15 de diciembre de 2012

Ser fieles como el Bautista lo fue



Sábado II de Adviento

Mt 17,10-13

“Bajando Jesús del monte con ellos, sus discípulos le preguntaron: ‘¿Por qué, pues, dicen los escribas que Elías debe venir primero?’. Respondió Él: ‘Ciertamente, Elías ha de venir a restaurarlo todo. Os digo, sin embargo: Elías vino ya, pero no le reconocieron sino que hicieron con él cuanto quisieron. Así también el Hijo del hombre tendrá que padecer de parte de ellos’. Entonces los discípulos comprendieron que se refería a Juan el Bautista".

COMENTARIO

La persona y figura de Juan Bautista era importante para la historia de la salvación. Dios lo envía al desierto a predicar una conversión del corazón que era muy necesaria para el pueblo elegido por el Creador para transmitir su Palabra.

Como todo había sido dicho en las Sagradas Escrituras, aquellos que seguían a Jesús sabían, por lo oído y escuchado, que el profeta Elías tenía que venir. Sin embargo, se quería decir con eso que vendría no el mismo profeta sino el espíritu que representaba. Y tal estaba en el corazón del hijo de Zacarías e Isabel.

Jesús profetiza, aquí mismo, acerca de su futuro. No será bueno como no lo fue el de su primo Juan, decapitado por orden de Herodes. Sabía que iba a padecer y que, por eso mismo, su misión acabará por cumplir la que Dios le había encomendado.


JESÚS, para que comprendiesen lo que decías les pones el ejemplo de Juan el Bautista. Fiel al compromiso adquirido con Dios murió por ser coherente con su fe. ¿Cuántos, hoy día, haríamos lo mismo?




Eleuterio Fernández Guzmán


14 de diciembre de 2012

En este Adviento








El Adviento es, más que nada, un tiempo de esperanza porque conociendo a Quien esperamos (Jesús) es bien cierto, como dice San Josemaría en la Homilía del primer domingo de Adviento de 1951, que “Hemos de echar fuera todas las preocupaciones que nos aparten de Él, y así Cristo en tu inteligencia, Cristo en tus labios, Cristo en tu corazón, Cristo en tus obras”.
Por eso, en este Adviento, el Hijo de Dios, Quien viene, el Emmanuel, ha de estar siempre en nuestro corazón y, desde ahí hacia fuera en el mundo en el que vivimos, nos movemos y existimos.

Así, recibiremos a Jesús cuando vuelva a venir, tras pasar otro tiempo de Adviento, como luz que ilumina nuestra existencia, como estrella perenne y eterna que nos deja su aliento.

El 20 de diciembre de 1978, el Beato Juan Pablo II, impartía una Catequesis (a modo de meditación) sobre el Adviento. Se refería, en ella, al sentido esencial de tal tiempo espiritual: Dios viene. Y viene “porque ha creado al mundo y al hombre por amor, y con él ha establecido el orden de la gracia”.
Sin embargo, además, la venida de Dios tiene una causa que no deberíamos olvidar: el pecado. Por eso dice el que fuera Papa que “por causa del pecado”, viene “a pesar del pecado”, viene “para quitar el pecado”.

Viene, pues, Dios; y, haciéndose hombre, cumple con su propia voluntad que consiste, sobre todo, en que “la gracia, es decir, la voluntad de Dios para salvar al hombre, es más poderosa que el pecado” siendo, éste, el principal motivo que separa al Creador de su criatura.

Por lo dicho hasta ahora el Adviento es, básicamente, un tiempo de Jesucristo. En este sentido, dos son los momentos, incluso, históricos (uno real, otro escatológico), que determinan la importancia absoluta de Cristo:

1.-La Navidad misma.
2.-La Parusía.

En cuanto Navidad, el Marana-Tha (Ven Señor) que tantas veces proclamamos en la liturgia o en las plegarias particulares, se hace real, efectivo, a modo de recordatorio de aquel momento en que María cumplió la promesa, en forma de Fiat, que le hizo a Dios.

