4 de febrero de 2011

Cumplir la voluntad de Dios



Mc 6,14-29

En aquel tiempo, se había hecho notorio el nombre de Jesús y llegó esto a noticia del rey Herodes. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado». Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto. 

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.”


COMENTARIO


El Bautista, primo de Jesús había, sido llamado por Dios para que diese una gran noticia, una Buena Noticia, al mundo: el Mesías había llegado. Bautizaba con agua pero era consciente de que Alguien lo haría con fuego y con Espíritu Santo.

La voluntad de Dios era que Juan recordara a Herodes lo que no estaba de acuerdo con la Ley del Creador. Cumplió con su deber de hijo para con su Padre y eso le costó la vida: el hombre, algunos, aún no estaban preparados para recibir la Buena Noticia.

Juan quiso, con su vida, ser ejemplo, último profeta del Antiguo Testamento, de lo puro y santo que puede haber en el ser humano, creación de Dios a la que llamó “muy buena”. Y así siempre sería espejo en el que un buen hijo de Dios tiene que mirarse. 





JESÚS,  tu primo te bautizó con agua y te llamó “cordero de Dios”. Juan, hijo de Isabel y Zacarías (quien tuvo dudas ante el Ángel del Señor y quedó mudo por eso)  cumplió con la voluntad de tu Padre y supo ser mensajero fiel que hace lo que debe. También nosotros debemos hacer otro tanto y no olvidar lo que, a cada cual, corresponde hacer de acuerdo a los talentos que Dios nos da.




Eleuterio Fernández Guzmán

3 de febrero de 2011

Enviados

Mc 6,7-13

En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: ‘Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas’. Y les dijo: ‘Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos’. Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

COMENTARIO

Dios provee lo que sus hijos necesitan. Por eso Jesús conminó a sus apóstoles a que no se preocuparan de lo material. Sólo importaba la labor que tenía que llevar a cabo y, así, la transmisión de una doctrina santa.
Jesús proponía la Palabra de Dios y lo mismo hacían sus apóstoles. Libres eran de aceptar, quienes los oían, lo que les ofrecían. Si no aceptaban tampoco se les podía obligar a hacer nada al respecto.
Los apóstoles cumplieron con la misión encomendada. Enviados al mundo, por decirlo así, a contar lo que habían visto y oído de parte del Maestro, fueron fieles porque era la voluntad de Jesucristo. Y así convirtieron a muchos, aquellos primeros nosotros.


JESÚS, enviaste a tus apóstoles a predicar y a transmitir la Buena Nueva: había llegado el reino de Dios. A nosotros, hoy día, tantos siglos después pero, tan solo, un instante para el Creador, también nos corresponde hacer lo mismo y llevar, a quien no la conozca o haya olvidado, la Palabra de tu Padre.


Eleuterio Fernández Guzmán

2 de febrero de 2011

La dura y gozosa verdad

Lc 2,22-40


"Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: 'Todo varón primogénito será consagrado al Señor' y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: 'Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel'. Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él.

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: 'Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones'.

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él." 



COMENTARIO



Las profecías están para cumplirse. Es voluntad de Dios que así sea y no iba a pasar otra cosa en el caso de Simeón que esperaba ver al Hijo de Dios y, cuando así sucedió,  no tuvo más remedio que pedir al Creador que, habiéndolo visto ya todo, podía llevárselo.


Presentan a Jesús en el Templo siguiendo la Ley de Moisés. Lejos de la voluntad de José y de María ir contra la norma como muy bien diría Jesús años después acerca de la Ley de  Dios.

Y María… quedaría marcado su corazón para siempre. La espada que atravesaría su alma no era, sino, la que Dios tenía preparada para la Madre de su Hijo: amaría sabiendo, al fin y al cabo, lo que tenía que pasar era voluntad de Dios.




JESÚS, cuando, a tan tierna edad de cuarenta días te llevaron al Templo, a la casa de tu Padre, ya había alguien esperándote. Tuvieron fe Simeón y Ana y supieron a Quien estaban viendo. Algunos, de entre nosotros, a veces, nos falta la fe y no te esperamos como deberíamos hacerlo. Bien podríamos tomar ejemplo de aquellos dos ancianos.






