19 de abril de 2013

Carne y sangre de Cristo






Jn 15,1-8

“En aquel tiempo, los judíos se pusieron a discutir entre sí y decían: ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’. Jesús les dijo: ‘En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre’. Esto lo dijo enseñando en la sinagoga, en Cafarnaúm”.

COMENTARIO

Ciertamente eran de duro corazón muchos de los que escuchaban a Jesús porque no creían más que en lo que veían. Por eso era difícil que entendiesen aquello de comer su carne o, incluso beber su sangre.

Jesús lo dice con toda claridad: su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida. Y con ello les quería decir que a través de
Él se llegaba a la vida eterna. Además, permanecer en Cristo ha de suponer, por eso mismo, comer su carne y beber su sangre en la Santa Eucaristía.

Jesús les dice algo que es muy importante: Él es el profeta de la nueva alianza. Aquella que Dios formalizó con los padres del pueblo judío ha periclitado y ahora, a través del Hijo de Dios, el Creador nos salva. Sólo así y de tal forma.



JESÚS, por muy difícil que se entender lo que supone comer tu carne y beber su sangre, debemos entender que es ganarse la vida eterna con la aceptación de Ti.




Eleuterio Fernández Guzmán


18 de abril de 2013

Comer del pan de eternidad




Jueves III de Pascua

Jn 6, 44-51

“En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: ‘Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo’”.


COMENTARIO

Jesús les dice a los que, entonces, le escuchaban y a nosotros mismos, que es Dios quien escoge a quien quiere escoger para que vayan a él. A esto el Hijo sólo puede responder resucitándolo en el último día, cuando venga en su Parusía.

Insiste Jesús en la relación existente entre creer en Él y tener vida eterna. Es necesario, por lo tanto, no tener a Jesús como a un hombre más que vivió en su tiempo sino, exactamente, como Dios mismo. Sólo así, creyendo, nos salvaremos.

El alimento espiritual que nunca cesa de alimentarnos es Cristo mismo. Por eso Jesús profetiza sobre su propia muerte y sobre la importancia que tendrá, tiene y seguirá teniendo, alimentarse de su Cuerpo.


JESÚS, eres el pan vivo bajado del cielo. Creer en Ti supone la salvación eterna. Pues, incluso así, en demasiadas ocasiones se nos olvida lo importante que es creer en el Hijo de Dios.




Eleuterio Fernández Guzmán


17 de abril de 2013

La vida eterna a través de Cristo




Miércoles III de Pascua

Jn 6, 35-40

“En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: ‘Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed. Pero ya os lo he dicho: Me habéis visto y no creéis. Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día’”.

COMENTARIO

Lo que dice Jesús en este texto de San Juan es demasiado importante como para dejarlo atrás o tenerlo por no puesto. Nos dice, por ejemplo, que Él es la verdadera comida y la verdadera bebida y que comerlo y beberlo supone no tener, nunca, hambre o sed.

Jesús, sin embargo, actúa y lleva a cabo la misión encomendada por Dios cumpliendo, no por casualidad, la voluntad del Creador. Así muestra fidelidad hacia quien lo ha engendrado y enviado al mundo a salvar a la humanidad.

Nos pide, sin embargo, algo el Hijo de Dios: debemos creer en Él porque la creencia en Jesús supone la creencia en Dios mismo. Entonces, la vida eterna, vivir para siempre en el definitivo Reino de Dios, está a nuestro alcance. Y resucitar, no olvidemos, cuando Jesús regrese, en su Parusía.

JESÚS, es tan importante creer en Ti que no cesas de recomendarlo, sin obligar, a quien te quiera escuchar. El problema es que, en demasiadas ocasiones, no queremos escucharte.



Eleuterio Fernández Guzmán

16 de abril de 2013

Verdadero pan y verdadero vino




Jn 6, 30-35


"Ellos entonces le dijeron: «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: = Pan del cielo les dio a comer.» =        Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo:      No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.» Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.» Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed."
        

COMENTARIO

Parece que a Jesús sólo le creían por las señalas que podía hacer. De otra forma, aquel pueblo elegido por Dios para transmitir su Palabra parece que no le entendía. Y le piden signos, claro.