Y así Jesús, en su pequeñez de niño, viene. Y está aquí, entre nosotros. Y es en este Adviento, ahora mismo, cuando Cristo no deja de estar con nosotros. De una forma misteriosa está y es esperado.

En cuanto a Parusía, no es poco cierto que cada vez que recordamos que Cristo nace, se acerca el momento de la segunda venida del Hijo de Dios. Por eso, el Mesías, al nacer, cumple la Misericordia del Padre que, otra vez más, vuelve a perdonar al pueblo que eligió y le ofrece la posibilidad de aceptar a su Hijo para ser salvado a través de un sacrificio que, ya, por ejemplo, había profetizado el profeta Isaías (capítulo 53).

Sabemos que muchos no aceptaron que aquel hijo de un carpintero de Nazaret llamado José fuera lo que parecía que era. Sin embargo, los que le creyeron (aunque tuvieran que esperar a la Resurrección para comprenderlo todo) nos transmitieron lo que, desde entonces, sabemos: en aquel establo de Belén Dios dijo “perdono”.

Es, por eso, este tiempo de Adviento tiempo del que viene, del que está entre nosotros para siempre, siempre, siempre.

Sin embargo, no podemos olvidar que también es un tiempo de María, Madre. También este Adviento lo es porque nunca podemos dejar de lado a quien, con su expresión de voluntad, quiso que la humanidad fuese salvada.

De dos formas María nos trae, cada Adviento: como presencia y como ejemplaridad.

Así, el estar de aquella joven que aceptó la propuesta hecha por Gabriel, nos sirve para traer, al ahora mismo, lo que ella quiso hacer y lo que eso supuso para la humanidad y que, como ejemplo, le sirve a la Iglesia como imagen de entrega a la voluntad de Dios porque hizo posible (y hace, cada Navidad, cada momento) que el Hijo del Creador entrara en la historia de su semejanza.

No podemos olvidar que, además de todo lo dicho, también este Adviento es tiempo de la misma Iglesia, Esposa del que viene.

También aquí hay que tener en cuenta dos aspectos: la Iglesia como misionera y la Iglesia como peregrina.

La misión de la Iglesia recibe un impulso cada vez que nace Jesús. Tal nacimiento no es, sólo, el momento en que comienza el año, digamos, espiritual o litúrgico sino que, además, supone la confirmación de lo hecho entonces por Cristo. El reinicio, por tanto, de la misión, justifica que hagamos todo lo posible para que se sepa que Cristo nace pero que se sepa que está, ya, aquí mismo.

Pero también la Iglesia en este Adviento se reafirma en su peregrinación hacia el definitivo Reino de Dios sabiendo que tiene siempre la compañía de Cristo, como Él mismo prometió y como ha cumplido, fiel Dios a su Palabra.

Es, éste, pues, un tiempo de clara esperanza, de reconocimiento de Dios en nuestra vida, de saber que, cuando transcurran los  pocos días desde ahora mismo, también nosotros, en la fe, volveremos a nacer y seremos, así, salvados por el Salvador.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Soto de la Marina

Creer que Cristo es Dios




Viernes II de Adviento

Mt 11,13-19

“En aquel tiempo dijo Jesús a la gente: ‘¿Pero, con quién compararé a esta generación? Se parece a los chiquillos que, sentados en las plazas, se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no os habéis lamentado’. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: ‘Demonio tiene’. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Y la Sabiduría se ha acreditado por sus obras’”.


COMENTARIO

A lo largo de la historia del pueblo elegido Dios había enviado a muchos profetas para que el camino que llevaba el mismo se enderezada y no siguiera por la senda equivocada por la que iba caminando.

A muchos de tales profetas los habían matado porque no gustaba lo que decían. Si predicaban para que cambiaran, no era bueno lo que decían; si querían que cumpliesen la voluntad de Dios… tampoco era bueno lo que decía.

Juan el Bautista era otro profeta, el último del Antiguo Testamento. Tampoco gustaba mucho lo que le decía a Herodes. Pero de ninguna de las maneras era del gusto de los que le escuchaban lo que decía Jesús. Por eso lo perseguían los poderosos.


JESÚS, muchos de los que te escuchaban no querían que les dijeras lo que les decías. Eso es lo que, en muchas ocasiones, nos pasa a nosotros.