Eleuterio Fernández Guzmán








Tener fe

Mc 5,21-43

“En aquel tiempo, Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a Él mucha gente; Él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: ‘Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva’. Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía.

Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de Él, se volvió entre la gente y decía: ’¿Quién me ha tocado los vestidos?’. Sus discípulos le contestaron: ‘Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?’’. Pero Él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad. Él le dijo: ‘Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad’.

Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?’. Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: ‘No temas; solamente ten fe’. Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: ‘¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida’. Y se burlaban de Él. Pero Él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: ‘Talitá kum’, que quiere decir: ‘Muchacha, a ti te digo, levántate. La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.



COMENTARIO

Si había un aspecto que era esencial en la relación que las personas de su tiempo establecían con Jesús era el de la fe. No era poco importante, para el Maestro, que una persona demostrara tener fe porque era el camino más directo hacia el corazón de Cristo.

Muchas veces le demuestran que creen en Él y que le reconocen como el Hijo de Dios. Al menos, o por lo menos, tenían la suficiente confianza en aquella persona que demostraba cosas muy importantes como para dirigirse a Él, de las más diversas formas, para requerir su atención.

Tanto la hemorroísa como el Jefe de la sinagoga saben que Jesús puede. La fe que tienen la demuestran confiando en su intervención y consiguen, digamos, lo que en tal momento necesitan. Y Jesús,  que ama más que nada el amor de Dios sabe que el Padre le concederá lo que le pida porque también Él cree en sí mismo.



JESÚS, tu quieres que demostremos,  con hechos y no sólo con teorías, que te amamos y que creemos en ti. La fe la demostramos, en efecto, sabiendo que la tenemos y que, sobre todo, confiamos en Él porque es voluntad de Dios que creamos y que demostremos que creemos.





Eleuterio Fernández Guzmán

1 de febrero de 2011

El poder sobre el Mal

Mc 5,1-20

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos. Apenas saltó de la barca, vino a su encuentro, de entre los sepulcros, un hombre con espíritu inmundo que moraba en los sepulcros y a quien nadie podía ya tenerle atado ni siquiera con cadenas, pues muchas veces le habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarle. Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras. Al ver de lejos a Jesús, corrió y se postró ante Él y gritó con gran voz: ‘¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes’. Es que Él le había dicho: ‘Espíritu inmundo, sal de este hombre’. Y le preguntó: ‘¿Cuál es tu nombre?’. Le contesta: ‘Mi nombre es Legión, porque somos muchos’. Y le suplicaba con insistencia que no los echara fuera de la región. 

Había allí una gran piara de puercos que pacían al pie del monte; y le suplicaron: 'Envíanos a los puercos para que entremos en ellos'. Y se lo permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los puercos, y la piara -unos dos mil- se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar. Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por las aldeas; y salió la gente a ver qué era lo que había ocurrido. Llegan donde Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor. Los que lo habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos. Entonces comenzaron a rogarle que se alejara de su término.

Y al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía estar con Él. Pero no se lo concedió, sino que le dijo: 'Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti'. Él se fue y empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados."





COMENTARIO


Jesús podía hacer lo que nadie, de su tiempo, podía. Como era el enviado de Dios y, además, Dios mismo, tenía el poder de influenciar de tal manera en el Mal que lo dominaba hasta el extremo de ordenarle lo que tenía que hacer.

Pero lo más curioso es lo que pasa luego. La piara de cerdos sobre los que se precipitan los demonios acaba con aquel ganado porcino con el enfado de sus dueños.

Algo así nos pasa a nosotros cuando nos aferramos a lo que es nuestro por encima de todo. Egoístamente procuramos nuestro bien sin ir más allá de nuestros propios gustos. Y tal forma de comportarse no es la adecuada según la voluntad de Dios. 





JESÚS, tu poder es todopoderoso porque eres Dios hecho hombre. Ante eso nadie podía oponerse pero, a veces, preferimos imponer nuestra voluntad porque no comprendemos lo que significa que el Mal también siga tus órdenes y tus mandatos. Ayúdanos, Jesús nuestro, a caminar a sabiendas de lo que significa no ser egoístas.