Confunden el pan que comieron en el desierto, el maná, por el verdadero pan, que nunca se acaba y que no es otro que el pan de la Palabra de Dios. Tal pan da vida al mundo y no es perecedero. Y tal pan no es otro que Jesús mismo.

Jesús, al ser pan de Dios, alimento divino, nos permite vivir para siempre, no tener hambre. Además, quien crean en el Hijo de Dios tampoco tendrá sed porque Cristo se entregará, entonces aún no había constituido la Santa Misa, con el vino transformado en su Sangre.





JESÚS, eres verdadera comida y verdadera bebida. Sólo Tú eres la verdadera comida y la verdadera bebida. Lástima que, en demasiadas ocasiones se nos olvida.




Eleuterio Fernández Guzmán


15 de abril de 2013

Creer, siempre, en Cristo




Lunes III de Pascua

Jn 6,22-29

“Después que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos le vieron caminando sobre el agua. Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar, vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había montado en la barca con sus discípulos, sino que los discípulos se habían marchado solos. Pero llegaron barcas de Tiberíades cerca del lugar donde habían comido pan. Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.

Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello». Ellos le dijeron: «¿Qué hemos de hacer para realizar las obras de Dios?». Jesús les respondió: «La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado»”

COMENTARIO

A Jesús le siguen porque saben que, con Él, las cosas van mucho mejor. Esperan, seguramente, que haya hechos extraordinarios en cuanto a curaciones y demás pero también esperan su palabra santa.

Jesús recomienda que se obre por aquello que dura para siempre y que guardemos para la vida eterna y no para este mundo donde la polilla todo lo corroe. Nos recomienda estar, pues, preparados para cuando seamos llamados a comparecer ante Dios Nuestro Señor.

Pero lo que más conviene que tengamos en cuenta es lo último que dice el Hijo de Dios y que no es otra cosa que hay que creer en Él porque lo ha enviado Dios. Si así lo hacemos, la ganancia espiritual será más que grande.


JESÚS, nos dices que debemos creer en Ti porque eres el enviado de Dios. Y nosotros, en demasiadas ocasiones, no lo hacemos.

Eleuterio Fernández Guzmán        

14 de abril de 2013

Confirmados en la fe



Domingo III (C) de Pascua

Jn 21,1-19

"En aquel tiempo, se apareció Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: «Voy a pescar». Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo». Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.



Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?». Le contestaron: «No». Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor». Al oír Simón Pedro que era el Señor se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.



Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar». Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Venid y comed». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.



Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?». Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas». Le dice por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».


COMENTARIO

Aquellos hombres que habían seguido tan de cerca de Jesús vuelven pronto a los trabajos que antes tenían. Se van a pescar como si no les hubiera sucedido nada o nada, en sus vidas, fuera ya distinto. Es más, incluso sabiendo que es el Señor, le preguntan quién es.

Jesús, sin embargo, los invita a comer porque quiere compartir con ellos todo lo que tiene intención de que conozcan. Aún no están preparados y, por eso, quiere estar con ellos durante unos cuantos días más.

Pedro, quien le había negado tres veces, debía tener un pesar grande en su corazón. Por eso Jesús le limpia tal carga preguntándole si lo ama o si lo quiera. Pedro sabe que sí pero se entristece pues pudiera dar la impresión de que el Señor no lo tiene tan claro. Era, sólo, un prueba.



JESÚS, cuando te aparece a tus apóstoles lo haces para confirmarles en la fe que les habías transmitido. Nosotros, sin embargo, no parece que necesitemos tantas confirmaciones aunque...




Eleuterio Fernández Guzmán

13 de abril de 2013

El poder de Dios en Cristo




Sábado II de Pascua


Jn 6,16-21

“Al atardecer, los discípulos de Jesús bajaron a la orilla del mar, y subiendo a una barca, se dirigían al otro lado del mar, a Cafarnaúm. Había ya oscurecido, y Jesús todavía no había venido donde ellos; soplaba un fuerte viento y el mar comenzó a encresparse. Cuando habían remado unos veinticinco o treinta estadios, ven a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y tuvieron miedo. Pero Él les dijo: ‘Soy yo. No temáis’. Quisieron recogerle en la barca, pero en seguida la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían."