Eleuterio Fernández Guzmán


13 de diciembre de 2012

Escuchar a Juan el Bautista




Jueves II de Adviento

Mt 11,11-15


“En aquel tiempo, dijo Jesús a las turbas: ‘En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron. Y, si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir. El que tenga oídos, que oiga’”.

COMENTARIO

Jesús dice que quien tiene oídos tiene que oír. Lo dice en un sentido distinto, a lo mejor, al que solemos entender. Y lo hace porque lo que el Maestro dice es muy importante para aquellos que le escuchan.

Jesús alaba a Juan el Bautista. Sabe que la labor que ha de realizar es crucial para la salvación de la humanidad y reconoce que Dios le ha enviado a cumplir una misión que nadie puede olvidar. El espíritu del profeta Elías vive en él y, por eso mismo, han de escuchar lo que dice.

Jesús sabe que el Reino de Dios, entonces y ahora mismo, sufre de parte de aquellos que lo persiguen y necesita de personas que, como Juan el Bautista, digan lo que pasa y ponga sobre el corazón de aquellos que le escuchan, la verdad. Y, por eso mismo, han de escucharlo.


JESÚS, aquellos que escuchaban a Juan el Bautista lo tenían por un profeta. Avisaba sobre el camino recto hacia el Reino de Dios. Nosotros, sin embargo, no hacemos mucho caso, por desgracia, a lo que aquel enjuto hombre pronunció en aquel desierto de sus días.




Eleuterio Fernández Guzmán


12 de diciembre de 2012

Ser como Cristo quiere que seamos





Mt 11, 28-30

“En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: ‘Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera’”.

COMENTARIO

Jesús vino al mundo para atraer a todos hacia Dios. Buscaba a los que se habían alejado de la voluntad del Creador y los ponía en el camino recto que va al definitivo Reino del Padre. Y quería que se acercasen a Él los que sentía un peso grave sobre sí mismos.

Jesús no recomienda hacer grandes cosas ni llevar a cabo grandes batallas ni siquiera contra el Mal. Sin embargo, pudiera parecer que lo que nos pide es algo más que difícil por el normal comportamiento del ser humano.

Ser mansos, ser humildes y tener un corazón de carne… Tan sólo quiere Cristo que seamos así. Él es así y así nos pide que seamos nosotros. Además bien sabe que su yugo es muy suave, y gozoso, y que la carga que nos hace llevar es tan ligera como nosotros queramos que sea.


JESÚS, nos pides llevar a cabo cosas que no son muy difíciles. Sin embargo, nuestra soberbia y nuestra forma de ser nos impiden, en demasiadas ocasiones, ser como quieres que seamos y como Dios quiere que seamos.




Eleuterio Fernández Guzmán


11 de diciembre de 2012

No alejarse de Dios



Martes II de Adviento

Mt 18,12-14

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la descarriada? Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas. De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños’".

COMENTARIO

En el tema de la fe es más que posible que muchas veces nos sintamos sorprendidos por lo que nos dice que hizo el Hijo de Dios. Como su corazón era el de Dios no podemos esperar que se comportara, espiritualmente, como lo hubiera hecho otro ser humano.

Perderse en la fe no es muy difícil. Es más, muy a menudo miramos para otro lado cuando nos alejamos de Dios y pretextamos que, a lo mejor, es bueno para nuestra vida una cierta distancia de Aquel que nos creó.

Jesús, sin embargo, entiende que debe buscarnos a todos aquellos que nos hayamos perdido y así lo hace. Lo deja todo, lo entrega todo, para que volvamos al seno de Dios y seamos, en verdad, buenos hijos.


JESÚS, en muchas ocasiones somos como aquellas ovejas que se pierden. Ellas, a lo mejor, lo hacen por instinto natural pero nosotros, que es de suponer que tenemos mayor inteligencia, no actuamos como debíamos.




