17 de marzo de 2012

Reconocerse pecador ante Dios



Sábado III de Cuaresma

Lc 18,9-14

“En aquel tiempo, Jesús dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: ‘Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado".

COMENTARIO

Podemos creer, en determinadas ocasiones, que hacemos, con relación a Dios, las cosas en orden a su voluntad. Sin embargo, solemos equivocarnos porque bien nuestro egoísmo bien nuestra conveniencia guían el hacer.

Deberíamos preguntarnos qué tipo de personas somos.  Jesús nos muestra dos ejemplos que están bastante acordes con la realidad. Uno cree que todo lo hace bien y desprecia a los demás; el otro, se sabe pecador y así se lo dice a Dios. Se sabe humilde.

Dios tiene en cuenta, porque ve en lo secreto de nuestro corazón, lo que en realidad pensamos. Si nos creemos limpios de pecado descubre nuestras faltas y si nos sabemos pecadores, puede confirmar tal pensamiento y ser misericordioso con nosotros.


JESÚS, reconocerse pecador ante Dios  es un paso muy importante para entrar en la vida eterna con buen pie. Hacer, sin embargo, lo contrario y creerse libre de toda culpa casi nos garantiza un juicio muy severo por parte del Tribunal del Creador. Y a nosotros nos corresponde escoger entre una forma y otra de pensar y hacer.



Eleuterio Fernández Guzmán

16 de marzo de 2012

Amar a Dios y al prójimo



Viernes III de Cuaresma

Mc 12,28b-34


“En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: ‘¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?’. Jesús le contestó: ‘El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos’.

Le dijo el escriba: ‘Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: ‘No estás lejos del Reino de Dios’. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.”

COMENTARIO

Jesús sorprende a todos. No sólo les refiere cuál es el primero de los mandamientos sino, por estar totalmente ligado a él, también se segundo: Dios y prójimo, esos son los ejes por donde ha de ir el corazón del hombre como hijo de Dios.

Por lo tanto, el amor al prójimo, al próximo (véase, por ejemplo, la propia familia) es la otra forma de manifestar amor por Dios. De otra forma se perdería una parte muy importante de esa relación que tenemos con el Padre.

Cumplir con la voluntad de Dios a este nivel supone manifestar un acuerdo con el Creador y dar a entender que amamos a Quien nos creó y, también, a los que nos dio como hermanos e hijos suyos. Y así lo reconocen aquellos que dicen seguir a Cristo.


JESÚS, aquello que es importante para el creyente bien que lo sabes. Amar a Dios y al prójimo. No son muchas cosas pero, en realidad, son las que más cuesta, en determinadas circunstancias, llevar a cabo.






Eleuterio Fernández Guzmán


15 de marzo de 2012

Siempre con Cristo


Jueves III de Cuaresma


Lc 11, 14-23

“En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: ‘Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios’. Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: ‘Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?, porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama’”.


COMENTARIO

Para aquellas personas que tengan por inexistente al diablo Jesús les demuestra que demonios, lo que se dice demonios que posean a seres humanos siempre ha habido. Tuvo que venir el Hijo de Dios para dominarlos y enviarlos lejos.

Muchos de los que ven lo que hace Jesús le echan en cara, precisamente, que lo haga porque creen que su poder reside en ser una especie de enviado no de Dios sino del Mal. Sin embargo, pronto rebate Jesús tal argumento demostrando que Él es, precisamente, Quien tenía que venir.

Hay que estar con Cristo o en contra de Cristo. No hay término medio porque aquí no vale situarse en medio, en la nada sino que, al contrario, hay que ajustar el paso al de Cristo por el mundo. Desparramar por no recoger con nuestro hermano Jesús es mala cosa espiritualmente hablando y algo que no deberíamos permitirnos.



JESÚS,  estar a tu lado y comprender que lo que haces es propio de Dios nos acerca al Padre tanto que hacer otra cosa no debería, siquiera, pasársenos por la mente ni por el corazón. Sin embargo, ¡cuántas veces no te seguimos!



Eleuterio Fernández Guzmán


!

