir la Verdad. Tú eres la Verdad, el Camino y la misma Vida. Sin embargo, cuántas veces hacemos lo contrario que debemos hacer.



Eleuterio Fernández Guzmán


1 de enero de 2013

Tuvieron fe y acudieron


 
Lc 2, 16-21

“En aquel tiempo, los pastores fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel Niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno.”

COMENTARIO

Habían sido avisados del nacimiento del Mesías los más pobres del lugar. Entre pobres había nacido y aquellos que tampoco tenían mucho eran a los que Dios había dirigido el mensaje que le llevaba el Ángel.

Los pastores no son soberbios sino humildes. Acuden al lugar que les ha indicado el enviado de Dios. Y ven al niño comprendiendo que todo lo que había escuchado en las Sagradas Escrituras se había cumplido y que el Creador había mantenido su promesa.

José y María son fieles cumplidores de la Ley de Dios y, como buenos judíos, acuden al templo para presentar a Jesús. Cumplen con la voluntad de Dios y son los primeros en hacerlo.

JESÚS,  los que acuden al lugar donde naciste eran, también, los más pobres del lugar. Aquellos pastores son imagen viva de la confianza en Dios. Y nosotros, muchas veces, justo lo contrario.



Eleuterio Fernández Guzmán