14 de mayo de 2011

Amor

Jn 15,9-17



“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.


‘Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.


‘No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros’.




COMENTARIO

Dios lo es de Misericordia y de Amor por sobre todas los comportamientos. Por eso Jesús trajo el verdadero ser del Creador y, por eso mismo, trata de que sus discípulos comprendan que han de cambiar el corazón.

No llama siervos a sus amigos porque el siervo ha de obedecer por obligación a su amo y los hijos de Dios tenemos la libertad de escoger lo que queramos escoger aún a sabiendas de que podemos equivocarnos y con la seguridad que el Creador, incluso alejándonos de Él, siempre nos estará esperando.

Dios nos escoge a cada uno de nosotros y nos envía para que hagamos todo lo que podamos por su reino y por lo que supone su reino: Amor y Misericordia con el prójimo.



JESÚS, fuiste Amor porque eras Dios hecho hombre. Eres Amor porque eres Dios hecho hombre. Nosotros, en cambio y en determinadas ocasiones, te rechazamos y no queremos comprometernos con tu Reino porque no nos conviene. Y eso te debe doler tanto…


Eleuterio Fernández Guzmán

13 de mayo de 2011

Cuerpo y sangre de Cristo

Jn 15,1-8

“En aquel tiempo, los judíos se pusieron a discutir entre sí y decían: ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’. Jesús les dijo: ‘En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre’. Esto lo dijo enseñando en la sinagoga, en Cafarnaúm."


COMENTARIO

Ciertamente era difícil que los contemporáneos de Jesús comprendiesen lo que decía al respecto de comer su cuerpo y beber su sangre. Aún no eran conscientes del gran cambio que introduciría el Hijo de Dios en la Última Cena.

Comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre era, es, como aceptar la divinidad del hijo del carpintero José y reconocerlo como Dios mismo hecho hombre.

El pan que da Cristo no es como el maná que desaparecía cada día para alimentar al pueblo elegido por Dios en su caminar hacia la tierra prometida sino que es para siempre, siempre, siempre y, por eso mismo, tiene que ser aceptado como alimento para la eternidad.



JESÚS, eres el alimento que nos lleva a la vida eterna. Aquellos que te escucharon entendían lo que les decías de forma un tanto irregular y pensaban que, a lo mejor, querías que te comieran físicamente. No entendieron que en el pan y en el vino estaban tu cuerpo y tu sangre y que a través de tales especies entrábamos en la vida eterna estando aquí mismo.




Eleuterio Fernández Guzmán

11 de mayo de 2011

Por voluntad de Dios

Jn 6,44-51



“En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: ‘Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo’.


COMENTARIO


Esto dicho por Jesús tiene un sentido plenamente escatológico porque se refiere a lo porvenir, a los denominados novísimos. Por voluntad de Dios seremos enseñados por el Creador.
Todo hay que hacerlo en un sentido claro que es el que Jesucristo vino a traer al mundo.

Necesitamos creer para tener la vida eterna y tal vida se deriva, precisamente, de comer el pan que no muere nunca.

Jesús es, como dice Él mismo, el pan vivo que ha bajado del cielo. Sólo comiendo de tal pan podemos vivir para siempre y, por eso mismo, Jesús se ofrece como alimento y se da por nosotros.


JESÚS, quisiste que todos se salvaran, que todos nos salvemos. Para que pueda suceder tal cosa te ofreciste, te ofreces, como alimento. Pero, a veces, no comprendemos que eres Tú, que es Dios, quien escoge a quien quiere para atraerlo hacia Él.


Eleuterio Fernández Guzmán

Hacer la voluntad de Dios

Jn 6,35-40


“En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: ‘Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed. Pero ya os lo he dicho: Me habéis visto y no creéis. Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día’.


COMENTARIO


El alimento verdadero, el que no perece y sirve para hasta la vida eterna es Cristo mismo. Es Él el verdadero pan de vida que no muere nunca y alimenta para siempre, siempre, siempre. Pero también es verdadera bebida.


