22 de febrero de 2013

Saber Quién es Cristo



Mt 16,13-19

En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: ‘¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?’. Ellos dijeron: ‘Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas’. Díceles Él: ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’. Simón Pedro contestó: ‘Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo’.

Replicando Jesús le dijo: ‘Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’”.

COMENTARIO

Jesús pregunta a sus apóstoles acerca de quién cree la gente que es Él. Por lo general, existe un gran despiste entre sus contemporáneos. Parece que no han comprendido que es el Hijo de Dios enviado por Dios para salvar al mundo que tanto había esperado el pueblo judío.

Simón, luego Pedro, sabe quién es Jesús. Por eso lo dice sin temor a equivocarse. Le ha inspirado el Espíritu Santo y por edo ha dicho que es el Hijo de Dios quien le pregunta. Eso le vale una alabanza de parte de Jesús: ha sabido aceptar al Espíritu Santo aquel hombre que luego le negaría.

Jesús hace algo muy importante: entrega las llaves del Reino de los Cielos a Pedro. Sobre él ha de edificar Jesús su Iglesia y, por eso mismo, otorga un poder muy especial a aquel hombre: el de atar y desatar. Todo quedará, en el cielo, como él haga en la tierra.


JESÚS, a Simón, a quien cambias el nombre por el de Pedro, le entregas las llaves de la Iglesia. Él, que supo reconocerte y, luego, negarte… Por eso es tan triste que nosotros, muchas veces, no cesemos de negarte en el mundo.




Eleuterio Fernández Guzmán


20 de febrero de 2013

Creer en Cristo por ser Cristo



 Miércoles I de Cuaresma


Lc 11,29-32

“En aquel tiempo, habiéndose reunido la gente, Jesús comenzó a decir: ‘Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás’”.


COMENTARIO

Jesús tiene que predicar la Verdad y llevar al mundo la enseñanza divina que tiene a Dios como único Dios y Creador Todopoderoso. Lo que hace, pues, Jesucristo, no es más que cumplir la misión que tiene encomendada y cumplir con la voluntad de Dios.

A muchos de lo que le escuchan sólo les son de su gusto las señales que demuestren que lo que se dice es verdad o que apoyen una doctrina. Sin embargo, Jesús sabe que ni siquiera así creerán porque están muy apartados del camino que lleva al definitivo Reino de Dios.

Aquellos, por otra parte, que para el pueblo judío no son considerados dignos de recibir el Amor de Dios serán los que, cuando llegue el momento, juzgarán lo hecho por el pueblo elegido por el Creador. Tales pueblos acabarán siendo más importantes que el mismísimo pueblo judío.



JESÚS, los que te escuchan, muchos de ellos, prefieren ver hechos extraordinarios. Les gusta lo nuevo, lo más actual, lo mundano. Y así es como nosotros nos comportamos demasiadas veces.




Eleuterio Fernández Guzmán


19 de febrero de 2013

Dios Padre, Padre nuestro




Martes I de Cuaresma

Mt 6,7-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.

‘Vosotros, pues, orad así: ‘Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas’”.

COMENTARIO

Era lógico que los discípulos, viendo a Jesús en un estado de oración tan profundo, quisieran que les enseñaran aquello que hacía, cómo se dirigía a Dios su Padre. Querían, al menos, imitar su actitud profunda de oración.

La oración que les enseña no pretende ser ostentosa ni está compuesta por un sinfín de palabras. El Padre nuestro es esencial y elemental para el discípulo de Cristo y, así, para el hijo de Dios. Enseña lo necesario para saber cuál es la voluntad de Dios.

En la oración enseñada por Cristo pedimos lo que es importante para nosotros y, también, lo que esperamos de Dios. Le pedimos lo que, en general, necesitamos aunque a veces no demos muestras de excesivo respeto hacia tales peticiones.