Eleuterio Fernández Guzmán


10 de diciembre de 2012

Con el poder de Dios





Lunes II de Adviento

Lc 5,17-26

“Un día que Jesús estaba enseñando, había sentados algunos fariseos y doctores de la ley que habían venido de todos los pueblos de Galilea y Judea, y de Jerusalén. El poder del Señor le hacía obrar curaciones. En esto, unos hombres trajeron en una camilla a un paralítico y trataban de introducirle, para ponerle delante de Él. Pero no encontrando por dónde meterle, a causa de la multitud, subieron al terrado, le bajaron con la camilla a través de las tejas, y le pusieron en medio, delante de Jesús. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo: ‘Hombre, tus pecados te quedan perdonados’.



Los escribas y fariseos empezaron a pensar: ‘¿Quién es éste, que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?’. Conociendo Jesús sus pensamientos, les dijo: ‘¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: ‘Tus pecados te quedan perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dijo al paralítico- ‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’’. Y al instante, levantándose delante de ellos, tomó la camilla en que yacía y se fue a su casa, glorificando a Dios. El asombro se apoderó de todos, y glorificaban a Dios. Y llenos de temor, decían: ‘Hoy hemos visto cosas increíbles’”.


COMENTARIO

El caso que relata el evangelio de san Lucas muestra, a la perfección, mucho de lo que Jesús quería que fuese aprendido: fe y entrega por los demás en el momento más necesario para un semejante. Aquellos amigos hacen, del paralítico, una causa grande de esperanza en la humanidad y en la bondad de Dios.

Muchos de los que allí estaban se preguntan quién es aquel hombre que se cree capaz de perdonar pecados. Lo decían porque creían que la enfermedad de aquel hombre la producía su vida pecaminosa. Sin embargo, Jesús sabía que nada tenía que ver una cosa con la otra.

Cuando Jesús cura al paralítico hace muchas cosas a la vez: le perdona, en efecto los pecados y demuestra, además, que es Dios, único capaz de perdonar nuestros pecados. Y así muchos, entonces, creyeron.

JESÚS,  perdonas los pecados con el poder de Dios porque eres Dios hecho hombre. Muchos, entonces, no lo comprendieron y muchos, otros muchos, ahora mismo, nos cuesta, a veces, entenderlo



Eleuterio Fernández Guzmán


9 de diciembre de 2012

El Bautista, precursor




 
Lc 3,1-6

“En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: ‘Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios’”


COMENTARIO

Desde toda la eternidad Dios había previsto que un gran profeta, cumpliendo una misión muy especial, tenía que anunciar a Su Hijo. Así, la mujer de Zacarías, a la que llamaban estéril, quedó embarazada y dio a luz a quien se llamaría Juan.

La labor de Juan el Bautista, pues bautizaba con agua en el Jordán para perdonar los pecados de los conversos, estaba prevista desde hacía mucho tiempo: era la voz que clamaría en desierto de la fe la que había llegado el pueblo elegido por Dios.

El fruto de la labor de Juan queda más que especificada en este evangelio de san Lucas: lo torcido se enderezará, aquello que iba por mal camino seguirá el recto hacia el definitivo Reino de Dios y lo que había parecido imposible, cumplir con la verdadera voluntad del Creador, será posible llevarlo a cabo.


JESÚS,  tu primo Juan, el hijo de Isabel y Zacarías iba a ser tu anunciador al mundo. Tuvo fe y confianza en Dios y cumplió con su misión. Muchas veces nosotros no somos tan fieles ni tenemos tanta fe como aquel hombre enjuto y entregado al Creador.




Eleuterio Fernández Guzmán


8 de diciembre de 2012

Inmaculada, María


 





 
Santísima Virgen, yo creo y confieso vuestra Santa e
Inmaculada Concepción pura y sin mancha.
¡Oh Purísima Virgen!,
por vuestra pureza virginal,
vuestra Inmaculada Concepción y
vuestra gloriosa cualidad de Madre de Dios,
alcanzadme de vuestro amado Hijo la humildad,
la caridad, una gran pureza de corazón,
de cuerpo y de espíritu,
una santa perseverancia en el bien,
el don de oración,
una buena vida y una santa muerte.
Amén