Si viéndolo no creían algunos… ¿Qué podía esperar Cristo de aquellas personas? Decirles lo que tenían que saber: venía del Padre y quien lo veía a Él, aceptando lo que decía y llevándolo a la práctica, aceptaba, también, a Dios.


La resurrección en el último día es promesa firme de Jesús. Se hace necesario, de todas formas, creer en Él que es la condición sin la cual nada del resto vale ni sirve: o se cree en Cristo o se abandona a Dios.




JESÚS, querías que conocieran hasta qué punto era importante creer en ti porque tú hacías la voluntad de Dios y, entonces, aceptarte a ti era aceptar al Padre. Muchos no comprendieron aquello que les decías y hoy día también, a veces, miramos para otro lado cuando nos llamas a seguirte.



Eleuterio Fernández Guzmán

10 de mayo de 2011

Pan de Vida

Jn 6,30-35

“En aquel tiempo, la gente dijo a Jesús: ‘¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer’. Jesús les respondió: ‘En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo’. Entonces le dijeron: ‘Señor, danos siempre de ese pan’. Les dijo Jesús: ‘Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed’.


COMENTARIO

El pueblo elegido por Dios, a lo largo de su historia, necesitó muchas señales del poder del Creador. Por muchas que el mismo hiciera, al parecer, no se sentían cercanos a Él. Eso mismo es lo que le piden a Jesucristo. Necesitan ver para creer.

Se refiere a Él mismo cuando dice “el pan de dios es el que baja del cielo” porque Jesucristo es la verdadera comida que lleva a la vida eterna. Por eso Jesús les dice que se deberían venir a su persona y por eso se entrega como alimento para la eternidad.

Hace falta creer en Él. No se trata de un comportamiento alienante o que quita libertad sino que, al contrario, da la libertad que es buena y benéfica para nuestra alma y para nuestra vida de aquí, en este valle de lágrimas y, sobre todo, para la vida eterna, que dura siempre, siempre, siempre.





JESÚS, querías que se salvasen todos aquellos que te escuchaban. Por eso les dices que Tú eres la salvación y que ir a ti y tenerte en sus corazones es necesario para alcanzar la vida eterna. Muchos no te creyeron pero otros sí. Nosotros queremos ser de los que te aman, entienden y quieren.





Eleuterio Fernández Guzmán

9 de mayo de 2011

No importa lo terreno y perecedero

Jn 6,22-29


“Después que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos le vieron caminando sobre el agua. Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar, vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había montado en la barca con sus discípulos, sino que los discípulos se habían marchado solos. Pero llegaron barcas de Tiberíades cerca del lugar donde habían comido pan. Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.


Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: ‘Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?. Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello’. Ellos le dijeron: ‘¿Qué hemos de hacer para realizar las obras de Dios?’. Jesús les respondió: ‘La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado’.



COMENTARIO


Jesús conocía muy bien el comportamiento de muchos de los que le seguían. Estaban admirado por lo que había hecho con unos panes y unos peces y esperaban, seguramente, volver a ver otro hecho extraordinario.


El Hijo de Dios sabe, y por eso se lo dice a aquellos que pueden oírlo, que hay algo que importa más que la misma comida. En el desierto ya tuvo que decirla al Demonio que no sólo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios. Y eso es lo que quiere decirles.


La voluntad de Dios es, en efecto, no que estemos a lo que aquí muere con la materia sino a lo que, verdaderamente importa que no es otra realidad que aquello que es espiritual y que mira hacia el Creador. Eso no muere ni morirá nunca.



JESÚS, aquellos que te seguían querían ver en ti a un gran hombre que hacía cosas que ellos no habían visto nunca. No entendían que lo que importaba no era lo que hacías sino la razón de por qué lo hacías. Ellos suspiraban por la materia mientras que tú les enseñabas que había otro alimento que importa más y que no perecía nunca.



Eleuterio Fernández Guzmán

8 de mayo de 2011

Al partir el pan

Lc 24,13-35


“Aquel mismo día, el domingo, iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.


Él les dijo: ‘¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?’. Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado, Cleofás le respondió: ‘¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?’. Él les dijo: ‘¿Qué cosas?’. Ellos le dijeron: ‘Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron’.