JESÚS, la oración que les enseñaste a los que te preguntaban es la misma que, muchos siglos después, proclamamos desde nuestro corazón tus discípulos. A veces, sin embargo, no parece que lo sintamos tanto como decimos.




Eleuterio Fernández Guzmán


18 de febrero de 2013

Seremos medidos según hagamos






Lunes I de Cuaresma

Mt 25,31-46

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme’. Entonces los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?’. Y el Rey les dirá: ‘En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis’.



‘Entonces dirá también a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis’. Entonces dirán también éstos: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’. Y él entonces les responderá: ‘En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo’. E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna’”.


COMENTARIO

A lo largo de su predicación, Jesús hizo muchas referencias escatológicas porque había venido, precisamente, a procurar la salvación eterna todo aquel que creyese que era el Hijo de Dios y que había sido enviado por el Padre.

Según hagamos, así seremos medidos cuando nos presentemos ante Dios. Pero después, cuando el Creador quiera, se producirá la segunda venida de Jesucristo. Lo hará en gloria y entonces unos serán destinados al cielo eterno y otros la fuego eterno.

Jesús nos pone sobre la pista de qué tenemos que hacer ahora mismo, mientras aquí estamos. Ayudar a quien lo necesita y ser, así, misericordiosos, es una recomendación directa del Hijo de Dios. Actuar de otra forma no os procurará nada bueno cuando sea la resurrección de los muertos.

JESÚS,  sabes que es muy importante que comprendamos que debemos salvarnos. Nosotros, sin embargo, en demasiadas ocasiones hacemos como si eso no se refiriera a nuestra existencia definitiva, la eterna.



Eleuterio Fernández Guzmán


17 de febrero de 2013

Encíclicas del Beato Juan Pablo II: Redemptoris mater

ELEUTERIO 






Es más que conocido y sabido que el Beato Juan Pablo II era profundamente mariano y que sentía un amor por la Madre de Dios no fuera de lo común sino, más concretamente, dentro de lo más común de los creyentes católicos. Sin embargo, siendo como era un intelectual de gran talla sabía decir las cosas, también en este tema, de una forma especial y nos ponía sobre la pista de muchas realidades en las que, simplemente, no caíamos los simples creyentes.   

Algo así hace con su Encíclica Redemptoris mater, dada a la luz pública el 25 de marzo del año 1987. Lo hace desde el comienzo de la misma cuando dice (1) que “La Madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan de la salvación, porque  ‘al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para que recibieran la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!’ (Gál 4, 4-6)”.

La Madre de Dios es, además, instrumento espiritual en manos de Dios que juega un papel muy importante en el misterio de su Hijo Jesús, Hijo de Dios y hermano nuestro. Por eso (8) “María es introducida definitivamente en el misterio de Cristo a través de este acontecimiento: la anunciación del ángel. Acontece en Nazaret, en circunstancias concretas de la historia de Israel, el primer pueblo destinatario de las promesas de Dios. El mensajero divino dice a la Virgen: ‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo’ (Lc 1, 28). María  ‘se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo’ (Lc 1, 29). Qué significarían aquellas extraordinarias palabras y, en concreto, la expresión ‘llena de gracia’ (Kejaritoméne)”.

Y luego, María, da su visto bueno, su fiat, a lo que hace ver el Ángel Gabriel. Ella, la Madre, manifiesta un acuerdo total con la voluntad de Dios porque a ella se debe desde que nació y desde que decidió que sería, para siempre, hija del Creador con conciencia de serlo.

En efecto (13), “en la Anunciación María se ha abandonado en Dios completamente, manifestando  ‘la obediencia de la fe’ a aquel que le hablaba a través de su mensajero y prestando  ‘el homenaje del entendimiento y de la voluntad’. Ha respondido, por tanto, con todo su  ‘yo’ humano, femenino, y en esta respuesta de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con  ‘la gracia de Dios que previene y socorre’ y una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu Santo”.

