20 de diciembre de 2011

El hombre vertical










Todo se nos va en la grosería del engaste

u cerca de este castillo, que son estos cuerpos


Sta. Teresa de Jesús

Las moradas del castillo interior.

Moradas Primeras, capítulo primero





A veces es difícil, como hijos de Dios, reconocer esa situación, tratar de discernir en este valle por el que pasamos; que hay Alguien que nos mira y nos quiere; que, cuando pasa junto a nosotros nos deja su huella para que le sigamos; que cuando vamos surcando, con nuestra pobre nave, por los vericuetos de la vida, su mano siempre está pronta para la ayuda, su caricia dispuesta para nuestro corazón, su misericordia rápida para el perdón de nuestras ofensas, como tantas veces rezamos.



A veces es difícil hacer algo que no sea, como dice Sta. Teresa de Jesús, cuidar de nuestro castillo, más cerca que lejos, pero, eso sí, muy alejados de ese misterio que Dios nos muestra, que, con su amor, nos entrega para que obtengamos, de él, fruto dulce, maná glorioso con el que sobrevivir al devenir nuestro.



Reconozco, para empezar, que mi objetividad está subyugada, contenida en el que Crea, animada por un espíritu que no puede negar, ni quiere hacerlo, su pertenencia a Dios. Sin embargo creo que el sentirme dentro de sus límites hace posible advertir aquellas almas que tratan de acercarse al Padre y que, por mor de muchas situaciones o circunstancias, se quedan a las mismas puertas de su Reino porque en este mundo no gozan de él, al no haber optado por su apreciación. Humanidad, obliga, a veces, en exceso.



Muchas personas creen que Dios está como dormido, que no actúa. Sin embargo, olvidan que la libertad de actuar es un don del que hacemos uso y que eso nos hace responsables del devenir del mundo que tenemos encomendado a nuestro cuidado. Yo creo que incluso para aquellos que tienen de Dios un sentido ajeno, que están separados de la creencia que sostiene, espiritualmente, a tantas personas y que entienden que es algo, esa idea, la de Dios, de la que podemos prescindir sin producir menoscabo alguno a nuestro vivir, tengo que decirles que es mucho más que algo ingenioso para contener el vacío de los que creemos y que , por eso, no pueden dejar de admitir que, quizá, estemos de acuerdo en algo: Dios ha de existir, por fuerza (¡no por la fuerza!) ya que el mismo hecho de negarlo demuestra su existencia. Sin embargo, alcanzar y sobrepasar los límites intrínsecos del gozo de Dios no es fácil y esto, creo yo, es la causa primera de que muchas personas acampen en las exterioridades de Dios, esperando que su asedio de tibieza e increencia acabe por revelar la misericordia del Padre. Pero, es que sin hacer nada… sin actitud de búsqueda, de encuentro, de entrega… qué difícil es escapar de un mediocre sentido de Dios, acaparando, para sí mismo, el omnímodo poder de su posesión.



¡Qué pena no darse cuenta de que ese no es buen final!



Sin embargo, bien claro está que tenemos una relación con nuestro Creador, como no puede ser de otra forma, un, a modo, de hilo conductor que nos vincula, verticalmente, es decir, desde nosotros hacia Él pero, también, y esto es muy importante, de Él hacia nosotros. El hecho mismo de sentirnos hijos de Dios, de paso por este mundo para salvarnos (¡gran negocio, éste!) nos debería obligar a preguntarnos cómo podemos apreciar, ver, sentir, esa unicidad que tan difícil puede llegar a ser el apreciarla porque somos únicos si permanecemos en Él y únicos si, entonces, Él permanece en nosotros.



Y tenemos, para eso, una serie de posibilidades que nos hacen más fácil esa comunicación que, aunque no sea vía telefónica sí que lo es vía corazón, porque en esto la modernidad no ha podido sustituir el ansia de saber y conocer de Dios con ese instrumento o herramienta que es la Fe y, unido a ella, la utilización de lo que la Santa Madre Iglesia nos proporciona.



Podemos acudir, por ejemplo, a la lectura de las Santas Escrituras, a sentirnos como unos personajes más de los relatos que, seguramente, tantas veces hemos escuchado pero que, sin esa pequeña posibilidad, nos pueden haber parecido textos lejanos e, incluso, un tanto difíciles de comprender para nuestra mentalidad postmoderna. En esa lectura, en esa contemplación, en esa fijación en nuestro corazón de los valores que encierra y que hacen palpable la mano de Dios y de su Espíritu Santo en la iluminación de los que las escribieron, tenemos un gran mundo por descubrir porque es el mundo de Dios y eso, muchas veces, es incomprensible para nosotros. Sin embargo, también podemos acudir a multitud de fuentes legítimas que nos proporcionarán una unión con nuestro Padre Eterno. Tenemos, en la Tradición y en el Magisterio de la Santa Madre Iglesia, perfectamente establecido en la Constitución Dogmática Dei Verbum (sobre la divina revelación), cuando dice, en su número 10 que “el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia” una posibilidad real de que nuestra relación con Dios es real porque ”La Sagrada Tradición…y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia” (DV, 10).



Bien podemos ver que no estamos solos, que no nos encontramos perdidos si nos ponemos a pensar, a meditar sobre, ese “hilo invisible” que, como cordón umbilical de fidelidad, nos ha de mantener, fijado el corazón en eso, en contacto directo, íntimo, profundo, con Dios. Esa verticalidad es un sustento totalmente imprescindible para que nuestro edificio de vida, para que nuestro gozar del mundo sin abandonar a Quien lo ideó, pensó, elaboró y perfeccionó, no nos impida nuestra relación horizontal con nuestros semejantes sin la cual aquella no tendría sentido pues determinaría nuestro abandono del comunitario que tiene la Palabra de Dios, que de su letra de infiere y traduce, para nuestras vidas, con un hacer inmediato y claro. Esa verticalidad, sin la cual abandonamos, voluntariamente (y para esto Dios también nos creó) esa filiación divina que nos constituye en cuerpo y alma, no puede fomentarse en nuestras relaciones políticamente entendidas correctamente, como afectadas por un respeto humano tan alejado de esa unidad de vida (Dios-Fe-hombre-realidad) sin la cual todo nuestro discurso de prédica se queda vacío, permanece falso, se hace hueco.



Por todo esto y por lo mucho que queda, seguramente, por decir o ya se ha dicho, si somos personas que gozan con su Fe; personas que se sienten agraciadas con el amor de Dios; personas que nos valemos de los medios que Él nos da para no abandonarlo; personas que, en fin, no negamos ser su imagen, su semejanza, no podemos, por tanto, hacer como si nuestro antropocentrismo no fuera teocéntrico, como si, una vez nacidos nos hubiéramos desvinculado, para siempre, del seno que nos contuvo y teniendo en cuenta que, además, y como muy pusiera Jeremías (en 1,5) en boca de Dios “antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía” . Y esta unión no podemos olvidarla, aunque siempre nos espere su perdón y misericordia.


Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en Acción Digital































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