Él les dijo: ‘¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?’. Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: ‘Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado’.


Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: ‘¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?’. Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: ‘¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!’. Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.



COMENTARIO



“Quédate con nosotros” le dicen aquellos discípulos de Emaús a Jesús. Se habían alejado de Jerusalén porque no habían comprendido lo que tantas veces les había dicho el Hijo de Dios: moriría a manos del mal y, luego, resucitaría.


Aquellos hombres tenían velados los ojos. Es decir, no podían reconocer a Jesús. Lo reconocieron en cuanto partió el pan porque, seguramente, muchas otras veces lo habrían visto partirlo, dar gracias a Dios y, acto seguido, repartirlo entre los presentes. Entonces lo reconocen... al partir el pan.


No pueden callarse lo que les había sucedido. Enseguida vuelven a Jerusalén a contar que habían visto al Señor y que lo habían reconocido al partir el pan. Entonces se dieron cuenta que, cuando el Maestro les contaba acerca de Él en las Sagradas Escrituras, su corazón ardía. Pero sólo entonces.


JESÚS, tenías que hacerte presente entre tus discípulos para que no olvidasen lo que tantas veces les habías dicho. No te reconocieron hasta que partiste el pan y lo repartiste entre los presentes. Entonces les ardió el alma. Quédate con nosotros... eso te dijeron. Al igual que nosotros... también queremos que te quedes, siempre, en nuestra compañía.



Eleuterio Fernández Guzmán

7 de mayo de 2011

No tener miedo

Jn 6,16-21

“Al atardecer, los discípulos de Jesús bajaron a la orilla del mar, y subiendo a una barca, se dirigían al otro lado del mar, a Cafarnaúm. Había ya oscurecido, y Jesús todavía no había venido donde ellos; soplaba un fuerte viento y el mar comenzó a encresparse. Cuando habían remado unos veinticinco o treinta estadios, ven a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y tuvieron miedo. Pero Él les dijo: ‘Soy yo. No temáis’. Quisieron recogerle en la barca, pero en seguida la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían”.


COMENTARIO


Jesús no quería que sus discípulos mostraran falta de arrojo en la misión que les iba a encomendar. Les enseña, por supuesto, que no será fácil lo que tendrán que hacer y que iban a estar entre lobos.


Jesús demuestra el poder de Dios. Caminar sobre las aguas no es una acción que pueda hacer cualquiera sino sólo Quien tiene la legitimidad de hacer tal cosa. Era demostración de que quien decía que era, lo era.


Jesús quería que se mostrasen valientes. Pero con una valentía que tuviera su asiento en una voluntad firme para hacer las cosas. “No temáis” es una expresión que reclama confianza de parte de quien es recibida, confianza que es creencia.




JESÚS, querías que tus discípulos no tuviesen miedo porque les esperaban tiempos difíciles de sobrellevar. Si les mostrabas el poder de Dios era para que supiesen que podían tener confianza en ti y, así, conocerte mejor y saber, sobre todo, que siempre estarías con ellos y, también, con nosotros.





Eleuterio Fernández Guzmán

6 de mayo de 2011

Alimento del alma

Jn 6,1-15

“En aquel tiempo, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia Él mucha gente, dice a Felipe: ‘¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?’. Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: ‘Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco’. Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: ‘Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?'.
Dijo Jesús: ‘Haced que se recueste la gente’. Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: ‘Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda’. Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: ‘Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo’. Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo.



COMENTARIO

A Jesús lo seguía mucha gente. Unos sería porque sabían que era una persona especial; otros, para ver qué hacía pues muchos conocían lo que había hecho. Al fin y al cabo, seguían a Jesús.

Jesús confiaba en su Padre. Por eso le da gracias. Pide para los que necesitan y lo pide con amor. Un muchacho había puesto a disposición del Maestro lo que tenía que no era mucho pero suficiente para que demostrara Cristo el poder de Dios.

Se sintieron impresionados por lo que había hecho. Multiplicar unos panes y unos pocos peces y que de tal multiplicación coman hasta saciarse miles de personas les debió producir gran impresión. Querían hacerlo Rey a Jesús pero, al parecer, ignoraban que su reino no era de este mundo.