En muy breve espacio de tiempo celebraremos la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Y, aunque, por la Tradición sabemos que desde los primeros tiempos los fieles cristianos tenían por cierto que Dios preservó a María del pecado original y la hizo, por eso mismo, Inmaculada, fue el Papa Pío IX el que, el 8 de diciembre de 1854, por medio de su Bula Ineffabilis Deus dijera que

“declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles…”

Y, para confirmar lo dicho por aquel Santo Padre que en a mitad del siglo XIX fijó por escrito lo que tenido por bueno por los fieles católicos, un sucesor suyo, Pío XII, en este caso el día de la celebración de la Natividad de María (8 de septiembre) dio a luz pública la encíclica “Fulgens corona” en la que dijo que “Si en un momento determinado la Santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese periodo de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre”.

Todo, pues, está bastante claro. No podía ser de otra manera y María sólo podía nacer libre del pecado original.

En realidad, si alguien es capaz de, serenamente, pensar acerca de la necesidad de que quien iba a ser la madre del Salvador, no tuviera el baldón del pecado original en y sobre su alma, se dará cuenta de que:

1º.-Para Dios era mejor que su Madre fuera Inmaculada y que, por lo tanto, no tuviera la mancha del pecado original.

2º.-El poder de Dios podía hacer que, en efecto, su Madre naciera sin mancha.

3º.-El Creador hizo que María naciera Inmaculada.

Estos argumentos, defendidos por Duns Scotto, nos ponen sobre la pista de que el hecho de que María sea Inmaculada era lo único que podía ser para que la historia de la salvación siguiese por el camino recto que Dios había trazado.

1. Para Dios era mejor que su Madre fuera Inmaculada: o sea sin mancha del pecado original.

2. Dios podía hacer que su Madre naciera Inmaculada: sin mancha.

3. Por lo tanto: Dios hizo que María naciera sin mancha del pecado original. Porque Dios cuando sabe que algo es mejor hacerlo, lo hace.

Dice, al respecto de la Inmaculada Concepción de María, el Beato Juan Pablo II (5 de diciembre de 2003) que con la misma “comenzó la gran obra de la Redención, que tuvo lugar con la sangre preciosa de Cristo. En Él toda persona está llamada a realizarse en plenitud hasta la perfección de la santidad”. Y Benedicto XVI (8 de diciembre de 2006), que “María no sólo no cometió pecado alguno, sino que fue preservada incluso de la herencia común del género humano que es la culpa original, por la misión a la que Dios la destinó desde siempre: ser la Madre del Redentor”.

María, Madre de Dios e Inmaculada, Madre nuestra, intercede por tus hijos ante Dios Nuestro Señor y procúranos el bien para nuestro corazón y nuestra alma.



Eleuterio Fernández Guzmán



Publicado en Análisis Digital

Inmaculada María


La Inmaculada Concepción de la Virgen María

Lc 1, 26-38


“En aquel tiempo, fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.

Y entrando, le dijo: ‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo’. Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: ‘No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin’. María respondió al ángel: ‘¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?’. El ángel le respondió: ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios’. Dijo María: ‘He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra’. Y el ángel dejándola se fue".

COMENTARIO

Desde toda la eternidad, aquella joven había sido preparada por Dios para ser Su Madre. Por eso cuando el ángel Gabriel le dice lo que va a pasar ella, María asiente y pronuncia su fiat o, lo que es lo mismo, su voluntad de cumplir la del Creador.

Jesús, Dios mismo hecho hombre, debía nacer de una mujer pura y limpia. Pero su pureza y limpieza no se tenía que limitar a una vida llevada en tal sentido, que también, sino al mismo momento de su concepción. Dios no podía nacer de mujer perjudicada por el pecado original. Y estableció su concepción sin mancha alguna.

El ángel del Señor cumplió con la misión que le había sido dada y anunció a María el futuro que le esperaba a ella y al hijo que iba a ser concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Confió y creyó.


JESÚS, tu Madre María, también Madre nuestra, supo responder sí a lo que decía tu Ángel. Nosotros, sin embargo, solemos decir no en demasiadas ocasiones.