14 de marzo de 2012

Catolicismo y debate público








Cuando se dice, y difunde con razón, la expresión según la cual dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios fue un acierto del Hijo de Dios cuando le tendieron aquella trampa para ver si decía que no había que pagar impuestos, en determinadas ocasiones se pretende que, en efecto, el cristiano (aquí católico) se abstenga de participar en el debate público.

Claro está que tal interpretación de lo dicho por Jesucristo es una burda manipulación de la realidad.

Cuando se llevó a cabo la visita ad Limina de los obispos de Inglaterra y Gales en marzo de hace dos años (2010), Benedicto XVI dijo que “La fidelidad al Evangelio no restringe la libertad de los demás – por el contrario, sirve a su libertad, ofreciéndoles la verdad”. 

Por tanto, a la hora de intervenir, o no, en el debate público, el católico ha de tener en cuenta que las Sagradas Escrituras no han de suponer un obstáculo para que se produzca aquella sino, en todo caso, un aliciente para que sí se produzca.

Pero años antes, el 30 de marzo de 2006, el Santo Padre intervino como invitado en el congreso del Partido Popular Europeo. Allí dijo algo que no se debería olvidar y que debería servir de guía para el comportamiento del católico en la vida pública:

“Cuando las iglesias o comunidades eclesiásticas intervienen en el debate público, expresando reservas o recordando una serie de principios, no cometen una interferencia o un acto de intolerancia, ya que tales intervenciones apuntan solamente a iluminar las conciencias para que las personas puedan actuar libremente y con responsabilidad, según las exigencias verdaderas de la justicia, incluso cuando esto contrasta con situaciones de poder o de interés personal".

En primer lugar, no supone interferencia la intervención de aquellas personas que, dentro de la Iglesia católica puede hacer uso de la legitimidad que ostentan para que su voz se oiga en la plaza pública.

En segundo lugar, la citada intervención no se hace por mor de querer inmiscuirse en lo público sino, muy al contrario, para hacer ver el punto de vista de la doctrina eclesial y, así, poder transmitir lo que le corresponde como Iglesia.

En cuarto lugar, se busca el ejercicio de la libertar personal iluminado por la doctrina de la Iglesia católica.

En quinto lugar y, sobre todo, importa poco o debe importar poco que lo que se tenga que decir contraste mucho con la, digamos, opinión dominante. Tanto el poder que ostenten personas o instituciones como los egoísmos personales no pueden ser obstáculo para que en el debate público intervenga la Iglesia católica.

Por todo lo dicho arriba no es de extrañar que en la visita ad Limina citada arriba, dijera Benedicto XVI a los obispos allí presentes que tenían que alentar “A los fieles laicos a expresar su aprecio por los sacerdotes que les sirven, y reconoced las dificultades que a veces enfrentan a causa de su disminución y del aumento de las presiones”. 

Y esto lo dijo porque es conocida la presión que se sufría, en Inglaterra, por parte del Ejecutivo de aquella nación que tenía un interés especial en limitar la libertad de la Iglesia católica por ejemplo, para nombrar sacerdotes y trata, sobre todo, de que las leyes laicistas más duras se tengan que aplicar, a la fuerza, en aquella nación.

Y, para esto, la intervención de la Iglesia católica en el debate público ha de ser firme y, sin duda, provechosa para el bien común pues tanto allí como en nuestra tierra existen muchos temas ante lo que no se puede guardar silencio ni conviene guardarlo.

A pesar de todo lo dicho hasta aquí y que apunta a la necesidad de intervención directa de la Iglesia católica (pastores y fieles) en el debate público, aún puede haber quien se pregunte por qué esto ha de ser así.

Alguna razón puede ser, por ejemplo que el laicismo está buscando una sociedad en la que Dios no aparezca. Tal ha de ser una razón más que suficiente como para que, siguiendo a san Pedro, demos razón de nuestra esperanza.

Y es así porque el laicismo trata, más que nada, de acallar la voz católica porque no le interesa, para nada, la doctrina de Cristo. Que quien la defienda y transmita diga lo que piensa no puede ser del gusto de tal modo de pensar.