JESÚS, el hambre material la saciaste con aquel hecho extraordinario. Sin embargo, no comprendieron el valor de lo que hacías porque querían coronarte como Rey. Tú, que deseabas instaurar un reino de amor y de misericordia. Ellos tampoco sabían lo que hacían…





Eleuterio Fernández Guzmán

5 de mayo de 2011

Aceptar a Jesucristo

Jn 3,31-36


“En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: “El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo, da testimonio de lo que ha visto y oído, y su testimonio nadie lo acepta. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él”.



COMENTARIO



Jesús sabía distinguir muy bien entre los que eran del cielo y los que eran de la tierra. La distinción era muy sencilla porque quien no lo tenía por el Hijo de Dios no estaba con Él y, justo, al revés.



Jesucristo daba testimonio de Dios por lo que hacía y por lo que hacía. Por eso resultaba extraño que, viendo una cosa y la otra, muchos lo quisieran poco y, así, acabara muriendo de muerte de cruz.



El Hijo de Dios ofrecía algo que no tiene precio humano por ser puramente espiritual: la vida eterna. Tal ofrecimiento era, por tanto, aceptado o no aceptado por quien lo recibía pero, en verdad, suponía que Dios permaneciese, o no, en la persona.



JESÚS, viniste de “arriba” como tú mismo dijiste. Muchos, sin embargo, no aceptaron que así fuera porque les trastocaba muchas de las opciones de vida que habían tomado y, por eso mismo, no te aceptaban. Nosotros queremos seguirte y, por eso mismo, nos aclamamos a tu vida y Palabra.





Eleuterio Fernández Guzmán

4 de mayo de 2011

La luz de Cristo

Jn 3,16-21


En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: ‘Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios’.



COMENTARIO


Jesús hablaba por boca de Dios porque era Dios mismo. Por eso sabe que no miente cuando dice que el Creador entregó a su Hijo único para la salvación del mundo.


La salvación o condenación de cada hijo de Dios depende de sí mismo: si cree en el Hijo de Dios y así lo confiesa se ha salvado; si no cree en el Hijo de Dios él mismo se ha ganado su condenación por no creer.


Jesús es la luz. Se ofrece la posibilidad de creer o no en Dios. Sin embargo, tal realidad espiritual tiene consecuencias, graves o buenas, para quien opta. Se puede o no seguir a la luz pero, el no hacerlo y seguir empecinados en vivir en la oscuridad sólo puede traer malas consecuencias.



JESÚS, muchas veces dijiste, en tu vida pública (y ahora sigues diciendo) que eres la Luz y que nos conviene seguirte y actuar según dices. Sin embargo, muchas veces nos hacemos los ciegos voluntarios y miramos para otro lado porque tu propuesta, de amor incondicional y de entrega, no es de nuestro mundano gusto.




Eleuterio Fernández Guzmán

3 de mayo de 2011

Dios y Jesucristo

Jn 14,6-14

“En aquel tiempo, Jesús dijo a Tomás: ‘Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto’. Le dice Felipe: ‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta’. Le dice Jesús: ‘¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré’.


COMENTARIO


Como Camino Jesús mostró el que era recto para llegar al definitivo reino de Dios. Con su vida supo incardinar el corazón de sus discípulos en el de Dios y hacernos mejores.

Como Verdad Jesús, con su hacer y la doctrina que enseñó, manifestó cuál era la voluntad de Dios. Con ella podemos sentirnos capaces de alcanzar la vida eterna a sabiendas de que el Creador sólo quiere, para su descendencia, lo espiritualmente bueno.

Como Vida Jesús defendió la del prójimo, incluso, a costa de la suya. Dio su sangre para que la salvación del mundo fuera posible y, por eso mismo, Él es Agua Viva para todos sus discípulos.



JESÚS, como muy dijiste eres el Camino, la Verdad y la Vida. Por eso mismo los creyentes que nos sabemos hermanos tuyos aspiramos a seguir tal Camino, a hacer caso a tal Verdad y a amar tal Vida.