Eleuterio Fernández Guzmán


7 de diciembre de 2012

El buey y la mula



Pablo Cabellos Llorente









¡Caray! ¡La que se ha armado con el buey y la mula! Una noticia tan vieja como el Evangelio ha dado para más que la prima de riesgo. ¿Por qué? En parte, según me parece, por estimar novedoso algo que no lo es: lo único escrito en los Evangelios sobre el Nacimiento de Jesús parecido al tema que nos ocupa es que el Niño fue recostado en un pesebre, lo que ha dado lugar a la tradición respecto a esos animales, puesto que era habitual que ese tipo de grutas en torno a Belén se usaran siempre como establo.

Otra razón es que, para bien o para mal, las noticias religiosas interesan, lo que posiblemente viene causado por la necesidad que tiene el hombre de creer en algo o en alguien. Y eso vende, aunque sea afirmando que en el Belén de la plaza de San Pedro no estarán este año el buey y la mula o que sí residen en determinada catedral, pero más escondidos. En torno a todo esto se sitúa  la prisa por la noticia, la falta de confirmación, no ir a las fuentes: el Evangelio o el libro del Papa.

Pero nos hemos quedado en la anécdota sin ir al meollo de la cuestión: Cristo nace en un establo, en un ambiente poco acogedor, indigno, dice Benedicto XVI. Y  el pesebre hace pensar en aquellos animales, puesto que allí comen. Pero no desprecia el Papa esta tradición, sino que le saca partido para la vida cristiana, afirmando que la meditación guiada por la fe ha colmado la laguna sobre la presencia o ausencia de estos animales. Cita a Isaías que escribió: "El buey conoce a su amo y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende". Vienen al pelo estas palabras para la situación de perplejidad creada por los medios de comunicación.

Parece dar a entender -junto al hecho del pesebre, está la narración de los pastores adorando- que sólo los sencillos entienden el querer de Dios. Estos animales están representando en la iconografía cristiana que Dios se manifiesta en un establo, por lo que "ninguna representación del nacimiento renuncia al buey y el asno", escribe el Pontífice. Ya se ve que el Papa tampoco los despide.

Quizá valga la pena recordar otras dos frases de los Evangelios. San Juan escribe que "vino a los suyos y los suyos no le recibieron". ¿Estaremos entre éstos? ¿O tal vez no nos encontramos entre los sencillos, merecedores de estas palabras de Jesús?: "Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños".


P. Pablo Cabellos Llorente



Publicado en Levante-EMV

El ecumenismo, hoy









Más que conocida, por triste, es la separación que, entre los discípulos de Cristo, existe. Desde siglos muy lejanos, cuando se produjo la que hoy denominamos ortodoxa o, más recientemente, cuando el protestantismo difundió sus ideas por Europa, aquel “Para que sean uno” que el Maestro pronunció en la Última Cena, cada vez se ha hecho más difícil de llevar a cabo.

Fue en 1908 cuando el fundador de la “Society of the Atonement (comunidad de hermanos y hermanas del Atonement), el padre Paul Wattson (anglicano) tuvo la buena idea de llevar a cabo un octavario de oración que tuviera como objetivo la unidad de los cristianos. Hace, por tanto, más de un siglo desde entonces.

Sin embargo, desde que se celebró el Concilio Vaticano II la Iglesia católica, lo ecuménico, el ecumenismo ha venido a ser una realidad que, poco a poco, se va abriendo paso entre la incomprensión de unos, siendo el Decreto sobre el Ecumenismo (Unitatis Redintegratio) el ejemplo más palmario de lo aquí expuesto.

Y esto muy bien se puede apreciar en el primer punto del Proemio del Decreto:

“Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los fines principales que se ha propuesto el Sacrosanto Concilio Vaticano II, puesto que única es la Iglesia fundada por Cristo Señor, aun cuando son muchas las comuniones cristianas que se presentan a los hombres como la herencia de Jesucristo. Los discípulos del Señor, como si Cristo mismo estuviera dividido. División que abiertamente repugna a la voluntad de Cristo y es piedra de escándalo para el mundo y obstáculo para la causa de la difusión del Evangelio por todo el mundo”.