Eleuterio Fernández Guzmán

31 de enero de 2011

Ser hijos de Dios

Mt 5,1-12

En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros”.



COMENTARIO


Las personas que se saben hijos de Dios tienen, en su corazón, la Ley que el Creador les puso cuando les creó. En ella reconocen cuál ha de ser su comportamiento en el mundo y, en general, hacia dónde deben caminar con paso recto.

Bienaventurados son aquellos que comprenden la voluntad del Padre y la llevan a su vida y, así, hacen lo que les corresponde; bienaventurados que se reconocen pobres de espíritu y buscan la justicia... la de Dios y no, exclusivamente, la de los hombres.

Somos, así, hijos que sabemos lo que quiere nuestro Padre del Cielo y buscamos, con una forma de ser lo más cercana las bienaventuranzas, el bien en este valle de lágrimas que tiene el nombre de Dios: Elohim, Abbá, Yahveh.





JESÚS, cuando pronunciaste el Sermón de la Montaña querías, para tus discípulos, un mundo mejor. Así, con aquellas palabras traídas al mundo por la boca de Dios hecho hombre, nos entregaste una forma limpia de ser hijos de Tu Padre. Ayúdanos a acercarnos, lo más posible, a las bienaventuranzas.





Eleuterio Fernández Guzmán

29 de enero de 2011

Poca fe, a veces, tenemos


Mc 4,35-41

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: Pasemos a la otra orilla. Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba; e iban otras barcas con Él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. Él estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: ‘Maestro, ¿no te importa que perezcamos?’.

Él, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: ‘¡Calla, enmudece!’ El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: ‘¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?’. Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: ‘Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?’.


COMENTARIO

Muchos seguían a Jesús a pesar de que le tendrían que ver cansado. Lo buscaban porque encontraban, en Él, consuelo y ayuda. Pero Jesús también necesitaba pasar momentos con sus apóstoles, para instruirlos en la que iba a ser su labor.

El miedo de los que van en la barca mientras Jesús duerme es uno que lo es puramente humano. Son seres humanos y, como tales, no pueden obviar que se sienten mal cuando ven que, a lo mejor, se van al agua porque la barca se podía hundir. Les preocupa su vida terrena y, a lo mejor, menos la eterna.

Jesús también les propone algo que no deberían olvidar: eran hombres de poca fe porque no comprendían que, estando el Hijo de Dios a su lado de nada tenían nada que temer y todas sus cuitas deberían dejarlas para otros momentos. Por eso Jesús les pregunta acerca de su, menguada, fe.


JESÚS, tenemos que aprender a tener fe. Ha de ser, nuestra fe, una que lo sea fuerte, sostenida en un corazón que te ama y que cree en Dios y que sometida a los vaivenes del tiempo que nos toca vivir no se deje influenciar por el mal que nos puede procurar el mundo. No olvidemos que si Dios es nuestro Señor a nada ni a nadie debemos temer.







Eleuterio Fernández Guzmán

Como semilla que fructifica

Mc 4,26-34


"En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: 'El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega'.



Decía también: '¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra'. Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado."



COMENTARIO



El Amor de Dios lo tenemos en nuestro corazón. No está escondido sino que tenemos que descubrir que lo tenemos. Es voluntad de cada cual acercarse al Creador o dejarlo de lado. Crece si lo cuidamos y viene a menos si nos olvidamos de él y nos mundanizamos.


Nuestras posibilidades de actuar en nuestra vida ordinaria, entre los nuestros, en el trabajo y en nuestro devenir diario, nos son dadas a la espera de que las hagamos rendir. Puede parecer poca cosa pero depende, mucho, de lo que queramos hacer con ellas. Otra vez podemos hablar de talentos y de rendimiento.

Hacer lo que nos corresponde no es nada del otro mundo sino que, como hijos de Dios, sólo podemos hacer eso. Otra forma de actuar sería ir contra la voluntad de Quién nos dio la vida y, en definitiva, nos creó.



JESÚS, tus discípulos queremos ser como el grano de mostaza que, poco a poco, crece para formar un gran arbusto. Así, nuestro amor ha de ir mejorando nuestro corazón para que se pueda decir de nosotros que, en verdad, comprendimos Tu vida y Tu forma de ser.