Eleuterio Fernández Guzmán

2 de mayo de 2011

Fe

Jn 20,19-31

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: ‘La paz con vosotros’. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: ‘La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío’. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’.


Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: ‘Hemos visto al Señor’. Pero él les contestó: ‘Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.


Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: ‘La paz con vosotros’. Luego dice a Tomás: ‘Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente’. Tomás le contestó: ‘Señor mío y Dios mío’. Dícele Jesús: .Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído’.


Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.




COMENTARIO


En muchas ocasiones quien tiene fe necesita pruebas de que la misma tiene un fundamento o, mejor, que en realidad tiene una base que es cierta. Se piden cosas a Dios sin saber que, a lo mejor, lo que se pide no conviene a quien lo pide.


Tomás no creía que Jesús se hubiese aparecido a sus amigos cuando así lo hizo. Su fe era una creencia basada en pruebas materiales y muy alejada de lo espiritual. No creyó hasta que no vio.


Dichosos son, en efecto, los que creen y saben que creen sin necesidad de prueba alguna. Son, así, creyentes que tienen un fundamento profundo en Dios y en saber que existe sin, por eso, necesitar que se les muestra porque, además, se muestra cada día en cada cosa que pueden ver o tocar.



JESÚS, la fe la definiste a la perfección al decir que consiste en creer sin ver. Así, creemos en Dios y, así, en ti mismo, sin necesidad de verte físicamente. Creemos porque te vemos en todo lo que podemos ver. Ahí está Dios y estás Tú, hermano nuestro, Hijo de Dios, Dios hecho hombre.



Eleuterio Fernández Guzmán

30 de abril de 2011

Enviados

Mc 16,9-15

Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María
Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con Él, que estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron. Después de esto, se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea. Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a éstos. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: ‘Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación’.



COMENTARIO


María Magdalena fue enviada, digamos, por Cristo a anunciar la resurrección. Fue ella la que, con amor, iba a visitar a su Maestro en el sepulcro y fue a ella a quien se le hizo presente Aquel que, en principio, no reconoció. Apóstol de la resurrección fue.

Los discípulos no creyeron lo que dijo la de Magdala porque, para ellos, la mujer era poca cosa. No habían sido capaces de comprender que el amor ha de superar ciertas calificaciones sociales y que, por encima de lo que se piense sobre el prójimo, ha de darse la comprensión y el entendimiento.


Jesús les dice que tienen el corazón duro, aún de piedra pero los envía, al mundo conocido, a decir que el reino de Dios había venido en la persona del Hijo de Dios y que la Buena Noticia debía ser conocida por toda persona.




JESÚS, sabías que los tuyos eran, aún, duros de corazón y que no habían entendido gran cosa de lo que tanto trataste de que entendieran. Sin embargo, tú perdonas aquella actitud y haces que sean enviados tuyos, por el mundo, para comunicar que Cristo había resucitado y que la salvación había sido ganada.


Eleuterio Fernández Guzmán

29 de abril de 2011

Pruebas de Dios

Jn 21,1-14

En aquel tiempo, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: ‘Voy a pescar’. Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo». Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.

Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: ‘Muchachos, ¿no tenéis pescado?’. Le contestaron: ‘No’. Él les dijo: ‘Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis’. La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: ‘Es el Señor’. Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.

Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: ‘Traed algunos de los peces que acabáis de pescar’. Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: ‘Venid y comed’. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres tú?’, sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Ésta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.



COMENTARIO


Otra vez se acerca Jesucristo a ver a sus discípulos. Otra vez come para que sepan que es Él y que no es ningún fantasma. Otra vez más Jesús quiere seguir instruyéndolos.


Algo hay, sin embargo, que destacar. Aquellos hombres que estaban pescando y que se habían quedado sin su Maestro confían en quien les dice que pesquen en determinada dirección. Es más, si Pedro en una ocasión no fue capaz de mantener la fe en el Señor cuando le dijo que fuera andando sobre las aguas, ahora no lo duda y salta de la barca para ir al encuentro de su Salvador.