COMENTARIO

En este pasaje del evangelio de San Juan, Jesús se manifiesta con el poder de Dios dominando aquellas instancias de la naturaleza que, para el común de mortales, son tan misteriosas y difíciles de entender.

Jesús se presenta, para que desaparezca el miedo de sus apóstoles, diciendo lo mismo que Dios dijera en una ocasión cuando le preguntaron quién era: Yo soy. Eso mismo dice Jesús. Con esto demuestra, una vez más que es Dios mismo hecho hombre.

Jesús nos propone no tener miedo de nada. No debemos tenerlo porque el Creador es nuestro Padre y, por eso mismo, nadie ni nada puede hacernos nada aunque lo intente. Es cierto que podemos salir perjudicados de ciertos enfrentamientos pero siempre, siempre, sabemos que la vida eterna es un regalo de Dios.

  


JESÚS, caminaste sobre las aguas demostrando Quién eres. Pues, ni siquiera con tal demostración te seguimos siempre.




Eleuterio Fernández Guzmán


12 de abril de 2013

La Fe lo sostiene todo







Jn 6, 1-15

“En aquel tiempo, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia Él mucha gente, dice a Felipe: ‘¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?’. Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: ‘Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco’. Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: ‘Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?’.



Dijo Jesús: ‘Haced que se recueste la gente’. Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: ‘Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda’. Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: ‘Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo’. Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo".

COMENTARIO

Aquellos hombres que seguían a Jesús más de cerca, sus apóstoles, aún no habían comprendido lo que el Hijo de Dios les estaba diciendo y, sobre todo, no sabían como solucionar aquel problema que les había planteado el Maestro.

Jesús sabe que orando todo se consigue si lo que se quiere responde a la voluntad de Dios. Por eso da las gracias a Dios porque sabe que el Padre nunca dejará de lado a quien a Él se dirige con amor hacia su prójimo. Y comen hasta quedar saciados del pan de Dios.

Aquella multiplicación hizo que muchos creyesen en Jesús de una forma algo más que teórica. Sabían que aquel hombre no era un hombre como los demás sino que tenía, seguramente, un mandato claro de parte de Dios.


JESÚS, la fe faltó a tus apóstoles. No sabían como solucionar aquello mientras que a Ti te bastó y te sobró con la confianza en Dios. ¡Cuántas montañas no moveríamos si tuviéramos, al menos fe como un grano de mostaza de grande!




Eleuterio Fernández Guzmán


11 de abril de 2013

Otro XTantos

 





Como cada año se nos llama a presentar nuestra declaración de la Renta. También es momento, por tanto, de reconocer lo que hace la Iglesia católica por el prójimo y, por supuesto, indicar que la parte del impuesto que corresponde pagar se pague a la Esposa de Cristo aunque, es cierto esto, se puede marcar la casilla que indica que también se dirija tal cantidad de dinero (que no se nos quita, no lo olvidemos) a “otros fines sociales” pues también se beneficia la organización de la Iglesia católica en otros aspectos y circunstancias.

Los datos oficiales nos acercan a lo que hace la Iglesia católica. Más o menos, la misma atiende a lo siguiente:

-23.000 parroquias
-850 monasterios de clausura
-200 hospitales y ambulatorios
-300 guarderías
-900 orfanatos
-1.600 centros de acogida y reinserción Social y Familiar.

Pero, claro, también hay que tener en cuenta a los sacerdotes, obispos, religiosos y religiosas que, como hermanos y hermanas nuestras, llevan a cabo una labor que es, sencillamente, impagable.

Pero es que, además, se atiende a lo siguiente:

-Más de 400.000 personas hospitalizadas y asistidas en centros hospitalarios de la Iglesia católica.
-Más de 850.000 personas asistidas en ambulatorios y dispensarios.
-Más de 60.000 personas asistidas residentes o asistidas en casas para ancianos o discapacitados.
-Más de 11.000 personas asistidas en orfanatos y centros de tutela de la infancia.
-Más de 11.000 personas asistidas en guarderías infantiles.
-Más de 54.000 personas asistidas en centros de educación especial.
-Más de 325.000 personas asistidas en otros centros de asistencia social.
-Más de 80.000 personas asistidas en consultorios familiares.