Por lo dicho arriba no es de extrañar que la distancia establecida entre los discípulos de Cristo sólo puede ser contraria a la voluntad del hijo de Dios y que, por lo tanto, quien se considere hermano de Jesucristo y, además, tenga la posibilidad de hacer algo más que no sea el simple poner sobre la mesa la situación en la que está la cristiandad, pues haga todo lo que pueda.
Y tal ha sido la labor de Benedicto XVI desde que se sentara, por primera vez, en la silla de Pedro.

Por eso, en el primer mensaje dado el 20 de abril de 2005 en la Capilla Sextina tendió las manos para que el ecumenismo fuera algo más que una buena meta a conseguir. Así, dijo que “Son precisos gestos concretos que penetren en los espíritus y remuevan las conciencias, llevando a cada uno hacia esa conversión interior que es el presupuesto de todo progreso en el camino del ecumenismo”.

Y así es el ecumenismo hoy.

Para que pueda hacerse efectivo, entonces refería a tres, digamos, instrumentos de superar la división:

-Necesario diálogo teológico. Y así lo está llevando a cabo el Santo Padre.

-Profundización en los motivos “históricos de decisiones tomadas en el pasado”. Y así se analiza en el seno de la Iglesia católica.

-Purificación de la memoria. Y así hizo, por ejemplo, Juan Pablo II Magno.
Además, el Decreto citado arriba recoge lo que, también, son instrumentos válidos para el conveniente desarrollo del ecumenismo. Y lo hace diciendo:

“Esta conversión del corazón y santidad de vida, juntamente con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico”.
Por lo tanto, también se requiere conversión del corazón y santidad de vida porque sólo basándose en un cambio en el Templo del Espíritu Santo y adoptando una decidida vida de acuerdo a la voluntad de Dios será posible la tan ansiada unidad de los cristianos.

Por eso está actuando como lo está haciendo el Santo Padre: llevando las intenciones del Concilio Vaticano II, en este aspecto, hasta hacer posible recoger frutos de tal intento.

Es, por decirlo así, el ecumenismo de hoy día.



Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Soto de la Marina

La fe lo puede todo




Viernes I de Adviento

Mt 9,27-31

“Cuando Jesús se iba de allí, al pasar le siguieron dos ciegos gritando: ‘¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!’. Y al llegar a casa, se le acercaron los ciegos, y Jesús les dice: ‘¿Creéis que puedo hacer eso?’. Dícenle: ‘Sí, Señor’. Entonces les tocó los ojos diciendo: ‘Hágase en vosotros según vuestra fe’. Y se abrieron sus ojos. Jesús les ordenó severamente: ‘¡Mirad que nadie lo sepa!’. Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron su fama por toda aquella comarca".

COMENTARIO

Como quedó dicho en las Sagradas Escrituras contenidas en el Antiguo Testamento cuando viniera el Mesías, entre otras cosas pasaría que, los ciegos recobrarían la vista. Y eso pasa, no por casualidad, cuando viene el Hijo de Dios.

Los que quieren algo de Jesús, el Maestro que enseñaba con autoridad, lo piden, eso al menos es lo que se espera de ellos, con fe. Creen que van a ser curados porque, de otra forma, no es lógico que esperen nada.

Jesús cura a los ciegos como hace, otras veces, con otras personas. Lo hace porque sabe que lo necesitan pero, sobre todo, porque se sabe Mesías y cumple con la voluntad de Su Padre.


JESÚS,  cuando se dirigían a Ti para pedirte algún tipo de curación o favor especial, eran muy bien escuchados. Sin embargo, la fe era importante que la tuvieran los que te pedían. Nosotros, en demasiadas ocasiones, estamos bastante faltos de fe.



Eleuterio Fernández Guzmán


6 de diciembre de 2012

La fe, sobre roca construida



Jueves I de Adviento


Mt 7,21.24-27

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina’”.

COMENTARIO

Es muy común y humano creer y tener por seguro que basta con orar para entrar en el definitivo Reino de Dios con todas las de la ley. Sin embargo, Jesús sabe que la cosa no es tan fácil como a nosotros nos puede parecer.