Pero, sobre todo, la razón primordial en la que se debe basar el católico para intervenir en el debate público, es que no se puede haber una diferenciación entre lo que dice que es, católico, y el comportamiento que tiene en la vida pública.

La unidad de vida, aquí, especialmente aquí, no debería ser olvidada nunca a pesar de los tiempos que corren de despiste y desvarío espiritual.

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Acción Digital

Cumplir con la Ley de Dios


Miércoles III de Cuaresma


Mt 5,17-19

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos’”.


COMENTARIO

A lo mejor alguno, o muchos, de los contemporáneos de Jesús, creían que el Mesías sería uno que lo fuera de carácter violento y que viniera a terminar con el pueblo opresor, el romano, del elegido por Dios.

Jesús sabía, sin embargo, que la misión que tenía encomendada iba mucho más allá por estar más acá o, lo que es lo mismo, que había venido para darle cumplimiento a la voluntad de Dios y hacer cumplir su Ley que, según le parecía, no era el comportamiento más común de los suyos.

Hasta lo más pequeño de la Ley de Dios es importante porque supone la manifestación de su voluntad y en la misma nada es de poca importancia. Por eso no gustaba a Jesús que se incumpliera nada de la misma y, menos aún, que se transmitiera a los demás que eso era posible hacerlo.




JESÚS, cumplir la voluntad de Dios y llevar a cumplimiento su Ley era y es lo más importante y lo que debe hacer todo hijo de Dios. Sin embargo, muchas veces no hacemos lo que nos corresponde hacer y tomamos a la Ley de Dios por algo manejable a nuestro antojo.




Eleuterio Fernández Guzmán


13 de marzo de 2012

Perdonar siempre




Martes III de Cuaresma

Mt 18, 21-35

“En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: ‘Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?’. Dícele Jesús: ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

‘Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

‘Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano’.



COMENTARIO

Perdonar, saber y pedir el perdón, es una tarea de no poca dificultad para quien no sabe hacer tal cosa. Supone un esfuerzo grande poder vencer la tendencia que tenemos a salirnos con la nuestra y a no reconocer lo que podemos haber hecho.

A Jesús le preguntan cuántas veces hay que perdonar. La respuesta es clara y contundente: siempre. Perdonar 70 veces siete no es poco sino que, al contrario, supone tener un corazón grande hecho a la medida de lo que quiere Dios que tengamos.

No perdonar aprovechándose de las dificultades que esté pasando el prójimo es actuar de una forma no querida por Dios porque el Creador quiere que seamos misericordiosos como Él lo es o como quiere Cristo que lo seamos.


JESÚS,  perdonar, como Tú quieres que perdonemos, es demostración de tener un corazón grande. Es una pena que tantas veces demostramos tenerlo tan pequeño.



Eleuterio Fernández Guzmán

12 de marzo de 2012

Ningún profeta es bien visto en su tierra




Lunes III de Cuaresma

Lc 4, 24-30

“En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente reunida en la sinagoga de Nazaret: ‘En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio’.

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.

COMENTARIO

Jesús decía la verdad siempre. Y era posible que la verdad no gustara a los que la escuchaban. Eso mismo sucedió aquel día que dijo aquello de que un profeta nunca es bien visto en su tierra porque dice lo que no se quiere oír.

Era el colmo que, además, pusiera ejemplos de personas no pertenecientes al pueblo judío sino a unos que consideraban gentiles y paganos. Sin embargo, la Misericordia de Dios es algo más que infinita y puede hacer eso y mucho más.

No es de extrañar, según el modo de pensar de aquellos contemporáneos suyos, muy dados a matar profetas cuando no decían lo que querían escuchar, quisieran hacer lo mismo con el Hijo de Dios. No lo consiguieron porque aquel no era el momento.

JESÚS, no querían escuchar que, tristemente, en la tierra del profeta no era bien visto porque tenía la costumbre de decir lo que casi nadie quería escuchar. Contigo quieren hacer lo mismo pero no dejas que eso pase porque tu vida tenía que ser entregada de otra forma.