En realidad, cualquiera que no se haga el ciego voluntario sabe que esto encierra una gran verdad y que, por lo tanto, debemos responder, quien haga la declaración de la renta, de la forma obligada: marcando la casilla que corresponde marcar a un católico o a una persona que, no siéndolo, sabe lo que hay en este aspecto.

Son, por tanto, cifras que muestran la entrega a los demás y el cumplimiento de la voluntad de Dios que se centra, sobre todo, en servir, y, por lo tanto, en amar. Y, siendo cierto que es obligación hacerlo así no es menos cierto que se debe reconocer de la forma que sea y que, ahora mismo, existe ésta.
No olvidemos que la fe también se demuestra con obras.


Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en   Soto de la Marina

Aceptar a Cristo en nuestro corazón




Jueves II de Pascua

Jn 3,31-36

“En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: ‘El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo, da testimonio de lo que ha visto y oído, y su testimonio nadie lo acepta. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él’”.

COMENTARIO

Jesús le dice a Nicodemo que debe reconocer que Él es el más importante de todos y que, por eso mismo, hay que seguirlo y hacer lo que diga que hay que hacer. Además, da testimonio de Dios mismo que es el Padre.

Hay, por otra parte, que aceptarlo porque lo que dice viene directamente del Creador. No dice Jesús algo distinto a lo que le ha dicho Dios que diga y, por eso mismo, es tan importante hacer, como diría María, lo que diga.

Aceptar a Jesús como Quien es no es algo que lleve aparejado un gran don que es, además, lo más deseado y anhelado por el hombre: la vida eterna, la salvación eterna. Creer en Él es, por eso mismo, esencial para nuestra futura existencia.



JESÚS, salvarnos depende de nosotros mismos. Hay que aceptarte como Redentor y Salvador. Sin embargo, en demasiadas ocasiones, por lo que eso supone, miramos para otro lado.




Eleuterio Fernández Guzmán


10 de abril de 2013

Escuchar y seguir a Cristo




Miércoles II de Pascua

Jn 3, 16-21

“En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: ‘Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios’”.

COMENTARIO

Sigue el diálogo de Jesús con Nicodemo porque, al ser un miembro importante del Tempo era crucial que siguiera siendo discípulo suyo y transmitiera la doctrina de Dios al resto de sus hermanos en la fe.

Insiste mucho Jesús en la importancia de creer en el Enviado de Dios al mundo porque tendrá vida eterna quien así proceda. No se anda con medias tintas: quien cree en Él se salva y quien no cree en Él, no se salva.

Seguir a Jesús es ir a la luz y seguir a la luz. Así, siguiendo a Jesús, s se cumple la voluntad de Dios que no es otra que todos sus hijos acudan a su definitivo Reino y moren, allí, para siempre, siempre, siempre. Y, para eso, el seguimiento de Jesús es el único camino a seguir.

JESÚS, muchas veces nos dices que es determinante para nuestra vida eterna creer en Ti. Es lo malo que tantas otras veces no te escuchemos como deberíamos escucharte.





Eleuterio Fernández Guzmán




9 de abril de 2013

Creer en Cristo





Martes II de Pascua

Jn 3,7-15

“En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: ‘No te asombres de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu’. Respondió Nicodemo: ‘¿Cómo puede ser eso?’. Jesús le respondió: ‘Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas cosas? En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna’”.

COMENTARIO

Nicodemo no acaba de entender lo que le dice Jesús. Todo eso de que hay que nacer de nuevo no lo ve muy claro. Piensa, exclusivamente, como ser humano pegado al suelo.

Jesús le dice que es raro que no entienda lo que le dice pues es maestro en el reino de Israel y debería entenderlo todo a al perfección. Sin embargo el Maestro le quiere decir que, a lo mejor, estaba equivocado en lo que, hasta ahora, había entendido al respecto de su propia fe.

Jesús le hace ver a Nicodemo que debe creer en Él porque es el Hijo de Dios. Quien creen en el Enviado de Dios y Mesías del pueblo elegido por el Creador, tiene ganada la salvación eterna y con ella la misma vida eterna que dura siempre, siempre, siempre.