Seguir a Jesucristo, como sabemos, no es cuestión de hacer como que se le sigue y que, en efecto, hay que cumplir su doctrina que es la doctrina de Dios y que,  por eso mismo, ha de ser tenida más que en cuenta por sus hijos.

Ciertamente Jesús sabe que, humanamente hablando, no somos más que barro y que, por eso mismo, solemos equivocarnos en las decisiones que tomamos. Por eso nos recomienda que construyamos sobre roca que es Él mismo. Sólo así podremos alcanzar el destino que todos deseamos.


JESÚS, sabes que somos como somos y nos dice que tenemos que construir nuestra existencia sobre un fe firme y que la misma no puede ser, digamos, disimulada. Nosotros, sin embargo, solemos disimular la misma más de la cuenta.




Eleuterio Fernández Guzmán


5 de diciembre de 2012

La fe obra milagros




Miércoles I de Adviento

Mt 15,29-37

“En aquel tiempo, pasando de allí, Jesús vino junto al mar de Galilea; subió al monte y se sentó allí. Y se le acercó mucha gente trayendo consigo cojos, lisiados, ciegos, mudos y otros muchos; los pusieron a sus pies, y Él los curó. De suerte que la gente quedó maravillada al ver que los mudos hablaban, los lisiados quedaban curados, los cojos caminaban y los ciegos veían; y glorificaron al Dios de Israel.

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: ‘Siento compasión de la gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino’. Le dicen los discípulos: ‘¿Cómo hacernos en un desierto con pan suficiente para saciar a una multitud tan grande?’. Díceles Jesús: ‘¿Cuántos panes tenéis?’. Ellos dijeron: ‘Siete, y unos pocos pececillos’. El mandó a la gente acomodarse en el suelo. Tomó luego los siete panes y los peces y, dando gracias, los partió e iba dándolos a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y de los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas”.

COMENTARIO

Jesús tenía que cumplir una misión que, poco a poco, iba cumpliendo. Como dijera, un día, a los enviados de Juan el Bautista, los ciegos veían y los cojos andaban. Así certificaba que la profecía del Antiguo Testamento se había cumplido: había venido el Mesías.

A pesar de tan grandes cosas que hacía por sus contemporáneos, Jesús sentía, también, compasión por ellos. Le seguían sin nada porque confiaban en aquel Maestro que enseñaba con autoridad. Y les quiere echar una, otra, mano. Pero no tienen nada. Sólo, que no es poco, la fe.

Jesús oró a Dios, dio gracias al Padre y luego, sólo luego, multiplica aquella escasa comida y da de comer a los que le siguen. Aún es bastante hasta para que sobre. La fe del Hijo de Dios todo lo pudo y todo lo puede.


JESÚS, tu comportamiento con aquellos que te siguen es ejemplo del buen trato al prójimo que Dios nos prescribe como comportamiento adecuado a su voluntad. Sin embargo, en demasiadas ocasiones hacemos como si no supiéremos esto.




Eleuterio Fernández Guzmán


4 de diciembre de 2012

Lo que conocen los pequeños en la fe



Martes I de Adviento

Lc 10,21-24

“En aquel momento, Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: ‘Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: ‘¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron’”.

COMENTARIO

Jesús se dirigía a Dios como quien se dirige a un Padre bueno. Pero, como sabemos, la relación del Hijo de Dios con el Creador es algo más que la relación que existe entre un padre  y un hijo.

Conocer que Jesús es Dios hecho hombre no es algo que esté fuera de lugar sino, al contrario, algo que es muy importante. Jesús revela Quién es Dios y eso es de crucial importancia par sus hijos. Manifestar acuerdo con tan gran verdad es, sin duda alguna, necesario.

Aquellos que vieron a Jesús, físicamente, había alcanzado algo que muchas generaciones de judíos habían querido alcanzar. Sin embargo, nosotros que no lo vemos podemos hacer exactamente igual que aquellos que lo vieron: creer en Él.



JESÚS, aquellos que te vieron y te escucharon hicieron, algunos de ellos, lo posible para seguirte. Sin embargo, nosotros, que sabemos Quién eres no lo hacemos siempre.




Eleuterio Fernández Guzmán