Eleuterio Fernández Guzmán

11 de marzo de 2012

En Cuaresma







Hace pocas semanas comenzó el tiempo de Cuaresma. Como tal espacio de días y semanas supone, su final, el acercamiento al momento, quizá, más importante para la vida de un cristiano porque la culminación de la Semana de Pasión de Jesucristo con su Resurrección es, más que nada y por decirlo pronto, el mismo origen de nuestra fe, nada mejor que tratar de reconocer, una vez más, el paso de Dios por nuestra vida ahora mismo.
Por eso, en este tiempo en el que ya nos encontramos, nos sale al encuentro Dios Padre de un modo muy especial y sus huellas, que siempre son y están con nosotros, se nos hacen, digamos, más accesibles al corazón.

Dios en el mundo

Ahora, cuando conmemoramos o, mejor, cuando con anticipación de penitencia recordamos lo que serán los últimos momentos de la vida de nuestro hermano Jesús, podemos sentir que Dios nos acompaña de una forma especial: está abarcando el mundo que creó con sus manos amorosas y, por eso mismo, no lo abandona. Con su eterna fidelidad ha creído importante y necesario perdonarnos los pecados.

Dios en el sufrimiento

Pero el Padre, que creó a su semejanza para entregarle el mundo y que se enseñoreara de él, no puede, por menos, que intentar hacer menos duro nuestro sufrimiento.

Así, con el Amor de Quien ama y con el sentimiento de una Madre que nunca abandona a la desazón a su descendencia, no ceja en consolar nuestro corazón con los gemidos insondables de su Espíritu.

Dios en la esperanza

Porque Dios es, sobre todo, esperanza. Con tal sentimiento, que nos proporciona la seguridad de que todo lo malo ha de pasar y que, cuando sea conveniente para nosotros, paceremos en las praderas del definitivo Reino de Dios, resulta llevadera nuestra peregrinación por este valle de lágrimas.
Esperanza divina que tiene sílabas que determinan nuestro mismo ser: Yahvé, Dios.

Dios en la fe que nos transmite Cristo

Y ahora, en este tiempo que transcurre pausado entre la prisa del siglo, el creer sin haber visto que determinó Cristo al ofrecer a Tomás, el incrédulo, su costado y las demás heridas de Su Pasión, es la fe que nos permite sentirnos libres para optar por el Reino de Dios, por todo aquello que el Maestro nos dijo y quedó impreso en los corazones de sus contemporáneos.

Y tal es Dios en la fe que nos transmite Cristo.

Así podemos certificar nuestra filiación divina: demostrando que amamos las sílabas que constituyen la Palabra de Dios; llevando al hoy de nuestra vida el contenido divino de Su mensaje; siendo muestra de haber conocido, como diría San Josemaría, la vida de Jesucristo (cf. Camino, 2) y siendo, por último, testigos válidos del paso de Dios por el mundo encarnado en un hombre con corazón, sangre y lengua para perdonar.

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Acción Digital

Frutos de una avanzada Cuaresma





¿Morimos a nosotros mismos para dar fruto?

Responder a esta pregunta nos puede poner sobre la pista de si, en realidad, estamos llevando el tiempo de Cuaresma por el camino correcto y adecuado.  

Conforme avanza el tiempo de Cuaresma se espera de nosotros que nos afecte en lo bueno que es, en este caso, causa de conversión del corazón. No es este tiempo uno que lo sea de tal manera ajeno a nosotros que pasemos por él de forma rutinaria o que, por costumbre, hayamos olvidado lo que significa. Ni lo es ni debería serlo.

En resumidas cuentas: se espera que produzca frutos en nosotros.

Valga aquí un símil que nos puede venir muy bien y que nos puede servir para darnos cuenta de si estamos haciendo según nos corresponde como hijos de Dios y hermanos de quien, dentro de pocas semanas, se entregará a una muerte, y muerte de cruz, por todos para que, al menos, se salven los que en Él crean.