Por eso la Virgen María, Madre del Hijo de Dios que daría a luz a la Iglesia para que su misión continuara llevándose a cabo por sus apóstoles y, luego, por los sucesores de los mismos y por el mismo vicario de Cristo (Pedro el primero de ellos) debía estar, tenía que estar, estuvo y está, en el centro de la Iglesia que peregrina hacia el definitivo Reino de Dios. Por eso  (35) “La Virgen Madre está constantemente presente en este camino de fe del Pueblo de Dios hacia la luz. Lo demuestra de modo especial el cántico del Magníficat que, salido de la fe profunda de María en la visitación, no deja de vibrar en el corazón de la Iglesia a través de los siglos. Lo prueba su recitación diaria en la liturgia de las Vísperas y en otros muchos momentos de devoción tanto personal como comunitaria.

‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia —como lo había prometido a nuestros padres— en favor de Abraham y su descendencia por siempre (Lc 1, 46-55)”..

María, pues, aquella joven que dijo sí sometiéndose gozosa y voluntariamente a la voluntad de Dios, supo estar donde le correspondía estar tras la muerte de Jesús, su hijo. Fue centro de la Iglesia naciente y, desde entonces, centro de la que peregrina.

Y es que María es mediadora y de su mediación esperamos la comprensión de Dios a nuestras flaquezas y el perdón de Cristo a nuestras caídas. Lo bien cierto es que (39) “En el caso de María se trata de una mediación especial y excepcional, basada sobre su  ‘plenitud de gracia’, que se traducirá en la plena disponibilidad de la  ‘esclava del Señor’. Jesucristo, como respuesta a esta disponibilidad interior de su Madre, la preparaba cada vez más a ser para los hombres  ‘madre en el orden de la gracia’. Esto indican, al menos de manera indirecta, algunos detalles anotados por los Sinópticos (cf. Lc 11, 28; 8, 20-21; Mc 3, 32-35; Mt 12, 47-50) y más aún por el Evangelio de Juan (cf. 2, 1-12; 19, 25-27), que ya he puesto de relieve. A este respecto, son particularmente elocuentes las palabras, pronunciadas por Jesús en la Cruz, relativas a María y a Juan”.

María, aquella casi niña que concibió por obra del Espíritu Santo, está a nuestro lado porque una madre nunca abandona a sus hijos. Y ella, en nuestro mundo, nos ampara y en nuestro porvenir sueña como mejor sabe quien supo decir sí a Dios.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Análisis Digital

16 de febrero de 2013

Seguir a Cristo



Sábado después de Ceniza

Lc 5,27-32

“En aquel tiempo, Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: ‘Sígueme’. El, dejándolo todo, se levantó y le siguió. Leví le ofreció en su casa un gran banquete. Había un gran número de publicanos, y de otros que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y sus escribas murmuraban diciendo a los discípulos: ‘¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?’. Les respondió Jesús: ‘No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores’.”

COMENTARIO


Jesús llamó a quien quiso llamar para que le siguiente. Al igual que hiciera con los pescadores hizo lo propio con Leví, Mateo, quien era muy mal visto por su pueblo por ser recaudador de impuestos para el romano invasor.

Ciertamente, no necesita médico quien está sano porque tal persona no acudirá a quien le pueda curar porque no lo necesita. Sí, al contrario, que se siente enfermo y sabe que debe ser curado. Y eso les dice Jesús acerca de las enfermedades espirituales y debió ver en Mateo a quien sí necesita curación y sanación.

Aquellas personas que no pecan no necesitan, en verdad, del médico espiritual que es Cristo. Sin embargo, aquellas que son pecadores necesitan ser justas y, para eso, necesitan que el Mesías limpie sus corazones, limpie nuestros corazones. Médico del alma Jesús es. 

JESÚS, sanas a quienes estamos enfermos del alma porque somos pecadores. No ceses nunca de tal buena forma de proceder con nosotros porque, en verdad, somos pecadores.