JESÚS, creer en Ti supone acercarse mucho a la vida eterna que tanto anhelamos. Por eso resulta tan difícil entender que, en demasiadas ocasiones no te hagamos caso.


Eleuterio Fernández Guzmán






8 de abril de 2013

Comprender lo que nos conviene



Lunes II de Pascua

Jn 3,1-8

Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él». Jesús le respondió: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios».

Dícele Nicodemo: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?». Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu».


COMENTARIO

Nicodemo, que era discípulo secreto de Jesús, gustaba de hablar con el Maestro porque sabía, era consciente de ello, de que aprendería mucho sobre Dios mismo. No entiende, sin embargo, todo lo que le dice porque está en el camino de conocer.

Nacer de lo alto. A Nicodemo le extraña que Jesús les diga que hay que venir al mundo otra vez como si no estuviera ya en el mismo. No comprende que se refiere a algo que es muy importante: cambiar el corazón y venir a ser otra persona, de otra forma habitar en el mundo. 

Jesús le dice a Nicodemo que hay preferencia entre la carne y el espíritu. No hay que tener apego por la carne y por ser un hombre carnal. Al contrario hay que actuar en este mundo: ser espiritual y acaparar para el cielo y no amontonar para esta y en esta vida.


JESÚS, cuando le enseñas a Nicodemo lo estás haciendo con nosotros mismos y por nosotros mismos, para nuestro bien. Nosotros, sin embargo, parece que no siempre lo entendemos.




Eleuterio Fernández Guzmán

6 de abril de 2013

Creer que Cristo ha resucitado


Sábado de la octava de Pascua

Mc 16,9-15

“Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con Él, que estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron. Después de esto, se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea. Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a éstos. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: ‘Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación’”.

COMENTARIO

Ciertamente eran incrédulos aquellos discípulos que tan de cerca habían seguido al Maestro. Muchas veces les dijo lo que iba a pasar e, incluso, en la Última Cena lo certificó con su Cuerpo y con su Sangre. Sin embargo ellos no acababan de entender nada.

María Magdalena y los de Emaús les dicen que han visto al Señor. No creen o, a lo mejor, no pueden creerlo porque actúan, en exclusiva, como seres humanos y no creen más que lo que ven y pueden tocar como le pasó, por ejemplo, al apóstol Tomás.

Jesús hace algo que ha sido crucial, desde entonces, para la humanidad: envía a sus apóstoles a ir por el mundo y decir que el Reino de Dios, la Buena Noticia, es cierta y que puede ser proclamada. Y lo tienen que hacer a todos y no sólo al pueblo judío.



JESÚS, tus apóstoles no creen que has resucitado. Sin embargo, les das pruebas más que suficientes de que ha sido así. Nosotros, demasiadas ocasiones, nos pasa lo mismo.




Eleuterio Fernández Guzmán


5 de abril de 2013

Encíclicas del Beato Juan Pablo II: Ecclesia de eucharistia


ELEUTERIO





El 17 de abril de 2003 el Beato Juan Pablo II dio a la luz pública la última de sus encíclicas. “Sobre la Eucaristía en su relación con la Iglesia” era, digamos, el subtítulo y “Ecclesia de Eucharistia” su título.  
No se entendería la Iglesia católica, la Esposa de Cristo, sin la propia Santa Misa, sin la Acción de Gracias o, en fin, sin la propia Eucaristía. Por eso, ya desde el número 1 de la encíclica aquí traída dice que “La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: ‘He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’ (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza.”
Jesucristo se quedó, para siempre, con nosotros, por medio de la Eucaristía y, ciertamente, la esperanza es lo que conmueve nuestro corazón y lo hace fiel a Dios. Por eso, el Beato Juan Pablo II trae a colación el hecho incontrovertible de saber que es la Eucaristía la que edifica la Iglesia y que sin ella difícilmente podría entenderse nada de su propia existencia. Por eso, habiendo dicho esto, “si la Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía, se deduce que hay una relación sumamente estrecha entre una y otra. Tan verdad es esto, que nos permite aplicar al Misterio eucarístico lo que decimos de la Iglesia cuando, en el Símbolo niceno-constantinopolitano, la confesamos  ‘una, santa, católica y apostólica’. También la Eucaristía es una y católica. Es también santa, más aún, es el Santísimo Sacramento. Pero ahora queremos dirigir nuestra atención principalmente a su apostolicidad.” (EE, 26)