Imaginemos, por ejemplo, que somos como un árbol que está en periodo de producción de frutos. El mismo necesita una serie de cuidados sin los cuales no se obtendrá nada de él sino que devendrá seco y sin fundamento existencial y al que se podría aplicar aquello que dijera en una ocasión Jesucristo acerca de una higuera que no producía su fruto.

Pues bien, el árbol-nosotros tiene que estar sobre una tierra buena sobre la que pueda crecer y desarrollarse y, al fin y al cabo, dar los esperados frutos. Para nosotros, la tierra buena es la Sagrada Escritura sobre la que debemos crecer y en la que debemos alimentarnos a través de nuestras raíces del corazón.

Pero también para que el árbol-nosotros pueda cumplir la misión para la que fue hecho necesita un riego de agua que le facilite la realización de las funciones que tiene asignadas. Para nosotros bien pueden ser las virtudes cristianas que nos impelen a ser como debemos ser y no nos permiten, de dejarles hacer, olvidar lo que somos y lo que queremos ser: hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.

Pero con esto no basta. Una vez arraigados en la buena tierra de la Sagrada Escritura y alimentados, hablando de líquido, con las virtudes cristianas, es necesario que quien corresponda quite las malas hierbas que pueden estar limitando nuestro crecimiento espiritual y quien pode las ramas que puedan ir pudriéndose. Para eso bien nos puede venir a pedir de boca espiritual la labor de un sacerdote o religioso que, a modo de director espiritual, colabore con nosotros en nuestro crecimiento como católicos y colabore en extirpar lo que, en realidad, impide que crezcamos desde dentro de nosotros mismos y hacia el prójimo.

Pero el árbol-nosotros puede estar sometido a tormentas y a tempestades que pueden hacerlo quebrar y, con el tiempo, secarse hasta morir. Para eso es imprescindible que tenga unos buenos apuntalamientos que permitan que tales obstáculos no terminen con la vida espiritual de nuestro corazón. Para eso necesitamos llevar a cabo una oración continua en presencia de Dios y poniendo como mediador a Nuestro Señor Jesucristo. Sólo así podremos evitar, además, que las alimañas del Mal aniden en nuestras ramas, que es nuestra vida, y horaden nuestra voluntad hasta carcomerla de mundo y de concupiscencias.

Además de todo lo hasta aquí dicho, no podemos olvidar que el cuidado de nuestro árbol-nosotros ha de ser continuo. No podemos descuidar ni por un momento la vida que lleva dentro porque, de hacerlo así, seguramente acabará perdiendo el vigor que Dios le dio cuando lo creó y que quiere siga manteniendo para no perder la relación con su creador.

En realidad somos como este tipo de creación creada por el Creador cuando quiso que así fuera tenida por tal. Por eso mismo es tan útil comprender que, al igual que el árbol que mira hacia arriba y, verticalmente, tiende sus ramas hacia Dios esperando el agua que le da la vida, nosotros también no debemos dejar de mirar hacia el Padre en este especial tiempo de Cuaresma. Se nos pide, por eso mismo, conversión que es lo mismo que decir que se espera de nosotros que, atendiendo a la voluntad de Dios, desviemos hacia el mundo lo que el mundo quiere de nosotros con su mundanidad y que traigamos, a marchas forzadas, una perentoria necesidad de vida: Dios Padre Nuestro, Omnipotente Creador que quiere de nosotros que, cual árboles que arraigan en su Palabra miren hacia donde viene el Camino, la Verdad y la Vida.

Y, si es posible, nos quedemos ahí para siempre, sin huir y dando frutos, muriendo a nuestros gustos carnales.

Amén.

Eleuterio Fernández Guzmán

Publicado en Análisis Digital

Celo por Dios






Domingo III (B) de Cuaresma


Jn 2, 13-25

“Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: ‘Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado’. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: ‘Qué señal nos muestras para obrar así?’. Jesús les respondió: ‘Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré’. Los judíos le contestaron: ‘Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?’. Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

Mientras estuvo en Jerusalén, por la fiesta de la Pascua, creyeron muchos en su nombre al ver las señales que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues Él conocía lo que hay en el hombre.”

