12 de octubre de 2011

¿Y la familia? Mal, gracias


¿Qué proyecto se tiene, hoy día, en España, para la familia, por parte de aquellos que aún nos “gobiernan”?, ¿qué luces tienen para que el desarrollo de esta institución, esencia de la historia de la humanidad, continúe su discurrir sin alteraciones? Fácil es ver que más bien pocas, o ninguna.

Dice Benedicto XVI, en el discurso “Nueva Evangelización y soporte vital de la familia” que “el verdadero discípulo crece y madura en la familia” , circunscribiendo, así, una socialización básica en el seno de aquella, pues sus reglas de comportamiento interno bien pueden extrapolarse al mundo exterior de la sociedad o, lo que es lo mismo, los valores que pueden enseñarse y aprenderse dentro de la familia son válidos para el resto de la vida en común, con otras personas, ajenas a los miembros de esa iglesia doméstica porque “en el hogar se custodia el patrimonio de la fe; en él los hijos reciben el don de la vida, se sienten amados tal como son y aprenden los valores que les ayudarán a vivir como hijos de Dios”. 

Sin embargo, si esto es lo que ha de darse, en cuanto miramos lo que se está haciendo con la familia, la división de sus miembros (con el “todo vale” nihilista), la desconceptualización del término “matrimonio” (y me refiero a los que se dan entre homosexuales, sin ser, claro, eso matrimonio); el nulo caso legislativo que se hace de ella en las instancias correspondientes... nos damos cuenta, si no estamos ciegos, que lo que se pretende es, al acabar con este espacio donde la persona se desarrolla íntegramente como tal, pasar a controlar a todo aquel que se incorpore, cuando lo haga, a la sociedad, pues se queda, así, huérfano de proceder porque habrá perdido el horizonte que le ofrece su familia.

Vemos, por ejemplo, volviendo a lo dicho antes, que se tergiversa y falsea la institución matrimonial como muy bien dice la Instrucción Pastoral “La Familia, Santuario de la Vida y Esperanza de la Sociedad”, cuando se aceptan “nuevos y alternativos modelos de familia” , y con esto lo único que se consigue es debilitar hasta hacerla nula la misma idea de matrimonio.

Vemos, por ejemplo, que cuando se fomenta la ruptura matrimonial haciendo depender de un mínimo enfado (pues no otra cosa es que el fin de esa unión pueda producirse a los 3 meses de contraída sin ningún tiempo de “reposo” del temperamento, tan necesario en estos casos) lo único que se pretende es que quede en nada el vínculo, que sea algo mudable, efímero, arbitrario.

Vemos que todo esto responde a un intento, como muy bien dice Juan Pablo II Magno, en su Carta a las Familias (1994) de hacer ver, de dar a entender que “la familia” (la que lo es de verdad, sin simulaciones y falsas analogías) es “una institución que, dificulta la libertad de sus miembros” pues, al fin y al cabo, establece unas reglas que hay que seguir y unos valores que respetar y eso, claro, no puede ser aprobado por los defensores del subjetivismo a ultranza y por eso “la familia no pude dejar de sentirme amenazada (también esto lo dice en la Carta citada) porque está acechada en sus mismos fundamentos” 

Entonces, ¿qué hacer? El peligro es tan evidente que no se puede negar ni esconder bajo un buenismo tonto o un optimismo que, aquí, no cabe ni es admisible.

Queda, por ejemplo, contrarrestar esto con tener las ideas claras; por ejemplo, con salir en defensa de lo que nos importa cada vez que sea necesario; por ejemplo, con personarse donde corresponda y con no dar nuestro brazo a torcer; por ejemplo... y que cada uno ponga los que estime oportuno.

Hay, por ejemplo, que tener en cuenta lo que Chesterton dice sobre la familia pues es bastante clarificador para los que creemos en ella, y es lo que sigue: “solamente aquellos para quienes la familia es algo sagrado tendrán alguna vez un fundamento moral o un estatus desde el que podrán criticar al estado” . Esto lo decía en su libro “El hombre eterno” y era hace muchos años, como si lo hiciera refiriéndose al futuro pues habla en este sentido. Ese futuro ya ha llegado como fácilmente puede verse y como los buenos libros tiene, aún, validez lo que dice. A las pruebas hay que remitirse. Sobre esto, la Constitución Pastoral Gaudium et Spes dijo, más de treinta años después y mucho más cerca de hoy, que “el matrimonio es una institución confirmada por la ley divina” (48), o sea, en esencia, lo mismo.

Otra cosa es el fin, y no sólo de la familia, sino de una forma de comportarse que, a lo largo de la historia, se ha demostrado como buena, porque lo ha sido y lo es. Y, claro, entonces, de la misma sociedad que ha sido sustentada por este vínculo de cercana vivencia que, por eso mismo, se hace universal: porque es origen de ese todo y de todo eso.


Eleuterio Fernández Guzmán




Publicado en Acción Digital

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