Se refiere, en un momento determinado, el Beato Juan Pablo II a una Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos celebrada en 1985 donde reconoció a la “eclesiología de comunión” la “idea central y fundamental de los documentos del Concilio Vaticano II (EE, 34).
Pues bien, teniendo en cuenta tales antecedentes, en el mismo número de la EE dice el Papa polaco, que “La Eucaristía se manifiesta, pues, como culminación de todos los Sacramentos, en cuanto lleva a perfección la comunión con Dios Padre, mediante la identificación con el Hijo Unigénito, por obra del Espíritu Santo. Un insigne escritor de la tradición bizantina expresó esta verdad con agudeza de fe: en la Eucaristía,  ‘con preferencia respecto a los otros sacramentos, el misterio [de la comunión] es tan perfecto que conduce a la cúspide de todos los bienes: en ella culmina todo deseo humano, porque aquí llegamos a Dios y Dios se une a nosotros con la unión más perfecta’(se refiere, aquí, a Nicolás Cabasilas, ‘La vida en Cristo’, IV, 10) Precisamente por eso, es conveniente cultivar en el ánimo el deseo constante del Sacramento eucarístico. De aquí ha nacido la práctica de la  ‘comunión espiritual’, felizmente difundida desde hace siglos en la Iglesia y recomendada por Santos maestros de vida espiritual. Santa Teresa de Jesús escribió: ‘Cuando [...] no comulgáredes y oyéredes misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de grandísimo provecho [...], que es mucho lo que se imprime el amor ansí deste Señor’” (se  refiere, aquí, a ‘Camino de perfección’, de Santa Teresa de Jesús c. 35, 1).
Resulta, pues, para los hijos de Dios que nos así nos consideramos que la celebración eucarística es mucho más de lo que en demasiadas ocasiones se supone o se entiende que sea. Por eso “Al dar a la Eucaristía todo el relieve que merece, y poniendo todo esmero en no infravalorar ninguna de sus dimensiones o exigencias, somos realmente conscientes de la magnitud de este don. A ello nos invita una tradición incesante que, desde los primeros siglos, ha sido testigo de una comunidad cristiana celosa en custodiar este  ‘tesoro’. Impulsada por el amor, la Iglesia se preocupa de transmitir a las siguientes generaciones cristianas, sin perder ni un solo detalle, la fe y la doctrina sobre el Misterio eucarístico. No hay peligro de exagerar en la consideración de este Misterio, porque  ‘en este Sacramento se resume todo el misterio de nuestra salvación’” (se refiere, aquí, a Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, III, q. 83, a. 4 c) (EE, 61).
Y,  ya, por finalizar, el Beato Juan Pablo II aporta lo que es esencial y que no deberíamos olvidar nunca porque resulta crucial para nuestra fe y en tales realidades espirituales debemos apoyarnos. Dice, en el número 11 de la EE, esto:
“’El Señor Jesús, la noche en que fue entregado’ (1 Co 11, 23), instituyó el Sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre. Las palabras del apóstol Pablo nos llevan a las circunstancias dramáticas en que nació la Eucaristía. En ella está inscrito de forma indeleble el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor. No sólo lo evoca sino que lo hace sacramentalmente presente. Es el sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos.(se refiere aquí a Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 47: ‘Salvator noster [...] Sacrificium Eucharisticum Corporis et Sanguinis sui instituit, quo Sacrificium Crucis in saecula, donec veniret, perpetuaret…’) Esta verdad la expresan bien las palabras con las cuales, en el rito latino, el pueblo responde a la proclamación del  ‘misterio de la fe’ que hace el sacerdote:  ‘Anunciamos tu muerte, Señor “.
Pues que así sea.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Análisis Digital

Estamos en camino









Ahora mismo, tras la resurrección de Cristo, estamos en camino hacia Pentecostés. Cristo nos enviará porque es misión nuestra seguir hacia delante transmitiendo la Palabra de  Dios y haciendo del definitivo Reino del Padre el destino más anhelado de todo ser humano.