COMENTARIO

Jesús habría acudido muchas otras veces al Templo de Jerusalén a orar e, incluso, a leer los textos sagrados. Muchas veces habría visto a los cambistas y los vendedores de animales haciendo su trabajo. ¿Qué le hace, ahora, actuar de tal forma?

Jesús, en el máximo del amor por el Padre, no pudo soportar por más tiempo lo que habían hecho con la Casa de Dios donde se adoraba al Dios Único y Todopoderoso. No tuvo más remedio que hacer lo posible para que todos comprendiesen que aquella no era forma de actuar en el Templo.

Jesús sabía lo que la iba a pasar y que en tres días pasaría de la muerte a la vida eterna sin que hubiera nada ni nadie que pudiera impedirlo. Era Dios hecho hombre y, por eso mismo, anunciaba que Él iba a ser el nuevo Templo donde Dios habitaría para siempre.


JESÚS,  no querías que profanaran la Casa de Dios porque la sabías templo de adoración a tu Padre. Por eso hiciste lo que hiciste no sin que eso extrañara a los que te acompañaban. Pero, en efecto, el celo de la Casa de Dios pudo con tu natural saber estar y no pudiste, ni debías, hacer otra cosa distinta a la que hiciste. Ya nos gustaría a nosotros tener, siquiera, algo de tu celo.



Eleuterio Fernández Guzmán


10 de marzo de 2012

Saber ser hijo




Sábado II de Cuaresma


Lc 15,1-3.11-32

“En aquel tiempo, viendo que todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. ‘Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Y, levantándose, partió hacia su padre.

‘Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado’. Y comenzaron la fiesta.

‘Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano’. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’ Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado’”.

COMENTARIO


La parábola del hijo pródigo tiene mucho de bueno para comprender cómo nos comportamos los hijos de Dios con nuestro Padre y cómo, sobre todo, no debemos comportarnos porque, en nuestra libertad, todo puede ser llevado a cabo.

El hijo pródigo que se fue volvió por egoísmo porque no se encontraba bien allí donde, en tierra extraña, pasaba hambre. Actuaba para sí mismo aunque revistiera su actuación de amor por su padre y con un sentimiento de haber pecado contra Dios.

El hijo que se quedó con su padre no amaba a su hermano y, tampoco, a su padre. Aunque parecía amar a ambos sentía algo de inquina contra su hermano y, en el fondo, a su padre no amaba porque no comprendía que pudiera amar tanto al hermano que se fue.



JESÚS, los dos hijos de aquel padre andaban algo desencaminados porque tenían una relación poco amorosa con el padre. Cada cual por sus propios egoísmos tenían, por su padre, una relación que distaba mucho de lo que Dios quería que tuvieran que es, exactamente, lo mismo que nos pasa a nosotros en muchas ocasiones.




Eleuterio Fernández Guzmán


9 de marzo de 2012

Cristo, piedra angular e hijo del Padre


Viernes II de Cuaresma

Mt 21,33-43.45-46

“En aquel tiempo, Jesús dijo a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: ‘Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?’.

Dícenle: ‘A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: ‘¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos’.

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.”


COMENTARIO


Jesús conocía a la perfección el destino que tenía que sufrir. La muerte que le iba a ser infringida por los sabios de su tiempo la advierte de muchas formas. Parábolas como la del dueño de la viña trataban de hacerse comprender por aquellos a los que estaba destinada.

A lo largo de los siglos, Dios había enviado a sus profetas a que advirtieran al pueblo elegido que no iba por buen camino y que debían mudar, cambiar, su forma de ser. Pero, poco a poco, los fueron matando porque no eran portadores de buenas noticias y eso no gustaba a los poderosos.

Ahora había venido Jesús, a quien se refería Cristo al hacer lo propio con el hijo de la viña al que matan, al ser enviado por su padre, a resolver determinado asunto. Por eso aquellos que lo escuchaban sabían que se refería a sus propias personas y eso no les gustaba nada de nada.



JESÚS, ibas a morir pero estabas advirtiendo de que eras la piedra angular que, por mucho que la desechen los arquitectos siempre será sobre la que se construya la casa y sobre la que todo lo demás vaya en consonancia.