Eleuterio Fernández Guzmán


15 de febrero de 2013

El ayuno con sentido




Viernes después de Ceniza


Mt 9,14-15

“En aquel tiempo, se le acercan los discípulos de Juan y le dicen: ‘¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?’. Jesús les dijo: ‘Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán’”.

COMENTARIO

Era lógico que los discípulos de otros maestros quisieran preguntar a Jesús acerca de las prácticas de los suyos. Muchos veían que su comportamiento no era adecuado y por eso le preguntan al Maestro las razones de tal forma de actuar.

Seguramente no entendieron, en perspectiva temporal, lo que les estaba diciendo. Los discípulos de Juan querían saber la causa de que no ayunaran los que eran de Jesús y el Maestro les contesta con una profecía: cuando no esté el Maestro… entonces se ayunará.

Jesús les dice que, en realidad, Él mismo no se irá ni desaparecerá porque así lo quiera sino que será arrebatado o, lo que es lo mismo, que por razones ajenas a su voluntad será llevado a la cruz y, aunque eso no quiera decir que no la quisiera, lo bien cierto es que eso fue lo que sucedió.



JESÚS, los que te preguntan, como ignoran tu casi inmediato futuro, no comprenden lo que les dices. Nosotros, sin embargo, que sí lo sabemos no solemos hacer mucho caso de lo que planteas.




Eleuterio Fernández Guzmán


14 de febrero de 2013

Ganar la verdadera vida eterna



Jueves después de Ceniza

Lc 9,22-25

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día’. Decía a todos: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?’”.

COMENTARIO

Lo que escuchaban aquellos que le estaban escuchando no podía gustar mucho a nadie. Que el Maestro fuera a ser tratado como profetizaba que iba a ser tratado no debía ser plato de buen gusto. Pero la verdad siempre es la verdad.

Jesús dice que es muy bueno negarse a sí mismo para seguirle. Esto, en general, quiere decir que tenemos que ser humildes y entregarnos al servicio de los demás. Sólo sí podremos salvarnos.

El ansia de bienes temporales y materiales es un mal muy extendido entre los hijos de Dios. Querer más de lo que necesitamos o, como dice el texto del evangelio, querer ganar el mundo, de poco sirve si no amontamos para la vida eterna.


JESÚS, seguirte supone, también, ser humilde y desprendido. Sin embargo, en demasiadas ocasiones hacemos, justamente, lo contrario.




Eleuterio Fernández Guzmán


13 de febrero de 2013

La Grandeza de los humildes




Pablo Cabellos Llorente









Se cuentan por décadas los años transcurridos desde que me impactó este punto de Camino: "Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón". Más tarde, tuve repetidas ocasiones de escuchar de labios de San Josemaría esta misma idea expresada de mil modos, todos ellos conducentes a querer al Papa por ser quien es, con independencia de su modo de ser, estilo, forma de gobernar, etc. Tomando la expresión de Santa Catalina de Siena -según creo recordar- le llamaba el dulce Cristo en la tierra o también el vicecristo.

Acababa de recibir la noticia de la dimisión del Papa cuando había de salir de casa, pero me ha dado tiempo a leer e imprimir el texto de su anuncio. Ya en el coche, me han venido a la cabeza esas palabras de Camino y mil recuerdos embarullados que han concluido en el propósito de rezar más por este Papa hasta el día 28 y orar también por el que le suceda. Es la segunda vez que un Papa dimite.

Luego he leído algunos digitales comparando la decisión de Juan Pablo II de continuar hasta el final y la de Benedicto XVI que se va porque su vigor ha disminuido de tal forma que debe reconocer -ha dicho él mismo- su incapacidad para ejercer bien su ministerio. Aunque parezcan opuestos, son dos gestos grandes de dos grandes personajes de nuestro tiempo. El Beato Juan Pablo II no se bajó de la cruz que le unía a Cristo en sus graves enfermedades porque, a pesar de ellas, se veía capaz de cumplir su tarea. El Papa actual se va con la sencillez del que se ve incapaz de continuar esa misma misión.  Había declarado que obraría así de encontrarse en tal situación.