Camino de Pentecostés vamos porque nos sabemos hijos de Dios y queremos cumplir la voluntad del Padre. Por eso, aquellos que vieron a Cristo y oyeron sus palabras nos han transmitido, a través del Nuevo Testamento y de la Tradición, cuál es nuestra misión, aquello que no podemos dejar de hacer si es que queremos seguir llamándonos, como luego hicieron con ellos, cristianos.

Seremos, pues, enviados

Dijo San Josemaría, en la Homilía de Día de Pentecostés de 1969 que “El Señor nos dice en la Escritura Santa, nos ha salvado haciéndonos renacer por el bautismo, renovándonos por el Espíritu Santo que Él derramó copiosamente sobre nosotros, por Jesucristo Salvador nuestro, para que, justificados por la gracia, vengamos a ser herederos de la vida eterna conforme a la esperanza que tenemos”.

Y hacia ahí vamos, sin medida que falte en nuestro corazón del amor que debemos a Dios y a nuestro prójimo.

Tal es así que Cristo, que murió por nosotros y por nosotros se quedó para siempre a nuestro lado, espera algo de cada uno de sus hermanos en la fe y, en definitiva, hijos de Dios todos. Espera de nosotros que seamos fieles a la misión que nos encomendará y que ahora mismo, en este tiempo intermedio entre su Pascua y Pentecostés, estaba enseñando a sus más directos apóstoles.

Y nos mandará lo siguiente:

Amar.
Vivir con misericordia.
Ayudar al necesitado.

Y tales mandatos ya deben ser cumplidos ahora, porque conocemos nuestra fe y sabemos qué nos es exigido por formar parte del ejército de los hijos de Dios, soldados del Padre en lucha continua, desde nuestro corazón, contra el Mal y contra la mundanidad.

Que nuestra entrega al prójimo fuera total porque no otra cosa se espera de quien se sabe hermano del Hijo de Dios y tiene al resto de humanidad por personas a las que no puede olvidar por no ser de su propia familia. En todo caso sí forman parten de la familia humana.

Estamos, pues, en camino de Pentecostés y eso nos debería hacer pensar que todo aquello que hacemos en materia de oración es muy importante y que Dios espera que nos dirijamos a Él manifestando que somos sus hijos y que queremos, de nuevo, ser enviados. Y por eso caminamos hacia ese momento en el que Jesús, de nuevo, nos mande a predicar y a cumplir con lo que quedó dicho cuando creó la Iglesia, luego llamada católica.

Caminamos hacia Pentecostés. No olvidemos que eso es lo que espera Dios de nosotros.


Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Soto de la Marina

Jesús se nos entrega en cuerpo y alma



Viernes de la octava de Pascua

Jn 21,1-14

“En aquel tiempo, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: ‘Voy a pescar’. Le contestan ellos: También nosotros vamos contigo. Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.

Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: ‘Muchachos, ¿no tenéis ‘pescado?’. Le contestaron: ‘No’. Él les dijo: ‘Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis’. La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: ‘Es el Señor’. Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.

Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: ‘Traed algunos de los peces que acabáis de pescar’. Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: ‘Venid y comed’. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres tú?’, sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Ésta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.”


COMENTARIO


Los apóstoles querían, al parecer, olvidar pronto lo que había pasado. Vuelven a sus labores habituales como, por ejemplo, la pesca. No dan la impresión de haber acabado de entender lo que suponía la resurrección.

Jesús se presenta ante ellos para que no olviden lo que tenían que hacer a partir de tal momento. Todo lo tienen preparado cuando llegan de la pesca: el pan y el pescado, las brasas de la hoguera, etc. Jesús les pone, digamos, en bandeja, lo que tienen que hacer.

Habían pescado porque Jesús les había dicho dónde tenían que hacerlo. Les había indicado, exactamente, que siguiéndolo a Él después de su resurrección, nada habrían perdido sino que, al contrario, lo obtendrían todo.


JESÚS, te apareces a tus apóstoles para que no se duerman y sigan adelante con la misión que les ibas a encomendar. Tuvieron, al fin y al cabo, la fe que a nosotros muchas veces nos falta.




Eleuterio Fernández Guzmán