Eleuterio Fernández Guzmán


8 de marzo de 2012

Ser Lázaro o Epulón



Jueves II de Cuaresma


Lc 16, 19-31

“En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: ‘Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico pero hasta los perros venían y le lamían las llagas.

‘Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros’.

‘Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento’. Díjole Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’’”.


COMENTARIO

Los que nos consideramos creyentes en Dios Único y Omnipotente tenemos la posibilidad, en determinadas ocasiones, de escoger entre una opción y otra. Aquí se nos plantea el caso de Lázaro, pobre y Epulón, rico.

En nuestra libertad podemos no prestar atención a los que necesitan nuestra ayuda. Puede tratarse de una que lo sea económica o de simple compañía y comprensión pues son muchas las necesidades que el prójimo puede tener. Seremos, entonces, como los que han atendido a Cristo mismo.

También podemos ser como quien no presta atención a quien lo necesita y camina por la vida de forma egoísta. Seremos, entonces, como aquel rico que nada hacía por el pobre Lázaro. Debemos saber que, en tal caso, en esta vida ya hemos sido pagados y que en la que lo será eterna no nos espera nada bueno. No hemos sido misericordiosos.


JESÚS, tenías en cuenta las necesidades de aquellos que te necesitaban. Por eso siempre enseñaste que quien nos busca por la razón que sea ha de ser atendido aunque eso nos cueste tiempo e, incluso, dinero. Manifestar amor por el prójimo es deber inexcusable de quien se dice hijo de Dios.




Eleuterio Fernández Guzmán


7 de marzo de 2012

Ser servidor del prójimo



Miércoles II de Cuaresma

Mt 20, 17-28

“En aquel tiempo, cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: ‘Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará’».

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: ‘¿Qué quieres?’. Dícele ella: ‘Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino’. Replicó Jesús: ‘No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?’. Dícenle: ‘Sí, podemos’. Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre’.

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: ‘Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos’.

COMENTARIO

Es humanamente esperable que queramos ser los primeros o, en todo caso, estar junto a quien lo sea porque el prestigio que tal situación puede darnos es, socialmente, muy importante. Eso era lo que quería la madre de Juan y Santiago, hijos de Zebedeo.

Jesús, en la seguridad de saber qué va a pasar pregunta si es que ellos van a bebe el cáliz de la muerte como Él lo beberá. Dicen que sí porque, en efecto, así iba a ser. Sin embargo, ni siquiera en tal caso correspondía a Jesús decir nada al respecto de quién se situaría a su lado en el definitivo Reino de  Dios.

A pesar de eso, es bien cierto que había algo que debían aprender y que era primordial en su relación con Dios: servir, el servicio, estar a disposición de los demás. Y se pone Él como ejemplo de quien ha venido a servir y no a ser servido.



JESÚS, enseñabas a tus más cercanos discípulos que el servicio era importante. Tú lo practicabas con ellos y con todos y, por eso mismo, esperabas de ellos un comportamiento similar porque si bien cierto es que el discípulo no puede ser más que el maestro no es poco cierto que, al menos, puede intentar ser igual.  



Eleuterio Fernández Guzmán

6 de marzo de 2012

Ser sal y ser luz

Eleuterio Fernández Guzmán







Ya el mismo Jesús nos pidió algo así como que fuéramos sal y luz (cf. Mt 5, 13-14). En el mundo quería que diésemos sabor y que iluminásemos porque para eso había enseñado a serlo y a hacerlo. No se limitó, sin embargo, a decir que lo éramos sino que de no serlo no serviríamos, espiritualmente, para nada.
Conviene, pues, ser sal ser luz porque, de otra manera, «si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres» (Mt 5, 13) y, además, no debemos olvidar que «No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte» (Mt 5, 14).