No es fácil encontrar en nuestro mundo esta humildad de las almas grandes, que son capaces de sufrir lo indecible por los demás -algo que también ha realizado Benedicto XVI- o bajarse de un pedestal hecho para servir, pero que no deja de estar muy alto. Se baja para "servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria".

En la carta dedicada al Año de la Fe escribió estás palabras: "llegados sus últimos días, el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo que buscara la fe con la misma constancia que cuando era niño". A continuación, estimulaba a escuchar esa invitación como dirigida a cada uno de nosotros para que nadie se vuelva perezoso en la fe. Se me antoja como un testamento para los cristianos de nuestro tiempo: no permitir que la pereza, la dejadez o el abandono apolillen nuestra fe, no permitirnos la negligencia de  incumplir el mandato divino de mostrar esa fe a quien la necesita. Sólo en Cristo, nos dice, tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero.

Pienso que la humildad de estos dos últimos papas nos está consintiendo mirar y ver de manera adecuada a ese Cristo que, como se lee en Hebreos, es el mismo hoy, ayer y siempre. Los dos son una muestra palpable de que Cristo vive en la Iglesia, en sus fieles, en los sacramentos y, de algún modo, en todo hombre que viene a este mundo.

Tuve la fortuna de asistir a una conferencia del cardenal Ratzinger dos o tres años antes de ser Benedicto XVI. Después, pude saludarlo y participar en una comida con él y un reducido número de asistentes. Era conocido por sus libros, pero su persona estaba oculta a  la mayoría. Al presentármelo, habló con tal sencillez y naturalidad, que volví a mi casa diciendo que era un gran intelectual pero, sobre todo, un hombre de Dios, un alemán tierno, dije también como algo no corriente en nuestros esquemas simples sobre los germanos. Al ser presentado como vicario de la Prelatura del Opus Dei -lo era entonces-, recordó el gran acto de la canonización de san Josemaría y un magnífico artículo que él mismo publicó ese día: "Dejar obrar a  Dios".

También tuve la fortuna de saludar a Juan Pablo II en la audiencia subsiguiente a la masiva beatificación de mártires valencianos. ¡Ah! ¡Valencia, Valencia!, me dijo. Y lo guardo emocionado en mi alma ya valenciana. Estaba  muy enfermo, pero vivía su servicio con la sencillez de los grandes.

Pienso que ese modo de ser solo se da en quien es verdaderamente sencillo y humilde, tanto para no bajarse de la cruz como para marcharse  declarándose incapaz. La humildad, cuando es verdadera, puede presentarse en formas aparentemente contrapuestas. A veces se puede ser humilde callando y, en otras ocasiones, hablando, Se puede vivir la humildad renunciando a derechos personales o exigiéndolos en modo adecuado. No en vano, Cristo, que siendo modelo de todo no se puso como tal de casi nada, nos pidió: aprended de mi que soy manso y humilde ce corazón.

La pérdida causa dolor, pero la fe se acrisola por el fuego. También está escrito al final de Porta Fidei.

P. Pablo Cabellos Llorente

Publicado en Las Provincias

Dios siempre ve en lo secreto




Miércoles de Ceniza

Mt 6,1-6.16-18

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

‘Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará’”.


  
COMENTARIO

Cuando Jesús habla a los que le escuchan esperan que los mismos sepan entender lo que dice. Utilizar ejemplos sencillos para que llegue al corazón de sus oyentes aquello que dice.

Dios conoce en el corazón de sus hijos y, por eso mismo, tratar de engañarlo está fuera de lugar y, además, como dijo aquel, es imposible. Así, dar limosna con intención de quedar bien pero no sintiendo, en el corazón, que lo que se hace se hace por amor, de nada sirve.