Eleuterio Fernández Guzmán

27 de enero de 2011

Sobre celemines

Mc 4,21-25

“En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: ‘¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero? Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto. Quien tenga oídos para oír, que oiga’”. 


Les decía también: ‘Atended a lo que escucháis. Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará’.



COMENTARIO



Dios nos da unos talentos o, también, nos dona unas posibilidades que podemos llevar a cabo en nuestra vida. Así, parte de su bondad la tenemos con  nosotros a través de hacer rendir a los mismos.

Lo que hagamos con ellos no es, en absoluto, cosa en exclusiva,  nuestra porque los demás tienen derecho a favorecer sus vidas por el rendimiento que hagamos de ellos. Siendo luz, de la manera que sea, no podemos esconderla debajo de los muchos celemines con los que caminamos hacia el definitivo reino de Dios para escapar, siquiera un momento, a la voluntad del Creador.

Sin embargo, no podemos olvidar que para Dios ha de tener en cuenta aquello que hagamos con lo que nos entrega. Si presumimos, de la forma que sea, de lo que creemos tener, incluso eso se nos quitará porque tal no era la voluntad de Dios. Al contrario, a quien en verdad tenga Amor se le dará más porque habrá demostrado seguir el querer de Dios.






SEÑOR,  bien dices que según nos comportemos con los demás así se nos tendré en cuenta. Tu voluntad es que te amemos sobre todas las cosas y a nuestro prójimo, también creación tuya, como a nosotros mismos. Ayúdanos a no olvidar que lo que Tú quieres es más importante que lo que nosotros queremos y es, en verdad, lo que debemos hacer. Así nos lo tendrás en cuenta a la hora de nuestro particular juicio.







Eleuterio Fernández Guzmán

26 de enero de 2011

Sembradores y cosecha


Mc 4,1-20

En aquel tiempo, Jesús se puso otra vez a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción: ‘Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó enseguida por no tener hondura de tierra; pero cuando salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto. Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento’. Y decía: ‘Quien tenga oídos para oír, que oiga’.

Cuando quedó a solas, los que le seguían a una con los Doce le preguntaban sobre las parábolas. El les dijo: ‘A vosotros se os ha dado comprender el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone’.

Y les dice: ‘¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, entonces, comprenderéis todas las parábolas? El sembrador siembra la Palabra. Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos. De igual modo, los sembrados en terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, al punto la reciben con alegría, pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumben enseguida. Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento’.

  
COMENTARIO



Cuando Dios siembra en nuestro corazón su Palabra y, así, una forma nueva de ser, lo que trata es de que aceptemos tanto una como otra y vengamos a ser nuevos hijos sometidos a su voluntad que tenemos como santa y buena.


En qué situación nos encontramos, en cuanto tierra donde pueda caer la semilla del Amor de Dios es, en mucha manera, cuenta de cada uno de nosotros. Podremos ser tierra fértil donde se produzca un tanto por cien muy elevado de lo sembrado o, al contrario, tierra seca donde no arraigue ni el Amor de Dios ni lo que significa creer en el Creador.

A nosotros, los discípulos de Cristo,  nos es dada la comprensión de las parábolas. Lo dice Jesús. Sin embargo, a veces hacemos como si no nos enterásemos de nada porque no nos conviene lo que nos dice. Somos, así, espacio poco fértil y, en nosotros, la Palabra de Dios y lo que significa la misma, no producirá fruto alguno.




JESÚS, Tú quisiste que tus apóstoles comprendiesen la parábola del sembrador porque era muy importante para sus vidas llegar a saber en qué situación espiritual se encontraban. Nosotros, los que ahora somos discípulos tuyos, queremos ser tierra fértil donde tu semilla fructifique.





Eleuterio Fernández Guzmán

25 de enero de 2011

Enviados


Mc 16,15-18

“En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: ‘Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Éstas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien’”.


COMENTARIO

Jesús escogió a quien quiso porque tenía confianza en el corazón de aquellas personas que, a pesar de mostrarse como eran, habían creído en Él.