Ser sal

La sal, como especia, sirve para dar sabor a los alimentos. Y, aunque en exceso tampoco es recomendable no es menos cierto que sin ella lo que debería ser de aceptable sabor no deja de ser algo poco comestible o, en todo caso, comestible por obligación y por conciencia de lo que pasa en el mundo.
Algo así pasa con la sal espiritual que no es menos importante que la otra, la física, y que nos sirve a los discípulos de Cristo para confirmar que, en efecto, lo somos.
Ser sal, en el mundo que nos ha tocado vivir, es llevar a cabo la misión que tenemos encomendada por Jesús, haciendo lo posible para que la Sabiduría de Dios sea conocida y amada.
En realidad, la sal parece que ha desaparecido en cuanto sabor de los valores eternos que nos conforman como hijos de Dios. Así, la insipidez en tal aspecto debemos procurar sanarla siendo, precisamente, sal de la tierra que la espiritualidad llene los espacios vacíos de la misma y se posesione de los corazones que tan inhóspitos parece que se muestren a la misma. Y, como según dice el número 36 del Decreto Ad Gentes (a la sazón sobre la actividad misionera de la Iglesia) «Todos los fieles, como miembros de Cristo viviente, incorporados y asemejados a El por el bautismo, por la confirmación y por la Eucaristía, tienen el deber de cooperar a la expansión y dilatación de su Cuerpo para llevarlo cuanto antes a la plenitud (Cf. Ef., 4,13)», tal es la situación ante la que nos encontramos.
Ser sal, entonces, es ser portadores de la Palabra de Dios en tanto obligación y en cuanto devoción que hemos de tener como descendientes del Padre porque como bien dice más adelante «Por lo cual todos los hijos de la Iglesia han de tener viva conciencia de su responsabilidad para con el mundo, han de fomentar en sí mismos el espíritu verdaderamente católico y consagrar sus fuerzas a la obra de la evangelización».
Y eso sin olvidar la necesaria evangelización interior, de cada uno de nosotros que necesita, así, de la misma para ser sal.

Ser luz

«Yo soy la luz del mundo». Esto, que recoge el evangelio de san Juan en 8, 12, nos muestra hacia dónde debemos mirar y en quién nos tenemos que fijar a la hora de llevar un comportamiento del que pueda predicarse que es manifestación de un discípulo de Cristo.
La luz sirve, por ejemplo, para iluminar una estancia oscura. Pero también la podemos utilizar para poder caminar por una senda en la que está ausente la iluminación. Pues eso es lo que debemos ser en el y para el mundo: luz que permita que quienes están a oscuras puedan ver y que quienes no sean capaces de caminar ahora en el Reino de Dios que trajo Jesucristo y luego hacia el definitivo Reino de Dios, puedan hacerlo.
Así, la luz es, por una parte, la fe que tenemos y que decimos profesar y es la que tenemos que transmitir y difundir; la luz es, también el amor que debe presidir nuestras actuaciones como virtud primera y como ley esencial del Reino de Dios; la luz es la Verdad que debemos abrazar y debemos, porque es lo que nos importa, decirlo bien alto sin menoscabar nuestros pronunciamientos al respecto por el respeto humano, por el miedo o por las razones que podamos aportar en defensa de lo indefendible.
Al contrario, las tinieblas, por ausencia de luz, es tanto la hipocresía como la mentira, el odio, la incredulidad y, además (por eso mismo) no tener abierto el corazón a Cristo y no aceptarlo. Tal es la oscuridad y la misma es la que debemos, obligación grave es, mitigar con nuestra luz porque somos luz que ha de iluminar el mundo y, en el mundo, a las criaturas que en él habitan y que, siendo seres humanos, han de tender a Dios y buscar a su Creador sin el cual ni se entienden ni son nada.
De todas formas, no hace falta que busquemos imaginativamente apoyos a esto dicho aquí. Muy cerca de nosotros, en las Sagradas Escrituras encontramos razones más que suficientes. Así, el Salmo 111 dice, por ejemplo, que el «El justo brilla como una luz en las tinieblas». Seamos, pues, justos, para reflejar la luz de Dios y hacer, de nuestras vidas, aunque sea un ligero ejemplo de la Cristo Nuestro Señor.

Eleuterio Fernández Guzmán


Publicado en ConoZE