Igual pasa con el caso de hacer oración para que otros lo vean o con ayunar y hacer que se note que se ha ayunado yendo diciéndolo por ahí. A Dios eso no le gusta porque supone llevar a cabo una actuación hipócrita. Y Jesús avisa de esto para que se tenga en cuenta.



JESÚS, mucho de lo que se hacía en el tiempo en que viviste en la Tierra era hipócrita. Tú quisiste corregirlo pero, al parecer, hoy mismo, hoy día, no parece que nos demos mucha cuenta de eso.





Eleuterio Fernández Guzmán


12 de febrero de 2013

La Ley de Dios está para cumplirla





Martes V del tiempo ordinario


Mc 7, 1-13

“En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, -es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas-.

Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: ‘¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?’. Él les dijo: ‘Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres’. Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres’. Les decía también: ‘¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte’. Pero vosotros decís: ‘Si uno dice a su padre o a su madre: Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro "Korbán" -es decir: ofrenda-’, ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre, anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas’”.




COMENTARIO

Jesús había venido no a abolir la Ley de Dios sino, muy al contrario, a hacer que se cumpliera porque la verdad era que el pueblo elegido por Dios había llegado a tergiversarla tanto que no parecía, siquiera, la misma Ley.

Jesús les echa en cara el hecho de haber creado muchas tradiciones que anquilosan el verdadero sentido de la norma divina puesta por Dios para que el ser humano se conduzca correctamente. Normas creadas por el hombre que han perdido el sentido originario de la voluntad de Dios.

Honrar a Dios con los labios pero, en el fondo, no con el corazón, era un comportamiento que Jesús no podía dejar de denunciar. En realidad, creían que el Creador no los veía en su corazón pero lo cierto era, precisamente, lo contrario.

JESÚS, aquellos que vivían en tu tiempo parece que no comprendían la Ley de Dios. Algo así nos pasa a nosotros cuando pudiera dar la impresión de que no conseguimos entenderla y llevarla a nuestra vida.




Eleuterio Fernández Guzmán


11 de febrero de 2013

Creer en Cristo es salvarse




Lunes V del tiempo ordinario

Mc 6, 53-56

“En aquel tiempo, cuando Jesús y sus discípulos hubieron terminado la travesía, llegaron a tierra en Genesaret y atracaron. Apenas desembarcaron, le reconocieron en seguida, recorrieron toda aquella región y comenzaron a traer a los enfermos en camillas adonde oían que Él estaba. Y dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que les dejara tocar la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados.”



COMENTARIO

Muchos seguían a Jesús porque quería la curación de los males que cada de uno ellos podía tener; otros, seguramente, sólo para escuchar a Quien tanto conocían por lo que decían otras personas. Tenían, todos, sed espiritual y querían calmarla con Su Palabra.

Muchas de aquellas personas mostraban una confianza total en la persona de Jesús. Sabían que con tan sólo tocar la orla de su manto (como le pasara a la hemorroísa, por ejemplo) querían curados. Su fe era grande y grande, también, su recompensa.

Cierto es que la fe en Jesús estaba de acuerdo con la verdad de las cosas y que tenerla y manifestarla era un punto a favor de las personas que así obraban. “quedaban salvados” dice el texto bíblico. Y lo quedaban por la salvación llegaba a los que manifestaban amor por Dios y creencia en Su hijo.



JESÚS,  los que confían en Ti obtienen todo lo que te pide si lo hacen con verdadera fe y con verdadera creencia. A los mejor sería, esto, un buen punto de inflexión para nuestra vida: creer, de verdad, en  Ti.



Eleuterio Fernández Guzmán


10 de febrero de 2013

Confiar, siempre, en Cristo





Domingo V (C) del tiempo ordinario

Lc 5,1-11


“En una ocasión, Jesús estaba a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre Él para oír la Palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: ‘Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar’. Simón le respondió: ‘Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes’. Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.



Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador’. Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: ‘No temas. Desde ahora serás pescador de hombres’. Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron".

COMENTARIO

La confianza en Dios es una prenda que no podemos dejar perder porque con ella caminamos hacia su definitivo Reino con la seguridad de estar en buen camino y en buena compañía.  Por eso aquellos pescadores echaron las redes al agua otra vez.

Pedro reconoce que se ha equivocado. No confió lo suficiente como para echar las redes sin, siquiera, haber dudado de que Jesús tuviera razón. Y pide perdón porque sabe que no es nadie al lado de Aquel que es el Hijo de Dios.

Jesús, sin embargo, no critica a Pedro por lo que hace sino que lo envía a ser pescador de hombres. Una nueva misión para la que tendría que estar bien preparado.



JESÚS,  tener confianza en Ti es más que importante porque supone tenerla en Dios. Nosotros, sin embargo, dudamos más de las veces de las que nos conviene.



Eleuterio Fernández Guzmán


9 de febrero de 2013

Jesús el compasivo





IV Sábado del tiempo ordinario


Mc 6,30-34

“En aquel tiempo, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Él, entonces, les dice: ‘Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco’. Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.”

COMENTARIO

Cuando Jesús envió a sus Apóstoles para que anunciaran la Buena Noticia de la llegada del Reino de Dios sabía que era muy importante que aquella misión la cumpliera de forma correcta. No dice el texto el tiempo que estuvieron pero el resultado, seguramente, fue muy provechoso.

Sabe Jesús que tiene que descansar. Todo no puede ser ajetreo de gente de un lado a otro. Es necesario, también, hacer un alto en el camino para orar y, también, para aprender del Maestro. Y se los lleva a un lugar aparte. Pero, como era de esperar, no los dejan tranquilos.

A lo mejor otra persona habría despedido a los que tanto insistían en verle. Sin embargo, el Hijo de Dios era del parecer, verdadero, de que aquellas personas no tenían pastor y andaban bastante perdidas. Nada mejor que el Pastor Bueno, Cristo, las pastoreara y les enseñara lo que era importante que dijeran. Y no descansaba, siquiera, para comer.


JESÚS, muchos te seguían y lo hacían con la insistencia de quien necesita gran ayuda espiritual. Nosotros, sin embargo, solemos no insistir mucho cuando, en verdad, nos convendría hacer lo contrario.




Eleuterio Fernández Guzmán


8 de febrero de 2013

Alimentarse de Cristo, vivir por Cristo, ser Cristo








Dice Benedicto XVI, en la Conclusión de la Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum Caritatis (SC), que exhorta “a todos los laicos, en particular a las familias, a encontrar continuamente en el Sacramento del amor de Cristo la fuerza para transformar la propia vida en un signo auténtico de la presencia del Señor resucitado”. Con esto, aunque lógicamente no pertenezca a la última parte de este documento, queda claramente concretado el sentido de aquella: “misterio que se ha de vivir”.


Si hemos de creer en la Eucaristía como lo que es, como ese “Sacramento del amor de Cristo” y eso nos sirve de alimento celebrativo, la única conclusión a la que podemos llegar es que nuestra vida (espiritual y humana) se tiene que ver afectada, para bien, por esa savia procedente, directamente, del amor de Dios y, por lo tanto, cabe el anuncio de ese bien común y, claro, el ofrecimiento al mundo de todo ese, digamos así, provecho espiritual. O lo que es lo mismo, un vivir del pan y del vino.


En cuanto las especies (si son dos o si sólo es una las que recibimos) quedan depositadas en nuestro cuerpo quedamos unidos a Cristo. Sin embargo, no se crea que somos nosotros los que nos transformamos con ese misterio sino que “gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente” (SC 70) que es, en un símil, como cuando oramos y hemos de saber que es Dios el que toma la iniciativa y no nosotros los que, por decirlo así, empezamos, pues él, como Padre, puso en nosotros esa posibilidad de estar, así, en contacto con nuestro Creador.