Quien reconoció, el primero, a Jesús fue Juan, aquel que le tuvo fe y confianza para seguirlo, incluso, en el doloroso (y peligroso para ellos) momento de la cruz. Quien no quiso, en un principio, entrar en el sepulcro (seguramente para no ver que no estaba su Señor) lo reconoció en el acto. A quien mucho amó, mucho se le dio.



JESÚS, querías estar con tus discípulos, aquellos que dijeron que lo darían todo por ti y se echaron atrás pero que, tras tu resurrección, fueron valientes con corazón de león y sin miedo al mundo y a sus maldades. Pedro fue hacia ti y, así, nosotros, también tenemos que acudir a tu presencia, orar a través de ti al Padre y ser, contigo, hijos de un mismo y único Dios.



Eleuterio Fernández Guzmán

28 de abril de 2011

El principio de la eternidad

Lc 24,35-48


En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo habían conocido a Jesús en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: ‘La paz con vosotros’. Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: ‘¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo’. Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: ‘¿Tenéis aquí algo de comer?’. Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos.

Después les dijo: ‘Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’’. Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: ‘Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas’.




COMENTARIO


Cuando la resurrección de Jesucristo se produjo es seguro que muchos de sus discípulos no esperaban que se presentara delante de ellos. Sólo los más fieles (véase su Madre, Juan el de Zebedeo y algunas mujeres más) podían creer que algo iba a pasar.


Los de Emaús estaban junto al resto de discípulos cuando Jesús les dio su paz e hizo algunos gestos (tan necesarios para seres humanos sumamente humanos) para que comprendiesen, ahora sí, lo que había sucedido porque hasta entonces poco habían entendido.


“Abrió sus inteligencias”. Eso dice el texto de san Lucas. Y las abrió porque, en efecto, estaban cerradas a la comprensión de lo que había sucedido. Cierto era que sólo viendo, creyeron… no sólo como Tomás el incrédulo dijera. Los demás también eran bastante incrédulos.



JESÚS, tuviste que volver a demostrar Quien eras porque, según parecía, no acababan de aceptar que habías resucitado. Se cumplió todo lo que estaba escrito porque había sido inspirado por Dios conocedor de todo lo que tenía que suceder. Ellos fueron tus testigos y nosotros queremos, al menos, serlo.



Eleuterio Fernández Guzmán

27 de abril de 2011

Emaús

Lc 24,13-35


“Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.


Él les dijo: ‘¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?’. Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: ‘¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?’. Él les dijo: ‘¿Qué cosas?’. Ellos le dijeron: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron’. Él les dijo: ‘¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?’. Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras.



Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: ‘Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado’. Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.

Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: ‘¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?’. Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: ‘¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!’. Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.”



COMENTARIO


Emaús, y sus discípulos, es ejemplo de muchas cosas que, a veces, nos pasan a los que lo somos de Jesús. Ejemplo de olvido de lo que nos conviene y ejemplo, también, de volver a descubrir lo que nos interesa como creyentes.


Se habían olvidado, pronto, de Jesús. Decían que “fue” un gran profeta. Lo decían en pasado porque para ellos ya no era nadie. Pero no tuvieron en cuenta en Amor del Hijo de Dios que se les presenta para recordarles que tu fe no tenía que ser tan débil.

Y lo reconocen. No pueden evitar que su corazón les diga que aquella persona con la que hablaban era el Maestro que, en efecto, había resucitado. Y volvieron a Jerusalén a decir lo que les había pasado. Volvieron a creer; confiaron, de nuevo y ya para siempre, en Cristo.



JESÚS, tuviste que abrirles los ojos a los discípulos que se volvían a su casa en Emaús y a sus quehaceres cotidianos. No habían comprendido nada de lo que había pasado y se le habían cerrado los ojos para no reconocerte. Pero, al fin, supieron quién eres y no pudieron evitar decirlo a sus conocidos. Fueron, así, también, enviados tuyos.