Envía a transmitir que el reino de Dios había llegado, la Buena Noticia que todos estaban esperando desde hacía siglos. Y pedía creer para bautizar. Primero, siempre, creer y luego, el bautismo que salva. Y era una opción que se dejaba a la libertad de los hombres, creación de Dios.

Lo que debían de hacer lo harían, además, en nombre de Jesucristo, Hijo de Dios. No era cosa de cada enviado sino que adquirieron lo que Jesús quiso transmitirles para que llevaran a cabo su labor de enviados del Hijo del Hombre. En su nombre somos y existimos, en Él creemos.





JESÚS, enviaste Tú a aquellos primeros nosotros para que evangelizaran un mundo, en mucho, perdido de la Palabra de Dios y alejado de Tu Padre. Nosotros, con nuestros medios de hoy y con los talentos que el Creador nos entregó somos, por eso mismo, apóstoles que deberían darse cuenta del encargo que, entonces, les diste a tus primeros discípulos y llevarlo a nuestra vida.





Eleuterio Fernández Guzmán

Contra el Espíritu Santo



Mc 3,22-30

“En aquel tiempo, los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: ‘Está poseído por Beelzebul’ y ‘por el príncipe de los demonios expulsa los demonios’. Entonces Jesús, llamándoles junto a sí, les decía en parábolas: ‘¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir. Y si Satanás se ha alzado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, pues ha llegado su fin. Pero nadie puede entrar en la casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte; entonces podrá saquear su casa. Yo os aseguro que se perdonará todo a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, por muchas que éstas sean. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno’. Es que decían: ‘Está poseído por un espíritu inmundo’.



COMENTARIO


Jesús sabía que quien no quiere dejarse dominar por el Maligno, no lo hace y pone fin al acometimiento del Mal con una voluntad firme  y contraria a lo que quiere éste.

De muchas formas pecaron entonces y pecamos ahora. Hay unas que son, digamos, perdonables porque Dios comprende la naturaleza pecadora de su creación y, mediante su misericordia, pone fin a la ruptura de relación que supone el pecado.

Algo, sin embargo, no se perdona y que no es otra cosa que el blasfemar contra del Espíritu Santo. Esto es así porque se peca contra la gracia necesaria para la conversión lastrando, así, la posibilidad de venir a ser mejor según la voluntad de Dios. Y eso, que supone, además, manifestar que se persevera en el mal, no puede ser perdonado porque se busca, conscientemente, el pecado.






JESÚS, qué dolido estarías para decir que no se perdona la blasfemia en contra del Espíritu Santo. Quien así incurre en tan gran pecado no sabe o no reconocer la importancia que tiene la gracia de tu Padre para cambiar el corazón de piedra por uno de carne y se impide, así, que quien está en pecado deje de estarlo. Que no nos pase a nosotros eso.





Eleuterio Fernández Guzmán

23 de enero de 2011

Por eso vino Cristo



Mt 4,12-23


Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: ‘¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido’. Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: ‘Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado’. 

Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: ‘Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres’. Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron. Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.


COMENTARIO

La Palabra de Dios siempre se cumple. Si se había escrito que sería en determinada tierra donde se establecería el Hijo del Hombre ahí es donde, precisamente, se estableció, Jesús. Nada, pues, había de nuevo en eso que es lo mismo que decir que en el Antiguo Testamento el Cristo estaba anunciado.

Jesús llamó a quien quiso. No fueron ellos los que dijeron te seguimos antes de conocerlo sino que respondieron sí a una llamada particular del Hijo de Dios. Dios, por lo tanto, nos llama y espera de nosotros que respondamos con un sí que llene nuestro corazón.

Jesús llevó a cabo su labor de curación física y espiritual porque no había venido, tan sólo, para liberar de males del cuerpo sino, sobre todo, para liberar de los diversos demonios que cada cual llevaba/llevamos dentro.



JESÚS, tú nos llamas para que respondamos de forma afirmativa a tu seguimiento. También quieres que seamos apóstoles de hoy, apóstoles de nuestro tiempo, para que la Palabra de Dios llegue donde los corazones aún no la han conocido o la han olvidado. Nos dices “Sígueme” y esperas que lo dejemos todo pero, a veces, es tan difícil...




Eleuterio Fernández Guzmán