Por eso, esa vivencia del “precepto dominical” ha de provocar, en nosotros, una transformación moral que nos ayude a caminar por este mundo, llevando a cabo, así, y haciendo cumplir, un “coherencia eucarística” mediante la cual damos “testimonio público de la propia fe” (SC 83) y ese testimonio de vida que no separe Eucaristía y vida, que no rompa el vínculo de amor que recibimos en ese Sacramento de Caridad con el cual celebramos nuestra fe. Porque cabe, como lógico devenir de toda esta vivencia, un anuncio, un decir, un mostrar; porque cabe, también, llevar a cabo esa misión a la que nos comprometemos al fundirnos con Cristo, siendo, así, apóstoles modernos, otros Pedros y otros Juanes.


Así, “la misión primera y fundamental que  recibimos de los santos Misterios que celebramos es la de dar testimonio con nuestra fe” (SC 85) porque lo que, en verdad, se ha de entender es que la Eucaristía, como Sacramento, hace que “el impulso misionero” sea “parte constitutivo de la forma eucarística de la vida cristiana “(SC 84, por los dos últimos entrecomillados”) y que hoy se hace necesario anunciar a Jesucristo como único Salvador pues es lo que, en definitiva, amamos y admiramos, compartimos y sentimos como comunidad cristiana. Vivir por Cristo, pues de Él tomamos alimento de eternidad, Misterio que, quizá, no entendamos pero que sabemos cierto porque lo tenemos arraigado en la fe que nos sustenta; vivir por Cristo porque Él “a precio de su sangre”, con ese precio, ganó para nosotros la salvación eterna, nuestra justificación, nuestro perdón al Padre; vivir por Cristo porque el mundo necesita esa vivencia y se hace, por ser hijo de Dios, acreedor de ese merecimiento.


Así, bien dijo Jesús (y recoge SC 88) que “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Es ese mundo que espera (porque aún muchos lo esperan aunque no lo sepan porque su corazón está necesitado de sentido escatológico) es el que lo necesita; ese anuncio, ese ofrecimiento de Dios que, a través de Jesús y de la Eucaristía, los puede salvar para siempre, por siempre, es lo que esperan, quizá, sin reconocer eso o, lo que es peor, sin verlo siquiera porque está cegado, el siglo, por el poder inmenso del tener y el sistema terrible de lo pragmático.


Es cierto que el Sacramento (éste) no es  algo que se ha de circunscribir a cada individuo como tal sino que, al contrario, tiene un evidente sentido comunitario, que ese “cuando dos o más de vosotros…” como ya sabemos, es cierto, que no es una mera expresión que sirva de recordatorio sino que, al contrario, tiene plenos poderes traídos desde el Reino de Dios. Por eso, como todos son hermanos y hermanas nuestras, todos necesitarán conocer la Verdad que está inscrita en la Eucaristía, cómo pueden alimentarse con ese ser Cristo porque con ser Cristo se realiza el Misterio mismo, y ser otros Cristos no es, sino, llevar a cabo el anuncio esperado, transmitir el bien común que nos da en este Sacramento de Caridad porque el mundo necesita santificarse y salvaguardar, en sí mismo y para sí, la creación en la que se encuentra incluido como manifestación de la sabiduría eterna de Dios, Creador de todo eso que llamamos mundo y hombre.


Dice Jesús (y recoge SC 97) que “yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo“ y es aquí, en la Eucaristía que el Mesías constituyó, creó y formó, en la última Cena, para perpetuación de Su memoria y de la Palabra de Dios y recuerdo eterno de su doctrina, donde cabe buscarlo, donde cabe encontrarnos.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Soto de la Marina