Eleuterio Fernández Guzmán

26 de abril de 2011

Tener confianza

Jn 20,11-18

“En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: ‘Mujer, ¿por qué lloras?’. Ella les respondió: ‘Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: ‘Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?’. Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré’. Jesús le dice: ‘María’. Ella se vuelve y le dice en hebreo: ‘Rabbuní’, que quiere decir ‘Maestro’. Dícele Jesús: ‘No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’. Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.


COMENTARIO


A lo largo de la vida que conocemos de María Magdalena muchas veces mostró fe y confianza en el Señor. A quien mucho amó mucho se le perdonó, como en una ocasión dijo el mismo Jesucristo.

María acude al sepulcro. Hecha de menos al Maestro y va a visitarlo. Incluso después de muerto (ella ignora la resurrección acaecida) confía en quien tanto le había dado y, al menos, quiere volver a acordarse de Quien tanto amó.

Y María de Magdala esta triste. Pensaba que se habían llevado de allí a su Señor y eso suponía un dolor demasiado grande para soportarlo. No conoce, por eso, a Jesús que le habla. Pero aquella otra María supo, al fin, reconocer a Cristo y acudió, rauda, donde estaban los demás para comunicar la gozosa noticia.



JESÚS, le habías perdonado a María Magdalena muchos pecados. Ella lo sabía y en otras ocasiones te había dado muestras de agradecimiento. Por eso quiere volver a tenerte presente en su vida y va donde creía que aún estabas. Te vio resucitado y corrió a decirlo. No podía callar tan buena y gozosa noticia que es lo que cada uno de nosotros deberíamos hacer.



Eleuterio Fernández Guzmán

25 de abril de 2011

Testigos de Dios

Mt 28,8-15

"En aquel tiempo, las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: '¡Dios os guarde!'. Y ellas se acercaron a Él, y abrazándole sus pies, le adoraron. Entonces les dice Jesús: 'No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán'.


Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: 'Decid: ‘Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos’. Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones'. Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.



COMENTARIO


Los que se empeñan en negar a Cristo de la forma que sea no pueden tener presente que resucitó y que lo hizo por todos nosotros, hermanos suyos y, por eso, hijos de Dios.


Como hicieron aquellas mujeres que acudieron al sepulcro, buscamos a Cristo porque lo reconocemos Dios hecho hombre. Tal reconocimiento es propio de quien se sabe discípulo suyo y quiere tener presente a su Maestro.



Jesús nos quiere discípulos que transmiten su doctrina y la Palabra de Dios al mundo que tanto necesita de su Amor y su Misericordia. Por eso Cristo volvió de entre los muertos para estar siempre, siempre, siempre, con nosotros.




JESÚS, mientras muchos te niegan y no quieren reconocer tu divinidad y tu realidad espiritual, nosotros, los que nos consideramos hijos de Dios y hermanos tuyos, te buscamos como hicieron las mujeres que acudieron a tu sepulcro. Entonces nos encontramos con que estás vivo, presente entre nosotros, aquí, ya para siempre.



Eleuterio Fernández Guzmán

24 de abril de 2011

Resurrección

Jn 20,1-9

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».


Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.




COMENTARIO


María Magdalena fue al sepulcro a cuidar el cadáver de Jesús pero no estaba allí. Fue testigo de la resurrección y fue, también, enviada por Cristo a dar la Buena Nueva a los demás.



Pedro y Juan habían sido, sobre todo el segundo, testigos de la vida de Jesucristo y acudieron a la tumba. Se habían llevado al Maestro... y corrieron porque querían ver tan terrible suceso. Si no estaba Cristo también habrían perdido el propio cuerpo.


Pedro tenía el empuje de saber que había negado al Señor por tres veces. Juan, el discípulo amado tenía cierto miedo de entrar y no ver al Maestro donde, al parecer, tenía que estar. Pero no estaba porque había, ya, resucitado.




JESÚS, resucitaste de entre los muertos para darnos la vida eterna. ¡Cristo, vives! y por eso gozamos con tu vida y con tu volver al Padre. Entonces nos enviaste al Espíritu Santo que nos acompañará hasta que tú vuelvas. Jesús, hermano, Dios hecho hombre... ¡Has resucitado!


Eleuterio Fernández Guzmán